jueves, 6 de abril de 2017

Desde hace meses me despierto con el sol, incapaz de soportarlo. Me visto, desayuno un vaso de leche sin cereales, y al ir al baño paso por delante de la puerta de mi hermana, que siempre está cerrada. Solo encuentra trabajos de camarera, y cuando vuelve se pasa la noche estudiando para poder ser bailarina. No acabó el bachiller, pero ahora lo necesita para la escuela de danza. A veces me quedo leyendo hasta tarde y la oigo volver. Se escucha el microondas, la ducha y sus lamentos mientras estudia. No es que hable sola, suele decir nombres de amigas. Supongo que les manda mensajes de voz.

Hoy he decidido empezar este diario. La psicóloga me recomendó escribir lo que siento, y no me apetece recordar a mis padres pero necesito hablar sobre mi hermana. Al volver de clase me ha contado su día, y creo que me ha mentido. Estoy haciendo tiempo por si habla con una de sus amigas y consigo oír lo que les cuenta.

Me he despertado como siempre a primera hora. He dormido bien y he salido a la cocina a desayunar, pero no quedaba leche. Le he dejado a mi hermana una nota para que lo supiese y me he ido a clase.

No me gustan los martes. Tenemos lengua a primera hora y la profe nos hace aprendernos los periodos y autores de memoria. Hoy se me ha olvidado repasármelos. Justo me ha preguntado. “Alberto, dime un autor del Siglo de Oro”. He probado suerte con un “Góngora” dudoso, y ha asentido. Al siguiente le ha preguntado de qué corriente literaria formó parte Góngora. Ha respondido convencido. “Culteranismo”. “Muy bien, Carlos”. Ha continuado con su ronda de preguntas, pero yo me he quedado esperando una explicación de qué es eso del culteranismo. Viendo que no llegaba, he sacado de la mochila un tomo de manga y me he puesto a leerlo bajo la mesa.

El resto de clases han sido igual de aburridas, pero he podido terminar los tres tomos que me había dejado Elena. Al terminar la mañana me he acercado a devolvérselos. Los hemos comentado, y después me ha invitado a ir a su casa a comer. La he rechazado educadamente, pero ha insistido. Creo que su madre le ha dicho que me invite siempre que tenga ocasión. Al final he aceptado y hemos ido juntos a su casa. Hemos comido muy bien junto a su familia, y después hemos pasado la tarde haciendo deberes y jugando a videojuegos.

Se portan muy bien conmigo, me gusta estar en su casa. Cuando ya me iba me ha recordado que me llevase los tres tomos siguientes. Los he cogido agradecido e, impaciente por saber cómo continúa la historia, he corrido a casa para poder seguir leyendo. Al entrar he visto dos bolsas repletas de comida sobre la mesa. Llevaba desde que no están mis padres sin ver tanta compra junta.

Me he sentido raro al recordar los viajes con mi madre al supermercado. Nunca me dejaba comprarme nada, decía que no podíamos permitírnoslo. Eso hizo que no me gustase acompañarla, pero ahora lo echo de menos. Mi hermana ha salido al salón al oírme llegar, y creo que me ha encontrado llorando porque ha venido corriendo a abrazarme.

Ha conseguido calmarme y le he ayudado a guardar la compra. Después nos hemos sentado en el sofá y hemos estado hablando un rato.

Me ha dicho que el otro día la tiraron del bar en el que estaba, y que no me lo había contado porque le daba vergüenza, pero que ya ha encontrado algo mejor. Ayer por la mañana le ofrecieron un trabajo como bailarina muy bien pagado. Dudó, pero al final llamó y aceptó, y por eso ha podido comprar tanta comida.

Le he preguntado en qué consistía el trabajo y me ha dicho que bailar por las noches en un bar. Tenía curiosidad y le dicho que si era mientras la gente cenaba. Me ha contestado solo con un “sí” y ha puesto la tele, así que no he podido preguntarle más.

Hemos visto un programa de cocina. Han elaborado una receta fácil, y como teníamos los ingredientes mi hermana ha dicho de hacerla. No nos ha salido muy bien, pero hemos pasado un buen rato.


A las once le he dicho que me iba a dormir, y me he puesto a escribir esto a la espera de que hable con alguna de sus amigas. No quería interrumpir la historia, pero llevo ya cinco minutos escuchándola. No para de llorar.

El mejor despertar

Sonó el canto del gallo cuando el hombre ya estaba preparado para salir a la calle, vestido como cada día, como cada mañana, pues para la tarea que ese día iba a desempeñar no quería ser una persona distinta a la que llevaba siendo todos esos años.

Paralelamente una muchacha dormía, con un sueño muy profundo, tras una ajetreada noche llena de baile, gente y sustancias prohibidas que, a largo plazo, le iban a causar más perjuicios que beneficios.
El caballero antes mentado subió a su vehículo preparado para un día más de duro trabajo, se puso el cinturón, sonrió y arrancó.

Mientras tanto la joven seguía plácidamente dormida, con la persiana bajada hasta los topes para que la luz no la molestara en las 5 horas que se había propuesto dormir. Ella descansaba pero su subconsciente no paraba de lanzarle imágenes de un gato pardo de ojos grises con una peculiar mancha en forma de corazón en su lomo  que le lamía la mano y ronroneaba bajo sus caricias.

Era hora de activar los altavoces para el hombre trabajador y, tras apretar el botón de encendido, empezó a sonar una especie de silbido parecido al que emite un pirulí seguido de una frase que anunciaba la tarea  y servicios que ofrecía el madrugador.

El gatito pardo paró, de repente, de lamer la mano de la bella durmiente y moviendo la boca de una forma extraña emitió un sonido que era más propio de un pájaro que de un gato. Este sonido fue seguido por una frase digna de todo gato parlante de sueños que se precie, “El afilador, ha llegado el afilador”. De un brinco abrió los ojos la muchacha, con esa frase y ese silbidito retumbando en su habitación y en su cabeza, una dolorida y aturdida cabeza que únicamente logró articular dos palabras, “Puto afilador”.


Manolo García, el afilador, terminó su agotadora jornada de trabajo y por fin pudo volver a casa para ducharse, relajarse y descansar sentado en su butaca acariciando la peculiar mancha en forma de corazón del lomo de su silbador y parlante gato pardo de ojos grises.

Crecer, viajar y cambiar.

Nunca creí que llegarías a mí. Nunca pensé que merecía algo tan increíble como tú lo eres. Nunca pensé que cambiarías mi vida de semejante manera. Y lo único que soy capaz de hacer, es imaginar toda tu vida y el motivo que te trajo aquí, a mi hogar.

Creciste casi sin darte cuenta, siendo amigo de tus vecinos y proporcionando cobijo a aquel que lo necesitara. Muy hogareño, pero siempre con ganas de conocer mundo, aunque tu situación no te lo permitiese. Buscabas conocer a alguien que fuera capaz de contarte todas sus aventuras solo para poder recrearlas en tu mente y sentirte un poco más libre. A veces tenías la suerte de que alguien pasaba cerca de tu casa, hablando en alto, como discutiendo consigo mismo, y lograbas escuchar algunas frases sueltas que te llenaban el día, pues no necesitabas nada más para poder inventarte una historia y escapar de tu rutina.

Sin embargo, un día caíste gravemente enfermo. Tus amigos trataron de ayudarte, pero no sabían lo que te ocurría y tan solo intentaban hacerte compañía y animarte a medida que ibas empeorando. Las personas que pasaban por tu lado parecían ignorarte. Algunos miraban de reojo cuando intuían que necesitabas ayuda, pero ninguno se paraba a intentar solucionarlo. Salvo una persona. Esa mujer se aproximó a ti, te preguntó qué te ocurría, aunque tú no pudieses responderle y empezó a tocar tu piel, como queriendo comprobar algo. Ese día se marchó, dejándote con la incógnita de si tenía solución aquello que te enfermaba cada día más.

Pasaron varios días hasta que la volviste a ver. Te emocionaste tanto, que todos a los que habías dado cobijo en esa última semana, salieron despavoridos. La mujer se acercó y te susurró que todo iba a estar bien, que ella y sus compañeros te salvarían. Y no mintieron, solo que el proceso fue muy confuso para ti. Tras una serie de preparativos, escuchaste que iban a comenzar. Entonces sentiste algo muy frío sobre tus pies. Casi sentías que te congelaban. Lo siguiente que atinaste a entender es que te sacaban de tu hogar para llevarte a un lugar seguro donde tratarte. Tras escuchar esas palabras, caíste desmayado. Lo siguiente que recuerdas es a esa misma mujer a tu lado, sonriéndote. Te tranquilizó y te dijo que todo iba a salir bien, que por muy dura que fuese esa enfermedad, ellos te ayudarían a superarla y a hacer algo grande con tu vida.

Y así fue. Tras varios meses de tratamiento, de sonidos chirriantes, de voces gritando dando instrucciones, de horas y horas de anestesia, de un tecleo incesante… Te curaron. Saliste completamente renovado y esa mujer no podía estar más satisfecha de su trabajo. Alguien comentó que llevaba todo un año centrada en tu caso, así que tú solo pudiste relajarte y sentirte aliviado. Gracias a esas personas, podrías volver a tu hogar y contarles a tus vecinos todas las experiencias vividas, todas las emociones sentidas, la manera en la que se han preocupado por ti y te han cuidado. Aunque realmente no fue así.

Cuando te diste cuenta, entraste en pánico. ¿Dónde estaban tus pies? ¿Y tus piernas? ¿Por qué te sentías tan ligero? Para curarte habían necesitado modificarte completamente. Ya no podrías dar cobijo, ya no podrías escuchar a las personas hablando consigo mismas. Ya no podrías volver a casa. La tristeza se apropió de ti y sentiste que te ibas a echar a llorar, aún sin tener manera de hacerlo. Parece que tu salvadora se percató de cómo te sentías, pues te abrazó muy fuerte y te dijo que todo iba a salir bien, que te había encontrado un hogar donde volverías a ser feliz y tendrías un compañero de aventuras.

Es decir, yo.

Cuando tu salvadora – mi madre – te trajo a mi habitación, me emocioné muchísimo. Aunque me costó un poco explicarte todo por lo que habías pasado. Uno nunca está preparado para que su madre le diga que tiene que hablarle a algo que parece que no le va a entender, pero así lo hice. Y me pasé horas enteras explicándotelo, hasta que, en un momento dado, como si por fin estuvieses tranquilo y dispuesto a ser mi amigo, una ráfaga de aire entró por mi ventana y pasó tus páginas.


Así fue cómo comencé a leerte: el primer libro de mi madre, amante de la naturaleza y viajera empedernida que decidió escribir una historia única y sin copias, tan solo para salvar a un pequeño árbol que había contraído roya, una enfermedad muy típica en los árboles y fácil de eliminar si se diagnostica a tiempo. No pudieron salvar tu cuerpo, pero tu esencia está plasmada en todas y cada una de las hojas que leo y releo en cada viaje, en cada tren, en cada avión. 

Pues tú me has contagiado esas ganas de vivir que tiene mi madre y tú vas a ser mi gran y fiel compañero con el que veré cada rincón del mundo.
-Estefanía Asins-

La pluma

Suena el repiqueteo de una máquina de escribir que se resiste a ser presionada. El señor Moor se estira en el sillón satisfecho con el resultado,  dobla el papel, hace una breve pausa, y lo abre nuevamente, no lo ha firmado. Rebusca en el cajón del escritorio sin éxito, después en el armario, la pluma no aparece. No le quedará más remedio que bajar a la papelería.

- Qué desea- dice bruscamente la dependienta, sin apenas mirarlo a los ojos.

- Buenas tardes señorita, estoy buscando una pluma - responde él.

- Elija una de la vitrina y cuando se decida avíseme – contesta ella
tajante.

El hombre recorre con la mirada los diferentes modelos de estilográficas sin demasiado interés. Elige una gris,  paga y se marcha.

De camino a su casa divisa dos palomas aleteando en el suelo, parece ser un cortejo. Al acercarse descubre que son tórtolas, una de ellas intenta cargar a la otra, alza el vuelo pero fracasa. El ave cae bruscamente, rebotando su cuerpecito en el asfalto.

El señor Moor llega a su casa y firma la carta, no sin antes agregarle una postdata : Nunca esperes que te salve una pluma. Finalmente se vuela los sesos.

Escrito por Yuri Ruvalcaba.

miércoles, 5 de abril de 2017

Hannah (Tema libre)

“Todos tenemos temores”, pensó Hannah al despertar en la oscuridad. No reconoció los habituales rayos de sol que entraban tras la ventana de su dormitorio cada mañana, así que le desconcertó el lugar donde se encontraba. Durante unos breves instantes, el pánico corrió por su piel por no ser capaz de ver absolutamente nada, pero tras tocar lo que había a su alrededor se dio cuenta de que estaba dentro de una especie de caja cuya forma no alcanzaba a comprender.

Probó varias veces a empujar la parte superior para abrir ese espacio pero era demasiado pesado para sus delgados brazos. Conforme los segundos pasaban y no conseguía resultados, comenzó a aporrear la madera con toda la fuerza de la que disponía. Era inútil.

Intentó respirar hondo para calmarse y pensar fríamente: ¿Qué la había llevado allí? Lo último que recordaba era andar para casa tras el sonido del último timbre del colegio, y luego, y luego…

Tenía mucho calor y aquel espacio minúsculo la estaba empezando a asfixiar. Las gotas de sudor caminaban por su frente y bajaban a su pecho; su boca estaba completamente seca y no parecía que hubiera agua cerca. Gritó varios “¡Ayuda!”, seguidos de un decepcionante silencio.

Pasó mucho tiempo, o eso sentía ella: cada segundo era una prolongación de su agonía, una ignorancia constante, un escalofrío en las rodillas. Entonces alcanzó a distinguir varias voces que provenían de muy lejos, o quizás las oía así por la sensación de mareo que le envolvía desde hacía unos parpadeos. Necesitó toda su fuerza de voluntad para que de sus labios salieran las mismas cinco letras que había repetido en una docena de ocasiones antes, y esta vez parece que funcionó.

Alguien la liberó de su cautiverio y sin siquiera reparar en la identidad del desconocido, que soltaba un improperio al verla, se sentó torpemente en el suelo para recuperar el equilibrio. Veía objetos desenfocados y necesitaba unos segundos, pero el hombre que había abierto la puerta no parecía entenderlo, pues solo gritaba que trajeran al “jefe”, que algo había salido mal. Mientras su visión volvía a un estado normal, notó cómo le ataba las manos y los pies con una gruesa cuerda que picaba al hacer contacto con la piel. En cuanto se dio cuenta de que quería aprisionarla de nuevo, forcejeó y chilló hasta que él le puso una mordaza y le dio una bofetada que la hizo golpearse contra la pared.

La habitación le daba vueltas cuando otro hombre, mucho más alto que el anterior y con aspecto amenazador, irrumpió en la estancia. Después de lo que Hannah creyó entender como (otra) sarta de tacos, vociferó:

          -  ¿Cómo eres tan retrasado de confundir a la que teníamos que secuestrar? ¿No ves que esta es morena y la que queríamos era rubia? ¡¿Qué vamos a hacer ahora?!

           - No sé, jefe, yo…

         -  A mí las excusas no me valen. Ni los fallos tampoco. – afirmó, sacando de pronto una pistola y disparando a la sien del secuaz. 

Hannah jamás había presenciado algo así y el sonido mezclado con la ansiedad del momento hizo que le pitaran los oídos. Empezaba a ver de nuevo borroso, y el tiempo parecía haberse ralentizado: notaba que se iba a desmayar. Justo antes de perder la conciencia, oyó la voz despiadada del hombre:

          - Una pena, con esa cara tan bonita. Pero has visto demasiado.


Una oscuridad después

Despertó, esta vez en otra habitación y frente a un espejo. Tuvo aproximadamente cinco segundos para ver la silla, la cuerda que antes estaba en sus articulaciones pero que ahora reposaba en su cuello formando un círculo y enganchada a la pared, y otros tres segundos para entender que así finalizaría su vida.

Todos tenemos temores, pero Hannah tenía tan mala suerte que los suyos se hicieron realidad.