jueves, 6 de abril de 2017

Crecer, viajar y cambiar.

Nunca creí que llegarías a mí. Nunca pensé que merecía algo tan increíble como tú lo eres. Nunca pensé que cambiarías mi vida de semejante manera. Y lo único que soy capaz de hacer, es imaginar toda tu vida y el motivo que te trajo aquí, a mi hogar.

Creciste casi sin darte cuenta, siendo amigo de tus vecinos y proporcionando cobijo a aquel que lo necesitara. Muy hogareño, pero siempre con ganas de conocer mundo, aunque tu situación no te lo permitiese. Buscabas conocer a alguien que fuera capaz de contarte todas sus aventuras solo para poder recrearlas en tu mente y sentirte un poco más libre. A veces tenías la suerte de que alguien pasaba cerca de tu casa, hablando en alto, como discutiendo consigo mismo, y lograbas escuchar algunas frases sueltas que te llenaban el día, pues no necesitabas nada más para poder inventarte una historia y escapar de tu rutina.

Sin embargo, un día caíste gravemente enfermo. Tus amigos trataron de ayudarte, pero no sabían lo que te ocurría y tan solo intentaban hacerte compañía y animarte a medida que ibas empeorando. Las personas que pasaban por tu lado parecían ignorarte. Algunos miraban de reojo cuando intuían que necesitabas ayuda, pero ninguno se paraba a intentar solucionarlo. Salvo una persona. Esa mujer se aproximó a ti, te preguntó qué te ocurría, aunque tú no pudieses responderle y empezó a tocar tu piel, como queriendo comprobar algo. Ese día se marchó, dejándote con la incógnita de si tenía solución aquello que te enfermaba cada día más.

Pasaron varios días hasta que la volviste a ver. Te emocionaste tanto, que todos a los que habías dado cobijo en esa última semana, salieron despavoridos. La mujer se acercó y te susurró que todo iba a estar bien, que ella y sus compañeros te salvarían. Y no mintieron, solo que el proceso fue muy confuso para ti. Tras una serie de preparativos, escuchaste que iban a comenzar. Entonces sentiste algo muy frío sobre tus pies. Casi sentías que te congelaban. Lo siguiente que atinaste a entender es que te sacaban de tu hogar para llevarte a un lugar seguro donde tratarte. Tras escuchar esas palabras, caíste desmayado. Lo siguiente que recuerdas es a esa misma mujer a tu lado, sonriéndote. Te tranquilizó y te dijo que todo iba a salir bien, que por muy dura que fuese esa enfermedad, ellos te ayudarían a superarla y a hacer algo grande con tu vida.

Y así fue. Tras varios meses de tratamiento, de sonidos chirriantes, de voces gritando dando instrucciones, de horas y horas de anestesia, de un tecleo incesante… Te curaron. Saliste completamente renovado y esa mujer no podía estar más satisfecha de su trabajo. Alguien comentó que llevaba todo un año centrada en tu caso, así que tú solo pudiste relajarte y sentirte aliviado. Gracias a esas personas, podrías volver a tu hogar y contarles a tus vecinos todas las experiencias vividas, todas las emociones sentidas, la manera en la que se han preocupado por ti y te han cuidado. Aunque realmente no fue así.

Cuando te diste cuenta, entraste en pánico. ¿Dónde estaban tus pies? ¿Y tus piernas? ¿Por qué te sentías tan ligero? Para curarte habían necesitado modificarte completamente. Ya no podrías dar cobijo, ya no podrías escuchar a las personas hablando consigo mismas. Ya no podrías volver a casa. La tristeza se apropió de ti y sentiste que te ibas a echar a llorar, aún sin tener manera de hacerlo. Parece que tu salvadora se percató de cómo te sentías, pues te abrazó muy fuerte y te dijo que todo iba a salir bien, que te había encontrado un hogar donde volverías a ser feliz y tendrías un compañero de aventuras.

Es decir, yo.

Cuando tu salvadora – mi madre – te trajo a mi habitación, me emocioné muchísimo. Aunque me costó un poco explicarte todo por lo que habías pasado. Uno nunca está preparado para que su madre le diga que tiene que hablarle a algo que parece que no le va a entender, pero así lo hice. Y me pasé horas enteras explicándotelo, hasta que, en un momento dado, como si por fin estuvieses tranquilo y dispuesto a ser mi amigo, una ráfaga de aire entró por mi ventana y pasó tus páginas.


Así fue cómo comencé a leerte: el primer libro de mi madre, amante de la naturaleza y viajera empedernida que decidió escribir una historia única y sin copias, tan solo para salvar a un pequeño árbol que había contraído roya, una enfermedad muy típica en los árboles y fácil de eliminar si se diagnostica a tiempo. No pudieron salvar tu cuerpo, pero tu esencia está plasmada en todas y cada una de las hojas que leo y releo en cada viaje, en cada tren, en cada avión. 

Pues tú me has contagiado esas ganas de vivir que tiene mi madre y tú vas a ser mi gran y fiel compañero con el que veré cada rincón del mundo.
-Estefanía Asins-

No hay comentarios:

Publicar un comentario