“Todos tenemos temores”,
pensó Hannah al despertar en la oscuridad. No reconoció los habituales rayos de
sol que entraban tras la ventana de su dormitorio cada mañana, así que le desconcertó
el lugar donde se encontraba. Durante unos breves instantes, el pánico corrió
por su piel por no ser capaz de ver absolutamente nada, pero tras tocar lo que
había a su alrededor se dio cuenta de que estaba dentro de una especie de caja
cuya forma no alcanzaba a comprender.
Probó varias veces
a empujar la parte superior para abrir ese espacio pero era demasiado pesado para
sus delgados brazos. Conforme los segundos pasaban y no conseguía resultados,
comenzó a aporrear la madera con toda la fuerza de la que disponía. Era inútil.
Intentó respirar hondo
para calmarse y pensar fríamente: ¿Qué la había llevado allí? Lo último que
recordaba era andar para casa tras el sonido del último timbre del colegio, y
luego, y luego…
Tenía mucho calor y aquel
espacio minúsculo la estaba empezando a asfixiar. Las gotas de sudor caminaban
por su frente y bajaban a su pecho; su boca estaba completamente seca y no
parecía que hubiera agua cerca. Gritó varios “¡Ayuda!”, seguidos de un
decepcionante silencio.
Pasó mucho tiempo, o eso sentía
ella: cada segundo era una prolongación de su agonía, una ignorancia constante,
un escalofrío en las rodillas. Entonces alcanzó a distinguir varias voces que
provenían de muy lejos, o quizás las oía así por la sensación de mareo que le envolvía
desde hacía unos parpadeos. Necesitó toda su fuerza de voluntad para que de sus
labios salieran las mismas cinco letras que había repetido en una docena de
ocasiones antes, y esta vez parece que funcionó.
Alguien la liberó de su
cautiverio y sin siquiera reparar en la identidad del desconocido, que soltaba
un improperio al verla, se sentó torpemente en el suelo para recuperar
el equilibrio. Veía objetos desenfocados y necesitaba unos segundos, pero el
hombre que había abierto la puerta no parecía entenderlo, pues solo gritaba que
trajeran al “jefe”, que algo había salido mal. Mientras su visión volvía a un
estado normal, notó cómo le ataba las manos y los pies con una gruesa cuerda
que picaba al hacer contacto con la piel. En cuanto se dio cuenta de que quería
aprisionarla de nuevo, forcejeó y chilló hasta que él le puso una mordaza y le
dio una bofetada que la hizo golpearse contra la pared.
La habitación le daba
vueltas cuando otro hombre, mucho más alto que el anterior y con aspecto
amenazador, irrumpió en la estancia. Después de lo que Hannah creyó entender
como (otra) sarta de tacos, vociferó:
- ¿Cómo eres
tan retrasado de confundir a la que teníamos que secuestrar? ¿No ves que esta
es morena y la que queríamos era rubia? ¡¿Qué vamos a hacer ahora?!
- No sé, jefe,
yo…
- A mí las
excusas no me valen. Ni los fallos tampoco. – afirmó, sacando de pronto una
pistola y disparando a la sien del secuaz.
Hannah jamás había presenciado
algo así y el sonido mezclado con la ansiedad del momento hizo que le pitaran
los oídos. Empezaba a ver de nuevo borroso, y el tiempo parecía haberse
ralentizado: notaba que se iba a desmayar. Justo antes de perder la conciencia,
oyó la voz despiadada del hombre:
- Una pena, con
esa cara tan bonita. Pero has visto demasiado.
Una oscuridad después
Despertó, esta vez en otra
habitación y frente a un espejo. Tuvo aproximadamente cinco segundos para ver
la silla, la cuerda que antes estaba en sus articulaciones pero que ahora
reposaba en su cuello formando un círculo y enganchada a la pared, y otros tres
segundos para entender que así finalizaría su vida.
Todos tenemos temores,
pero Hannah tenía tan mala suerte que los suyos se hicieron realidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario