martes, 28 de febrero de 2017

PESADILLA DE UNA NOCHE DE VERANO

Después de la cena, les gustaba sacar la silla a la calle y sentarse a tomar el fresco. Era una reunión cotidiana y nocturna de mujeres, los maridos se quedaban en casa viendo la tele. Si alguna se hubiera atrevido a salir acompañada del suyo, probablemente el resto la hubiera mirado muy mal. Tomando la calle por asalto, como las espectadoras de un improvisado teatro de transeúntes, observar las idas y venidas de la gente era su pasatiempo favorito.

Aquella noche era una ocasión especial. Carmen había sacado de casa una botellita de mistela para celebrar que su operación de cadera había salido estupendamente bien. Bebían contentas, quizá todas menos María, que no podía evitar echar un vistazo a su pierna ortopédica y lamentar no haber tenido la misma suerte que su vecina. Aún así, dio un traguito a su vaso y se esforzó en sonreír, consiguiendo ahuyentar la tristeza.

La noche continuó entre risas y sorbos de mistela, tal y como estaba previsto. A medianoche, la calle comenzó a volverse silenciosa y con la madrugada, se levantó una brisa fresca. Agradeciendo el respiro que les daba el calor, las mujeres dejaron descansar sus abanicos y estiraron las piernas, relajándose en sus asientos. Charlaban tranquilas cuando, repentinamente y a lo lejos, en medio del silencio, se escuchó un aleteo suave. Miraron a su alrededor, un poco extrañadas. Al no observar nada fuera de lo común, siguieron conversando. Sin embargo, sólo unos minutos más tarde, volvió a escucharse el aleteo, y esta vez parecía sonar más cerca. Hubo quién se puso en pie, algunas afinaron rápidamente sus audífonos y la mayoría guardó silencio con el fin de adivinar de dónde provenía aquel batir de alas.

En ese momento, volando entre las copas de los naranjos que asomaban al final de la calle, hizo su aparición un pequeño murciélago. Quizá desorientado por culpa del alumbrado, aceleró el ritmo y sobrevoló las cabezas del grupo de vecinas, amenazando con posarse sobre algún cardado. En su vuelo despistado, terminó cayendo en picado sobre la pierna ortopédica de María, a la que se agarró con sus pequeñas y encorvadas patas. María lanzó un grito agudo y dejó escapar un par de insultos. Rápidamente, sus amigas acudieron en su ayuda tratando de golpearlo con sus abanicos, pero el murciélago escapaba una y otra vez dando ligeros y ágiles saltos.  Cada vez más nerviosa, María resolvió que lo mejor era quitarse la pierna, pero sus dedos difícilmente conseguían desabrochar los pasadores metálicos. Tuvieron que echarle una mano entre todas, poniendo cuidado en no tocar al murciélago, que se empeñaba en permanecer enganchado a la altura del tobillo. Una vez consiguieron hacerse con la pierna, Carmen la agarró por la rodilla y alzando la prótesis por encima de su cabeza, hizo acopio de todas sus fuerzas para saltar y batir el aire con ella, demostrando lo bien que funcionaba su nueva cadera. El brusco movimiento espantó al murciélago, que salió volando asustado y se perdió definitivamente entre los naranjos de los que se había atrevido a salir.

Entusiasmadas por la victoria, todas rompieron en aplausos y silbidos. Todas menos Pilar, a quién la pierna ortopédica, en su retroceso triunfal, había golpeado en la cabeza, y ahora se encontraba tumbada en el suelo con la falda subida hasta el cuello. Al descubrirlo, los gritos sustituyeron a los aplausos y todas corrieron a socorrerla como pudieron. Rodeándola, la sacudieron por los hombros y abofetearon en la cara, alguna se preocupó por su recato y le bajó la falda.

Pero Pilar no respondía, seguía inmóvil, presa de la fuerte conmoción. Los ojos cerrados y el gesto ido, amenazaba con perderse en la nada. Tras unos minutos interminables, abrió lentamente los labios y con dificultad trató de pronunciar algunas palabras.

-La luz –dijo-. Estoy viendo la luz…

-¿La luz al final del túnel? –le preguntaron las demás, conteniendo el aliento.

Entonces, el nieto adolescente de Carmen, que había salido de casa apresuradamente al escuchar el alboroto, soltó una risilla nerviosa y dio un paso atrás, apartando la linterna de su smartphone de la cara de Pilar.

María M.

lunes, 27 de febrero de 2017

VIERNES (trabajo 2)

La casa de la nueva vecina es destartalada, oscura y está en las afueras del pueblo. Luis la espía agachado entre los setos que rodean la verja: los viernes ha decidido prescindir del regreso a casa en autobús escolar para descubrir el misterio de la mujer con pierna ortopédica que tiene un murciélago como mascota y siempre lleva un libro en el bolsillo de la cazadora, porque algún secreto debe ocultar alguien tan diferente a los habitantes del pueblo en el que vive, o eso murmuran sus padres, los tenderos, el sacristán y hasta los amigos: Juanito la apoda Alien; Pepi, La Drácula; Edu, Robocop… y él, el detective de la pandilla, La Bruja, pues aunque el pueblo carece de cine y biblioteca, no faltan televisiones ni capillas que informen sobre seres perversos o anormales.
Está oscureciendo y Luis tiembla de emoción ante la inmediata aparición de la extraña. Espera que este viernes resulte más emocionante que el anterior para poder contar otra buena historia a sus amigos: ellos pretenden acompañarle, pero como nunca quieren ver la serie Sherlock Holmes les dice que es peligroso arriesgarse sin conocer las refinadas técnicas de investigación del famoso detective; que la vean y aprendan si quieren acechar con él a seres peligrosos.
Los minutos pasan, la noche cae, y no sucede nada dentro ni fuera de la guarida de la vieja. ¿Se habrá marchado?, se pregunta. El viernes pasado a esta hora ella ya había encendido varias luces antes de sentarse a escribir en la mecedora del cobertizo, pero hoy la inacción le aburre y pronto deberá retomar su camino hacia el pueblo, así que no tiene otro remedio que saltar la verja y acercarse  a la casa un poco más si no quiere quedarse sin su capítulo de intriga.
El sonido de la pinocha seca crujiendo bajo sus pies le aterroriza y echa a correr hacia la puerta. Aquí para y contiene la respiración a la espera de que La Bruja lo reciba furiosa, convertida en monstruo, con una escoba en alto contra el intruso. Como el lugar sigue en silencio se anima a abrir la puerta, que no está cerrada con llave: en el interior la oscuridad es absoluta y tantea los alrededores del marco de la entrada buscando una llave de la luz. En cuanto la encuentra, acciona el interruptor y ante él aparece una sala con las paredes cubiertas hasta el techo por estanterías llenas de libros y, en el centro, dos sillas y una mesa redonda sobre la que salta el murciélago mascota; más abajo, sobre el suelo, yace el cuerpo inmóvil y pálido de La Bruja con los ojos abiertos. Luis ahoga un gemido y retrocede, pero antes de atravesar el umbral vuelve sobre sus pasos, zarandea a la mujer por si acaso aunque hiede, y, ante la falta de respuesta, le cierra los ojos antes de coger el papel garabateado que le asoma por el bolsillo del delantal. Quizá sea una carta para un familiar lejano o, tal vez, revele el escondite de un tesoro diabólico.
Vuelve hacia el pueblo con varios libros más en la mochila, cabizbajo, pensando en que al día siguiente tiene que enterrar el cadáver y cuidar del murciélago; pensando también en la historia que inventará para que nadie descubra la muerte de la vieja hasta que él haya leído su enorme biblioteca. La Bruja se lo exige todo como última voluntad en la carta que acaba de dejarle, la que escribió el viernes anterior cuando descubrió la presencia infantil entre los setos. 

El cuento de la cueva

El espeleólogo Manuel se encontraba especialmente cansado aquella tarde. Javi, el más joven del grupo, no paraba de brincar de un lado a otro sin mucho cuidado y Manuel estaba ya cansado de reñirle. A lo largo de los años había visto demasiadas caídas que podrían haberse evitado con una mayor precaución. Aunque la mayoría habían sido poco más que un susto, tenía viejos compañeros que se había retirado antes de tiempo por no hacer correctamente su trabajo.

Le fastidiaba particularmente esa actitud despreocupada del que no se llega a plantear lo tristemente inevitable: en cualquier momento puede producirse un accidente. Sabía que Javi era un tipo profesional, y de normal no le molestaban mucho sus tonterías, pero hoy lo veía especialmente atrevido y no tenía ganas de aguantarlo a su lado.

Manuel bajaba tranquilo por la cueva, cada vez más oscura. No era muy difícil recorrerla y se sentía confiado. En un pequeño parón, permitido por una sala en la que cabían los cuatro, aprovechó para quedarse el último para así mantenerse alejado del cabra de Javi, que dirigía hoy la expedición. Es cierto que estaba haciendo el trabajo que le tocaba, pues indicaba claramente el camino y avanzaban a un ritmo adecuado, pero cada vez que lo veía hacer algo fuera de su estricto cometido se enervaba y no podía evitar sentir la necesidad de darle una lección, aunque hacerlo habría requerido gritar.

Era la segunda vez que venían a esta cueva, y aunque eran un equipo bastante bueno aún llevaban bastante cuidado con ciertas cosas, como no elevar la voz por desconocer la inestabilidad de las estructuras. Era el propio Manuel el que había impuesto esta norma, junto a otras más básicas, y todos estaban obedeciendo sin rechistar. Aun así, Javi no paraba de cometer imprudencias innecesarias y llegó un momento en que Manuel no pudo más.

-      ¡Para ya de una vez!

Todos se giraron asombrados al escuchar su grito, extrañados de que proviniese de él. Cuando estaba empezando a cerciorarse de lo que acababa de hacer, y ya sentía una vergüenza infantil invadir su pecho, escuchó un ruido raro proveniente de la pequeña cavidad que tenía a su lado, en la pared de la que ahora estaba colgado.

Decenas de murciélagos salieron en ese momento de su escondite, chocando con él y haciéndole perder el contacto con su cuerda. Controló la calma, pues sabía que sus compañeros podrían soportar el peso de su caída, pero cuando empezó a caer y vio que se alejaba cada vez más de la soga el miedo conquistó en un instante su consciencia: No había enganchado el mosquetón tras la última parada.

Cayó por el túnel vertical que atravesaban adelantando a sus compañeros, y fue con Javi, el último de ellos, con el que cruzó la última mirada antes de sufrir el golpe. Su rostro aterrorizado fue lo último que sintió.

***

Su siguiente momento consciente fue en una camilla desgastada, rodeado de personas extrañas y sufriendo lo que supuso eran los baches de la carretera.

Esa noche volvió a abrir los ojos. Esta vez se encontraba en una cama cómoda y comprendió no sin esfuerzo que estaba en un hospital. Asustado, comenzó a investigar la habitación con la mirada, girando el cuello lo poco que el collarín le dejaba. En una esquina, tumbada en un sillón, vio a una persona tapada con una manta que reconocía. Además, sentía su olor en el ambiente. Se relajó y volvió a dormirse.

Al fin despertó al día siguiente, abrumado por la luz que invadía la sala, y pronto le dijeron lo que pensaba sólo pasaba en las películas: No podría volver a andar. Lloró desconsolado y maldiciendo ese lugar tan oscuro.

Esa tarde le visitaron sus compañeros. Le contaron lo sucedido y cómo dos de ellos se la habían jugado para rescatarle. A idea de Javi, le habían atado a un tronco viejo que habría caído a la cueva hace quién sabe cuánto, y lo habían subido entre los tres a la superficie, donde al fin habían podido pedir ayuda.

Les dio las gracias y se marcharon. Esa noche la pasó en vela. Al día siguiente, a primera hora, entró el medico cabizbajo. Avergonzado, se disculpó eternamente por haber juzgado mal su caso. Había indicios de que podía recuperar la movilidad en una de sus piernas. Eso sí, tenía que contentarse con eso. La otra, mucho lo temía, estaba absolutamente destrozada.

Al día siguiente se la cortaron, y aunque en el momento en que esto sucedía él no era consciente, sintió al despertar que le habían arrancado toda su vida de cuajo. ¿Ahora qué iba a hacer?

Pasó unos días en el hospital, encamado y cada vez más deprimido. Pronto le darían el alta y podría volver a casa. Su marido había dedicado cada minuto desde que supo lo ocurrido a apoyarle y estar con él, y cuando vio el alta cercana se marchó a visitar las ortopedias de la ciudad en busca del mejor remedio. Volvió a las dos horas acompañado. Rafa se presentó a Manuel, e ilusionado le planteó su propuesta.

Tenían un convenio con asociaciones de deporte extremo para darle piernas nuevas a aquellos que las perdiesen a costa de disfrutar de su pasión, y tras escuchar su caso había visto una oportunidad perfecta para ayudarle. Llevaban ya tiempo empezando a colaborar con el montañismo, y aunque no se habían planteado aun trabajar con espeleólogos su caso podía ser el idóneo para empezar con ello.

Esa noche Manuel y su pareja hablaron de ello, y tras buscar referencias y ver el buen trabajo de la ortopedia, donde habían logrado devolver el caminar a varias personas, decidieron seguir adelante con ello. Solo quedaba un problema: el dinero.

Manuel recibió el alta. Ya en casa comenzó a hacer cálculos de cuánto debían ahorrar para poder recuperar su pierna, y cuánto iba a sufrir en consecuencia Jose con ello, pues no andaban en exceso de recursos. Mientras se replanteaba el asunto aparecieron por su piso sus colegas, alegres y animados.

Se habían enterado por parte de Jose de la idea de fabricarse una nueva pierna, y tras conocer el precio de esta habían decidido unánimemente colaborar. Manuel no quiso aceptar el dinero, pero no estaba en condiciones de pelear mucho y no pudo convencerles. Antes de que se marchasen de su casa les amenazó con correr tras de ellos para devolvérselo. Los tres rieron, y le dijeron lo que ya sabía le iba a tocar oír desde que había comenzado con su amenaza:

-      ¿Nos vas a poder pillar? ¿Así? ¿Cojo?

Manuel rio, de buen humor después de tantos días. Al rato de marcharse sus amigos volvieron las dudas, y esa noche volvió a no dormir apenas. Sin embargo, el momento de buen rollo que había disfrutado aquella tarde junto a ellos le hizo mantener la esperanza. Iba a trabajar duro, y algún día conseguiría volver a estar bien. 

Apaga la luz

-Tío, apaga la luz de una condenada vez.

-¡Ya voy joder! ¿Qué te ha dao?

-Nada, estoy cansado.

-Yo no tengo sueño.

-¡Que apagues la maldita luz!

-Va, va.

Toni apagó la luz. Apagó la maldita luz de una condenada vez. Se revolvió en la cama auxiliar del dormitorio de su colega. El colchón no era demasiado cómodo y su mente iba a mil por hora. Así no habría forma de dormir.

-Manu – dijo alargando el nombre de su amigo. - ¿Estás despierto?

-Sí Toni, estoy despierto –respondió bruscamente.

-¿Nos fumamos un canuto? Le he mangao un cogollo a mi hermana.

-Venga, va. Sí, –esta vez su tono era más suave– enciende la luz.
Toni se las arregló para liar torpemente la mezcla de tabaco y mariguana. No era una maravilla, no era en realidad un buen porro, pero se podía fumar, ¿no?

-Haberlo liao tú, tío, no te quejes. Va, enchúfatelo. –apremió a Manu. - ¿Esta buena? Mi hermana suele pillar buena mierda, creo –dudó.

-Está buena amigo, está muy buena – ahora sonaba calmado.

-¡Pásamelo!

-Voy, voy.

-Pásamelo que es mío.

-¿Que es tuyo? ¿Qué es de quién? ¿Qué se puede poseer y qué no?

-Vaya fumá te has pillao, ya estás con tus rayás. - Toni le arrebató el cigarrillo y dio unas caladas.

-No son rayadas, es filosofía. Me esfuerzo en plantarla de forma que tú alcances a entenderla. Eres un panoli.- añadió en tono burlón.

-Que te jodan.

-No te ofendas, tío. Vamos a jugar.

-¿A qué?

-Eso es lo de menos. Juguemos.

-No te pillo, pero vale, está bien. Empieza tú.

-Si tuvieras que ser un animal, ¿cuál serías?

-No sé, pero tu serías una cebra -hizo una pausa, esperaba que Manu preguntara. No lo hizo.- porque estás to’ rayao.

Toni rió como un loco con su propia intervención, llevaba un colocón importante. Manu le miraba impasible desde su cama.

-Yo -retomó Manu- sería un murciélago.

-¿Una rata con alas? ¿Eso serías? Estás a tiempo de cambiar, eh. Yo sería un tigre, valiente, fuerte, agresivo; o un camaleón, capaz de camuflarse en cualquier lao, o no sé, una cucaracha. Dicen que pueden sobrevivir a una explosión nuclear, ¿lo sabías?, y que pueden vivir aunque les amputen una parte del cuerpo. –Carraspeó.- Lo siento tío. Quiero decir… ¿un murciélago? ¿por qué?
Manu miró su pierna amputada y después la pierna ortopédica que reposaba sobre el arcón a los pies de su cama. Toni se sintió fatal por haberle recordado… eso. Insistió:

-¿Por qué, tío? ¿Por qué un murciélago?

La cara de Manu, que parecía descompuesta tras la metedura de pata de su amigo, recobró brillo.

-Un murciélago porque me gustan los murciélagos. Para empezar, la palabra: es esdrújula, siempre me han gustado más las palabras esdrújulas, casi todas son llanas o agudas, las esdrújulas son especiales; y tío ¿has reparado alguna vez en que murciélago es una palabra que contiene las cinco vocales y cada una de ellas aparece exactamente una vez? Luego está el animal: es mamífero, me identifico con eso, pero ¡puede volar! Los mamíferos no vuelan. Además vive de noche. Habita en las entrañas de la tierra, siempre en grupo. Y algo que me impresiona: son ciegos pero eso no les limita, pueden verlo todo, sintiéndolo. Incluso pueden permitirse ser depredadores sin ver a sus presas. ¡Ah! y además…- Toni ya se había quedado dormido, no lo habría hecho de saber lo que Manu iba a decir a continuación- Y además, ya soy uno de ellos.


Inmediatamente después de acabar la soporosa explicación que había causado en Toni el efecto esperado apagó la luz y se abalanzó sobre su amigo, directo a la yugular. 


Adah.

viernes, 24 de febrero de 2017

SILENCIO

(Trabajo 1 Escritura Creativa UV)

Apenas recuerda lo ocurrido durante la fiesta; tampoco cómo ha llegado a su apartamento. «Bebí demasiado y me ha sentado mal», se dice al echarse en el sofá y sentir que flota como cuando se tumbó sobre una cama de agua.
Nunca le ha gustado la sensación de ingravidez, ni siquiera en la infancia, cuando aprendió a flotar sobre el agua de la piscina y se sintió insegura, sin asideros, sin extremidades con las que anclarse al mundo. Unos años después, en la adolescencia, el miedo a la ingravidez encarnó en la imagen cinematográfica de un herido de guerra con los brazos y piernas amputados.
Ahora, a las cinco de la madrugada, no puede dormirse a pesar de la embriaguez, aterrorizada por la nueva escena que invade su mente: un astronauta flotando hasta la inanición en el mudo vacío del espacio. Desesperada, intenta moverse y no lo consigue. A continuación abre los ojos para cerciorarse de que su cuerpo sigue sobre el sofá, pero solo ve unas sombras que parecen emitir murmullos, voces que gritan a lo lejos... ¿su nombre? No llega a entenderlas porque un silencio repentino y cortante las apaga. Entonces, sin comprender cómo, sabe que jamás volverá a sentir miedo de la ingravidez.

jueves, 23 de febrero de 2017



40.320 kilómetros por hora


El tono oscuro de su voz me inquietó más que la propia pregunta. Pensé que lo de almorzar hoy un poco antes de lo habitual, así con tantas prisas, en realidad no obedecía a una urgencia verdadera. Preferí empezar con un tanteo del terreno.

- No, de la manera que quieres, no puedes hacerlo tú sola. Necesitarías alguna fuerza que te propulsara en vertical a más de 40.320 km/h. Sería la única manera de liberarte de la atracción que te une al suelo.

- Y ¿entonces? ¿cómo lo consigo?

Estaba claro que no iban a servir mis sobadas ironías. Subí un nivel y tiré de mi pastiche filosófico de saldo.

- Bueno, existen pequeñas cosas a tu alcance que te permitirían experimentar algo parecido. Sólo obtendrías una fracción de ingravidez, pero es mejor que nada. Si lo piensas un poco no es tan difícil. A los cinco minutos de estar inmersa en un sueño, tu yo soñado ya no responde a lo que se conoce como gravedad. Mientras te enamoras despegas algunos milímetros del asfalto y para ti ya no concierne la densidad que esclaviza a los demás. Si lees a los heterónimos de Pessoa respiras en una atmósfera cuyas leyes gravitatorias no se corresponden con nada de lo que te enseñaron tus profesores de literatura. Al enfermar un mes de enero las células que te componen alteran su ritmo predestinado y la fiebre te empuja por unas horas fuera de las paredes que son cada día tu casa.

Pensé que con esta andanada todo se reconduciría hasta firmar unas amistosas tablas, seguir con el café y olvidarnos del asunto. Pero no estaba dispuesta a empatar tan pronto.

- Ya, pero,¿qué tiene que ver todo eso con lo que yo quiero?

Lucrecia tenía una mañana difícil, de las que cuestan sobrellevar.

- No eres la primera a la que se le ocurre lo de una evasión instantánea, no eres tan original -tomé un poco de impulso y seguí-. A ver qué te parece esto: te pones delante de "Yellow over purple" de Mark Rothko y la gravedad queda desleída en colores que tú entendías en el colegio con sólo cinco años. Escribes en tu cuaderno barato cosas para nadie y crees que en esas páginas lo grave te pertenece. Hay quien puede entrar en la carcel ya condenado, oir las puertas cómo van cerrándose una a una y esa noche notarse muy ligero, cautivo, sin aire, pero sin el dolor de otras veces. Imhotep hace casi cinco mil años dibujó un alzado y una planta y con sólo ese esquema trató de compreder la gravedad para luego impugnarla con su pirámide en Saqqara y aún hoy la apuesta sigue en pie.

- Me parece que yo no quiero nada de eso, no me sirve.

Vistas las pocas ganas de tomárselo a broma que presentaba y conociendo mi facilidad para entrar en las más retorcidas arenas movedizas dialécticas, solté del todo el freno.

- He oído decir que ver nacer a tu hijo te absuelve por un día del coeficiente que tira de ti desde la corteza de la Tierra, aunque verlo morir te arrojaría a un mundo sin cordura. Quizá si fueras un ángel estarías purificada y tu naturaleza no la conformaría ni carne ni huesos que envejecen y se degradan y te obligan al final a arrastrarte. Si cuando miraras una foto tuya de pequeña en verano fueras capaz de recrear el olor que había, el calor que sentías, el pensamiento sencillo que te recorría la nuca, a lo mejor eso te haría no notar por un momento la rara gravedad que sientes hoy...

- ¿Y dices que sólo harían falta 40.320 km/h?

Por la calle la gente iba en silencio y en todas direcciones. Los coches se movían más ruidosos, pero sólo hacia la derecha o la izquierda. Los niños en el parque de enfrente, aburridos de delizarse por el tobogán como siempre, lo remontaban al revés, con gran esfuerzo, muchas risas y resbalones.




Diego

Hic et nunc

Hoy he creído sentir la lluvia deslizándose por mi piel. Hoy he creído sentir el viento zarandeando mi pelo. Hoy he creído ser capaz de estirar mis labios para dibujar una sonrisa en mi rostro.

Hoy he creído volver a existir.

Desde hace demasiado tiempo, tanto que ya he perdido la cuenta, me encuentro en un estado inverosímil. Supuestamente fallecí hace años, pero nada me ha impedido permanecer aquí, en un mundo desconocido tanto para vivos como para muertos.

Recorro las calles, si es que pueden denominarse así, buscando cualquier atisbo que me revele el motivo por el que me encuentro aquí. Tal vez dejé alguna tarea pendiente, o tal vez cometí errores que me han costado el permanecer en este frustrante estado. No estoy seguro de nada. Todo ha sido tan monótono, tan rutinario, tan… aburrido. No vivo, no muero. No respiro, no siento. No hablo, no escucho. Total, no hay nada a mi alrededor. Tan solo unos caminos oscuros que me obligan a plantearme cada paso que doy, pues el miedo a caer a un abismo me tiene sobrecogido.
Sin embargo, hoy ha habido un cambio.

A la lejanía, vi una luz brillar. Lo primero que pensé es que sería ese túnel que me llevaría a mejor vida, al más allá. Así que decidí seguirlo. A medida que caminaba, veía cómo mis pies desaparecían. Mi cuerpo entero desaparecía. Podía ver a través de mis manos y seguir aquella luz por mucho que cerrase mis inexistentes ojos. Ya no caminaba. Me deslizaba por el espacio, casi como si volase. Ya no pesaba nada. Era un halo de pensamientos que se dirigía dubitativamente hacia un destino completamente más incierto.

Cuanto más me acercaba a ese foco, más persona volvía a sentirme. No tenía cuerpo, pero sentía todo como si lo tuviera. Como si de nuevo estuviera en ese planeta que tanto amo, conocido habitualmente como la Tierra. Como si me encontrase recorriendo ese bosque tan preciado, colgándome de rama en rama como hacía habitualmente. ¿Sería esa sensación de ingravidez la que me recordaba tanto a mi querida juventud?

Todo era tan extraño… daba tanto miedo que, cuando llegué frente a luz, paré en seco. Me quedé delante, mirando fijamente, flotando sin saber cómo avanzar. El pavor me impedía moverme. Tal vez, esta especie de Limbo en el que he estado todos estos años, era la única oportunidad de volver a la vida. Tal vez, si avanzo un solo centímetro más, desaparezca para siempre.

Pero, ¿qué vida es esta? ¿Una que no vivo?

Con ese único pensamiento, decidí avanzar. Crucé ese paseo luminoso completamente decidido. Siempre con la frase en mente “hic et nunc”. Ahora o nunca.

.
.
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Nunca he vuelto a saber de ese muchacho que cruzó. Creía que era el único aquí, pero ninguno de nosotros tenemos cuerpo. Todos flotamos errantes por este Limbo. Pocos se han atrevido a cruzar. 

Ninguno sabemos lo que realmente nos espera.
-Estefanía Asins-

Luna llena

Era una espléndida tarde de agosto. El sol brillaba bajo, de forma intensa, arrojando vespertinas sombras sobre la arena. Ángel observaba el sosegado paisaje desde la quietud del zaguán. Las olas rompían mansamente contra las inmensas rocas. El murmullo del oleaje y el graznido de las gaviotas eran los únicos sonidos que rompían el apacible silencio de su pequeña propiedad. La brisa era suave, rebajando la sensación térmica al acariciar su torso desnudo. 
Frente a él: arena, rocas y la azul inmensidad del mar recordándole el minúsculo lugar que ocupa en el universo; a su espalda una pequeña casa cuya fachada presentaba un aspecto burdo. La pintura menos ajada, aunque también agrietada, de un saliente en el lateral septentrional de la vivienda junto con un estilo arquitectónico distinto en las molduras de las ventanas evidenciaban que la casa había sido construida en diferentes etapas. Se trataba claramente de un añadido, erigido varios años –puede que décadas-  después de su cimentación.  Tal vez anteriores propietarios urgieron de un nuevo dormitorio para su, recién llegada al mundo, criatura; quizá habitó la casa un artista que requirió apresuradamente de un taller donde desatar su creatividad. En cualquier caso, el aspecto diferenciado del resto de la casa parecía indicar que había sido construido de forma impulsiva.

A Ángel le gustaba fantasear con quién o quiénes habitaron antes que él aquel cobijo del que había hecho su hogar. Cuando adquirió la propiedad no tuvo oportunidad de conocer a los anteriores inquilinos. Fue un trámite telefónico, a través de una inmobiliaria; tan solo acudió a una cita que sirvió al mismo tiempo para conocer personalmente el terreno, como para, a continuación, firmar las escrituras confirmando la adquisición. 
No le resultaba imprescindible visitar el lugar, la decisión de comprar la casa ya era firme, lo era desde el momento en que la encontró. Aquella vivienda cumplía estrictamente con su lista de imprescindibles: estaba aislada, alejada de cualquier ser humano y de cualquier construcción -¿o debería decir destrucción?- realizada por el mismo; se hallaba a escasos metros de la orilla del mar, de un mar puro y virgen; el colosal terreno contaba con un depósito de agua natural, lo que no solo le permitiría abastecerse de agua sino que también proporcionaba un terreno fértil para el cultivo pese a estar a tan corta distancia del mar; la vivienda era pequeña, apenas 60 metros cuadrados y disponía de antiguas placas solares que, por haber sido instaladas varias décadas atrás, estaban exentas de la nueva normativa que obliga a pagar caros impuestos por su uso. Y además, por alguna extraña razón, el precio de la propiedad era extraordinariamente bajo, irrisorio. En la inmobiliaria no respondieron a ninguna de sus preguntas al respecto; no insistió demasiado, no quería, de ningún modo, tentarles a subir el precio, pero realmente le despertaba curiosidad, más aún cuando, incluso tratándose de conversaciones telefónicas, percibió un alto grado de tensión al otro lado del auricular cada vez que trató de obtener información sobre ello. Las preguntas sobre su anterior propietario obtuvieron similares respuestas. Tan solo le dieron un nombre: Badriya. Lo dejó pasar.

Desde que alcanzaba su memoria había deseado un lugar así. Pasó, como la mayoría de esta minoría a la que llaman primer mundo, las primeras dos décadas de su vida estudiando. Una buena carrera y un momento de auge económico le permitieron someterse al yugo de un empleo aburrido y superfluo con el que pronto comenzó a ahorrar. Aprendió de niño a vivir con poco. Ahora se ceñía a un plan. En cuanto hubiera ahorrado lo suficiente -se había esmerado en calcular cuánto era esto-, abandonaría la ciudad; abandonaría el bullicio y la contaminación, los altos edificios, los coches, las prisas, los relojes. Abandonaría todo aquello que le oprimía, todo aquello que mermaba su ánimo y quebrantaba su alma.

Ahora respiraba el aire puro del mar y se deleitaba con las vistas. Tras una mañana dedicada al cuidado de sus cultivos bajo el abrasador sol estival, Ángel se  sumergió, como solía hacer  a esta altura del día, en la reflexión. Algo comenzaba a inquietarle. No estaba seguro de qué se trataba. “¿Qué tiene hoy de especial? ¿Qué hace de este día diferente?”. Cayó en la cuenta de que esa noche la luna llena estaría más próxima a la tierra de lo que lo había estado en los últimos dieciocho años. Debido a que al abandonar la ciudad dejó atrás cualquier instrumento de medida del tiempo, no disponía de calendario, por lo que la luna había cobrado una gran importancia para él. Se guiaba por los ciclos lunares para determinar los momentos de siembra y cosecha. Había adquirido, ayudándose de libros y de su propia experiencia, grandes conocimientos sobre el satélite terrestre. Pero ¿por qué estaba intranquilo?

Ángel había hecho de la estancia añadida su biblioteca. Fueron libros y un par de fotografías enmarcadas los únicos objetos que conservó de su vida pasada. Estos libros, junto a los pocos que se hallaban en la casa cuando la ocupó, estaban organizados en grandes estanterías, que él mismo había construido. Se adentró en la biblioteca en busca de información relacionada con el fenómeno que sucedería esa misma noche. Se sentó en el viejo sillón y emprendió la lectura.

Despertó en la misma posición unas horas más tarde. Abrió los ojos. El libro reposaba aún sobre su regazo. Por la ventana, la luna brillaba cómo nunca antes la había visto brillar. Siguiendo su pausado ritmo natural, el astro se posicionó justo en el centro de la ventana, dejando así entrar con más fuerza los rayos reflejados. A Ángel le pareció ver como uno de esos rayos entraba raudo por el ventanuco cayendo sobre uno de los viejos libros. Nunca había reparado en ese volumen, ni siquiera recordaba haberlo colocado allí. Como por arte de magia el tomo, al absorber la luz proyectada por la luna, se deslizó a través de los volúmenes contiguos, abandonando su lugar en el estante y levitó suavemente hasta posicionarse en el centro de la habitación, a una altura de algo más de un metro, como si la fuerza gravitatoria no influyera sobre su masa, reposando sobre una mesa invisible sobre la que se abrió. La luz de la luna iluminaba la página que había quedado al descubierto. Ángel, cautivado por la sucesión de hechos que acababan de acontecerse antes sus ojos, se levantó de su asiento. Caminó por la estancia hechizado por el hermoso resplandor que parecía envolver el tomo abierto y se dispuso a leer la página que la luna le mostraba.

Meses después fui a visitarle, solía hacerlo una o dos veces al año pero esta vez había pasado algún tiempo más del habitual. Encontré su cadáver, reposado aún en aquel viejo sillón. Junto a él descubrí una nota escrita de su mano -reconocí su letra- en la que explicaba el extraordinario fenómeno del que les acabo de hacer partícipes. Terminaba la carta diciendo: “Ya puedo partir. Ya puedo dejar este desgastado cuerpo, abandonar este mundo terrenal. Puedo marchar en paz.”


Busqué aquel libro del que hablaba en su nota. ¡Por mi madre que lo busqué! Mas parecía haberse desintegrado. Mi tío Ángel no recibía más visitas que las mías, nadie pudo habérselo llevado. Jamás supe qué fue lo que aquellas páginas le desvelaron, jamás supe qué fue de aquel extraño libro y jamás expliqué a nadie lo sucedido, así que siéntanse afortunados de ser conocedores de estos hechos inauditos. O siéntanse tentados, como yo, de volver a aquella casa dieciocho años después para tratar de dar explicación a lo acontecido. Si así lo decidieran, me acompañaran mañana por la noche, en la biblioteca, junto al viejo sillón. Se adjuntan las coordenadas.

                                                                                                                                   Adah.
Personajes:

Aquel día, como todos los otros, me puse los auriculares y caminé lo más rápido que pude intentando no mirar a ninguno de mis dos lados. Lo único en lo que me centraba era en el suelo y lo hacía porque era imprescindible para no tropezar, estamparme o ser atropellada.

Si no hubiera visto sus zapatos ni siquiera habría sido realmente consciente de que tenía gente caminando a mi alrededor. Unas Converses roídas, unas deportivas recién estrenadas, unas polvorientas botas de trabajo, unos preciosos Louis Vuitton y, de repente, llamó mi atención ver que un hombre llevaba sandalias, sí, sandalias, en pleno invierno. Me extrañó todavía más darme cuenta de que no eran sandalias lo que llevaba sino que aquel hombre iba descalzo. Y junto con él, el resto de la gente.

Seguí caminando y aceleré el paso con la certeza de que, sin quererlo, me había metido en algún tipo de manifestación hippie. Pensé que no sería muy multitudinaria, pues no se veía una aglomeración mayor que de costumbre.

Sólo tuve que dar un par de pasos más para percatarme de que no era una manifestación hippie, sino que algo había cambiado ese día, algo era muy distinto. Yo tampoco llevaba zapatos, ni pantalones, ni el resto de la ropa que me había puesto antes de salir de casa. Ese instante me pareció  el momento idóneo para levantar la cabeza. Sorprendentemente mi ropa estaba suspendida varios metros por encima de mí. La mía y la de todo el mundo. Vestidos, chaquetas, corbatas, pantalones, zapatos e incluso un par de hábitos de monja ascendían en el cielo en racimos como globos de helio.

No podía creer lo que estaba viendo, me sentía tan avergonzada y abrumada. Intenté taparme como pude con las manos y me escondí detrás de un banco para que no pudieran verme desnuda. Esperaba que la gente hubiera actuado de la misma forma que yo, y así fue, al menos en la mayor parte de los casos. Pero algunos que no se escondían, saltaban y escalaban a lugares altos para poder recuperar esa ropa tan cara que el mismísimo cielo les había arrebatado. Todos estos intentos fueron en vano, pues la ropa siguió subiendo y subiendo hasta que desapareció de la vista.

Tras una hora esperando no sé a qué, escondida detrás de ese banco, decidí cambiar mi rumbo y volver a casa para vestirme de nuevo. De camino a casa me di cuenta de que la gente estaba desquiciada y asustada y de que todos los maniquíes de los escaparates de las tiendas de ropa estaban tan desnudos como yo. Por fin volví a casa y no había nadie. No había nadie ni tampoco nada. Al menos nada de lo que necesitaba en ese momento. Todos los armarios y cajones estaban vacíos. Las sábanas, colchas, cortinas y manteles habían desaparecido, no había ni siquiera papel higiénico. No quedaba absolutamente nada con lo que pudieras cubrir tus vergüenzas.

Por todo esto decidí quedarme en casa y no salir, no salir para no ser vista y para no ver a los demás. Tenía miedo, un miedo irracional que en aquel momento no podía explicar.

Ya han pasado 30 años desde aquel extraño día. La sociedad no tardó mucho en volver a la normalidad. Si la prensa escrita no hubiera volado hasta desaparecer de nuestra vista habríamos observado en los periódicos que las personas tuvieron exactamente la misma conducta que yo tuve, una conducta de miedo y aislamiento. Y hubiéramos leído titulares referentes a la gran idea de Amancio Ortega de añadir metales pesados a la ropa para evitar que esta volara por los aires. No sé si afortunada o desafortunadamente los artilugios electrónicos pesaban demasiado como para desaparecer, por lo que fueron la televisión e internet los medios por los que me informé de todos estos sucesos. Los materiales susceptibles a ascender y por lo tanto desaparecer fueron sustituidos por otros por lo que, poco a poco, todo volvió a la normalidad.

Este día, como todos los otros, me pongo los auriculares y camino lo más rápido que puedo con la vista fijada en el suelo intentando no mirar a ninguno de mis dos lados. Pero ahora las razones por las que lo hago son distintas. Lo hago porque he entendido por qué sentí miedo aquel día y me he dado cuenta de que fue absurdo. Sentí miedo porque sin mi ropa, mis complementos, sin mi envoltorio, me presentaba ante el mundo tal y como era y perdía el personaje que representaba cara a la sociedad.

En aquel día lo hacía por simple timidez y, este día, lo hago porque no me apetece mirar a la cara a personajes que son interpretados por personas que tienen un miedo irracional a presentarse ante el mundo tal y como son.


Celia

Gravedad (provisional)

- Lamento darle esta noticia, pero a consecuencia de los graves e irreparables daños que sufrió hemos tenido que amputarle ambas extremidades inferiores, dijo el médico nada más despertarme.
Seguro que es una broma pensé intentando mover las piernas cómo para demostrarle que se había equivocado de persona, pero nada ocurrió.
- Si necesitas cualquier cosa avísame, ahora tengo que ir a ver otros pacientes!
A las dos semanas, pedí que me enviaran a casa porque no aguantaba más el olor del hospital y la soledad de la habitación en la que ningún libro era capaz de hacerme compañía. Me acomodé en el sofá al lado de la estufa. En la mesa que había al alcance de mi mano estaban colocados los veinte libros que había comprado en Amazon y enviado a casa de mi prima en las dos semanas que pasé en el hospital. Hojeándolos me di cuenta que la mayoría eran de ciencia ficción, empecé a leer a María le llamaron del programa espacial… cuando sonó el teléfono:
- Hola, llamamos de la Organización Nacional de Bienestar Social, quisiéramos hacerle una entrevista para saber cómo podríamos mejorar su estado actual.
- No necesito ninguna mejora, gracias.
- De acuerdo, me gustaría comentarle sobre un proyecto desarrollado por el Programa Nacional Espacial en el que se ofrece la posibilidad de optar a un puesto de experimentación terapéutica.
- Vale, quiero presentar la solicitud, contesté sabiendo que no iban a dármelo.
Al siguiente día volvieron a llamarme diciendo que había sido escogida para el experimento terapéutico. Después de muchas pruebas hechas en muy poco tiempo, estaba en un cohete volando rumbo a un nuevo planeta recién descubierto que, según los científicos y astrólogos con los que había hablado, albergaba vida. Formaba parte del proyecto Rojak, en el que enviaban personas, que habían pasado por una experiencia traumática recientemente, a reconocer un nuevo planeta para ilusionarles con un nuevo objetivo de vida (oficialmente). Extraoficialmente, teniendo en cuenta que era una expedición de ensayo, era más conveniente para todo el mundo (en el caso de que algo pasara) que una persona discapacitada o desequilibrada mentalmente muriera en vez de una persona activa económicamente hablando. Pero todo eso a mí me daba igual porque en el espacio podía volar, iba a todos lados simplemente agitando mis brazos. Era increíble. Estaba muy feliz. No paraba de pensar en qué encontraríamos en el nuevo planeta ¿algún tipo de extraterrestre? Luego se me olvidaba gracias a la emoción de volver a moverme sin la necesidad de que alguien me toque o teniendo que usar la silla de ruedas… volvía a ser libre.
Mientras daba vueltas por la nave algo chocó con nosotros. Había sido un meteorito que se desvío de su trayectoria de una forma muy impredecible. Le había dado al tanque de combustible y también al estabilizador. Me puse muy nerviosa pensando que iba a morir así que cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos y miré a mi alrededor, la nave se estaba rompiendo a pedazos, para mí todo pasaba a cámara lenta hasta qué…

- Hola, ¿cómo estás? Veo que tienes muchos libros aquí, voy a la cocina a preparar algo de picar, ahora vuelvo!

Final alternativo de Bartleby, el escribiente

Bartleby sentía tras de sí como se alejaban el despensero y su antiguo jefe. Las palabras del primero le volvían a la mente: << ¿Desequilibrado? ¿Está desequilibrado? Bueno, palabra de honor que pensé que su amigo era un caballero falsificador; los falsificadores son siempre pálidos y distinguidos.>>.  Se imaginó por un momento como falsificador, pero rápidamente resolvió que en realidad preferiría no serlo.
Cuando se volvió, ambos habían desaparecido. El patio estaba totalmente tranquilo, los altos muros excluían del recinto los sonidos que llegaban desde el exterior. Tan solo se escuchaba el susurro de una ligera ráfaga de viento que traía consigo las hojas muertas de algún árbol no muy lejano. Pensó que le agradaban aquellos muros; la forma rectilínea y rectangular de sus contornos le apaciguaba en gran manera. Además,  encontraba muy satisfactoria la sombra que proyectaban sobre el suave césped, que le servía de refugio en las horas más altas del sol. Pero sin lugar a duda, lo que más le atraía de aquellos muros pedregosos  era su vertiginosa verticalidad: como se alzaban desafiantes contra el cielo varios metros sobre su cabeza; como cada piedra enclavada se alejaba mas y mas de la anterior, y por ende de la tierra, de donde había brotado y a donde estaba abocada a volver.
Se olvidó por un momento de los muros y caminó a través del césped por debajo de las ventanas de las celdas. Podía sentir los ojos de asesinos y ladrones clavados en él en todo momento. Estos le miraban, en general, con envidia, pues él disfrutaba del espacio que a ellos les estaba vedado. Había algunos, los más viejos, ya resignados con sus cadenas, que miraban con curiosidad al tipo larguirucho y pálido tratando de adivinar el delito que le había llevado hasta allí. Al principio les parecía a todos un falsificador, pero enseguida se convencían de que ningún falsificador podía tener la importancia suficiente como para tener acceso a semejante tipo de privilegio.
Bartleby les echó un rápido vistazo y resolvió que preferiría no estar en su lugar
Al llegar a la esquina del bloque de celdas cruzó de nuevo el patio y volvió a su puesto de guardia al fondo del recinto. Allí se sentó con la espalda apoyada sobre el frio y admirable muro, extendió las piernas y contempló el cielo: le fascinaban las nubes; tenían algo de mágico, siempre en las alturas, eternas, ajenas a las leyes que obedecen los hombres, los muros y las hojas muertas. Era tal el hechizo que ejercían sobre él aquellos blancos  titanes de las alturas que se imaginó junto a ellos, de pie, rodeado de las aves más nobles, victorioso, como un astro que mira de frente al sol, sin protegerse la vista.
Sin darse cuenta se había puesto de pie para contemplar de más cerca a sus heroínas, cuando la visión se vio interrumpida por una hoja moribunda que pasó gravitando sobre su cabeza para detenerse a continuación ante sus ojos, y lentamente, ir descendiendo en un rítmico balanceo que poco a poco lo fue sumiendo en un melancólico estupor que se apoderó de él cuando esta se detuvo en seco al tocar el suelo.

En aquel momento lo comprendió todo;  sintió de pronto como un duro grillete se aferraba a su pie y tiraba de él hacia abajo. Levantó un poco la pierna un par de veces, pero esta siempre volvía a caer pesadamente sobre el césped  Empezó a irritarse (estado poco frecuente en él), como en los últimos días que trabajó de copista: entonces también vio aparecer aquellas malditas cadenas en sus muñecas. Pero esta vez no oía la voz chillona de los hombres;  oía el grave dictado de la madre tierra que le ordenaba permaneciese pegado a ella. Tuvo que forcejear unos segundos más hasta calmarse por completo. Su rostro recuperó su expresión de adusta serenidad habitual. Bajo la cabeza hasta verse los pies y, dirigiéndose al suave césped cautivo, dijo: Preferiría no hacerlo.   

mateo

miércoles, 22 de febrero de 2017

S.Q.Zo

Silencio, eso es lo que reina en la casa. Un silencio denso, donde se cuesta respirar; un silencio que pone los pelos de punta y que sólo hace que quiera huir de aquí. De repente, un ruido, un grito, un cristal roto y el rechinar de la madera al ser pisada, silencio… Llaman a la puerta y vuelve a ocurrir; un chasquido, el estrepitoso sonido de cosas cayendo y chocando; rojo, negro, rojo, negro y vuelta al silencio.

Tras varios minutos de calma algo llama mi atención, el leve movimiento de la lámpara de la cocina; una sutil oscilación que crea imágenes caleidoscópicas. Miles de realidades se abren y con ellas miles de sombras aparecen señalándome, gritando “¡TÚ! ¡TÚ! ¡TÚ!” de forma incesante mientras de sus infinitas bocas no dejan de surgir libélulas y polillas. Los insectos me rodean, no sé qué hacer; mi pulso se acelera, creo que voy a vomitar. Cuando parece que mi fin es inminente, dos imponentes escarabajos aparecen por el marco de la puerta, me prenden y arrastran contra mi voluntad fuera de la casa entregándome a dos avispas de gran tamaño que disponen sus aguijones hacia mí. Cierro los ojos; noto un dolor punzante en el cuello. Intento echar un último vistazo, todo se desdibuja, todo se vuelve borroso; rojo, azul y el canto de una sirena es lo último que percibo antes de que todo se torne negro.

Un bullicio creciente me despierta; se oye gente ir y venir. «¿Qué ha pasado? ¿quién soy? ¿dónde estoy?» Me siento pesado, quiero moverme y mis brazos y piernas no responden; lo único que noto es un húmedo calor en los pies y una suave brisa en el resto del cuerpo. Intento abrir los ojos, pero no puedo; trato de gritar, pero no emito ningún sonido «¿Qué está pasando?»  
Después de un rato asimilando la situación, noté algo extraño «¿Es posible saborear con los pies? ¿Y con las manos?» Estoy desconcertado. Además, y, por si fuera poco, percibo una sensación bajo mi piel; se trata de un hormigueo, miles de minúsculas patas están recorriendo parte de mi cuerpo. Poco a poco comienzan a aparecer más y más impresiones auditivas y táctiles. «El canto de los pájaros es muy cercano, puedo percibir que están sobre mi cabeza, ¿serán ellos quienes agitan mi pelo? Y no sé qué serán las cosas viscosas que se entrelazan entre los dedos de mis pies, pero me hacen muchas cosquillas».

Inesperadamente un golpe muy fuerte retumba en mi cabeza, es tan profundo y penetrante que se estremece todo mi cuerpo inmóvil. El caso es, que el golpeteo me resulta familiar «¡CLARO! Es el de un pájaro carpintero, como los que habían en el pinar del patio de atrás de casa. Pero, ¿por qué un pájaro carpintero me golpea?». Antes de que pueda formular cualquier otra pregunta se repite el martilleo, esta vez en una de mis manos, concretamente a la altura de la muñeca; duele y amarga, duele y amarga, duele y amarga.

El dolor cesa y me siento libre, liviano, ni siquiera llego a sentir mis pies en el suelo. Miro hacia abajo y bajo mis pies veo la inmensa copa de un gigantesco árbol en medio de un parque muy concurrido. «¡ME ELEVO, ESTOY FLOTANDO!» No sé cómo sentirme; por un lado, tengo miedo porque nunca antes había ascendido tanto y, por el otro, me fascina la idea de ver todo desde una perspectiva que pocos tienen la ocasión de disfrutar. Las vistas me maravillan y embelesan hasta tal punto que, no me doy cuenta que he superado la altura de una montaña cercana y no paro de subir y subir «¡NO QUIERO SUBIR TANTO! ¡SOCORRO! ¡AYUDA!» Pero mi boca no emite ningún sonido. Unos gansos que pasan cerca haciendo su recorrido migratorio me miran con aires de superioridad, incluso uno de ellos parece decir con un graznido “Patoso, así no se vuela”.
Miro hacia arriba, noto a mi corazón palpitar fuertemente, cada vez hace más frío y está más oscuro «¿A qué altura debo estar? Espero no caerme ahora».

Sin más compañía que el silencio y la desesperanza me aventuro a cruzar al vacío. Unas lágrimas recorren mi rostro, «No quiero morir; tengo miedo»; infinitos pensamientos se quieren abrir paso y salir de mi mente ante la idea de que el fin se acerca; hasta que, al fin, cierro los ojos, inspiro profundamente y me dejo llevar.

Abro un ojo con temor, pero el inmenso manto de estrellas me deslumbra tanto que no tardo en abrir el otro rápidamente.

Sigo desplazándome a la deriva en la ingravidez del cosmos. Contemplo sus formas y figuras caóticas, pero a su vez en un orden y perfecto equilibrio; los colores de sus elementos; rojos, amarillos y azules violáceos hacen que el temor que hace unos instantes invadía mi ser haya sido erradicado completamente ante la belleza magnética del Universo.

De pronto, en la inmensidad del espacio, una constelación llama mi atención, un conjunto de pequeños luceros en forma de lechuza que parece mirarme fijamente; es entonces cuando los astros que conforman su cuerpo se mueven todos a la vez imitando el movimiento del aleteo de las aves. Miro hipnotizado el batir de sus alas y como poco a poco se va acercando a mí hasta tener justo en frente de mis narices a esa plateada y gigantesca rapaz. Sigue observándome de forma persistente, ni siquiera parpadea, y, sin mediar palabra ni producir sonido alguno; abre sus titánicas alas, me coloca entre sus potentes garras y alza el vuelo a la velocidad de la luz.

Ambos nos convertimos en una luminiscencia fluorescente que atraviesa el espacio a una rapidez vertiginosa. Atravesamos agujeros negros y varios puentes de Einstein-Rosen, pasamos de largo un sinfín de cuerpos celestes hasta detenernos en un extraño, resplandeciente y yermo paraje. Al enfocar la vista y fijarme más detalladamente me doy cuenta que ese lugar está constituido por grandes montañas con un raro brillo metálico.

Estamos sobrevolando el lugar cuando todo empieza a tambalearse. El suelo tiembla y se resquebraja brotando de él velozmente, un sinnúmero de nuevas elevaciones, pero esta vez mucho más angulosas, de formas erráticas y desordenadas. Tan rápido surgen del interior del terreno que el pájaro tiene que ir esquivándolas para que no suframos daño alguno. En uno de los giros la alada criatura falla y no consigue evitar el impacto entre una de las aristas y mi cara.
Noto un dolor intenso e insoportable en la zona interna y superior del párpado que se fija rápidamente en el interior del cráneo. Todo se desvanece, todo, menos la luminosidad de la zona. Luz, dolor, sueño…

Al despertar me encuentro sobre una camilla, maniatado a la misma con correas y en lo que parece una habitación cerrada. Me sigue doliendo mucho la cabeza y la cuenca del ojo, parece que llevo una especie de parche o vendaje pues solo veo con el ojo derecho. Al poco rato de despertarme aparece una joven con una vestimenta blanca que se dirige a mí como Aiden.

−No te preocupes, enseguida te sacaremos de aquí−me dice con una gran sonrisa en la cara.

Empieza a desatarme y con un gritito llama a un tal Markus para que le ayude. Entre los dos terminan de desatarme y, una vez han terminado me alzan y me colocan en una peculiar silla con ruedas. La chica muy amablemente empuja la silla por unos estrechos pasillos hasta una sala de grandes ventanas enrejadas dejándome delante de una de éstas.

−Pronto vendrá el doctor, no te muevas de aquí−explica mientras me toca la nariz con un gesto infantil.

Pronto aparece un hombre de avanzada edad, con unas gigantescas gafas y el pelo cano y encrespado; apoya su mano sobre mi hombro y articula con mueca siniestra en su rostro:

−Vamos Aiden, es hora de la medicación. Ya sabes que si no te las tomas tendremos que volver a intervenirte, y no queremos eso ¿verdad?

Después de esto no ha habido más insectos de desmesuradas proporciones, ni he vuelto a elevarme hasta el espacio sideral, no he visitado nuevos mundos ni he vuelto a ver a la lechuza cósmica; tampoco he vuelto a sentir alegría, ni tristeza, de hecho, no siento nada; todo es gris. Nada me emociona, nada me motiva, nada me entusiasma, simplemente nada, nada…

                                                                                   - Tore Tyrell-

Cómo una chica se perdió a sí misma

Otra vez la misma clase aburrida de los martes por la tarde. Otra vez la misma profesora hablando sobre lo difícil que va a ser su examen y lo mucho que tendrían que haber estudiado ya los alumnos. Se mueve de un lado a otro de la tarima, cada paso con su respectivo sonido de tacón. Sus pasos son cortos, ya que la estrecha falda no le deja mover demasiado sus piernas y anda con su carpeta negra donde tiene apuntado los trescientos datos que da cada cinco minutos. Otra vez la misma chica en primera fila preguntando cada uno de esos datos, recalcando como se había leído ya el tema en cuestión, y mermando la cordura de una clase ya en estado de sopor. Otra vez la misma pareja cuchicheando, lanzándose notitas como si estuvieran aún en la enseñanza obligatoria y dándose un beso de vez en cuando, para más inri. Otra vez la misma chica castaña, de pelo largo y ondulado, sentada en su sitio estratégico: ni muy cerca de la tarima para no parecer empollona ni muy alejada de ella para intentar absorber algún conocimiento. Ni demasiado cerca del grupo que no para de darle a la sin hueso en las dos horas que dura cada clase ni tampoco muy próxima a la gente gótica (sí, sigue habiendo gente gótica en 2017). Ahí está Nadia, erguida como una paloma, mirando con los ojos como platos como la profesora seguía paseándose por la tarima pero con la cabeza a varios kilómetros de allí.

-¡No! ¡Vuelve! –Se dice Nadia a sí misma-. Tienes que atender, no vas a volver a suspender esta asignatura –Se rasca los ojos-. Ahora vas a estar la hora y cuarto que queda atendiendo a cada una de las palabras que pronuncie. ¿Me has entendido? –Nadia asiente con la cabeza mirando el tirabuzón que le cuelga por la frente-.


Esta vez sí que lo va a conseguir. Una sensación cálida le sube desde el estómago. Va a pasarse los setenta y cuatro minutos que quedan escuchando a la idiota de su profesora. Nadia recoge su pelo en un moño despeinado para que nada pueda distraerla de su tarea. También deshace la torre de bolígrafos que había construido los quince primeros minutos de la clase. Abre su libreta de tamaño folio, escribe la fecha en la parte superior derecha de la hoja y se dispone a tomar los mejores apuntes de la historia. Nadia se siente segura, sabe que lo va a conseguir y ni el tema más aburrido de la guía docente lo va a impedir.

Trece minutos y cuarenta segundos más tarde, Nadia acaba su tercera trenza.

-Es imposible atender a esta mujer. –Se autoconvence-. Debería al menos copiar las diapositivas.
Ella comienza a copiar el texto que aparece en el proyector. A copiar, literalmente, sin establecer ningún tipo de proceso cognitivo que codifique o interiorice la información. Palabra tras palabra, pasan los minutos.

Las intervenciones de la pesada de la primera fila siguen interrumpiendo el discurso de la profesora. Que si tal porcentaje, que si tal encuesta, que si tal estudio realizado en 1992… Nadia puede ver como la profesora pone los ojos en blanco un par de veces antes de pedir educadamente si le deja continuar la clase.


-Un momento, ¿he oído bien? –se dice Nadia a sí misma.

Sí, había oído bien. La pareja que se sientan un par de filas por detrás de ella siguen besuqueándose. Pero cada beso suena diferente, cada beso que se dan hace un ruido totalmente diferente al anterior. El barrito de un elefante, una palmada en la espalda, un portazo… Nadia escucha cada beso de una forma diferente y no puede evitar estar girada, mirándoles, con una cara entre miedo y asco.

-Esta pareja sí que es rara. –se dice-. Como cuando vinieron conjuntados a los exámenes. Madre mía, ¡cuánto espécimen suelto!


Nadia vuelve a girarse para seguir haciendo su tarea de copista del siglo XV. Palabra tras palabra.
-Un momento… ¿Qué pone aquí? –Nadia entrecierra los ojos intentando enfocar la última palabra que había escrito-. ¿Enjambre? ¿Cuándo he escrito yo eso?

Nadia se da cuenta al instante. El último medio folio estaba completamente lleno de vocablos sin sentido, sin la existencia de un mísero conector. Sustantivo seguido de adverbio seguido de verbo en participio seguido de determinante demostrativo. Por si acaso ella se fijó en el proyector. Por si había hecho bien su trabajo y era la profesora la que había tenido una embolia en mitad del proceso de construcción de la presentación.

-No, no he escrito bien ni los títulos de los subapartados. ¿Qué me pasa?

Nadia intentó volver a su tarea, esta vez poniendo especial atención en lo que escribía.


-Ningún bolígrafo funciona en papel mojado. –se dice ella misma.

Sorprendida de nuevo, Nadia se da cuenta de que la parte inferior de su libreta está completamente húmeda. El líquido está caliente y tenía una textura algo espesa.

-Un momento, ¿es saliva?

La mandíbula de Nadia había decidido cogerse el día por asuntos propios. Tiene la boca totalmente abierta, con la lengua fuera. Parece un perro que ha corrido durante diez minutos por el Sánchez Pizjuán en pleno mes de Agosto. Muerta de vergüenza, pide a sus músculos maxilares que si pueden cesar en su ferviente esfuerzo de dejarla en ridículo. Pero no. No responden. De hecho, ningún músculo de su cara responde a ningún impulso eléctrico. Nadia se levanta, con la cara roja como un tomate y, sin recoger su material, avanza hacia la puerta principal de la clase, pasando al lado de la profesora, que la mira como un gorila miraría “La naranja mecánica”.


-¡PAM! –un golpe seco inunda de ruido la habitación.

La nariz de Nadia choca fuertemente con una puerta totalmente cerrada.

-¿Pero qué me pasa? ¿Es que no había visto que la puerta no estaba abierta? –Intenta alzar su mano para coger el pomo pero esta, sorprendentemente, tampoco le responde-. ¿Qué cojones me pasa? ¿Me han drogado o algo?

A esas alturas, sólo quería huir de la habitación. Nota como cada par de ojos de cada persona presente en esa sala le hacen un cráter en el cogote. Utilizando sus codos, presiona el manillar y consigue abrir la puerta. Avanza por el sobrio pasillo de su universidad dando tumbos; uno de sus pies también ha decidido hacerle boicot. Allí está ella, andando coja, con un hilo de sangre recorriendo su aún abierta mandíbula, las manos bailando al son de su andar por un pasillo blanco, parco y solitario. Al más puro estilo “The Walking Dead”.



-Perdona señorita, ¿está usted bien? –le pregunta el conserje.

-Oui, ne vous inquiétez pas, je vais bien –dice Nadia en un perfecto francés parisino. “¿Desde cuándo sé hablar francés?” se dice a sí misma.

Continúa andando por el pasillo ignorando al conserje, que sigue mirándola con una ceja levantada. Por fin consigue salir del maldito aulario donde está su clase. Se nota que son las siete de la tarde, el sol se está poniendo y empieza a refrescar. Nadia se queda de pie, en la puerta, mirando a la puerta del aulario de enfrente.

-¿Por qué me pasa esto a mí? –Se pregunta-.

La gente pasa por su lado, chocándose con su hombro, sin dirigirle ni una palabra y a veces, sin ni siquiera fijarse en aquel cuadro de chica. Un sentimiento de pena inunda completamente su cuerpo.
-JAJAJAJAJAJAJA. –Se ríe de forma escandalosa-. Estoy triste y me río. Tengo ganas de llorar y me río. Parece que es la vida la que se está riendo de mí.


Un dolor muy fuerte empieza a nacer en la parte superior de su cráneo.

-Lo que me faltaba.

Nadia se sujeta la cabeza con las muñecas, ya que con las manos no puede, intentado aliviar el dolor que le martiriza. Cierra los ojos y el dolor aumenta. No lo puede aguantar, su cuerpo se debilita y cae al suelo de rodillas con un golpe seco. El dolor se va intensificando, cada vez más, cada vez nota que siente y percibe menos partes de su cuerpo. El radio de visión se va estrechando cada vez más y más y más…

El dolor llega a un punto en que se hace insoportable, los gritos que quiere exteriorizar se trasforman en una vieja canción de cuna cuando salen de su garganta.

-Este es mi fin –se dice a sí misma-, ha sido un placer vivir contigo, Nadia.


Tres segundos más tarde el dolor cesa. La mandíbula vuelve a responderle, igual que las manos y su pie derecho. La pena que sentía había desaparecido, de hecho, no sentía nada, ni pena, ni frío, ni vergüenza por la escena que había montado. Nada. En su cabeza no sucede nada.


Nadia mira hacia arriba y ve una masa viscosa y de color salmón encima de su cabeza. Gotea de forma sospechosa y no tiene pinta de oler muy bien. Es su cerebro. El cerebro de Nadia está a varios centímetros por encima de su cabeza, flotando. Ella se queda varios minutos procesando el acontecimiento. Pero no le extraña nada. Todo está donde debería estar. Nadia se da media vuelta y vuelve a entrar al aulario para acabar la clase. No le extraña que haya perdido su cerebro, no le extraña que pueda seguir funcionando sin tener neuronas que realicen funciones vitales, simplemente no le extraña nada. No siente nada. No se cuestiona nada.


Un soplo de aire agita al cerebro. Poco a poco se va alejando del edificio, llevado por la fuerza del viento. Nadia vive sin su cerebro y el cerebro vive sin Nadia. Lo que una vez estuvo junto, no se volverá a encontrar jamás y al parecer a los dos les va bien.



Joaquín.