Otra vez la
misma clase aburrida de los martes por la tarde. Otra vez la misma profesora
hablando sobre lo difícil que va a ser su examen y lo mucho que tendrían que
haber estudiado ya los alumnos. Se mueve de un lado a otro de la tarima, cada
paso con su respectivo sonido de tacón. Sus pasos son cortos, ya que la
estrecha falda no le deja mover demasiado sus piernas y anda con su carpeta
negra donde tiene apuntado los trescientos datos que da cada cinco minutos.
Otra vez la misma chica en primera fila preguntando cada uno de esos datos, recalcando
como se había leído ya el tema en cuestión, y mermando la cordura de una clase
ya en estado de sopor. Otra vez la misma pareja cuchicheando, lanzándose
notitas como si estuvieran aún en la enseñanza obligatoria y dándose un beso de
vez en cuando, para más inri. Otra vez la misma chica castaña, de pelo largo y
ondulado, sentada en su sitio estratégico: ni muy cerca de la tarima para no
parecer empollona ni muy alejada de ella para intentar absorber algún
conocimiento. Ni demasiado cerca del grupo que no para de darle a la sin hueso
en las dos horas que dura cada clase ni tampoco muy próxima a la gente gótica
(sí, sigue habiendo gente gótica en 2017). Ahí está Nadia, erguida como una
paloma, mirando con los ojos como platos como la profesora seguía paseándose
por la tarima pero con la cabeza a varios kilómetros de allí.
-¡No!
¡Vuelve! –Se dice Nadia a sí misma-. Tienes que atender, no vas a volver a
suspender esta asignatura –Se rasca los ojos-. Ahora vas a estar la hora y
cuarto que queda atendiendo a cada una de las palabras que pronuncie. ¿Me has
entendido? –Nadia asiente con la cabeza mirando el tirabuzón que le cuelga por
la frente-.
Esta vez sí
que lo va a conseguir. Una sensación cálida le sube desde el estómago. Va a
pasarse los setenta y cuatro minutos que quedan escuchando a la idiota de su
profesora. Nadia recoge su pelo en un moño despeinado para que nada pueda
distraerla de su tarea. También deshace la torre de bolígrafos que había
construido los quince primeros minutos de la clase. Abre su libreta de tamaño
folio, escribe la fecha en la parte superior derecha de la hoja y se dispone a
tomar los mejores apuntes de la historia. Nadia se siente segura, sabe que lo
va a conseguir y ni el tema más aburrido de la guía docente lo va a impedir.
Trece
minutos y cuarenta segundos más tarde, Nadia acaba su tercera trenza.
-Es
imposible atender a esta mujer. –Se autoconvence-. Debería al menos copiar las
diapositivas.
Ella
comienza a copiar el texto que aparece en el proyector. A copiar, literalmente,
sin establecer ningún tipo de proceso cognitivo que codifique o interiorice la
información. Palabra tras palabra, pasan los minutos.
Las
intervenciones de la pesada de la primera fila siguen interrumpiendo el
discurso de la profesora. Que si tal porcentaje, que si tal encuesta, que si
tal estudio realizado en 1992… Nadia puede ver como la profesora pone los ojos
en blanco un par de veces antes de pedir educadamente si le deja continuar la
clase.
-Un
momento, ¿he oído bien? –se dice Nadia a sí misma.
Sí, había
oído bien. La pareja que se sientan un par de filas por detrás de ella siguen
besuqueándose. Pero cada beso suena diferente, cada beso que se dan hace un
ruido totalmente diferente al anterior. El barrito de un elefante, una palmada
en la espalda, un portazo… Nadia escucha cada beso de una forma diferente y no
puede evitar estar girada, mirándoles, con una cara entre miedo y asco.
-Esta
pareja sí que es rara. –se dice-. Como cuando vinieron conjuntados a los
exámenes. Madre mía, ¡cuánto espécimen suelto!
Nadia
vuelve a girarse para seguir haciendo su tarea de copista del siglo XV. Palabra
tras palabra.
-Un
momento… ¿Qué pone aquí? –Nadia entrecierra los ojos intentando enfocar la
última palabra que había escrito-. ¿Enjambre? ¿Cuándo he escrito yo eso?
Nadia se da
cuenta al instante. El último medio folio estaba completamente lleno de vocablos
sin sentido, sin la existencia de un mísero conector. Sustantivo seguido de
adverbio seguido de verbo en participio seguido de determinante demostrativo.
Por si acaso ella se fijó en el proyector. Por si había hecho bien su trabajo y
era la profesora la que había tenido una embolia en mitad del proceso de
construcción de la presentación.
-No, no he
escrito bien ni los títulos de los subapartados. ¿Qué me pasa?
Nadia
intentó volver a su tarea, esta vez poniendo especial atención en lo que
escribía.
-Ningún
bolígrafo funciona en papel mojado. –se dice ella misma.
Sorprendida
de nuevo, Nadia se da cuenta de que la parte inferior de su libreta está completamente
húmeda. El líquido está caliente y tenía una textura algo espesa.
-Un
momento, ¿es saliva?
La
mandíbula de Nadia había decidido cogerse el día por asuntos propios. Tiene la
boca totalmente abierta, con la lengua fuera. Parece un perro que ha corrido
durante diez minutos por el Sánchez Pizjuán en pleno mes de Agosto. Muerta de
vergüenza, pide a sus músculos maxilares que si pueden cesar en su ferviente
esfuerzo de dejarla en ridículo. Pero no. No responden. De hecho, ningún
músculo de su cara responde a ningún impulso eléctrico. Nadia se levanta, con
la cara roja como un tomate y, sin recoger su material, avanza hacia la puerta
principal de la clase, pasando al lado de la profesora, que la mira como un
gorila miraría “La naranja mecánica”.
-¡PAM! –un
golpe seco inunda de ruido la habitación.
La nariz de
Nadia choca fuertemente con una puerta totalmente cerrada.
-¿Pero qué
me pasa? ¿Es que no había visto que la puerta no estaba abierta? –Intenta alzar
su mano para coger el pomo pero esta, sorprendentemente, tampoco le responde-.
¿Qué cojones me pasa? ¿Me han drogado o algo?
A esas
alturas, sólo quería huir de la habitación. Nota como cada par de ojos de cada
persona presente en esa sala le hacen un cráter en el cogote. Utilizando sus
codos, presiona el manillar y consigue abrir la puerta. Avanza por el sobrio
pasillo de su universidad dando tumbos; uno de sus pies también ha decidido
hacerle boicot. Allí está ella, andando coja, con un hilo de sangre recorriendo
su aún abierta mandíbula, las manos bailando al son de su andar por un pasillo
blanco, parco y solitario. Al más puro estilo “The Walking Dead”.
-Perdona
señorita, ¿está usted bien? –le pregunta el conserje.
-Oui, ne
vous inquiétez pas, je vais bien –dice Nadia en un perfecto francés parisino.
“¿Desde cuándo sé hablar francés?” se dice a sí misma.
Continúa
andando por el pasillo ignorando al conserje, que sigue mirándola con una ceja
levantada. Por fin consigue salir del maldito aulario donde está su clase. Se
nota que son las siete de la tarde, el sol se está poniendo y empieza a
refrescar. Nadia se queda de pie, en la puerta, mirando a la puerta del aulario
de enfrente.
-¿Por qué
me pasa esto a mí? –Se pregunta-.
La gente
pasa por su lado, chocándose con su hombro, sin dirigirle ni una palabra y a
veces, sin ni siquiera fijarse en aquel cuadro de chica. Un sentimiento de pena
inunda completamente su cuerpo.
-JAJAJAJAJAJAJA.
–Se ríe de forma escandalosa-. Estoy triste y me río. Tengo ganas de llorar y
me río. Parece que es la vida la que se está riendo de mí.
Un dolor
muy fuerte empieza a nacer en la parte superior de su cráneo.
-Lo que me
faltaba.
Nadia se
sujeta la cabeza con las muñecas, ya que con las manos no puede, intentado aliviar
el dolor que le martiriza. Cierra los ojos y el dolor aumenta. No lo puede
aguantar, su cuerpo se debilita y cae al suelo de rodillas con un golpe seco.
El dolor se va intensificando, cada vez más, cada vez nota que siente y percibe
menos partes de su cuerpo. El radio de visión se va estrechando cada vez más y
más y más…
El dolor
llega a un punto en que se hace insoportable, los gritos que quiere
exteriorizar se trasforman en una vieja canción de cuna cuando salen de su
garganta.
-Este es mi
fin –se dice a sí misma-, ha sido un placer vivir contigo, Nadia.
Tres
segundos más tarde el dolor cesa. La mandíbula vuelve a responderle, igual que
las manos y su pie derecho. La pena que sentía había desaparecido, de hecho, no
sentía nada, ni pena, ni frío, ni vergüenza por la escena que había montado.
Nada. En su cabeza no sucede nada.
Nadia mira hacia arriba y ve una masa viscosa y de
color salmón encima de su cabeza. Gotea de forma sospechosa y no tiene pinta de
oler muy bien. Es su cerebro. El cerebro de Nadia está a varios centímetros por
encima de su cabeza, flotando. Ella se queda varios minutos procesando el
acontecimiento. Pero no le extraña nada. Todo está donde debería estar. Nadia
se da media vuelta y vuelve a entrar al aulario para acabar la clase. No le
extraña que haya perdido su cerebro, no le extraña que pueda seguir funcionando
sin tener neuronas que realicen funciones vitales, simplemente no le extraña
nada. No siente nada. No se cuestiona nada.
Un soplo de aire agita al cerebro. Poco a poco se va
alejando del edificio, llevado por la fuerza del viento. Nadia vive sin su
cerebro y el cerebro vive sin Nadia. Lo que una vez estuvo junto, no se volverá
a encontrar jamás y al parecer a los dos les va bien.
Joaquín.