Silencio, eso es lo que reina en la casa. Un
silencio denso, donde se cuesta respirar; un silencio que pone los pelos de
punta y que sólo hace que quiera huir de aquí. De repente, un ruido, un grito,
un cristal roto y el rechinar de la madera al ser pisada, silencio… Llaman a la
puerta y vuelve a ocurrir; un chasquido, el estrepitoso sonido de cosas cayendo
y chocando; rojo, negro, rojo, negro y vuelta al silencio.
Tras varios minutos de calma algo llama mi
atención, el leve movimiento de la lámpara de la cocina; una sutil oscilación que
crea imágenes caleidoscópicas. Miles de realidades se abren y con ellas
miles de sombras aparecen señalándome, gritando “¡TÚ! ¡TÚ! ¡TÚ!” de forma
incesante mientras de sus infinitas bocas no dejan de surgir libélulas y
polillas. Los insectos me rodean, no sé qué hacer; mi pulso se acelera, creo
que voy a vomitar. Cuando parece que mi fin es inminente, dos imponentes
escarabajos aparecen por el marco de la puerta, me prenden y arrastran contra
mi voluntad fuera de la casa entregándome a dos avispas de gran tamaño que
disponen sus aguijones hacia mí. Cierro los ojos; noto un dolor punzante en el
cuello. Intento echar un último vistazo, todo se desdibuja, todo se vuelve
borroso; rojo, azul y el canto de una sirena es lo último que percibo antes de
que todo se torne negro.
Un bullicio creciente me
despierta; se oye gente ir y venir. «¿Qué ha pasado? ¿quién soy? ¿dónde estoy?»
Me siento pesado, quiero moverme y mis brazos y piernas no responden; lo único
que noto es un húmedo calor en los pies y una suave brisa en el resto del
cuerpo. Intento abrir los ojos, pero no puedo; trato de gritar, pero no emito
ningún sonido «¿Qué está pasando?»
Después de un rato asimilando la
situación, noté algo extraño «¿Es posible saborear con los pies? ¿Y
con las manos?» Estoy desconcertado. Además, y, por si fuera poco, percibo
una sensación bajo mi piel; se trata de un hormigueo, miles de minúsculas patas
están recorriendo parte de mi cuerpo. Poco a poco comienzan a aparecer más y
más impresiones auditivas y táctiles. «El canto de los pájaros es muy cercano,
puedo percibir que están sobre mi cabeza, ¿serán ellos quienes agitan mi pelo?
Y no sé qué serán las cosas viscosas que se entrelazan entre los dedos de mis
pies, pero me hacen muchas cosquillas».
Inesperadamente un golpe muy
fuerte retumba en mi cabeza, es tan profundo y penetrante que se estremece todo
mi cuerpo inmóvil. El caso es, que el golpeteo me resulta familiar «¡CLARO!
Es el de un pájaro carpintero, como los que habían en el pinar del patio de
atrás de casa. Pero, ¿por qué un pájaro carpintero me golpea?». Antes
de que pueda formular cualquier otra pregunta se repite el martilleo, esta vez
en una de mis manos, concretamente a la altura de la muñeca; duele y amarga,
duele y amarga, duele y amarga.
El dolor cesa y me siento libre,
liviano, ni siquiera llego a sentir mis pies en el suelo. Miro hacia abajo y
bajo mis pies veo la inmensa copa de un gigantesco árbol en medio de un parque
muy concurrido. «¡ME ELEVO, ESTOY FLOTANDO!» No sé cómo sentirme; por un
lado, tengo miedo porque nunca antes había ascendido tanto y, por el otro, me
fascina la idea de ver todo desde una perspectiva que pocos tienen la ocasión
de disfrutar. Las vistas me maravillan y embelesan hasta tal punto que, no me
doy cuenta que he superado la altura de una montaña cercana y no paro de subir
y subir «¡NO
QUIERO SUBIR TANTO! ¡SOCORRO! ¡AYUDA!» Pero mi boca no emite ningún sonido.
Unos gansos que pasan cerca haciendo su recorrido migratorio me miran con aires
de superioridad, incluso uno de ellos parece decir con un graznido “Patoso, así
no se vuela”.
Miro hacia arriba, noto a mi
corazón palpitar fuertemente, cada vez hace más frío y está más oscuro «¿A
qué altura debo estar? Espero no caerme ahora».
Sin más compañía que el silencio
y la desesperanza me aventuro a cruzar al vacío. Unas lágrimas recorren mi
rostro, «No
quiero morir; tengo miedo»; infinitos pensamientos se quieren abrir paso y
salir de mi mente ante la idea de que el fin se acerca; hasta que, al fin,
cierro los ojos, inspiro profundamente y me dejo llevar.
Abro un ojo con temor, pero el
inmenso manto de estrellas me deslumbra tanto que no tardo en abrir el otro
rápidamente.
Sigo desplazándome a la deriva en
la ingravidez del cosmos. Contemplo sus formas y figuras caóticas, pero a su
vez en un orden y perfecto equilibrio; los colores de sus elementos; rojos,
amarillos y azules violáceos hacen que el temor que hace unos instantes invadía
mi ser haya sido erradicado completamente ante la belleza magnética del
Universo.
De pronto, en la inmensidad del
espacio, una constelación llama mi atención, un conjunto de pequeños luceros en
forma de lechuza que parece mirarme fijamente; es entonces cuando los astros
que conforman su cuerpo se mueven todos a la vez imitando el movimiento del
aleteo de las aves. Miro hipnotizado el batir de sus alas y como poco a poco se
va acercando a mí hasta tener justo en frente de mis narices a esa plateada y
gigantesca rapaz. Sigue observándome de forma persistente, ni siquiera
parpadea, y, sin mediar palabra ni producir sonido alguno; abre sus titánicas
alas, me coloca entre sus potentes garras y alza el vuelo a la velocidad de la
luz.
Ambos nos convertimos en una
luminiscencia fluorescente que atraviesa el espacio a una rapidez vertiginosa.
Atravesamos agujeros negros y varios puentes de Einstein-Rosen, pasamos de
largo un sinfín de cuerpos celestes hasta detenernos en un extraño,
resplandeciente y yermo paraje. Al enfocar la vista y fijarme más
detalladamente me doy cuenta que ese lugar está constituido por grandes
montañas con un raro brillo metálico.
Estamos sobrevolando el lugar
cuando todo empieza a tambalearse. El suelo tiembla y se resquebraja brotando
de él velozmente, un sinnúmero de nuevas elevaciones, pero esta vez mucho más
angulosas, de formas erráticas y desordenadas. Tan rápido surgen del interior
del terreno que el pájaro tiene que ir esquivándolas para que no suframos daño
alguno. En uno de los giros la alada criatura falla y no consigue evitar el impacto
entre una de las aristas y mi cara.
Noto un dolor intenso e
insoportable en la zona interna y superior del párpado que se fija rápidamente
en el interior del cráneo. Todo se desvanece, todo, menos la luminosidad de la
zona. Luz, dolor, sueño…
Al despertar me encuentro sobre
una camilla, maniatado a la misma con correas y en lo que parece una habitación
cerrada. Me sigue doliendo mucho la cabeza y la cuenca del ojo, parece que
llevo una especie de parche o vendaje pues solo veo con el ojo derecho. Al poco
rato de despertarme aparece una joven con una vestimenta blanca que se dirige a
mí como Aiden.
−No te
preocupes, enseguida te sacaremos de aquí−me dice con una gran sonrisa en la
cara.
Empieza a desatarme y con un
gritito llama a un tal Markus para que le ayude. Entre los dos terminan de
desatarme y, una vez han terminado me alzan y me colocan en una peculiar silla
con ruedas. La chica muy amablemente empuja la silla por unos estrechos
pasillos hasta una sala de grandes ventanas enrejadas dejándome delante de una
de éstas.
−Pronto
vendrá el doctor, no te muevas de aquí−explica mientras me toca la nariz con un
gesto infantil.
Pronto aparece un hombre de
avanzada edad, con unas gigantescas gafas y el pelo cano y encrespado; apoya su mano sobre mi hombro y articula con mueca siniestra en su rostro:
−Vamos Aiden,
es hora de la medicación. Ya sabes que si no te las tomas tendremos que volver
a intervenirte, y no queremos eso ¿verdad?
Después de esto no ha habido más
insectos de desmesuradas proporciones, ni he vuelto a elevarme hasta el espacio
sideral, no he visitado nuevos mundos ni he vuelto a ver a la lechuza cósmica;
tampoco he vuelto a sentir alegría, ni tristeza, de hecho, no siento nada; todo
es gris. Nada me emociona, nada me motiva, nada me entusiasma, simplemente
nada, nada…
- Tore Tyrell-
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