miércoles, 22 de febrero de 2017

Desorden poco común

Despertó desorientada por un fuerte olor a desinfectante y un molesto pitido cuyo origen le era desconocido. Se incorporó sintiendo un leve mareo y parpadeó repetidas veces para situar los escasos objetos que vislumbraba bajo destellos de luz. 

Todo parecía mantener la gama de los blancos y una pulcritud que resultaba casi irritante. Para examinar la estancia, se apoyó con una mano en la pared – también de un tono marfil – y caminó dando lentos pasos hasta la puerta para recuperar estabilidad. Sin embargo, y cuando ya creía que tenía la mente despierta, notó moverse algo detrás de su nuca.

Se giró hacia la cama donde había permanecido hasta hace treinta segundos sentada para descubrir las sábanas desordenadas que comenzaban a levitar. Se frotó los ojos, creyendo ser presa de un efecto del aturdimiento que sentía. No obstante, la evidencia seguía ahí, y no hacía otra cosa sino reforzarse: entonces fue el cabecero, que por muy robusto que simulaba ser, no presentaba resistencia ante la aparente pérdida de gravedad que reinaba en la habitación. La mesa vacía, el taburete de madera al que le faltaba una pata y la solitaria bombilla que apenas alumbraba se unieron a esa danza en la que el sentido brillaba por su ausencia. 

Su corazón empezó a acelerar conforme notaba que algo imposible tiraba también de ella. Era una fuerza inexplicable que le impedía apoyar los pies en el suelo y que le infligía una desesperación que no estaba preparada para abarcar. Intentó sujetarse a una cañería pero su rapidez fue insuficiente, así que pronto se encontró flotando entre la marea de objetos desconocidos que su cabeza se esforzaba por identificar. Su mente estaba en blanco, la frente perlada de sudor, sus músculos agarrotados y una taquicardia la envolvía hasta dejarla con los ojos desorbitados.

De pronto, y gracias a unos enérgicos golpes en la puerta, todo paró. Ella cayó de forma brusca al suelo, sorprendentemente sin hacerse ningún rasguño. Los objetos volvieron a su lugar, adquiriendo exactamente la posición que les correspondía. Y un hombre de bata blanca entró, con un rostro que no situaba pero con una voz que percibió como demasiado familiar: 

-          - Cielo, es hora de la comida. Pórtate bien esta vez y no tendremos que volver a inyectarte el tranquilizante. – Al darse la vuelta para apoyar la bandeja, pudo leer en su espalda un letrero que habría deseado no leer, pues le recordaba todo: “Centro Psiquiátrico Mundo Feliz”.

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