Despertó desorientada por
un fuerte olor a desinfectante y un molesto pitido cuyo origen le era desconocido. Se incorporó sintiendo un leve mareo y parpadeó repetidas veces
para situar los escasos objetos que vislumbraba bajo destellos de luz.
Todo parecía mantener la
gama de los blancos y una pulcritud que resultaba casi irritante. Para examinar
la estancia, se apoyó con una mano en la pared – también de un tono marfil – y
caminó dando lentos pasos hasta la puerta para recuperar estabilidad. Sin
embargo, y cuando ya creía que tenía la mente despierta, notó moverse algo
detrás de su nuca.
Se giró hacia la cama
donde había permanecido hasta hace treinta segundos sentada para descubrir las
sábanas desordenadas que comenzaban a levitar. Se frotó los ojos, creyendo ser
presa de un efecto del aturdimiento que sentía. No obstante, la evidencia
seguía ahí, y no hacía otra cosa sino reforzarse: entonces fue el cabecero, que
por muy robusto que simulaba ser, no presentaba resistencia ante la aparente
pérdida de gravedad que reinaba en la habitación. La mesa vacía, el taburete de
madera al que le faltaba una pata y la solitaria bombilla que apenas alumbraba
se unieron a esa danza en la que el sentido brillaba por su ausencia.
Su corazón empezó a
acelerar conforme notaba que algo imposible tiraba también de ella. Era una
fuerza inexplicable que le impedía apoyar los pies en el suelo y que le
infligía una desesperación que no estaba preparada para abarcar. Intentó
sujetarse a una cañería pero su rapidez fue insuficiente, así que pronto se
encontró flotando entre la marea de objetos desconocidos que su cabeza se
esforzaba por identificar. Su mente estaba en blanco, la frente perlada de
sudor, sus músculos agarrotados y una taquicardia la envolvía hasta dejarla con
los ojos desorbitados.
De pronto, y gracias a
unos enérgicos golpes en la puerta, todo paró. Ella cayó de forma brusca al
suelo, sorprendentemente sin hacerse ningún rasguño. Los objetos volvieron a su
lugar, adquiriendo exactamente la posición que les correspondía. Y un hombre de
bata blanca entró, con un rostro que no situaba pero con una voz que percibió
como demasiado familiar:
-
- Cielo, es
hora de la comida. Pórtate bien esta vez y no tendremos que volver a inyectarte
el tranquilizante. – Al darse la vuelta para apoyar la bandeja, pudo leer en su
espalda un letrero que habría deseado no leer, pues le recordaba todo: “Centro
Psiquiátrico Mundo Feliz”.
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