jueves, 23 de febrero de 2017



40.320 kilómetros por hora


El tono oscuro de su voz me inquietó más que la propia pregunta. Pensé que lo de almorzar hoy un poco antes de lo habitual, así con tantas prisas, en realidad no obedecía a una urgencia verdadera. Preferí empezar con un tanteo del terreno.

- No, de la manera que quieres, no puedes hacerlo tú sola. Necesitarías alguna fuerza que te propulsara en vertical a más de 40.320 km/h. Sería la única manera de liberarte de la atracción que te une al suelo.

- Y ¿entonces? ¿cómo lo consigo?

Estaba claro que no iban a servir mis sobadas ironías. Subí un nivel y tiré de mi pastiche filosófico de saldo.

- Bueno, existen pequeñas cosas a tu alcance que te permitirían experimentar algo parecido. Sólo obtendrías una fracción de ingravidez, pero es mejor que nada. Si lo piensas un poco no es tan difícil. A los cinco minutos de estar inmersa en un sueño, tu yo soñado ya no responde a lo que se conoce como gravedad. Mientras te enamoras despegas algunos milímetros del asfalto y para ti ya no concierne la densidad que esclaviza a los demás. Si lees a los heterónimos de Pessoa respiras en una atmósfera cuyas leyes gravitatorias no se corresponden con nada de lo que te enseñaron tus profesores de literatura. Al enfermar un mes de enero las células que te componen alteran su ritmo predestinado y la fiebre te empuja por unas horas fuera de las paredes que son cada día tu casa.

Pensé que con esta andanada todo se reconduciría hasta firmar unas amistosas tablas, seguir con el café y olvidarnos del asunto. Pero no estaba dispuesta a empatar tan pronto.

- Ya, pero,¿qué tiene que ver todo eso con lo que yo quiero?

Lucrecia tenía una mañana difícil, de las que cuestan sobrellevar.

- No eres la primera a la que se le ocurre lo de una evasión instantánea, no eres tan original -tomé un poco de impulso y seguí-. A ver qué te parece esto: te pones delante de "Yellow over purple" de Mark Rothko y la gravedad queda desleída en colores que tú entendías en el colegio con sólo cinco años. Escribes en tu cuaderno barato cosas para nadie y crees que en esas páginas lo grave te pertenece. Hay quien puede entrar en la carcel ya condenado, oir las puertas cómo van cerrándose una a una y esa noche notarse muy ligero, cautivo, sin aire, pero sin el dolor de otras veces. Imhotep hace casi cinco mil años dibujó un alzado y una planta y con sólo ese esquema trató de compreder la gravedad para luego impugnarla con su pirámide en Saqqara y aún hoy la apuesta sigue en pie.

- Me parece que yo no quiero nada de eso, no me sirve.

Vistas las pocas ganas de tomárselo a broma que presentaba y conociendo mi facilidad para entrar en las más retorcidas arenas movedizas dialécticas, solté del todo el freno.

- He oído decir que ver nacer a tu hijo te absuelve por un día del coeficiente que tira de ti desde la corteza de la Tierra, aunque verlo morir te arrojaría a un mundo sin cordura. Quizá si fueras un ángel estarías purificada y tu naturaleza no la conformaría ni carne ni huesos que envejecen y se degradan y te obligan al final a arrastrarte. Si cuando miraras una foto tuya de pequeña en verano fueras capaz de recrear el olor que había, el calor que sentías, el pensamiento sencillo que te recorría la nuca, a lo mejor eso te haría no notar por un momento la rara gravedad que sientes hoy...

- ¿Y dices que sólo harían falta 40.320 km/h?

Por la calle la gente iba en silencio y en todas direcciones. Los coches se movían más ruidosos, pero sólo hacia la derecha o la izquierda. Los niños en el parque de enfrente, aburridos de delizarse por el tobogán como siempre, lo remontaban al revés, con gran esfuerzo, muchas risas y resbalones.




Diego

1 comentario:

  1. Instrucciones filosóficas para volar. Es un relato curioso, toda la trama discurre en el diálogo, en la lógica del pensamiento (haría falta algo de emoción, algún dato más sobre esa necesidad de ella de volar que nos enganchara a esa historia que corre por debajo). me gusta la imagen poética final, la veo,la huelo, aunque no sé si expresa lo que creo entender: los adultos buscando la fórmula matemática cuando los niños ya la han encontrado y la practican todos los días.

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