Bartleby sentía tras de sí como se alejaban el despensero y
su antiguo jefe. Las palabras del primero le volvían a la mente: <<
¿Desequilibrado? ¿Está desequilibrado? Bueno, palabra de honor que pensé que su
amigo era un caballero falsificador; los falsificadores son siempre pálidos y
distinguidos.>>. Se imaginó por un
momento como falsificador, pero rápidamente resolvió que en realidad preferiría
no serlo.
Cuando se volvió, ambos habían desaparecido. El patio estaba
totalmente tranquilo, los altos muros excluían del recinto los sonidos que
llegaban desde el exterior. Tan solo se escuchaba el susurro de una ligera ráfaga
de viento que traía consigo las hojas muertas de algún árbol no muy lejano. Pensó
que le agradaban aquellos muros; la forma rectilínea y rectangular de sus
contornos le apaciguaba en gran manera. Además,
encontraba muy satisfactoria la sombra que proyectaban sobre el suave césped,
que le servía de refugio en las horas más altas del sol. Pero sin lugar a duda,
lo que más le atraía de aquellos muros pedregosos era su vertiginosa verticalidad: como se
alzaban desafiantes contra el cielo varios metros sobre su cabeza; como cada
piedra enclavada se alejaba mas y mas de la anterior, y por ende de la tierra,
de donde había brotado y a donde estaba abocada a volver.
Se olvidó por un momento de los muros y caminó a través del
césped por debajo de las ventanas de las celdas. Podía sentir los ojos de
asesinos y ladrones clavados en él en todo momento. Estos le miraban, en
general, con envidia, pues él disfrutaba del espacio que a ellos les estaba
vedado. Había algunos, los más viejos, ya resignados con sus cadenas, que
miraban con curiosidad al tipo larguirucho y pálido tratando de adivinar el
delito que le había llevado hasta allí. Al principio les parecía a todos un falsificador,
pero enseguida se convencían de que ningún falsificador podía tener la
importancia suficiente como para tener acceso a semejante tipo de privilegio.
Bartleby les echó un rápido vistazo y resolvió que preferiría
no estar en su lugar
Al llegar a la esquina del bloque de celdas cruzó de nuevo
el patio y volvió a su puesto de guardia al fondo del recinto. Allí se sentó
con la espalda apoyada sobre el frio y admirable muro, extendió las piernas y
contempló el cielo: le fascinaban las nubes; tenían algo de mágico, siempre en
las alturas, eternas, ajenas a las leyes que obedecen los hombres, los muros y
las hojas muertas. Era tal el hechizo que ejercían sobre él aquellos blancos titanes de las alturas que se imaginó junto a
ellos, de pie, rodeado de las aves más nobles, victorioso, como un astro que
mira de frente al sol, sin protegerse la vista.
Sin darse cuenta se había puesto de pie para contemplar de más
cerca a sus heroínas, cuando la visión se vio interrumpida por una hoja moribunda
que pasó gravitando sobre su cabeza para detenerse a continuación ante sus ojos,
y lentamente, ir descendiendo en un rítmico balanceo que poco a poco lo fue
sumiendo en un melancólico estupor que se apoderó de él cuando esta se detuvo
en seco al tocar el suelo.
En aquel momento lo comprendió todo; sintió de pronto como un duro grillete se
aferraba a su pie y tiraba de él hacia abajo. Levantó un poco la pierna un par
de veces, pero esta siempre volvía a caer pesadamente sobre el césped Empezó a irritarse (estado poco frecuente en
él), como en los últimos días que trabajó de copista: entonces también vio aparecer
aquellas malditas cadenas en sus muñecas. Pero esta vez no oía la voz chillona
de los hombres; oía el grave dictado de
la madre tierra que le ordenaba permaneciese pegado a ella. Tuvo que forcejear
unos segundos más hasta calmarse por completo. Su rostro recuperó su expresión de
adusta serenidad habitual. Bajo la cabeza hasta verse los pies y, dirigiéndose al
suave césped cautivo, dijo: Preferiría no hacerlo.
mateo
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