La
miro. Me observa.
Lleva
ya un rato observándome.
Que,
a ver, yo acabo de mirarla y no puedo saberlo a ciencia cierta, pero tiene cara
de haberse perdido ya en mi rostro, luego debe de haberse puesto a ello hace ya
tiempo. La distraigo.
- Oye.
Me
mira. Sonríe. Me dice dime y le digo que nada, que solo quería recuperarla.
“¿Recuperarme de dónde? Si estaba contigo”. “Ya, ya lo sé, pero estabas con lo
pasivo de mí. Yo te quería aquí ahora, respondiendo a las tonterías que tengo
en mente y me apetece contarte” Se ríe. No sé si de mí o conmigo, pero no me
suele importar. Supongo que si no me molesta es porque creo que es conmigo, o porque
no me ofende que se rían de mí cuando estoy tan tranquilo.
Es
mi cama pero es su casa. Sé que la siente como tal. Mi habitación está ordenada
y las paredes casi vacías. Solo hay un tablón con fotos viejas en una de ellas,
y nada más. Intento decorar el ambiente con pensamientos.
- Imagina que ese corcho echase a volar.
Quizá no por gusto, porque aquellos que ya vuelan no lo suelen vivir tanto.
Puede que eche a volar porque primero se escapen las fotos que están esposadas
a él, atrapadas por chinchetas. Rápidas y elegantes han logrado las fotos
romper sus cadenas, y se han escapado por debajo de la puerta. Él las quiere.
Puede aceptar no volver a aprisionarlas, pero que vuelvan. Necesita seguir con
ellas, a su lado. Echa también a volar en su búsqueda, pero es torpe. Los
corchos son torpes.
Me
mira algo apenada. Mi historia ha desatado su empatía desmedida. Amor por todo,
hasta un dibujo de algo que en realidad no existe pero parece entristecido. Por
supuesto también la tiene por historias inventadas, sean novelas o películas.
Ahí la entiendo un poco más, pero ¿un corcho? Solo estaba diciendo tonterías y
me ha salido una más dramática que graciosa. No pretendía ponerla triste.
- ¿Qué te pasa?
Me
dice que nada, que está un poco desanimada hoy. Maldita melancolía. Vete de
aquí y dile a la alegría que pase. Deja entreabierto, no hace falta que llame.
Compruebo si mi ruego ha sido oído.
- ¿Y si mis zapatillas se elevasen, así
sin más? Inertes, no hace falta que sea por nada. Simplemente como que dejen de
pesar y empiecen a flotar por la habitación.
Me
mira curiosa. Esta parece gustarle más. Sigo con ella.
- ¿El aire es caótico sabes? Los flujos
son impredecibles y puede pasar cualquier cosa. Igual tenemos suerte y gracias
a esto las zapatillas se marcan un paso de baile. Puede incluso que también se
eleven las tuyas, de la misma forma que las mías, y que también haya suerte y
parezca que bailen. Unas frente a otras al ritmo de, no sé, nuestra risa.
Reímos
y las dejamos bailar en nuestras mentes. “¿Y si bailamos de verdad? Va,
levanta, que llevamos aquí tirados una eternidad”. Se incorpora y me arrastra
con ella. Coge unos segundos su móvil y logra con ello que suene una canción.
Se escucha un piano junto a otros instrumentos que no reconozco. No suena
nuevo, pero tampoco tan viejo como para llamarlo clásico. Me gusta. Coge mis
manos y las lleva a su cintura, descansando ella después las suyas en mis
hombros.
Soy
muy torpe. Ella también un poco, aunque yo diría que es graciosa. Sí, es bonito
verla moverse sin haber practicado mucho el hacerlo. Baila con un estilo
curioso y agradable. Yo tropiezo a menudo. Sí, el torpe soy yo.
Tiene
la costumbre de adivinar mis pensamientos y me pone la mano en el rostro,
provocando que se crucen nuestros ojos. Me besa y me transmite que le gusto,
que algo hago bien. En cierto modo así me encuentro, a gusto. Me he levantado
algo reticente y sin embargo ahora creo que ya está sonando la segunda o
tercera canción. Podríamos hacer esto más a menudo.
Vuelve
a escucharse un piano. Esta vez está solo, sin ningún otro sonido. Nos
abrazamos mientras seguimos bailando. Me siento elevado con ella, en otro
estado. Me cuesta menos moverme y todo fluye más ligero, aunque ahora nos
movamos lentos. Es algo más abstracto. Sentir es menos pesado cuando estoy con
ella y me siento al instante comprendido.
Soy
un enamorado de la buena compañía.
a partir de me siento, a la quema. no deberíamos explicar al final del relato cómo se siente el personaje en una especie de resumen aclarador sino mostrarlo y que sea el lector el que tome sus propias conclusiones. te decía en clase que realmente esa gran pregunta dramática que hace avanzar un relato (lo veremos el próximo día) debe contestarse en el desenlace, y aquí me da la sensación de que hacemos un dribling. para mí esa pregunta no es otra que si el amor perdurará, si no se volatilizará. está en los ojos de la chica desde el inicio
ResponderEliminar