domingo, 19 de febrero de 2017

Fotos viejas

La miro. Me observa.

Lleva ya un rato observándome.

Que, a ver, yo acabo de mirarla y no puedo saberlo a ciencia cierta, pero tiene cara de haberse perdido ya en mi rostro, luego debe de haberse puesto a ello hace ya tiempo. La distraigo.

-        Oye.

Me mira. Sonríe. Me dice dime y le digo que nada, que solo quería recuperarla. “¿Recuperarme de dónde? Si estaba contigo”. “Ya, ya lo sé, pero estabas con lo pasivo de mí. Yo te quería aquí ahora, respondiendo a las tonterías que tengo en mente y me apetece contarte” Se ríe. No sé si de mí o conmigo, pero no me suele importar. Supongo que si no me molesta es porque creo que es conmigo, o porque no me ofende que se rían de mí cuando estoy tan tranquilo.

Es mi cama pero es su casa. Sé que la siente como tal. Mi habitación está ordenada y las paredes casi vacías. Solo hay un tablón con fotos viejas en una de ellas, y nada más. Intento decorar el ambiente con pensamientos.

-       Imagina que ese corcho echase a volar. Quizá no por gusto, porque aquellos que ya vuelan no lo suelen vivir tanto. Puede que eche a volar porque primero se escapen las fotos que están esposadas a él, atrapadas por chinchetas. Rápidas y elegantes han logrado las fotos romper sus cadenas, y se han escapado por debajo de la puerta. Él las quiere. Puede aceptar no volver a aprisionarlas, pero que vuelvan. Necesita seguir con ellas, a su lado. Echa también a volar en su búsqueda, pero es torpe. Los corchos son torpes.

Me mira algo apenada. Mi historia ha desatado su empatía desmedida. Amor por todo, hasta un dibujo de algo que en realidad no existe pero parece entristecido. Por supuesto también la tiene por historias inventadas, sean novelas o películas. Ahí la entiendo un poco más, pero ¿un corcho? Solo estaba diciendo tonterías y me ha salido una más dramática que graciosa. No pretendía ponerla triste.

-       ¿Qué te pasa?

Me dice que nada, que está un poco desanimada hoy. Maldita melancolía. Vete de aquí y dile a la alegría que pase. Deja entreabierto, no hace falta que llame. Compruebo si mi ruego ha sido oído.

     ¿Y si mis zapatillas se elevasen, así sin más? Inertes, no hace falta que sea por nada. Simplemente como que dejen de pesar y empiecen a flotar por la habitación.

Me mira curiosa. Esta parece gustarle más. Sigo con ella.

-     ¿El aire es caótico sabes? Los flujos son impredecibles y puede pasar cualquier cosa. Igual tenemos suerte y gracias a esto las zapatillas se marcan un paso de baile. Puede incluso que también se eleven las tuyas, de la misma forma que las mías, y que también haya suerte y parezca que bailen. Unas frente a otras al ritmo de, no sé, nuestra risa.

Reímos y las dejamos bailar en nuestras mentes. “¿Y si bailamos de verdad? Va, levanta, que llevamos aquí tirados una eternidad”. Se incorpora y me arrastra con ella. Coge unos segundos su móvil y logra con ello que suene una canción. Se escucha un piano junto a otros instrumentos que no reconozco. No suena nuevo, pero tampoco tan viejo como para llamarlo clásico. Me gusta. Coge mis manos y las lleva a su cintura, descansando ella después las suyas en mis hombros.

Soy muy torpe. Ella también un poco, aunque yo diría que es graciosa. Sí, es bonito verla moverse sin haber practicado mucho el hacerlo. Baila con un estilo curioso y agradable. Yo tropiezo a menudo. Sí, el torpe soy yo.

Tiene la costumbre de adivinar mis pensamientos y me pone la mano en el rostro, provocando que se crucen nuestros ojos. Me besa y me transmite que le gusto, que algo hago bien. En cierto modo así me encuentro, a gusto. Me he levantado algo reticente y sin embargo ahora creo que ya está sonando la segunda o tercera canción. Podríamos hacer esto más a menudo.

Vuelve a escucharse un piano. Esta vez está solo, sin ningún otro sonido. Nos abrazamos mientras seguimos bailando. Me siento elevado con ella, en otro estado. Me cuesta menos moverme y todo fluye más ligero, aunque ahora nos movamos lentos. Es algo más abstracto. Sentir es menos pesado cuando estoy con ella y me siento al instante comprendido.

Soy un enamorado de la buena compañía.

1 comentario:

  1. a partir de me siento, a la quema. no deberíamos explicar al final del relato cómo se siente el personaje en una especie de resumen aclarador sino mostrarlo y que sea el lector el que tome sus propias conclusiones. te decía en clase que realmente esa gran pregunta dramática que hace avanzar un relato (lo veremos el próximo día) debe contestarse en el desenlace, y aquí me da la sensación de que hacemos un dribling. para mí esa pregunta no es otra que si el amor perdurará, si no se volatilizará. está en los ojos de la chica desde el inicio

    ResponderEliminar