Tal vez fascinados por
el orden abrumador del universo, hay en los seres humanos una inclinación a lo
complejo. Sin embargo, no es infrecuente que la solución a un problema sea la
más simple de entre todas las posibles. ¿Cuántas veces hemos recorrido nuestra
casa en busca de unas llaves ─incluidas las habitaciones donde sabíamos que era
imposible que estuviesen─ y hemos acabado encontrándolas en nuestro bolsillo?
¿En cuántas ficciones de segunda hemos aprendido que las mujeres pierden su
tiempo buscando un amante tan perfecto como ese amigo que le tiende el hombro
lealmente después de cada ruptura? También hallaremos ejemplos ilustres de este
hecho en la Literatura y la Historiografía: Alejandro de Macedonia usó la hoja en
lugar de las manos para desatar el nudo gordiano; en Esopo, el halcón rechaza
la sugerencia del ruiseñor de cazar un pájaro más nutritivo, alegando que es de
necios abandonar lo conseguido en pos de aquello que se espera conseguir; y en
un famoso relato policíaco descubrimos en su resolución que el culpable había
escondido la carta robada en un tarjetero a la vista de todas sus visitas. Yo
mismo, últimamente, dedico parte de mi tiempo a abrirme paso entre la maleza
del jazz, la música clásica y el rock progresivo. Persigo lo sublime, aunque sé
que ninguna de esas obras maestras podrá conmoverme tanto como cuando vuelvo a
las canciones de Radio Futura y Café Quijano que mi padre ponía en el coche, o
a las bandas sonoras de Dragon Ball Z
y One Piece. Hay un episodio de mi
infancia que puede darle color a esta idea.
Era una tarde de verano. Yo debía tener ocho años. Solía
pasar las vacaciones estivales en el pueblo de mi madre. Me quedaba en casa de
mis abuelos, jugaba con mi primo Gerard y a veces íbamos con mi tío a la
piscina municipal o a una de las muchas prolongaciones del río. Como era la
hora de la siesta y no sabía qué hacer, me fui a la ermita que hay al final de
la calle donde vivían mis abuelos. En torno a la ermita hay una pequeña plaza
con una farola inservible en el centro; la plaza se extiende hacia la izquierda
y acaba en un mirador desde el que se ven huertos y montañas; a partir del
mirador, el calvario baja hacia la derecha, hacia la izquierda, y hacia la derecha
de nuevo. Descendí y me fijé en la pared que se formaba por la inclinación del
calvario.
Siempre me había gustado escalar. Hacía unos meses mis
padres habían vendido el piso en el que habíamos vivido hasta entonces. Estábamos
residiendo en casa de mis abuelos paternos mientras esperábamos a que
terminasen el adosado que habían comprado. Mis abuelos vivían en un barrio
marginal fusionado al monte. Con el paso de los años, la gente del pueblo se
había ido yendo a la zona baja y ahora solo quedaban gitanos y un puñado de
ingleses y viejos nostálgicos. En frente de la casa de mis abuelos había un
muro muy largo, de unos setenta metros de longitud y unos cuatro de altura,
producto del desnivel entre dos calles. Lo trepé en más de cinco ocasiones, y
con unas chanclas de madera, por si fuese poco. Mi padre había eludido el
servicio militar por tener el ángulo del puente de los pies demasiado agudo;
paradójicamente, yo había nacido con los pies planos, de ahí que tuviese que
llevar plantillas de plástico en invierno y chanclas de madera en verano.
La pared del calvario es más alta que el muro que tantas
veces y con tanta facilidad he escalado, me dije, retándome. Además, iba con
zapatillas, no con los incómodos zuecos; la subida no debía suponerme ningún
problema. Hice un primer intento, pero al no encontrar punto de apoyo, bajé.
Volví a empezar desde otra parte. Ascendía lentamente, asegurándome de pisar y
agarrar con firmeza. Aparté de un soplido dos o tres hormigas rojas que
cruzaban el dorso de mi mano izquierda. Habiendo trepado la mayor parte del
muro, frené. Tenía que asirme de la boca de un agujero muy hondo. ¿Qué bestias
podían habitar aquel negror? Si ponía la mano allí, me exponía a despertar a
una rata, o peor, a una escolopendra. ¿Pero qué podía hacer? Si bajaba estando
tan alto, con lo patoso que soy, seguro que resbalaba y me caía de espaldas. En
mi mente resonó una voz femenina que era mil voces: “La vida no es un juego. Si
te mueres, no te quedan más vidas”. Afortunadamente, pude seguir sin más
complicaciones hasta llegar a la cima. Allí me topé con un cactus parecido al
aloe vera con las puntas de un amarillo pálido. Tenía espacio para apoyar la
mano derecha, pero el cactus le ponía las cosas difíciles a la izquierda, y,
según mi madre, aquella especie de cactus era venenosa: si lo tocaba, moriría.
Pensé en gritar, en pedir ayuda, pero estaba convencido
de que nadie me oiría. Anna es un pueblo pequeño, con la población envejecida, todo
el mundo estaría durmiendo a esas horas. Parecía evidente que iba a morir
patéticamente. Qué absurdo destino ¿Qué dirían de mí? Se burlarían, seguro, o
si no, se compadecerían por ese chico estúpido que se subió a un muro y se
mató, como aquella niña que dio un sorbo a la botella de salfumán o el niño que
se hundió con un montacargas en una obra. Una vida segada antes de madurar. Ni
siquiera había podido beberme una cerveza, besar a una chica, conducir un
coche, capturar a Mewtwo en el Verde Hoja… Encima, todavía no me había
confesado y seguro que iría al infierno por aquella moto de juguete que robé en
la papelería Les Fonts, por abrir los paquetes de Fosquitos en el supermercado
y quedarme con los regalos sin comprar el producto, por mentir tanto y por
decir palabrotas. No tardé en ver la vanidad de aquellos pensamientos. Aquellos
no eran motivos suficientes para poner a trabajar los conductos lagrimales.
¿Qué sería de mi madre? En aquel momento estaría durmiendo, comiendo magdalenas
con Nocilla o pasando productos por la caja del Caprabo tranquilamente;
mientras, su único hijo estaba a punto de zambullirse en el Estigia. Nos
separaban más de sesenta kilómetros, pero yo la imaginaba justo allí, curvada
sobre mi cadáver, empapándome la cara, gimiendo, musitando: “Mi niño… mi bebé”.
Sin duda se suicidaría, y con ella mi abuela, mi abuelo moriría en la
indigencia al no tener a nadie que se
ocupase de él. Toda mi familia destruida por mi culpa.
La muerte siempre ha sido un tema que ha revuelto mi
mente. Los ojos con que la he visto han ido cambiando con el paso del tiempo,
pero su capacidad de inquietarme ha sido invariable. Cuando era niño la temía más
que a nada en el mundo. Cuando nos cae al suelo un helado recién comprado, nos
duele más que cuando lo hace uno menos sólido que líquido. Es tan grande el
universo, pensaba, que una sola vida no basta para abarcarlo. A menudo
fantaseaba con ahorrar lo suficiente como para poder congelarme criogénicamente
y así conocer la juventud eterna y las maravillas del progreso.
─Ye, primo. ¿Qué haces?
¡Milagro! Bajé la mirada y vi con regocijo a mi primo. Su
piel era blanca como la de un querubín, llevaba una camiseta de color verde
esperanza, como le gustan a su madre, y sostenía una pelota de baloncesto entre
la mano y la cadera.
─Gerard. Gracias a Dios ─dije─. Tienes que llamar a la
abuelita. Dile que venga y me ayude, que ya no aguanto más aquí.
─¿Pero qué estás haciendo ahí?
─¿Qué más dará eso ahora? Tu solo vete y llama a la
abuelita. Ya verás, que se me va a soltar una mano y me voy a partir la
espalda.
Salió corriendo diligentemente. Mi primo es dos años
menor que yo. Era uno de mis tres únicos familiares que no me llamaban por mi
nombre. Los otros dos eran otro primo mío más joven, que también me llama
primo, y mi abuelo paterno, que me llamaba Alejandro. Porque, ¿cómo iba alguien
tan patriota como él, don José Arcos, a dirigirse a uno de sus nietos con un
nombre de origen ruso como Alex o Alexandre, existiendo la variante castiza?
Di gracias al Cielo incansablemente y recé una docena de
padrenuestros. Hasta hacía unos meses mi fe en Dios había sido más bien tibia.
Unos años atrás había afrontado la disyuntiva de escoger entre mi mente y mi
cuerpo, entre ser un empollón o un revoltoso. Elegí la primera opción por la
curiosidad que siempre me ha invadido y por razones pecuniarias y productivas:
no había una sola historia en la que el gamberro acabase bien parado, por el
contrario, el sabio siempre acababa con un buen trabajo y una buena vida. Y,
por lo visto, para ser considerado un hombre sabio, había que abandonar la
religión y el misticismo. Mis creencias habían cambiado un viernes por la noche
en el que mi padre y yo vimos Constantine,
una película que sigue la demoníaca epopeya del exorcista epónimo para evitar
la encarnación del Anticristo. En el tiempo que duró el film, mi opinión
respecto a Dios mutó. Las imágenes de las desérticas ciudades infernales, de los
demonios ciegos y del sarcástico Satán antropomórfico hicieron más por
devolverme al rebaño, que toda la tradición católica, apostólica y romana a la
que estaba expuesto.
Alguien pensará, estoy seguro, que esto es
contradictorio. Si eligió una vida de estudio, ¿qué hacía escalando una pared?
No podemos separarnos de nuestra sombra. Siempre fui un chico travieso y algo
payaso, y cuando uno es el guardia de uno mismo, no puede mantener la celda sellada
por siempre. Sí, es una contradicción, una más de las que ha habido en mi vida:
el individualismo y el egoísmo son mis principales cualidades, pero voto a los
comunistas; me atraen más las mujeres morenas, pero mi novia es rubia y tiene
los ojos azules; miento impúdicamente a diario, pero me obsesiona la verdad; me
encanta hablar, pero apenas hablo. Ahora hojeemos las biografías de las
personas más grandes del pasado, incluso ellas tuvieron dificultades para ser
fieles a su sistema de valores. El ser humano es inseparable de la
contradicción.
En esto volvió mi primo.
─¿Y la abuelita? ─pregunté.
─Es que estaba acostada y no quería despertarla.
─Tú eres tonto. ¡Que me voy a matar, puto subnormal!
La angustia me indujo un gemido, pero lo ahogué. No
quería seguir humillándome delante de mi primo.
─Si quieres llamo al abuelito, estará tomándose el café
en el Rechol.
Esa no era una opción. Mi abuelo materno era un hombre
serio, lacónico. Tenía un sentido del humor muy particular. Solía entrar en
casa silenciosamente y dar los buenos días vociferando para asustar a mi abuela,
o daba una palmada a la puerta levadiza de atrás y se llevaba la mano a la
frente como si se hubiese dado un golpe. En una ocasión volví a casa de mis
abuelos después de tener un accidente con la bicicleta. Me escocían las palmas
de las manos y la sangre me bajaba por la pierna. Mi abuelo estaba sentado en
la acera de atrás, agotando un cigarrillo y una sopa de letras. Al verme llegar
no dijo nada, solo rió placenteramente.
Si mi primo lo llamaba, volvería a repetirse la misma
escena. Seguramente se quedaría mirándome sonriente, sin hacer nada, apoyado en
su bastón.
─¿Quieres que te ayude yo? ─prosiguió mi primo.
─No, déjalo, a ver si aún la cagas más.
Los efectos de nuestras acciones son incalculables; las
causas que las producen, innúmeras. De pronto, distinguí el método para consumar
la escalada. Me resultó difícil conseguirlo porque tenía que forzar la postura
de los brazos, pero fue efectivo. Me quedé tumbado en el suelo unos minutos con
los brazos extendidos contemplando las copas de los pinos, las nubes y el
cielo.
─Bueno, ¿vamos al poli a echar unas canastas? ─dijo mi
primo.
─Espera, creo que voy a subir otra vez.
-Alex