jueves, 6 de abril de 2017

Desde hace meses me despierto con el sol, incapaz de soportarlo. Me visto, desayuno un vaso de leche sin cereales, y al ir al baño paso por delante de la puerta de mi hermana, que siempre está cerrada. Solo encuentra trabajos de camarera, y cuando vuelve se pasa la noche estudiando para poder ser bailarina. No acabó el bachiller, pero ahora lo necesita para la escuela de danza. A veces me quedo leyendo hasta tarde y la oigo volver. Se escucha el microondas, la ducha y sus lamentos mientras estudia. No es que hable sola, suele decir nombres de amigas. Supongo que les manda mensajes de voz.

Hoy he decidido empezar este diario. La psicóloga me recomendó escribir lo que siento, y no me apetece recordar a mis padres pero necesito hablar sobre mi hermana. Al volver de clase me ha contado su día, y creo que me ha mentido. Estoy haciendo tiempo por si habla con una de sus amigas y consigo oír lo que les cuenta.

Me he despertado como siempre a primera hora. He dormido bien y he salido a la cocina a desayunar, pero no quedaba leche. Le he dejado a mi hermana una nota para que lo supiese y me he ido a clase.

No me gustan los martes. Tenemos lengua a primera hora y la profe nos hace aprendernos los periodos y autores de memoria. Hoy se me ha olvidado repasármelos. Justo me ha preguntado. “Alberto, dime un autor del Siglo de Oro”. He probado suerte con un “Góngora” dudoso, y ha asentido. Al siguiente le ha preguntado de qué corriente literaria formó parte Góngora. Ha respondido convencido. “Culteranismo”. “Muy bien, Carlos”. Ha continuado con su ronda de preguntas, pero yo me he quedado esperando una explicación de qué es eso del culteranismo. Viendo que no llegaba, he sacado de la mochila un tomo de manga y me he puesto a leerlo bajo la mesa.

El resto de clases han sido igual de aburridas, pero he podido terminar los tres tomos que me había dejado Elena. Al terminar la mañana me he acercado a devolvérselos. Los hemos comentado, y después me ha invitado a ir a su casa a comer. La he rechazado educadamente, pero ha insistido. Creo que su madre le ha dicho que me invite siempre que tenga ocasión. Al final he aceptado y hemos ido juntos a su casa. Hemos comido muy bien junto a su familia, y después hemos pasado la tarde haciendo deberes y jugando a videojuegos.

Se portan muy bien conmigo, me gusta estar en su casa. Cuando ya me iba me ha recordado que me llevase los tres tomos siguientes. Los he cogido agradecido e, impaciente por saber cómo continúa la historia, he corrido a casa para poder seguir leyendo. Al entrar he visto dos bolsas repletas de comida sobre la mesa. Llevaba desde que no están mis padres sin ver tanta compra junta.

Me he sentido raro al recordar los viajes con mi madre al supermercado. Nunca me dejaba comprarme nada, decía que no podíamos permitírnoslo. Eso hizo que no me gustase acompañarla, pero ahora lo echo de menos. Mi hermana ha salido al salón al oírme llegar, y creo que me ha encontrado llorando porque ha venido corriendo a abrazarme.

Ha conseguido calmarme y le he ayudado a guardar la compra. Después nos hemos sentado en el sofá y hemos estado hablando un rato.

Me ha dicho que el otro día la tiraron del bar en el que estaba, y que no me lo había contado porque le daba vergüenza, pero que ya ha encontrado algo mejor. Ayer por la mañana le ofrecieron un trabajo como bailarina muy bien pagado. Dudó, pero al final llamó y aceptó, y por eso ha podido comprar tanta comida.

Le he preguntado en qué consistía el trabajo y me ha dicho que bailar por las noches en un bar. Tenía curiosidad y le dicho que si era mientras la gente cenaba. Me ha contestado solo con un “sí” y ha puesto la tele, así que no he podido preguntarle más.

Hemos visto un programa de cocina. Han elaborado una receta fácil, y como teníamos los ingredientes mi hermana ha dicho de hacerla. No nos ha salido muy bien, pero hemos pasado un buen rato.


A las once le he dicho que me iba a dormir, y me he puesto a escribir esto a la espera de que hable con alguna de sus amigas. No quería interrumpir la historia, pero llevo ya cinco minutos escuchándola. No para de llorar.

El mejor despertar

Sonó el canto del gallo cuando el hombre ya estaba preparado para salir a la calle, vestido como cada día, como cada mañana, pues para la tarea que ese día iba a desempeñar no quería ser una persona distinta a la que llevaba siendo todos esos años.

Paralelamente una muchacha dormía, con un sueño muy profundo, tras una ajetreada noche llena de baile, gente y sustancias prohibidas que, a largo plazo, le iban a causar más perjuicios que beneficios.
El caballero antes mentado subió a su vehículo preparado para un día más de duro trabajo, se puso el cinturón, sonrió y arrancó.

Mientras tanto la joven seguía plácidamente dormida, con la persiana bajada hasta los topes para que la luz no la molestara en las 5 horas que se había propuesto dormir. Ella descansaba pero su subconsciente no paraba de lanzarle imágenes de un gato pardo de ojos grises con una peculiar mancha en forma de corazón en su lomo  que le lamía la mano y ronroneaba bajo sus caricias.

Era hora de activar los altavoces para el hombre trabajador y, tras apretar el botón de encendido, empezó a sonar una especie de silbido parecido al que emite un pirulí seguido de una frase que anunciaba la tarea  y servicios que ofrecía el madrugador.

El gatito pardo paró, de repente, de lamer la mano de la bella durmiente y moviendo la boca de una forma extraña emitió un sonido que era más propio de un pájaro que de un gato. Este sonido fue seguido por una frase digna de todo gato parlante de sueños que se precie, “El afilador, ha llegado el afilador”. De un brinco abrió los ojos la muchacha, con esa frase y ese silbidito retumbando en su habitación y en su cabeza, una dolorida y aturdida cabeza que únicamente logró articular dos palabras, “Puto afilador”.


Manolo García, el afilador, terminó su agotadora jornada de trabajo y por fin pudo volver a casa para ducharse, relajarse y descansar sentado en su butaca acariciando la peculiar mancha en forma de corazón del lomo de su silbador y parlante gato pardo de ojos grises.

Crecer, viajar y cambiar.

Nunca creí que llegarías a mí. Nunca pensé que merecía algo tan increíble como tú lo eres. Nunca pensé que cambiarías mi vida de semejante manera. Y lo único que soy capaz de hacer, es imaginar toda tu vida y el motivo que te trajo aquí, a mi hogar.

Creciste casi sin darte cuenta, siendo amigo de tus vecinos y proporcionando cobijo a aquel que lo necesitara. Muy hogareño, pero siempre con ganas de conocer mundo, aunque tu situación no te lo permitiese. Buscabas conocer a alguien que fuera capaz de contarte todas sus aventuras solo para poder recrearlas en tu mente y sentirte un poco más libre. A veces tenías la suerte de que alguien pasaba cerca de tu casa, hablando en alto, como discutiendo consigo mismo, y lograbas escuchar algunas frases sueltas que te llenaban el día, pues no necesitabas nada más para poder inventarte una historia y escapar de tu rutina.

Sin embargo, un día caíste gravemente enfermo. Tus amigos trataron de ayudarte, pero no sabían lo que te ocurría y tan solo intentaban hacerte compañía y animarte a medida que ibas empeorando. Las personas que pasaban por tu lado parecían ignorarte. Algunos miraban de reojo cuando intuían que necesitabas ayuda, pero ninguno se paraba a intentar solucionarlo. Salvo una persona. Esa mujer se aproximó a ti, te preguntó qué te ocurría, aunque tú no pudieses responderle y empezó a tocar tu piel, como queriendo comprobar algo. Ese día se marchó, dejándote con la incógnita de si tenía solución aquello que te enfermaba cada día más.

Pasaron varios días hasta que la volviste a ver. Te emocionaste tanto, que todos a los que habías dado cobijo en esa última semana, salieron despavoridos. La mujer se acercó y te susurró que todo iba a estar bien, que ella y sus compañeros te salvarían. Y no mintieron, solo que el proceso fue muy confuso para ti. Tras una serie de preparativos, escuchaste que iban a comenzar. Entonces sentiste algo muy frío sobre tus pies. Casi sentías que te congelaban. Lo siguiente que atinaste a entender es que te sacaban de tu hogar para llevarte a un lugar seguro donde tratarte. Tras escuchar esas palabras, caíste desmayado. Lo siguiente que recuerdas es a esa misma mujer a tu lado, sonriéndote. Te tranquilizó y te dijo que todo iba a salir bien, que por muy dura que fuese esa enfermedad, ellos te ayudarían a superarla y a hacer algo grande con tu vida.

Y así fue. Tras varios meses de tratamiento, de sonidos chirriantes, de voces gritando dando instrucciones, de horas y horas de anestesia, de un tecleo incesante… Te curaron. Saliste completamente renovado y esa mujer no podía estar más satisfecha de su trabajo. Alguien comentó que llevaba todo un año centrada en tu caso, así que tú solo pudiste relajarte y sentirte aliviado. Gracias a esas personas, podrías volver a tu hogar y contarles a tus vecinos todas las experiencias vividas, todas las emociones sentidas, la manera en la que se han preocupado por ti y te han cuidado. Aunque realmente no fue así.

Cuando te diste cuenta, entraste en pánico. ¿Dónde estaban tus pies? ¿Y tus piernas? ¿Por qué te sentías tan ligero? Para curarte habían necesitado modificarte completamente. Ya no podrías dar cobijo, ya no podrías escuchar a las personas hablando consigo mismas. Ya no podrías volver a casa. La tristeza se apropió de ti y sentiste que te ibas a echar a llorar, aún sin tener manera de hacerlo. Parece que tu salvadora se percató de cómo te sentías, pues te abrazó muy fuerte y te dijo que todo iba a salir bien, que te había encontrado un hogar donde volverías a ser feliz y tendrías un compañero de aventuras.

Es decir, yo.

Cuando tu salvadora – mi madre – te trajo a mi habitación, me emocioné muchísimo. Aunque me costó un poco explicarte todo por lo que habías pasado. Uno nunca está preparado para que su madre le diga que tiene que hablarle a algo que parece que no le va a entender, pero así lo hice. Y me pasé horas enteras explicándotelo, hasta que, en un momento dado, como si por fin estuvieses tranquilo y dispuesto a ser mi amigo, una ráfaga de aire entró por mi ventana y pasó tus páginas.


Así fue cómo comencé a leerte: el primer libro de mi madre, amante de la naturaleza y viajera empedernida que decidió escribir una historia única y sin copias, tan solo para salvar a un pequeño árbol que había contraído roya, una enfermedad muy típica en los árboles y fácil de eliminar si se diagnostica a tiempo. No pudieron salvar tu cuerpo, pero tu esencia está plasmada en todas y cada una de las hojas que leo y releo en cada viaje, en cada tren, en cada avión. 

Pues tú me has contagiado esas ganas de vivir que tiene mi madre y tú vas a ser mi gran y fiel compañero con el que veré cada rincón del mundo.
-Estefanía Asins-

La pluma

Suena el repiqueteo de una máquina de escribir que se resiste a ser presionada. El señor Moor se estira en el sillón satisfecho con el resultado,  dobla el papel, hace una breve pausa, y lo abre nuevamente, no lo ha firmado. Rebusca en el cajón del escritorio sin éxito, después en el armario, la pluma no aparece. No le quedará más remedio que bajar a la papelería.

- Qué desea- dice bruscamente la dependienta, sin apenas mirarlo a los ojos.

- Buenas tardes señorita, estoy buscando una pluma - responde él.

- Elija una de la vitrina y cuando se decida avíseme – contesta ella
tajante.

El hombre recorre con la mirada los diferentes modelos de estilográficas sin demasiado interés. Elige una gris,  paga y se marcha.

De camino a su casa divisa dos palomas aleteando en el suelo, parece ser un cortejo. Al acercarse descubre que son tórtolas, una de ellas intenta cargar a la otra, alza el vuelo pero fracasa. El ave cae bruscamente, rebotando su cuerpecito en el asfalto.

El señor Moor llega a su casa y firma la carta, no sin antes agregarle una postdata : Nunca esperes que te salve una pluma. Finalmente se vuela los sesos.

Escrito por Yuri Ruvalcaba.

miércoles, 5 de abril de 2017

Hannah (Tema libre)

“Todos tenemos temores”, pensó Hannah al despertar en la oscuridad. No reconoció los habituales rayos de sol que entraban tras la ventana de su dormitorio cada mañana, así que le desconcertó el lugar donde se encontraba. Durante unos breves instantes, el pánico corrió por su piel por no ser capaz de ver absolutamente nada, pero tras tocar lo que había a su alrededor se dio cuenta de que estaba dentro de una especie de caja cuya forma no alcanzaba a comprender.

Probó varias veces a empujar la parte superior para abrir ese espacio pero era demasiado pesado para sus delgados brazos. Conforme los segundos pasaban y no conseguía resultados, comenzó a aporrear la madera con toda la fuerza de la que disponía. Era inútil.

Intentó respirar hondo para calmarse y pensar fríamente: ¿Qué la había llevado allí? Lo último que recordaba era andar para casa tras el sonido del último timbre del colegio, y luego, y luego…

Tenía mucho calor y aquel espacio minúsculo la estaba empezando a asfixiar. Las gotas de sudor caminaban por su frente y bajaban a su pecho; su boca estaba completamente seca y no parecía que hubiera agua cerca. Gritó varios “¡Ayuda!”, seguidos de un decepcionante silencio.

Pasó mucho tiempo, o eso sentía ella: cada segundo era una prolongación de su agonía, una ignorancia constante, un escalofrío en las rodillas. Entonces alcanzó a distinguir varias voces que provenían de muy lejos, o quizás las oía así por la sensación de mareo que le envolvía desde hacía unos parpadeos. Necesitó toda su fuerza de voluntad para que de sus labios salieran las mismas cinco letras que había repetido en una docena de ocasiones antes, y esta vez parece que funcionó.

Alguien la liberó de su cautiverio y sin siquiera reparar en la identidad del desconocido, que soltaba un improperio al verla, se sentó torpemente en el suelo para recuperar el equilibrio. Veía objetos desenfocados y necesitaba unos segundos, pero el hombre que había abierto la puerta no parecía entenderlo, pues solo gritaba que trajeran al “jefe”, que algo había salido mal. Mientras su visión volvía a un estado normal, notó cómo le ataba las manos y los pies con una gruesa cuerda que picaba al hacer contacto con la piel. En cuanto se dio cuenta de que quería aprisionarla de nuevo, forcejeó y chilló hasta que él le puso una mordaza y le dio una bofetada que la hizo golpearse contra la pared.

La habitación le daba vueltas cuando otro hombre, mucho más alto que el anterior y con aspecto amenazador, irrumpió en la estancia. Después de lo que Hannah creyó entender como (otra) sarta de tacos, vociferó:

          -  ¿Cómo eres tan retrasado de confundir a la que teníamos que secuestrar? ¿No ves que esta es morena y la que queríamos era rubia? ¡¿Qué vamos a hacer ahora?!

           - No sé, jefe, yo…

         -  A mí las excusas no me valen. Ni los fallos tampoco. – afirmó, sacando de pronto una pistola y disparando a la sien del secuaz. 

Hannah jamás había presenciado algo así y el sonido mezclado con la ansiedad del momento hizo que le pitaran los oídos. Empezaba a ver de nuevo borroso, y el tiempo parecía haberse ralentizado: notaba que se iba a desmayar. Justo antes de perder la conciencia, oyó la voz despiadada del hombre:

          - Una pena, con esa cara tan bonita. Pero has visto demasiado.


Una oscuridad después

Despertó, esta vez en otra habitación y frente a un espejo. Tuvo aproximadamente cinco segundos para ver la silla, la cuerda que antes estaba en sus articulaciones pero que ahora reposaba en su cuello formando un círculo y enganchada a la pared, y otros tres segundos para entender que así finalizaría su vida.

Todos tenemos temores, pero Hannah tenía tan mala suerte que los suyos se hicieron realidad.

jueves, 30 de marzo de 2017

Torpeza y baños.

Todas las familias, al igual que todos los grupos de amigos, cuentan con alguna persona que no llega a encajar. Tal vez sea por sus pensamientos radicales, tal vez por sus extraños gustos o, tal vez, y simplemente, porque no quiere encajar.

Esto es lo que le sucede a la protagonista de esta historia: Estefanía Asins.

Estefanía siempre había recorrido los pasos preestablecidos, solo que a veces se le cruzaban los cables y cambiaba completamente el chip. De pequeña, le gustaba mucho jugar a fútbol y juntarse con los chicos, ya que no entendía a las chicas de su edad. Sin embargo, desde que en un partido le metió semejante balonazo en las partes bajas de un chaval que le tuvieron que llevar directamente al hospital, como que dejaron un poco de jugar con ella.

Así que le tocó permanecer al lado de esas chicas que, por mucho que no tuvieran nada en común, la aceptaban.

O al menos eso creía Estefanía.

A medida que iban creciendo, sus gustos se iban alejando cada vez más. Lo que a ellas les parecía lo más normal, para Estefanía era una barbarie. ¿Con 14 años y con tacones? ¿Por qué querían sufrir tan pronto? Disculpadme, a veces me es inevitable ponerme del lado de la protagonista.

A la par que ella lo veía una locura, sus “amigas” también la veían como una loca. Una friki. Y así justamente es como la llamaron… a sus espaldas. Al enterarse por otra amiga que había escuchado eso fortuitamente, decidió tener el valor de imponerse y exigir una explicación.

Y eso es lo que hizo. En un descanso tras la clase, se acercó a la chica que la había llamado así mientras todos los compañeros de la clase las rodeaban al grito de “uuuuh”. Ya sabéis, similar al bramido de un mono. Estefanía consiguió alzar su voz y dejar claro que ella valía mucho más de lo que esas niñas creían. Lo hizo tan, tan bien, que hasta consiguió una disculpa y una marea de aplausos.

Orgullosa como ella sola, se fue con pasos dignos al recreo. Pero la torpeza es demasiado innata en ella y, justo cuando fue a poner el pie en el primer escalón, se resbaló, cayendo de culo por las escaleras con el sonido de las risas de sus compañeros por detrás. Realmente solo faltaba el tema de Benny Hill para completar semejante escena bochornosa. Se levantó como pudo e intentó sobrellevar la caída de la manera más digna posible: corriendo a encerrarse en un baño.

No estoy muy segura de cuánto tiempo estuvo allí encerrada, la verdad. Tal vez varios meses, porque para cuando salió, las risas ya habían desaparecido y ella parecía un año mayor. O tal vez simplemente me despisté y dejé de seguir su historia. Nunca lo sabremos.

Lo siguiente que pude observar es que continuaba con ese grupo tan irritante que le hacía la vida imposible. Un poco atontada la protagonista, pero qué se le va a hacer, era eso o quedarse sola. Aunque parecía que en ese tiempo en el que estuve ausente, conoció a nuevos amigos. ¡Y hasta la entendían! No se metían con ella y compartían muchos gustos. Poco a poco se fue sintiendo más a gusto con ellos y menos con las otras chicas. Así que decidió rebelarse, y no por lo bajini, no, sino que alzó bien la voz y les dejó claro lo que pensaba.

En una noche de Fallas, cerca de la carpa que habían puesto en mitad de la carretera, paró en seco a sus “amigas”, que estaban cotilleando sobre la vestimenta de un chico esa noche. No les parecía nada “cool”. Todas la miraron cuando les dijo que no podía más. Que no las soportaba. Que eran “unas niñatas que solo saben criticar”. Que le aburrían. Que no quería seguir estando con ellas. Ninguna llegó a articular palabra, ya que Estefanía empezó a caminar antes de darles la oportunidad de replicar.

Por fin estaba haciendo lo que debería haber hecho hace mucho tiempo, se dirigía directa a ese grupo de personas que realmente la apreciaban y entendían. Su felicidad no podía ser aún mayor… pero como siempre, su torpeza le jugó una mala pasada.

Su camisa se enganchó con una de las vallas que había para cortar el tráfico, con tan mala pata que se cayó, creando un estruendo tan enorme, que hasta pararon la música y todas las miradas se dirigieron hacia ella. Estefanía solo pudo encogerse de hombros y salir corriendo hacia el lugar que más seguro le pareció en su día y más seguro le parecía entonces: el baño. Aquí también añadiría el tema de Benny Hill. Es que ese tema es fantástico como banda sonora de la vida de la protagonista.

Puede que ese fuese el día en el que Estefanía desarrolló ese pánico a la hora de hablar en público, esa vergüenza al conocer a gente nueva y esa afición por tener el baño como un lugar de meditación y relajación. Posible razón por la que ahora nunca va estreñida.

Me gustaría poder decir que salió de ese baño y nadie la juzgó por ese numerito, pero creo que me volví a despistar. Lo último que vi de su vida es que se cayó de culo en una caca de perro en la protectora de animales. No parece tener mucha suerte esta chica.

Solo me queda deseársela y pasarme de vez en cuando a echar un vistazo, a ver si ha mejorado un poco su torpeza.


¡Mucha mierda, Estefanía Asins!
-Estefanía Asins-

miércoles, 29 de marzo de 2017

Another brick in the wall

(Está en primera persona ¯\_(ツ)_/¯. Entendí que podíamos usar cualquier tipo narrador y que el único requisito era usar nuestro nombre y primer apellido).


Tal vez fascinados por el orden abrumador del universo, hay en los seres humanos una inclinación a lo complejo. Sin embargo, no es infrecuente que la solución a un problema sea la más simple de entre todas las posibles. ¿Cuántas veces hemos recorrido nuestra casa en busca de unas llaves ─incluidas las habitaciones donde sabíamos que era imposible que estuviesen─ y hemos acabado encontrándolas en nuestro bolsillo? ¿En cuántas ficciones de segunda hemos aprendido que las mujeres pierden su tiempo buscando un amante tan perfecto como ese amigo que le tiende el hombro lealmente después de cada ruptura? También hallaremos ejemplos ilustres de este hecho en la Literatura y la Historiografía: Alejandro de Macedonia usó la hoja en lugar de las manos para desatar el nudo gordiano; en Esopo, el halcón rechaza la sugerencia del ruiseñor de cazar un pájaro más nutritivo, alegando que es de necios abandonar lo conseguido en pos de aquello que se espera conseguir; y en un famoso relato policíaco descubrimos en su resolución que el culpable había escondido la carta robada en un tarjetero a la vista de todas sus visitas. Yo mismo, últimamente, dedico parte de mi tiempo a abrirme paso entre la maleza del jazz, la música clásica y el rock progresivo. Persigo lo sublime, aunque sé que ninguna de esas obras maestras podrá conmoverme tanto como cuando vuelvo a las canciones de Radio Futura y Café Quijano que mi padre ponía en el coche, o a las bandas sonoras de Dragon Ball Z y One Piece. Hay un episodio de mi infancia que puede darle color a esta idea.
            Era una tarde de verano. Yo debía tener ocho años. Solía pasar las vacaciones estivales en el pueblo de mi madre. Me quedaba en casa de mis abuelos, jugaba con mi primo Gerard y a veces íbamos con mi tío a la piscina municipal o a una de las muchas prolongaciones del río. Como era la hora de la siesta y no sabía qué hacer, me fui a la ermita que hay al final de la calle donde vivían mis abuelos. En torno a la ermita hay una pequeña plaza con una farola inservible en el centro; la plaza se extiende hacia la izquierda y acaba en un mirador desde el que se ven huertos y montañas; a partir del mirador, el calvario baja hacia la derecha, hacia la izquierda, y hacia la derecha de nuevo. Descendí y me fijé en la pared que se formaba por la inclinación del calvario.
            Siempre me había gustado escalar. Hacía unos meses mis padres habían vendido el piso en el que habíamos vivido hasta entonces. Estábamos residiendo en casa de mis abuelos paternos mientras esperábamos a que terminasen el adosado que habían comprado. Mis abuelos vivían en un barrio marginal fusionado al monte. Con el paso de los años, la gente del pueblo se había ido yendo a la zona baja y ahora solo quedaban gitanos y un puñado de ingleses y viejos nostálgicos. En frente de la casa de mis abuelos había un muro muy largo, de unos setenta metros de longitud y unos cuatro de altura, producto del desnivel entre dos calles. Lo trepé en más de cinco ocasiones, y con unas chanclas de madera, por si fuese poco. Mi padre había eludido el servicio militar por tener el ángulo del puente de los pies demasiado agudo; paradójicamente, yo había nacido con los pies planos, de ahí que tuviese que llevar plantillas de plástico en invierno y chanclas de madera en verano.
            La pared del calvario es más alta que el muro que tantas veces y con tanta facilidad he escalado, me dije, retándome. Además, iba con zapatillas, no con los incómodos zuecos; la subida no debía suponerme ningún problema. Hice un primer intento, pero al no encontrar punto de apoyo, bajé. Volví a empezar desde otra parte. Ascendía lentamente, asegurándome de pisar y agarrar con firmeza. Aparté de un soplido dos o tres hormigas rojas que cruzaban el dorso de mi mano izquierda. Habiendo trepado la mayor parte del muro, frené. Tenía que asirme de la boca de un agujero muy hondo. ¿Qué bestias podían habitar aquel negror? Si ponía la mano allí, me exponía a despertar a una rata, o peor, a una escolopendra. ¿Pero qué podía hacer? Si bajaba estando tan alto, con lo patoso que soy, seguro que resbalaba y me caía de espaldas. En mi mente resonó una voz femenina que era mil voces: “La vida no es un juego. Si te mueres, no te quedan más vidas”. Afortunadamente, pude seguir sin más complicaciones hasta llegar a la cima. Allí me topé con un cactus parecido al aloe vera con las puntas de un amarillo pálido. Tenía espacio para apoyar la mano derecha, pero el cactus le ponía las cosas difíciles a la izquierda, y, según mi madre, aquella especie de cactus era venenosa: si lo tocaba, moriría.
            Pensé en gritar, en pedir ayuda, pero estaba convencido de que nadie me oiría. Anna es un pueblo pequeño, con la población envejecida, todo el mundo estaría durmiendo a esas horas. Parecía evidente que iba a morir patéticamente. Qué absurdo destino ¿Qué dirían de mí? Se burlarían, seguro, o si no, se compadecerían por ese chico estúpido que se subió a un muro y se mató, como aquella niña que dio un sorbo a la botella de salfumán o el niño que se hundió con un montacargas en una obra. Una vida segada antes de madurar. Ni siquiera había podido beberme una cerveza, besar a una chica, conducir un coche, capturar a Mewtwo en el Verde Hoja… Encima, todavía no me había confesado y seguro que iría al infierno por aquella moto de juguete que robé en la papelería Les Fonts, por abrir los paquetes de Fosquitos en el supermercado y quedarme con los regalos sin comprar el producto, por mentir tanto y por decir palabrotas. No tardé en ver la vanidad de aquellos pensamientos. Aquellos no eran motivos suficientes para poner a trabajar los conductos lagrimales. ¿Qué sería de mi madre? En aquel momento estaría durmiendo, comiendo magdalenas con Nocilla o pasando productos por la caja del Caprabo tranquilamente; mientras, su único hijo estaba a punto de zambullirse en el Estigia. Nos separaban más de sesenta kilómetros, pero yo la imaginaba justo allí, curvada sobre mi cadáver, empapándome la cara, gimiendo, musitando: “Mi niño… mi bebé”. Sin duda se suicidaría, y con ella mi abuela, mi abuelo moriría en la indigencia al no tener  a nadie que se ocupase de él. Toda mi familia destruida por mi culpa.
            La muerte siempre ha sido un tema que ha revuelto mi mente. Los ojos con que la he visto han ido cambiando con el paso del tiempo, pero su capacidad de inquietarme ha sido invariable. Cuando era niño la temía más que a nada en el mundo. Cuando nos cae al suelo un helado recién comprado, nos duele más que cuando lo hace uno menos sólido que líquido. Es tan grande el universo, pensaba, que una sola vida no basta para abarcarlo. A menudo fantaseaba con ahorrar lo suficiente como para poder congelarme criogénicamente y así conocer la juventud eterna y las maravillas del progreso.
            ─Ye, primo. ¿Qué haces?
            ¡Milagro! Bajé la mirada y vi con regocijo a mi primo. Su piel era blanca como la de un querubín, llevaba una camiseta de color verde esperanza, como le gustan a su madre, y sostenía una pelota de baloncesto entre la mano y la cadera.
            ─Gerard. Gracias a Dios ─dije─. Tienes que llamar a la abuelita. Dile que venga y me ayude, que ya no aguanto más aquí.
            ─¿Pero qué estás haciendo ahí?
            ─¿Qué más dará eso ahora? Tu solo vete y llama a la abuelita. Ya verás, que se me va a soltar una mano y me voy a partir la espalda.
            Salió corriendo diligentemente. Mi primo es dos años menor que yo. Era uno de mis tres únicos familiares que no me llamaban por mi nombre. Los otros dos eran otro primo mío más joven, que también me llama primo, y mi abuelo paterno, que me llamaba Alejandro. Porque, ¿cómo iba alguien tan patriota como él, don José Arcos, a dirigirse a uno de sus nietos con un nombre de origen ruso como Alex o Alexandre, existiendo la variante castiza?
            Di gracias al Cielo incansablemente y recé una docena de padrenuestros. Hasta hacía unos meses mi fe en Dios había sido más bien tibia. Unos años atrás había afrontado la disyuntiva de escoger entre mi mente y mi cuerpo, entre ser un empollón o un revoltoso. Elegí la primera opción por la curiosidad que siempre me ha invadido y por razones pecuniarias y productivas: no había una sola historia en la que el gamberro acabase bien parado, por el contrario, el sabio siempre acababa con un buen trabajo y una buena vida. Y, por lo visto, para ser considerado un hombre sabio, había que abandonar la religión y el misticismo. Mis creencias habían cambiado un viernes por la noche en el que mi padre y yo vimos Constantine, una película que sigue la demoníaca epopeya del exorcista epónimo para evitar la encarnación del Anticristo. En el tiempo que duró el film, mi opinión respecto a Dios mutó. Las imágenes de las desérticas ciudades infernales, de los demonios ciegos y del sarcástico Satán antropomórfico hicieron más por devolverme al rebaño, que toda la tradición católica, apostólica y romana a la que estaba expuesto.
            Alguien pensará, estoy seguro, que esto es contradictorio. Si eligió una vida de estudio, ¿qué hacía escalando una pared? No podemos separarnos de nuestra sombra. Siempre fui un chico travieso y algo payaso, y cuando uno es el guardia de uno mismo, no puede mantener la celda sellada por siempre. Sí, es una contradicción, una más de las que ha habido en mi vida: el individualismo y el egoísmo son mis principales cualidades, pero voto a los comunistas; me atraen más las mujeres morenas, pero mi novia es rubia y tiene los ojos azules; miento impúdicamente a diario, pero me obsesiona la verdad; me encanta hablar, pero apenas hablo. Ahora hojeemos las biografías de las personas más grandes del pasado, incluso ellas tuvieron dificultades para ser fieles a su sistema de valores. El ser humano es inseparable de la contradicción.
            En esto volvió mi primo.
            ─¿Y la abuelita? ─pregunté.
            ─Es que estaba acostada y no quería despertarla.
            ─Tú eres tonto. ¡Que me voy a matar, puto subnormal!
            La angustia me indujo un gemido, pero lo ahogué. No quería seguir humillándome delante de mi primo.
            ­─Si quieres llamo al abuelito, estará tomándose el café en el Rechol.
            Esa no era una opción. Mi abuelo materno era un hombre serio, lacónico. Tenía un sentido del humor muy particular. Solía entrar en casa silenciosamente y dar los buenos días vociferando para asustar a mi abuela, o daba una palmada a la puerta levadiza de atrás y se llevaba la mano a la frente como si se hubiese dado un golpe. En una ocasión volví a casa de mis abuelos después de tener un accidente con la bicicleta. Me escocían las palmas de las manos y la sangre me bajaba por la pierna. Mi abuelo estaba sentado en la acera de atrás, agotando un cigarrillo y una sopa de letras. Al verme llegar no dijo nada, solo rió placenteramente.
            Si mi primo lo llamaba, volvería a repetirse la misma escena. Seguramente se quedaría mirándome sonriente, sin hacer nada, apoyado en su bastón.
            ─¿Quieres que te ayude yo? ─prosiguió mi primo.
            ─No, déjalo, a ver si aún la cagas más.
            Los efectos de nuestras acciones son incalculables; las causas que las producen, innúmeras. De pronto, distinguí el método para consumar la escalada. Me resultó difícil conseguirlo porque tenía que forzar la postura de los brazos, pero fue efectivo. Me quedé tumbado en el suelo unos minutos con los brazos extendidos contemplando las copas de los pinos, las nubes y el cielo.
            ─Bueno, ¿vamos al poli a echar unas canastas? ─dijo mi primo.
            ─Espera, creo que voy a subir otra vez.

-Alex