jueves, 30 de marzo de 2017

Torpeza y baños.

Todas las familias, al igual que todos los grupos de amigos, cuentan con alguna persona que no llega a encajar. Tal vez sea por sus pensamientos radicales, tal vez por sus extraños gustos o, tal vez, y simplemente, porque no quiere encajar.

Esto es lo que le sucede a la protagonista de esta historia: Estefanía Asins.

Estefanía siempre había recorrido los pasos preestablecidos, solo que a veces se le cruzaban los cables y cambiaba completamente el chip. De pequeña, le gustaba mucho jugar a fútbol y juntarse con los chicos, ya que no entendía a las chicas de su edad. Sin embargo, desde que en un partido le metió semejante balonazo en las partes bajas de un chaval que le tuvieron que llevar directamente al hospital, como que dejaron un poco de jugar con ella.

Así que le tocó permanecer al lado de esas chicas que, por mucho que no tuvieran nada en común, la aceptaban.

O al menos eso creía Estefanía.

A medida que iban creciendo, sus gustos se iban alejando cada vez más. Lo que a ellas les parecía lo más normal, para Estefanía era una barbarie. ¿Con 14 años y con tacones? ¿Por qué querían sufrir tan pronto? Disculpadme, a veces me es inevitable ponerme del lado de la protagonista.

A la par que ella lo veía una locura, sus “amigas” también la veían como una loca. Una friki. Y así justamente es como la llamaron… a sus espaldas. Al enterarse por otra amiga que había escuchado eso fortuitamente, decidió tener el valor de imponerse y exigir una explicación.

Y eso es lo que hizo. En un descanso tras la clase, se acercó a la chica que la había llamado así mientras todos los compañeros de la clase las rodeaban al grito de “uuuuh”. Ya sabéis, similar al bramido de un mono. Estefanía consiguió alzar su voz y dejar claro que ella valía mucho más de lo que esas niñas creían. Lo hizo tan, tan bien, que hasta consiguió una disculpa y una marea de aplausos.

Orgullosa como ella sola, se fue con pasos dignos al recreo. Pero la torpeza es demasiado innata en ella y, justo cuando fue a poner el pie en el primer escalón, se resbaló, cayendo de culo por las escaleras con el sonido de las risas de sus compañeros por detrás. Realmente solo faltaba el tema de Benny Hill para completar semejante escena bochornosa. Se levantó como pudo e intentó sobrellevar la caída de la manera más digna posible: corriendo a encerrarse en un baño.

No estoy muy segura de cuánto tiempo estuvo allí encerrada, la verdad. Tal vez varios meses, porque para cuando salió, las risas ya habían desaparecido y ella parecía un año mayor. O tal vez simplemente me despisté y dejé de seguir su historia. Nunca lo sabremos.

Lo siguiente que pude observar es que continuaba con ese grupo tan irritante que le hacía la vida imposible. Un poco atontada la protagonista, pero qué se le va a hacer, era eso o quedarse sola. Aunque parecía que en ese tiempo en el que estuve ausente, conoció a nuevos amigos. ¡Y hasta la entendían! No se metían con ella y compartían muchos gustos. Poco a poco se fue sintiendo más a gusto con ellos y menos con las otras chicas. Así que decidió rebelarse, y no por lo bajini, no, sino que alzó bien la voz y les dejó claro lo que pensaba.

En una noche de Fallas, cerca de la carpa que habían puesto en mitad de la carretera, paró en seco a sus “amigas”, que estaban cotilleando sobre la vestimenta de un chico esa noche. No les parecía nada “cool”. Todas la miraron cuando les dijo que no podía más. Que no las soportaba. Que eran “unas niñatas que solo saben criticar”. Que le aburrían. Que no quería seguir estando con ellas. Ninguna llegó a articular palabra, ya que Estefanía empezó a caminar antes de darles la oportunidad de replicar.

Por fin estaba haciendo lo que debería haber hecho hace mucho tiempo, se dirigía directa a ese grupo de personas que realmente la apreciaban y entendían. Su felicidad no podía ser aún mayor… pero como siempre, su torpeza le jugó una mala pasada.

Su camisa se enganchó con una de las vallas que había para cortar el tráfico, con tan mala pata que se cayó, creando un estruendo tan enorme, que hasta pararon la música y todas las miradas se dirigieron hacia ella. Estefanía solo pudo encogerse de hombros y salir corriendo hacia el lugar que más seguro le pareció en su día y más seguro le parecía entonces: el baño. Aquí también añadiría el tema de Benny Hill. Es que ese tema es fantástico como banda sonora de la vida de la protagonista.

Puede que ese fuese el día en el que Estefanía desarrolló ese pánico a la hora de hablar en público, esa vergüenza al conocer a gente nueva y esa afición por tener el baño como un lugar de meditación y relajación. Posible razón por la que ahora nunca va estreñida.

Me gustaría poder decir que salió de ese baño y nadie la juzgó por ese numerito, pero creo que me volví a despistar. Lo último que vi de su vida es que se cayó de culo en una caca de perro en la protectora de animales. No parece tener mucha suerte esta chica.

Solo me queda deseársela y pasarme de vez en cuando a echar un vistazo, a ver si ha mejorado un poco su torpeza.


¡Mucha mierda, Estefanía Asins!
-Estefanía Asins-

miércoles, 29 de marzo de 2017

Another brick in the wall

(Está en primera persona ¯\_(ツ)_/¯. Entendí que podíamos usar cualquier tipo narrador y que el único requisito era usar nuestro nombre y primer apellido).


Tal vez fascinados por el orden abrumador del universo, hay en los seres humanos una inclinación a lo complejo. Sin embargo, no es infrecuente que la solución a un problema sea la más simple de entre todas las posibles. ¿Cuántas veces hemos recorrido nuestra casa en busca de unas llaves ─incluidas las habitaciones donde sabíamos que era imposible que estuviesen─ y hemos acabado encontrándolas en nuestro bolsillo? ¿En cuántas ficciones de segunda hemos aprendido que las mujeres pierden su tiempo buscando un amante tan perfecto como ese amigo que le tiende el hombro lealmente después de cada ruptura? También hallaremos ejemplos ilustres de este hecho en la Literatura y la Historiografía: Alejandro de Macedonia usó la hoja en lugar de las manos para desatar el nudo gordiano; en Esopo, el halcón rechaza la sugerencia del ruiseñor de cazar un pájaro más nutritivo, alegando que es de necios abandonar lo conseguido en pos de aquello que se espera conseguir; y en un famoso relato policíaco descubrimos en su resolución que el culpable había escondido la carta robada en un tarjetero a la vista de todas sus visitas. Yo mismo, últimamente, dedico parte de mi tiempo a abrirme paso entre la maleza del jazz, la música clásica y el rock progresivo. Persigo lo sublime, aunque sé que ninguna de esas obras maestras podrá conmoverme tanto como cuando vuelvo a las canciones de Radio Futura y Café Quijano que mi padre ponía en el coche, o a las bandas sonoras de Dragon Ball Z y One Piece. Hay un episodio de mi infancia que puede darle color a esta idea.
            Era una tarde de verano. Yo debía tener ocho años. Solía pasar las vacaciones estivales en el pueblo de mi madre. Me quedaba en casa de mis abuelos, jugaba con mi primo Gerard y a veces íbamos con mi tío a la piscina municipal o a una de las muchas prolongaciones del río. Como era la hora de la siesta y no sabía qué hacer, me fui a la ermita que hay al final de la calle donde vivían mis abuelos. En torno a la ermita hay una pequeña plaza con una farola inservible en el centro; la plaza se extiende hacia la izquierda y acaba en un mirador desde el que se ven huertos y montañas; a partir del mirador, el calvario baja hacia la derecha, hacia la izquierda, y hacia la derecha de nuevo. Descendí y me fijé en la pared que se formaba por la inclinación del calvario.
            Siempre me había gustado escalar. Hacía unos meses mis padres habían vendido el piso en el que habíamos vivido hasta entonces. Estábamos residiendo en casa de mis abuelos paternos mientras esperábamos a que terminasen el adosado que habían comprado. Mis abuelos vivían en un barrio marginal fusionado al monte. Con el paso de los años, la gente del pueblo se había ido yendo a la zona baja y ahora solo quedaban gitanos y un puñado de ingleses y viejos nostálgicos. En frente de la casa de mis abuelos había un muro muy largo, de unos setenta metros de longitud y unos cuatro de altura, producto del desnivel entre dos calles. Lo trepé en más de cinco ocasiones, y con unas chanclas de madera, por si fuese poco. Mi padre había eludido el servicio militar por tener el ángulo del puente de los pies demasiado agudo; paradójicamente, yo había nacido con los pies planos, de ahí que tuviese que llevar plantillas de plástico en invierno y chanclas de madera en verano.
            La pared del calvario es más alta que el muro que tantas veces y con tanta facilidad he escalado, me dije, retándome. Además, iba con zapatillas, no con los incómodos zuecos; la subida no debía suponerme ningún problema. Hice un primer intento, pero al no encontrar punto de apoyo, bajé. Volví a empezar desde otra parte. Ascendía lentamente, asegurándome de pisar y agarrar con firmeza. Aparté de un soplido dos o tres hormigas rojas que cruzaban el dorso de mi mano izquierda. Habiendo trepado la mayor parte del muro, frené. Tenía que asirme de la boca de un agujero muy hondo. ¿Qué bestias podían habitar aquel negror? Si ponía la mano allí, me exponía a despertar a una rata, o peor, a una escolopendra. ¿Pero qué podía hacer? Si bajaba estando tan alto, con lo patoso que soy, seguro que resbalaba y me caía de espaldas. En mi mente resonó una voz femenina que era mil voces: “La vida no es un juego. Si te mueres, no te quedan más vidas”. Afortunadamente, pude seguir sin más complicaciones hasta llegar a la cima. Allí me topé con un cactus parecido al aloe vera con las puntas de un amarillo pálido. Tenía espacio para apoyar la mano derecha, pero el cactus le ponía las cosas difíciles a la izquierda, y, según mi madre, aquella especie de cactus era venenosa: si lo tocaba, moriría.
            Pensé en gritar, en pedir ayuda, pero estaba convencido de que nadie me oiría. Anna es un pueblo pequeño, con la población envejecida, todo el mundo estaría durmiendo a esas horas. Parecía evidente que iba a morir patéticamente. Qué absurdo destino ¿Qué dirían de mí? Se burlarían, seguro, o si no, se compadecerían por ese chico estúpido que se subió a un muro y se mató, como aquella niña que dio un sorbo a la botella de salfumán o el niño que se hundió con un montacargas en una obra. Una vida segada antes de madurar. Ni siquiera había podido beberme una cerveza, besar a una chica, conducir un coche, capturar a Mewtwo en el Verde Hoja… Encima, todavía no me había confesado y seguro que iría al infierno por aquella moto de juguete que robé en la papelería Les Fonts, por abrir los paquetes de Fosquitos en el supermercado y quedarme con los regalos sin comprar el producto, por mentir tanto y por decir palabrotas. No tardé en ver la vanidad de aquellos pensamientos. Aquellos no eran motivos suficientes para poner a trabajar los conductos lagrimales. ¿Qué sería de mi madre? En aquel momento estaría durmiendo, comiendo magdalenas con Nocilla o pasando productos por la caja del Caprabo tranquilamente; mientras, su único hijo estaba a punto de zambullirse en el Estigia. Nos separaban más de sesenta kilómetros, pero yo la imaginaba justo allí, curvada sobre mi cadáver, empapándome la cara, gimiendo, musitando: “Mi niño… mi bebé”. Sin duda se suicidaría, y con ella mi abuela, mi abuelo moriría en la indigencia al no tener  a nadie que se ocupase de él. Toda mi familia destruida por mi culpa.
            La muerte siempre ha sido un tema que ha revuelto mi mente. Los ojos con que la he visto han ido cambiando con el paso del tiempo, pero su capacidad de inquietarme ha sido invariable. Cuando era niño la temía más que a nada en el mundo. Cuando nos cae al suelo un helado recién comprado, nos duele más que cuando lo hace uno menos sólido que líquido. Es tan grande el universo, pensaba, que una sola vida no basta para abarcarlo. A menudo fantaseaba con ahorrar lo suficiente como para poder congelarme criogénicamente y así conocer la juventud eterna y las maravillas del progreso.
            ─Ye, primo. ¿Qué haces?
            ¡Milagro! Bajé la mirada y vi con regocijo a mi primo. Su piel era blanca como la de un querubín, llevaba una camiseta de color verde esperanza, como le gustan a su madre, y sostenía una pelota de baloncesto entre la mano y la cadera.
            ─Gerard. Gracias a Dios ─dije─. Tienes que llamar a la abuelita. Dile que venga y me ayude, que ya no aguanto más aquí.
            ─¿Pero qué estás haciendo ahí?
            ─¿Qué más dará eso ahora? Tu solo vete y llama a la abuelita. Ya verás, que se me va a soltar una mano y me voy a partir la espalda.
            Salió corriendo diligentemente. Mi primo es dos años menor que yo. Era uno de mis tres únicos familiares que no me llamaban por mi nombre. Los otros dos eran otro primo mío más joven, que también me llama primo, y mi abuelo paterno, que me llamaba Alejandro. Porque, ¿cómo iba alguien tan patriota como él, don José Arcos, a dirigirse a uno de sus nietos con un nombre de origen ruso como Alex o Alexandre, existiendo la variante castiza?
            Di gracias al Cielo incansablemente y recé una docena de padrenuestros. Hasta hacía unos meses mi fe en Dios había sido más bien tibia. Unos años atrás había afrontado la disyuntiva de escoger entre mi mente y mi cuerpo, entre ser un empollón o un revoltoso. Elegí la primera opción por la curiosidad que siempre me ha invadido y por razones pecuniarias y productivas: no había una sola historia en la que el gamberro acabase bien parado, por el contrario, el sabio siempre acababa con un buen trabajo y una buena vida. Y, por lo visto, para ser considerado un hombre sabio, había que abandonar la religión y el misticismo. Mis creencias habían cambiado un viernes por la noche en el que mi padre y yo vimos Constantine, una película que sigue la demoníaca epopeya del exorcista epónimo para evitar la encarnación del Anticristo. En el tiempo que duró el film, mi opinión respecto a Dios mutó. Las imágenes de las desérticas ciudades infernales, de los demonios ciegos y del sarcástico Satán antropomórfico hicieron más por devolverme al rebaño, que toda la tradición católica, apostólica y romana a la que estaba expuesto.
            Alguien pensará, estoy seguro, que esto es contradictorio. Si eligió una vida de estudio, ¿qué hacía escalando una pared? No podemos separarnos de nuestra sombra. Siempre fui un chico travieso y algo payaso, y cuando uno es el guardia de uno mismo, no puede mantener la celda sellada por siempre. Sí, es una contradicción, una más de las que ha habido en mi vida: el individualismo y el egoísmo son mis principales cualidades, pero voto a los comunistas; me atraen más las mujeres morenas, pero mi novia es rubia y tiene los ojos azules; miento impúdicamente a diario, pero me obsesiona la verdad; me encanta hablar, pero apenas hablo. Ahora hojeemos las biografías de las personas más grandes del pasado, incluso ellas tuvieron dificultades para ser fieles a su sistema de valores. El ser humano es inseparable de la contradicción.
            En esto volvió mi primo.
            ─¿Y la abuelita? ─pregunté.
            ─Es que estaba acostada y no quería despertarla.
            ─Tú eres tonto. ¡Que me voy a matar, puto subnormal!
            La angustia me indujo un gemido, pero lo ahogué. No quería seguir humillándome delante de mi primo.
            ­─Si quieres llamo al abuelito, estará tomándose el café en el Rechol.
            Esa no era una opción. Mi abuelo materno era un hombre serio, lacónico. Tenía un sentido del humor muy particular. Solía entrar en casa silenciosamente y dar los buenos días vociferando para asustar a mi abuela, o daba una palmada a la puerta levadiza de atrás y se llevaba la mano a la frente como si se hubiese dado un golpe. En una ocasión volví a casa de mis abuelos después de tener un accidente con la bicicleta. Me escocían las palmas de las manos y la sangre me bajaba por la pierna. Mi abuelo estaba sentado en la acera de atrás, agotando un cigarrillo y una sopa de letras. Al verme llegar no dijo nada, solo rió placenteramente.
            Si mi primo lo llamaba, volvería a repetirse la misma escena. Seguramente se quedaría mirándome sonriente, sin hacer nada, apoyado en su bastón.
            ─¿Quieres que te ayude yo? ─prosiguió mi primo.
            ─No, déjalo, a ver si aún la cagas más.
            Los efectos de nuestras acciones son incalculables; las causas que las producen, innúmeras. De pronto, distinguí el método para consumar la escalada. Me resultó difícil conseguirlo porque tenía que forzar la postura de los brazos, pero fue efectivo. Me quedé tumbado en el suelo unos minutos con los brazos extendidos contemplando las copas de los pinos, las nubes y el cielo.
            ─Bueno, ¿vamos al poli a echar unas canastas? ─dijo mi primo.
            ─Espera, creo que voy a subir otra vez.

-Alex

Una semana y media

Medias de rejilla, faldita de cuadros, camisa blanca dos tallas menor de la suya, corbata y dos bonitos lazos azules a juego con los colores de los cuadros de la falda. Todo estaba bien doblado y preparado dentro de la mochila de Celia Simarro. Hoy por fin llegaba el día, el día en el que su relación se consolidaba, el día en el que cumplía una semana y media de noviazgo con Javier, el chico del que se había enamorado locamente tan sólo dos días después de haber roto con su mejor amigo. A sus quince años Celia había tenido tantas relaciones como dedos en las manos y la más larga de todas ellas había durado tantos días como dedos tiene en un pie.

Llevaba ya tres días planeando este momento, tenía que ser perfecto, ella debía estar espléndida y él había de quedar boquiabierto. A las cinco en punto de la tarde estaba llamando al timbre de la casa de su chico. Todo era tal y como debía ser, estaban solos y rebosantes de esa absurda pasión adolescente incomprensible en el resto de etapas de la vida. Los besos acompañaron a Celia desde que se abrió la puerta de la casa hasta que llegaron a la habitación de Javier pero, antes de entrar, Celia recordó la grata sorpresa que tenía guardada en la mochila y se excusó para ir al baño. Javier le señaló la dirección hacía el baño más estrecho y agobiante de los dos que había en la casa.  

La aventura comenzó cuando en ese pequeño espacio tuvo que empezar a desnudarse para colocarse el atuendo que tan concienzudamente había seleccionado. Quitarse la ropa fue lo más fácil del proceso y ya le resultó costoso. Celia decidió prescindir de la ropa interior, total, se la iban a quitar de todas formas. Lo primero que se colocó fueron las medias de rejilla. Cerró la tapa del váter para evitar accidentes y se sentó en él para ponérselas con delicadeza. Ya estaban metidas y subidas hasta las rodillas por lo que el paso que venía a continuación era levantarse y realizar el meneíto que permite subirlas del todo y colocarlas bien. Haciéndolo se resbaló y, gracias a la estrechez del baño, chocó contra la puerta pero no llegó a caer al suelo. Inmediatamente después se oyó una voz preocupada al otro lado de la puerta preguntando por ella. Lo siguiente que sacó fue la camisa, una inesperadamente arrugada camisa blanca, no creía que se fuera a arrugar de tal forma habiendo pasado tan poco tiempo guardada en la mochila. Al igual que esta, la falda y la corbata también parecían grandes recortes de papel pinocho. Se puso la camisa con la mayor parte de los botones desabrochados y un nudo que le permitiera enseñar el ombligo, la falda bien arriba para no dejar nada qué hacer a la imaginación y la corbata de forma casual para darle un estilo sencillo a la par de elegante. Por último cogió los dos lazos azules haciéndose con ellos dos trenzas de colegiala que le caían sobre los hombros hasta la altura de los pezones como si hubieran sido minuciosamente medidas y talladas para ello.

Seguidamente salió del baño para dar comienzo a la segunda parte de la aventura. Entró en la habitación, besó apasionadamente a Javier en los labios y con un sutil empujón lo hizo caer sobre la cama. Buscó la canción You can leave your hat on de Joe Cocker en You Tube y adoptó la postura más sexy que conocía esperando el comienzo de dicha canción. Para su sorpresa, en lugar de salir el típico “Chanana nana” que todos conocemos del ordenador, se escuchó una voz que decía: “¡Estoy embarazada! De dos semanas”. Ese anunció de test de embarazo hizo que Celia se muriera de vergüenza y que llegara incluso a plantearse si era una señal divina o algo similar.

Cuando pasó el tiempo establecido para poder saltar el anuncio lo hizo y, esta vez sí, comenzó su baile erótico. Poquito a poco y al son de la música se fue contoneando y desnudando. Suaves movimientos de cadera hacia un lado y hacia otro fueron acompañados de unos bruscos movimientos de manos intentando quitar el nudo de la corbata que, al parecer, había apretado demasiado. Dio media vuelta y, mirando directamente los ojos de Javier, fue desabrochando uno a uno los botones de su camisa y deshaciendo el nudo que impedía que esta tapara su cintura. A cada botón, a cada contoneo, a cada gesto se iba acercando más y más a la cama en la que se encontraba Javier hasta situarse encima de este con la camisa completamente desabrochada. El chico besó el cuello de Celia y le quitó la camisa descubriendo sus pechos y produciendo así que se alcanzara el punto álgido del baile erótico. Demasiado bonito, perfecto, delicado y, ¿demasiado interrumpido? Sí, interrumpido por los padres de Javier que entraron en la habitación de su hijo para enseñarle el suéter que le habían comprado quedando como Celia pretendía que quedara Javier, boquiabiertos. Tras un silencio breve y muy incómodo únicamente alterado por la música que seguía resonando en la habitación Celia saltó de la cama y, sin saber muy bien por qué, se metió debajo de esta y decidió que jamás saldría de aquel sitio.

Sorprendentemente los padres de Javier no cerraron la puerta y se marcharon de la habitación ruborizados, sino que, lograron empeorar una situación que parecía que no podía llegar a ser más vergonzosa. La madre de Javier le pasó la camisa que recientemente su hijo le había quitado a Celia e intentando normalizar la situación le dijo: Sal cariño, que no pasa nada, si yo también le hago striptease a mi Manolo. Tras quince eternos minutos escuchando decir a los abiertos padres de Javier cosas tales como “El sexo es sano”, o como “Es normal que a vuestra edad tengáis curiosidad por probar cosas nuevas”; Celia salió de la casa de su ahora exnovio. Pues, después de haber vivido tal escena, una semana y media le pareció exactamente lo que era, muy poco tiempo como para formalizar una relación adolescente. Además pensó que aún le quedaba un tercer mejor amigo del grupo con el que probar suerte que, si no recordaba mal, tenía un pestillo instalado en la puerta de su habitación. 

Celia   


Puertas



Algunos días la vida parecía un largo río tranquilo, como el título de aquella película. Otros días, sentía el deseo de arrancarse la piel a tiras por tanta monotonía y sólo rogaba que pasara algo inesperado que la sacara de ese ensimismamiento en el que vivía desde la ruptura, hacía un año. En ocasiones todavía le sorprendía un llanto violento al escuchar una canción o al leer una frase pretendidamente bonita, y eso le hacía pensar que su duelo aún no había finalizado. En otros momentos, le dominaba el deseo de acción y de novedad, aunque no sintiera el impulso necesario para emprender nada fuera de lo cotidiano.



Fue entonces cuando Luis apareció en su vida, por estricto azar. Simplemente, un día abrió la puerta y allí estaba, con sus fuertes brazos, cargando bolsas de la compra y llevándolas a su cocina. Aquella primera vez no sucedió nada extraordinario que no fuera el pequeño cataclismo interno que ocurría dentro de Lucía. Ese sobresalto y ese sorprenderse a sí misma admirando sus brazos y midiendo en palmos imaginarios la anchura de su espalda. Parecía una montaña rocosa y pensó que ahí dentro, abrigada entre sus brazos, debía sentirse una muy segura, como en una fortaleza inexpugnable.



La siguiente compra, en el correspondiente reparto semanal, sí sucedió algo. Al sonar el timbre, Lucía se avergonzó de su casa, desordenada y llena de juguetes, y le pidió que dejara las bolsas en el recibidor, en el suelo. Él la miró sorprendido y bromeó:



-Por el mismo precio te las dejo en la cocina y no las tienes que cargar tú.



Lucía accedió mansamente con un gesto de la cabeza y él pasó a su cocina. Dejó las bolsas sobre la mesa de madera y entonces la miró, atentamente. Y sonrió.



Cuando ya se iba, en la puerta, intentó darle un euro de propina, pero para su horror, dejó sobre la mano de Luis la moneda de un euro y una enorme miga de galleta que había salido de algún lugar de su bolsillo. Se avergonzó de todo: de su edad, de sus canas incipientes, de su olor a madre, de llevar una sudadera raída, de su gesto pequeñoburgués, de su estupidez supina. Y mientras se avergonzaba por todo, intentó afanosamente limpiar la miga de la mano de aquel coloso dándole un par de manotazos. Luis le miraba, extrañado pero divertido, y al final dijo socarrón:



-Eh, si lo que querías era chocarme los cinco no tenías que disimular dándome una galleta. ¿En serio me ves desnutrido?



Ella estalló en unas carcajadas que a él le recordaron a las risas de muchos años atrás, cuando todo parecía liviano y la risa era un lugar de encuentro. Tomó el ticket de compra y apuntó algo antes de dárselo.



Lucía cerró la puerta estrujando fuerte el ticket dentro de su mano. Cerrando la puerta mientras la abría.

Madame Pikachu

D.M.N., teórico inútil del amor romántico

                                                                                                                         

"La historia de la propia vida le parece a uno tan aburrida porque no ha sido realmente inventada".    ELIAS CANETTI


       Coincidí con Diego Muñoz en dos o tres cursos de la antigua E.G.B. Era un chaval raro y sus rarezas serían difíciles de precisar. En el último curso, en Octavo, dibujaba con bolígrafo tebeos de amor. Se inventaba historias románticas y las ponía en viñetas, al modo de las fotonovelas de la época, en donde él era protagonista junto a Amparo Olmos, compañera nuestra.Tenía muchas libretas así. Todos éramos muy feos y desaliñados, pero Diego además sufría pequeños tics en el ojo izquierdo. Su cuerpo era flaco y desgarbado, unas gruesas gafas le tapaban buena parte de la cara y jamás lo vi con el pelo peinado, pero era mejor estudiante que la mayoría. Por supuesto ninguna de las chicas de la clase se fijaba en él si no era para burlarse, especialmente, Amparo Olmos. Yo lo pasaba mal. Ya entonces empecé a sentir apuro al ver cómo un inocente indefenso era maltratado sólo por ese mismo motivo. Me enfermaba ver circular sus estúpidos tebeos amorosos de pupitre en pupitre provocando una mofa estruendosa. Pero a él parecía no importarle, no se desanimaba nunca. Insistía en su ridiculez sin ningún rubor. Igual que a mi me obsesionaba el fútbol y las películas de Bruce Lee, a Antonio Mínguez hacer colecciones de cromos de todo tipo y a Nieves Azaña imitar la voz y los gestos de las presentadoras de concursos, a Diego Muñoz sólo le interesaba el amor romántico. Pero todo lo que él supuestamente sabía del tema le había llegado a través de las series de televisión, de las canciones de la radio y de las revistas en casa de su abuela. Nos empezaban a gustar algunas de las chicas que veíamos por la calle o en el patio del cole, aunque sólo era una atracción física, hormonas abriéndose paso, niños despertando a otro mundo. Sin embargo Diego, sin ninguna ironía, nos dejaba atónitos diciendo cosas que parecían lemas publicitarios: "Yo no saldré nunca al extranjero. El amor será mi viaje". Todos muertos de la risa, pero a mi me daba una pena rara. Acabó el curso y antes de cumplir los quince nos dejamos de ver.

          Yo me olvidé de él y de todos. Crecimos cada uno a nuestra manera, sin mirarnos. Nos convertimos en personas distintas o simplemente hicimos callar poco a poco al niño pálido que fuimos. Aceptamos sin resistencia que la vida no era jugar al balón ni ver pelis de artes marciales. Pasaron muchas cosas en aquellos años intermedios y una fue que me encontré con Diego Muñoz una noche en un pub de la Avenida Antártida. Yo estaba con mi novia y él iba con un grupo de amigos. Lo vi ya mayor, a pesar de que tendríamos unos 26 años. Nos contamos casi a gritos brevemente la vida. Trabajaba de operario en un taller que fabricaba lentes de gafas para las ópticas. No había ido a la Universidad, ni siquiera había acabado el B.U.P. Le pregunté si aún estaba tan enamorado del amor como cuando era un niño. Yo sólo quería que nos riéramos los dos al recordar cosas de críos. Me dijo que por supuesto. Creía aún más y mejor, porque había leído mucho sobre el tema, novelas, poemas, tratados; se había hecho un gran aficionado al cine y a la música de los cantautores. Nunca había tenido una pareja en serio porque su timidez natural se lo ponía muy difícil, pero cuando llegara el momento lo tendría todo dispuesto en su corazón para vivir un amor definitivo e inigualable, me dijo muy campante. Sólo creía en el amor escrito, en el que se podía cantar o poetizar, en el que se mostraba en la pantalla de un cine y no estaba dispuesto a aceptar otra alternativa. Yo le tuve que confesar que ya no jugaba nunca al fútbol, que no tenía ni idea de grupos de música actuales y que Bruce Lee ya era como un pariente lejano que se quedó viviendo en una orilla perdida. Lo lamentó mucho por mí, casi me dio el pésame por mi infancia sepultada bajo los calendarios. Nos despedimos otra vez sabiendo que sería para mucho tiempo, aunque intercambiamos los teléfonos y prometimos llamar alguna vez. A mi me pareció el tipo más infeliz de todo el pub. Volvió a dejarme con una nebulosa tristeza, como en Octavo.

Olvidé una vez más a Diego Muñoz. Supongo que a él le pasó lo mismo. Nada sabíamos el uno del otro hasta que nos encontramos en las Navidades de 2011. Yo estaba de compras con mi mujer y mi hija en unos grandes almacenes del centro. Me alegro mucho de verte, dijimos los dos a la vez. Me pareció terriblemente avejentado. Más flaco que nunca, medio encorvado, la cara con bastantes arrugas. Le presenté a mi familia. Esta vez no quise dejar de nuevo las cosas al azar y nos citamos para chalar al día siguiente. De camino a casa mi mujer me dijo que parecía imposible que él y yo tuviéramos la misma edad y que el tal Diego no le gustaba nada, que no le daba buena espina, le inquietaba, parecía soportar una desdicha excesiva, ese tipo no está bien de la cabeza, concluyó. Tuve que admitir que tenía razón. A la mañana siguiente nos juntamos en un bar por el Ayuntamiento. Se había afeitado y buscado una ropa un poco menos estrafalaria quizá consciente de que su aspecto era muy mejorable. Tras los preámbulos habituales le pregunté por lo único que a mí aún me inquietaba. ¿Cómo llevas lo del amor? Traté de ser lo más neutro que pude, sin intentar intuir el sentido de la respuesta. Seguía en ello, continuaba con su preparación. No había tenido mucha suerte con las relaciones, se mantenía soltero, pero eso no le parecía un problema sino que lo afirmaba más en su convencimiento. Conocía la obra de los grandes poetas, a los ensayistas más agudos, había leído las mejores novelas. Era casi un experto en el cine de los 60 y 70, coleccionaba vinilos y ya los contaba por miles. Llevaba unos años asistiendo a talleres literarios como perfeccionamiento añadido a su misión. Según él dominaba toda la teoría galante y sus infinitas variaciones. Pero hasta el día de hoy eso no había sido suficiente para que en la práctica él pudiera darse por satisfecho y desde luego, llegados a ese punto, no iba a ceder ni un milímetro. Buscaría más y mejor, pero no tomaría atajos. A mí me costaba entender todo aquel disparate en su conjunto. Traté de disuadirlo lo mejor que pude. Desaprovechas tu vida por una cuestión muy banal, creo que estás muy equivocado, la vida adulta supone hacer ciertas renuncias y dejar atrás las tonterías de colegiales, hay que adaptarse constantemente para poder seguir, ese dogma tuyo te ha acabado convirtiendo en una especie de apestado, lo que pretendes ralla en lo enfermizo, deberías visitar a un especialista. Temía ser demasiado ofensivo y que se enfadara conmigo, pero se rió y me espetó que yo había envejecido demasiado deprisa, que hablaba como un señor. Tampoco se lo tuve en cuenta. Me dijo entonces que iba a confesarme un secreto. Estaba a punto de volver a quedar con Amparo Olmos. Gracias a unos conocidos comunes se habían puesto en contacto por teléfono y ya habían fijado un día para verse la semana siguiente. No sabían nada el uno del otro desde el final de la E.G.B. Pero él había entendido que quizá había que volver al punto de origen. Hacer coincidir su primera inquietud romántica con toda sus especulaciones posteriores. Tuve ganas de gritarle. Aquello se escapaba de lo lamentable y de lo patológico. Me empeñé en hacerle ver lo peligroso del terreno en el que se metía, pero no hubo manera. Por lo visto esa era su peculiar manía autodestructiva. Se atestaba de literatura como forma de no vivir, párrafos para no tener que enfrentarse a lo incomprensible y azaroso de nuestras experiencias, películas y canciones llenas de tópicos y que él interpretaba como la más alta Ley. Cuando nos despedimos y le desee suerte no sabía si era odio o aprensión lo que me inspiraba. Creo recordar que esa vez ya no le dije que ojalá nos volviéramos a ver.

A finales de febrero de este año leí por casualidad una pequeña noticia en el periódico mientras almorzaba. En un pueblo del área metropolitana una mujer y un hombre, al parecer pareja sentimental, habían sido hallados muertos en su vivienda. No había signos externos de violencia y los inquilinos cercanos no podían sino aportar las frases manidas: eran personas normales, no les oímos discutir nunca, muy amables, no podíamos imaginar una cosa así. La breve nota de prensa decía que los fallecidos respondían a las iniciales A.O.R. y D.M.N. Según testimonios de los vecinos al parecer llevaban conviviendo algo más de cuatro años y no tenían hijos. La policía no quería asegurar aún la causa final del suceso y no descartaba ninguna hipótesis. La falta de rastros violentos no apuntaba a priori hacia un crimen con tintes machistas. Mi pasmo ocupó el bar entero. No podía estar seguro de que fueran ellos puesto que no recordaba cuáles eran sus segundos apellidos, pero a la vez tenía una especie de convencimiento absurdo. Casi era un desenlace que cuadraba perfectamente con el resto de la historia. Intenté seguir la noticia en los días posteriores, pero ni los periódicos ni en los portales de información pude encontrar nada más. Nuevas tragedias mundiales y otras domésticas tomaban el relevo y se solapaban unas con otras. La muerte fresca coagulaba la del día anterior. No le dije nada a mi mujer. Sabía perfectamente lo que me iba a decir. Estuve mal muchos días después. Volvió a caer sobre mí el pesar que ya reconocía de tanto tiempo. Inventé disparatadas excusas cada vez que ella me preguntaba la razón de mi mutismo. Una de aquellas tardes acabé viendo tres pelis seguidas de Bruce Lee.

Diego

Nunca digas mentiras

Laura soltó un (quizá demasiado) sonoro resoplido tras leer el mensaje de Pablo. Otra vez se había olvidado de recoger a sus padres en el aeropuerto y, como siempre, le tocaría a ella correr hasta su apartamento y coger el coche, conducir hasta allá pasando la máxima velocidad permitida – y Pablo sabía que ella odiaba salir de las reglas establecidas – para compensar su error.

El último mes había estado lleno de secretos. ¿Qué necesidad había de mentir? Se preguntaba, mientras apretaba los nudillos agarrando el informe que se había pasado escribiendo media tarde y provocando que la tinta recién aplicada se desparramara entre sus pálidos dedos. Que se quedaba un poco más en el trabajo porque estaba desbordado de faena, que se iba a trabajar antes porque sino la riada de vehículos era inevitable (era panadero, ¿qué atasco iba a tener que presenciar?), un olor a un misterioso perfume que ninguno de los dos utilizaba.

Cruzó el portal, haciendo una mueca de disgusto ante el chirrido de la puerta por la falta de aceite y fue a comprobar rápidamente el correo. Al abrirlo, un pequeño papel contenía las palabras “Estoy arriba. Besos. R”

Laura apretó los dientes con fuerza para evitar maldecir el día en que se conocieron. Pablo debía creer que ella era tonta, pero no podía estar más equivocado. Había apostado por él durante mucho tiempo, pero todos tenemos nuestro límite y Pablo (con su nueva donante de besos) lo había cruzado definitivamente. Haría las maletas y les diría a sus padres que se irían a casa de una amiga hasta que pudiera alquilar un piso en una zona cercana. Siempre había sido partidaria de hablar las cosas cara a cara, pero por una vez iba a ser ella la que iba a desaparecer. 
 
Subió las escaleras a la vez que buscaba el número de Pablo entre la lista de contactos y dejó que los tonos sonaran mientras alcanzaba la cerradura de su puerta y hacía girar la llave. Sorprendentemente, él la esperaba dentro con una sonrisa de oreja a oreja. Y esa sonrisa, de la que normalmente carecía, fue más de lo que Laura pudo soportar.

      - ¿Quién te crees que eres? – comenzó Laura, dejando el bolso sin cuidado y cambiando automáticamente esa expresión de felicidad por una de desconcierto – Puedes haber jugado con muchas a lo largo de tu penosa vida, pero desde luego no voy a ser una de ellas. Palurdo estúpido, que siempre has ido de superior cuando nadie te ríe las gracias y de inteligente cuando no aciertas ninguna letra en el Pasapalabra. Espero que te hayas divertido, porque esto se ha terminado, para los dos. ¿Cómo te has despistado hasta dejar una nota de tu amante en el buzón? Es que no solo eres insuficiente, sino también molesto. ¡Menos mal que no voy a tener que aguantar esos insoportables ronquidos de nuevo esta noche!

La mirada de Pablo era indescifrable.  

         - Laura, he estado tan ocupado estas últimas semanas por organizarte esto. Te he llamado diciendo que me había olvidado de recoger a tus padres porque tendrías que subir a tu apartamento a recoger las llaves del coche. La nota la dejó tu madre.

       - ¿Qué…? – empezó a decir Laura, al mismo tiempo que la estancia se iluminaba y miles de serpentinas estallaban en el aire, completamente sinsentido con las caras desencajadas de los presentes. Había venido hasta su tío segundo de Cuenca, ese cuya voz había escuchado un par de veces por teléfono pero jamás había visto en la realidad.

        - ¿Feliz cumpleaños? – llegaron a decir. Pablo agarró su chaqueta del perchero para irse, dejando a Laura con confeti recorriendo su cuerpo y haciendo juego con la vergüenza de un momento que no podría olvidar.

Entre sueños

Aunque tomamos el mismo vuelo que seis meses antes,  aterrizar en Edimburgo en noviembre fue  completamente diferente, aquella vez, no se trataba de vacaciones, era el primer día del resto de nuestra nueva vida, nos invadía una especie de anhelo hacia aquello que aún no se extraña, y entusiasmo por descubrir todo aquello que aún no se conoce. Si algo bueno tiene emigrar es que uno carga con más esperanza e ilusiones que equipaje, así aterrizamos nosotros en un día de otoño en el que el sol comenzó a caer a las tres de la tarde, y en el que agradecimos la temprana llegada de la noche que hacia juego con nuestro cansancio.

Habíamos surcado mentalmente el camino que tomarían los próximos días,  queríamos conseguir un apartamento cuanto antes,  por eso, para minimizar los gastos mientras lo encontrábamos reservamos dos camas en una habitación de seis, en una preciosa casita victoriana reconvertida en hostel.

Sobre las siete de la tarde  llegó nuestro primer compañero de habitación, un chico delgaducho y pálido con acento francés, zapatos lustrosos y un traje emperchado que dejó sobre la única silla que había en la habitación. Fue en ese momento, cuando realmente caímos en la cuenta de la nueva experiencia que estábamos por  vivir, por primera vez en nuestra vida compartiríamos habitación con un extraño. En realidad no era la primera, tanto Yuri como yo habíamos estado en campamentos de verano, granja escuelas, en guarderías y festivales, así que lo de dormir cerca de extraños no debería habernos intimidado tanto, y sin embargo, nos sentíamos algo inquietos, supongo que el estar en otro país, no  hablar su lengua bien, y llevar 3000 libras encima,  influyó en que Yuri se sintiese algo ansiosa, no lo dijo, eso no era propio de ella, pero no me hacía falta que lo hiciese, llevábamos un año y medio juntos y había aprendido a leer en su rostro hasta la más discreta mueca,  no quise sacar el tema, ella es demasiado independiente demasiado fuerte, no le gustan las palmaditas de consuelo,  aunque sabe de sobra que mis manos están atentas a sus tropiezos por si las necesita.

Estábamos tan  agotados que después de comer y cenar, todo al mismo tiempo, en aquella tarde noche lluviosa,  nos metimos en la cama y  la habitación se quedó en calma, o dormimos tan profundamente que así nos lo pareció.

La primera mañana de nuestra aventura comenzó con una ducha caliente y un buen desayuno en la cocina-comedor, en la casita era sábado, nos sorprendió tener el habitáculo solo para nosotros, enseguida nos pusimos manos a la obra con la búsqueda de piso, teníamos un fuerte deseo por recorrer las calles de la bella ciudad que habíamos elegido para crear nuestro nuevo hogar, pero sabíamos que lo primero era encontrar un lugar para vivir y así tener una dirección para poder abrir una cuenta bancaria, obtener un número de Seguridad Social y poder entonces buscar un trabajo.

A media mañana, nuestro vecino de litera volvió de su paseo, aprovechamos para chapurrear un poco de inglés con él, su traje nos había confundido, no era un ejecutivo sino mas bien un aspirante a abogado en busca de un trabajo que le permitiese seguir formándose en tierras escocesas. Los tres teníamos una vida por crear, por lo que postergamos la charla hasta la noche, quedando en visitar juntos algún pub de Grassmarket  en compañía de una cerveza. El  resto del día lo dedicaríamos a nuestros quehaceres.

La habitación fue acogiendo nuevos huéspedes aquel día, después del almuerzo  sobre una de las camas encontramos algunos artículos femeninos,  pero ni rastro de su dueña, más tarde llegaron tres coreanos que estudiaban en Londres, habían aprovechado el fin de semana para explorar el norte de la isla, así fue como la idílica casita tomó forma de hostal en su máximo esplendor, habían confundido las reservas y calculado mal las camas, faltaba una en la habitación, improvisaron  con un colchón en el suelo, que los coreanos aceptaron tal vez, por un ajuste del precio, quizás por la desesperación de verse durmiendo en la calle en el gélido otoño edimburgués, la habitación tomó aires ciertamente poco glamurosos, y fue en aquel momento cuando descubrimos que éramos más inmigrantes de lo que nos habíamos pensado.

Al menos, teníamos que encontrarnos con alguien que estaba tan perdido como nosotros,  invitamos también a venir de excursión por los pubs a los visitantes orientales, pero nos dijeron que debían madrugar y que por favor, cuando volviésemos procurásemos no hacer ruido,  me pregunto si aquel comentario influyó en algo en el carácter rebelde de Yuri inconscientemente, que aunque muy responsable, es muy poco propensa a recibir órdenes.

Aquella noche disfrutamos de unas pintas con nuestro compañero de habitación,  la chimenea que había en el pub junto con la música en directo, hacían de aquel lugar un sitio entrañable, donde sentirse realmente acogidos por la ciudad. Después de unas cuantas pintas y poca conversación,  debido a la música,  y a la dificultad de mantener una conversación en un idioma que no dominábamos, sin oír a penas a nuestro interlocutor y a su acento francés,  decidimos retirarnos a descansar,  sin imaginar ni por un instante lo que aquella noche nos depararía.

Al llegar a la habitación la luz estaba encendida, todo el mundo dormía, menos unos de los coreanos que continuaba navegando por internet con su portátil, sin tener ninguna consideración por hacerlo a oscuras, para no molestar a los demás huéspedes. Nos acostamos procurando no hacer ruido, tal y como habíamos prometido, y la luz se apagó un buen rato después.

Unas horas más tarde, la madrugada se había apoderado de la habitación y en el más absoluto silencio retumbó por sus cuatro paredes un grito desgarrador, al que respondió desde la otra punta de la habitación otro grito, éste más temeroso y  desconcertante aún. Me apresuré a mirar hacia abajo,  tenía claro que el primer grito había provenido de la litera en la que dormía Yuri,  pero al enfocarle con el móvil en la cara la vi plácidamente durmiendo,  así que no quise interrumpir sus sueños.

A la mañana siguiente, los coreanos habían desaparecido, al igual que la misteriosa chica, de la que solo habíamos alcanzado a conocer, al volver del pub la noche anterior, unos cabellos atolondrados bajo la almohada que cubría su cabeza evitándole la molesta luz. Todos habían huido muy temprano,  y sí, hago hincapié en la palabra huído, ya que el espectáculo de la noche anterior, no los había dejado indiferentes.

Mientras nos desperezábamos, le conté a Yuri el incidente y ella dijo no haber oído nada,  me sorprendió,  sobre todo porque al provenir de su boca el grito, debió escucharlo sin duda. Su risa nerviosa me hizo desconfiar de sus verdaderas intenciones,  habría sido capaz de hacerlo intencionadamente, o era la vergüenza de reconocerse temerosa la que le impedía decir la verdad -me pregunte-. Yuri no es la clase de chica que soporta bien una situación embarazosa, ciertamente le falta un poquito de sentido del humor, cuando de reírse de ella mismo se trata. Así que, aunque yo tenía claro que había sido su grito,  no quise dejarla en evidencia, sobre todo, porque nuestro compañero francés que también se había despertado, venia sonriente a contarnos que él había sido el del segundo grito, decía haberse despertado llorando del susto, le divertía la situación, y preguntaba por el autor del primer grito. Yuri se sonrojó, mientras decía, que yo creía que fue ella,  aunque no lo tenía tan claro. Joseph no se sorprendió, creo que solo quería confirmar lo que ya sabía. Así es, como aquella noche fue bautizada como la noche de los gritos, y como una situación absurda y embarazosa nos regaló a nuestro primer amigo en Escocia, enseñándonos que a veces, las situaciones más esperpénticas,  unen más que varias cervezas.

Joseph ese día abandono el hostal, no por miedo a que mademoiselle Ruvalcaba, volviese a despertarlo a los gritos en mitad de la noche, sino porque el hostal había calculado mal nuevamente,  los ocupantes del cuarto y él se negaba a dormir en un sofá.

Yuri jamás admitiría que había sido ella la autora del grito, y yo tampoco confesaría, que sé con certeza, que fue ella, puesto que, aquella noche no pude pegar ojo, debido a la desconfianza que me producía, estar acostado entre tanto desconocido. Mientras, ella dormía plácidamente, sin inmutarse, salvo por aquel sorprendente grito.


Escrito por Yuri Ruvalcaba.



martes, 28 de marzo de 2017

Alejandro

Es recurrente en la historia el exilio como castigo. Tú, presumimos tu inocencia cuando aún eras recién nacido, antes de ser esta una elección, y te declaramos con ello parte de nuestro pueblo. Ahora nos has traicionado. Has puesto tu interés como individuo por encima de tu deber como ciudadano, y por ello te expulsamos.

Alejandro entendía esto. Una pequeña sociedad selecta suele elegir a sus miembros, y aquél que se ama en exceso a sí mismo no suele ser bienvenido en el amor colectivo. Sin embargo, ¿cómo de duro es sufrir un exilio por amar demasiado a otros? Sufría el castigo de no entender dónde había errado. “Todo tiene una lógica. En algo la habré cagado”. “Alejandro, no es culpa tuya. No te quería." “Tú no lo entiendes. Me enamoré de su perfume y no supe controlarme. Si hubiese permitido que los pétalos liberasen su fragancia de forma natural habría sido la abeja más feliz de la colmena. Pero no, comencé a exprimirlos sin cuidado, quizá pensando que, si en lugar de dejarlos evaporarse en libertad, condensaba su esencia en una pequeña gota de líquido, y cristalizaba esta volviéndola una esfera, obtendría una perla que ponerme como anillo y que podría enseñar a todos. Esa sortija sería prueba visual de lo logrado. Marta se revolvió ante mi insistencia de estar siempre juntos, asustadiza, y ahora aquí estoy yo, solo.”

Pronto acabaron los “Alejandro, olvídate de ella. No estaba hecha para ti” y demás frases ininteligibles dándose paso a un mero consuelo. Desde el no saber qué más hacer se le dejó llorar, y Alejandro pasó a sentirse más comprendido en consecuencia.

Después de un tiempo indefinido, medir el cual en días o en semanas sería una falta de respeto al sufrimiento, se despejó la borrasca de sentimientos. Nuevas preocupaciones desplazaron a las anteriores, y emociones más maduras – es decir, más precavidas – se desarrollaron a través de nuevas relaciones. Estando Alejandro en este nuevo estado, un día le llamó Marta y le habló como si hubiese sido olvidado el exilio. “Hola Alejandro. ¿Cómo estás?” “Bien. Me va todo bien. ¿Y tú?” “Bien, pero algo nerviosa. Tengo mañana el concurso de interpretación.” “Oh, claro. También van amigos míos. ¿Es por la tarde, no?” “Sí, también, pero yo toco por la mañana. ¿Quieres que pase a por ti y vienes a verme?” “Sí, claro”, contestó convencido.

Llegado al día siguiente Alejandro se imaginó las posibles conversaciones. Llevaba mucho tiempo sin verla, y muchos días de dolor en solitario en consecuencia. No quería volver a sufrir su ausencia. Se convencía de que era absurdo temerla, pues ambos habían cambiado y no se generarían de nuevo las mismas situaciones. Todo ese tiempo había estado buscando el reencuentro con algo que ya había sucedido, y que por ende no volvería a suceder. “No es más que ninguna otra. Puede que a tú nuevo tú le caiga bien su nuevo yo, y viceversa. Eso es bueno, podéis ser amigos”, se repetía.

Llegó Marta, acompañada de sus padres, y Alejandro subió al coche. De camino al auditorio mantuvieron una conversación tranquila, en la que se pusieron al día con sus vidas como dos viejos amigos reencontrados.

Al llegar, Marta se fue a los camerinos a preparase, y Alejandro se sentó en el patio de butacas junto a los padres de ella, a los cuales no había visto más que un par de veces y en consecuencia no conocía muy bien. No hubo situación incómoda, sin embargo, ya que en cuanto se sentaron comenzó la actuación del primer intérprete y se rogaba silencio absoluto. Lo que sí se permitía era salir al baño, y Alejandro lo aprovechó para despejarse un poco de una música que no se sentía capaz de apreciar. Al volver a la sala, que estaba a oscuras para no distraer al saxofonista que estaba tocando en ese momento, no pudo recordar dónde estaba sentado antes ni veía por ningún lado a los padres de Marta. Ya preocupado, al fin vio a la pareja, que identificaba como de mediana edad, con pelo canoso por parte de él y con gafas por parte de ella. Se sentó de nuevo al lado de la madre y sonrió a esta, que le devolvió una mirada algo extrañada. “Vaya, parece que le ofende que vuelva a la sala a mitad de una obra”, pensó. Cuando acabó de tocar el saxofonista subió al escenario la perpetradora del exilio, y Alejandro se acomodó para poder escuchar tranquilo el esperado mensaje de paz.

Conforme avanzaba la pieza le iba gustando más la situación. Sintió mucha emoción en el estilo de Marta y esto le agradó, ya que la había pensado alguna vez demasiado carente de sentimiento. Ella vivía la música que interpretaba, y con ello Alejandro vivía el escucharla. Cuando acabó la obra acompañó con sus aplausos la ovación del resto del auditorio, y se percató en ese momento de cómo, dos filas delante de él, se levantaba una pareja de mediana edad, aplaudiendo enérgicamente para apoyar a su hija. Él de pelo canoso. Ella con gafas. Ambos como recordaba. Alejandro se giró a su izquierda y se sorprendió, estando ya encendidas las luces de la sala, de que se había sentado al lado de una desconocida. La miró asustado, como el niño que se confunde de madre en el supermercado, y se levantó rápidamente, sintiendo la necesidad de huir. Estando de pie pudo apreciar como la fila en la que se encontraba estaba totalmente vacía a excepción de la pareja y de sí mismo. Ambos se habían girado ahora y lo miraban entre defensivos y extrañados, con la cara con la que miran a un loco excéntrico las señoras de misa de pueblo.

Salió corriendo, asustado como un crío, y bajando a trompicones las escaleras del patio de butacas tropezó, cayó y dio dos vueltas sobre sí mismo, llamando la atención de toda la gente de su alrededor, que dejó de aplaudir y se giró a ver qué pasaba. Se encontraba dolorido, en una de esas situaciones en las que sin quererlo la cabeza queda por debajo de los pies, y al abrir los ojos se cruzó con miradas que parecían preocupadas pero que escondían la necesidad de reír a carcajadas.

Alguien se adelantó a socorrerlo, ayudándole a levantarse. Estando ya de pie, se percató de que había acabado el aplauso. La sala completa estaba observándole, dejándole con ello totalmente solo. Incluso ella, desde el escenario, le estaba mirando. Alejandro se quedó observándola, y comprendió en su mirada la misma compasión que le dedicó cuando decidió dejarle y él no fue capaz de dejar de suplicar que no lo hiciese.


Esquivándola, se giró para apreciar la cara de quién le había ayudado a levantarse, y sobre cuyo hombre estaba ahora apoyado, buscando una persona en la que refugiarse. Su rostro le resultaba conocido, pero no recordaba de qué exactamente. “Ah, sí”, pensó, recordando de quién se trataba. Era el nuevo novio de Marta.

~ Alejandro

lunes, 27 de marzo de 2017

Rectificación


Pues me comenta mme Pikachu, con razón, que lo de colgar un texto con nombres y apellidos en el blog atenta contra esa privacidad que algunos deseáis.

Disculpadme, no había caído en ello, no sé si porque mi propia imagen social ya no puede alcanzar cuotas más altas de miseria, o porque me divierte demasiado ese juego provocativo entre la realidad y la ficción, ese ir deshaciéndose poco a poco de los múltiples yoes que nos habitan, un poco a lo Artaud: “Yo me destruyo para saber que soy yo y no todos ellos”.

He barajado la opción de hacer el blog privado, sólo para nosotros, pero a estas alturas tal vez tendríamos que reconfigurar el acceso y da pereza.  

Así que vale cambiar el apellido de nuestro protagonista para que nadie pueda identificarnos, aunque me gustaría que mentalmente lo escribiéramos con el auténtico y que cuando leamos  los relatos en clase lo hagamos así.

sábado, 25 de marzo de 2017

Autoficción

El siguiente reto es escribir una historia en tercera persona y en que el protagonista lleva nuestro nombre y apellidos (y que aparezcan de forma explícita). Además el tema es la vergüenza, habremos de colocarlo en una situación embarazosa.
¡Ánimo!

miércoles, 22 de marzo de 2017

Mientras vivamos

Los primeros años tras la guerra fueron los más duros. Pasada aquella época, la hambruna y la desesperación remitieron poco a poco, pero nunca desaparecieron. Se quedaron agazapadas tras las mejillas de aquella gente y yo las veía husmeando al girar la esquina.
Todo se desarrolló torpe y repentinamente y, aún así, no podía evitar pensar que siempre había estado ahí sin que nadie lo advirtiera. Que alguien escribió un guion y nosotros quedamos suspendidos en un escenario de cartón piedra.

Mi familia era una de las afortunadas que podían irse a la cama con algo más en el estómago a parte del deseo de la vuelta de la primavera agarrado a las vísceras. Mi padre, que nunca le había prestado la menor atención a lo que se desarrollaba bajo las suelas de sus zapatos, pudo afianzarse cuando comenzó el frío como uno de los socios mayoritarios del pequeño invernadero que pronto suministraría a todo el pueblo. Era un caso extraordinario, la mayoría de invernaderos estaban controlados por grandes empresas que se adelantaron invirtiendo en el que sería el negocio del futuro. 
Recorría las calles y se veía rápidamente abordado por decenas de personas que suplicaban por un trabajo en el invernadero o le agradecían el menor gesto hacia ellos. Yo lo observaba desde la distancia y sabía que era una buena persona. Horas después de su baño de multitudes en casa veía como se lavaba las manos con diligencia rayana en la obsesión, “pobre gente”. A mi me picaba la nariz y no podía mirarle a los ojos.

Mis años de adolescente desfilaron ante mi y simplemente se marcharon: nada había cambiado. La realidad es que durante un tiempo me sentí cómodo, asentado en lo inmutable de mi existencia. Me centraba en mi trabajo en el invernadero, dirigiendo al resto de capataces, arreglando desperfectos. Todas las semanas me encontraba con pequeños huecos en la tela del invernadero, los tapaba sin poner demasiado empeño: volverían a aparecer. 

Aquel día me encontraba justamente frente a uno de aquellos pequeños túneles, en una esquina del fondo del invernadero. Mientras comprobaba que a penas podía introducir la mano sin desgarrar la tela, escuché un rumor lejano. Me alejé de allí a toda prisa, todo el mundo había salido del invernadero sin que me percatara. Desde el camino que llevaba al pueblo se oían voces dando órdenes. Corrí todo lo que pude, con la sensación de llevar una bola de plomo en el estómago. Junto a la entrada del pueblo, la gente se arremolinaba murmurando, observaban como un grupo de personas removían los cascotes desperdigados como piezas de un puzzle. Supe lo que había ocurrido y comencé a retroceder. Los viejos edificios que habían sido destruidos durante la guerra, sostenidos por un débil esqueleto tambaleante y que alojaban a decenas de personas, demasiado pobres para vivir en cualquier otro lugar, habían cedido finalmente.

Antes de desfallecer, entre la masa de observadores inmóviles lo vi: un delgado brazo teñido de gris por el polvo, emergiendo bajo un montón de ladrillos.



Inés

martes, 21 de marzo de 2017

SpAAnic9


     Tras varios retrasos por los infinitos ajustes esa primavera iba a iniciarse el plan. Todo había quedado decidido en SubDabo, la ciudad interior, el centro velado del poder del que todas las teorías conspiratorias venían hablando desde hacía décadas. Su ubicación también había sido siempre un misterio, pero el lugar exacto se encontraba en el subsuelo suizo, bajo los Alpes, justo debajo de la residencial Davos, como una proyección en espejo hacia abajo, en el centro geométrico de un mapamundi idealizado. Allí ocultos se reunían y decidían al margen de todas las leyes de todos los países los únicos de verdad poderosos del planeta. Ellos eran un reducido grupo de elegidos encargados de manejar las riendas del mundo. Ocupaban, junto con pequeños equipos de funcionarios, la ciudad secreta de SubDabo, de unos 300 kilómetros cuadrados. El Poder estaba concentrado en el TREPH, órgano colegiado formado por tres Komt: el Komt Financiero, el Komt Científico y el Komt Ficción, cada uno a su vez jerarquizado en Divisiones, Secciones, Jefaturas y Planes. Desde esta élite sigilosa se dirigía el destino de la Humanidad, sus crisis y bonanzas, sus accidentes y sus logros, sus mejoras sociales o sus oleadas de crímenes. Manejaban la economía, el desarrollo técnico y guionizaban la manera de ir presentándolo a la Historia.

      La tecnología en 2039 ya era suficientemente avanzada como para poder influir en el clima de una área no muy grande del planeta. El orden cósmico todavía estaba fuera del control humano, la Tierra seguía sus órbitas alrededor del Sol, las estaciones se sucedían en los ciclos habituales, pero se estaba a punto de iniciar pequeños ensayos con modificaciones ambientales controladas. Los efectos del cambio climático global ya se dejaban sentir de manera muy concreta y la población se había ido adaptando a ellos mientras sufría las consecuencias. Aquella primavera de 2039 era el momento elegido para dar un salto adelante. Tras muchas pruebas virtuales en los simuladores de SubDabo había que ponerlo en práctica sin más demora. Se evaluaron todas las zonas del mundo. Se tuvieron en cuenta las densidades de población y las expectativas de vida de cada área. Se pensó en afectar al Primer Mundo o intentarlo en zonas ya depauperadas de África o Asia. También los diferentes regímenes políticos se tuvieron en consideración: no serían las mismas consecuencias para el proyecto llevarlo a cabo en una dictadura que en una monarquía o en una democracia parlamentaria. Muchos debates e informes después, el TREPH emitió su veredicto irrevocable y por unanimidad: el sector elegido para un cambio de clima experimental y monitorizado sería el país europeo conocido como España.

        Se tuvieron en cuenta su latitud y su longitud, la formación geológica sobre la que se asentaba, su flora y su fauna, su historia como pueblo a lo largo de los siglos, sus kilómetros de costa y decenas de parámetros más. Pero lo que terminó de inclinar la balanza fue el peculiar caso que suponía su presidente Rajoy. En aquel 2039 el país ya era formalmente una República. La Monarquía había sido abolida años atrás sin demasiados dramas ni impedimentos, los nacionalismos periféricos se mantenían e incluso habían surgido nuevos. La corrupción política y financiera era una constante, salvando las escasas épocas en que la Justicia parecía despertar de su letargo y ponía un poco de miedo en las sedes de los partidos, para poco después volver a relajar la vigilancia. Las naciones vecinas habían cambiado sus gobiernos a través de sucesivos procesos electorales. Algunas incluso habían terminado por desaparecer engullidos sus sistemas por movimientos ultras de todo signo y vivían en regímenes híbridos, mitad dictaduras, mitad democracias parciales. Europa en su conjunto había perdido peso e influencia en el ámbito geopolítico. China era el nuevo líder sin rival y las antiguas potencias como Estados Unidos y Rusia padecían severas crisis sociales y tecnológicas de las que el régimen de Pekín no les dejaba salir. Un mundo parecido al de siempre, aunque con significativos cambios. Pero Rajoy seguía ganando elecciones, inaugurando legislaturas, una detrás de otra. Incluso su partido original había desaparecido completamente carcomido por los cohechos y las corruptelas de forma que él mismo se vio forzado a crear uno nuevo en el que sólo figuraban sus más estrictos colaboradores. Desde esa postura de fuerza incontestable, extraña, imbatible, toda la oposición política, sin distinción ideológica, había formado una Gran Coalición, incluidos sus antiguos compañeros de filas, para intentar derrocarlo. Pero fracasaban una y otra vez., de tal manera que el titán político había acabado modificando la Constitución de 2020 y su reforma le permitía ocupar los dos más altos cargos del país: Presidente de la República y Primer Ministro. En SubDabo no pasaba nada desapercibido y este hecho insólito en el panorama político internacional menos aún. Se daban pues dos circunstancias que no se podían desaprovechar: la peculiaridad de la propia España y el caso único de Rajoy, a punto de cumplir los 84 años (conocido en el mundo hipertecnificado de SubDabo con el código RYO). Cuando se le llamó a consultas en un amplio despacho de los sótanos suizos para exponerle el plan secreto ni se extrañó ni se opuso. En su dilatadísima carrera se había visto comprometido en situaciones mucho más complejas y de todas había salido indemne. En este caso los jerarcas del TREPH fueron persuasivos como sólo ellos podían serlo y RYO salió a la superficie convencido de que aquel sería otro motivo más por el que la Historia lo recordaría. Nada podía salir mal. Se trataba tan sólo de una prueba controlada en todo momento, testada ya antes en potentes ordenadores. La República española estaría informada en todo momento de la planificación y avance del programa. Las posibles pérdidas económicas que se derivaran serían compensadas con creces. El nombre de España saldría del olvido científico secular en que se encontraba. RYO dijo sí a todo.

       En marzo de 2039, momento de inicio de la operación SpAAnic9, que así se llamaba el estudio piloto, el clima en toda España era el propio de esa época: inestable, con anticipos de una primavera soleada en la mitad sur, algunas lluvias esporádicas, nubes en cielos muy azules... Pero fue a partir del día 10 cuando toda la tecnología de la que era dueño el TREPH (satélites opacos, miniestaciones submarinas, bosques biointeligentes, ríos que conducían metadatos informáticos en sus corrientes, etc.) se puso en marcha y la temperatura empezó a bajar a razón de un grado por día. Todavía no era una anomalía que fuera noticiable en los noticieros, pero era algo que se dejaba ya sentir. El programa continuó su hoja de ruta y según tenían establecido se decidió dar un primer impulso sensible hacia la semana de Fallas, en la ciudad costera de Valencia. Los días en los que transcurrió la citada festividad estuvieron todos nublados, con vientos huracanados que apenas duraban veinte minutos, con lluvias muy copiosas e impropias de marzo. Hubo algunos desbordamientos de torrenteras y riachuelos con las consiguientes inundaciones, aunque sin lamentar más que pequeñas pérdidas económicas. La población que llevaba un año esperando las Fiestas se indignó sobremanera y cada uno echó las culpas a quien mejor le convino. Los hoteles de la capital vivieron múltiples cancelaciones de última hora. Los restaurantes dejaron de ingresar mucho dinero. Los posibles efectos económicos del turismo en la ciudad se esfumaron y buscaron otros destinos. En SubDabo asentían satisfechos mientras llegaban los primeros datos: estaban incidiendo en la pérdida de riqueza de la zona además de modificando la actividad humana y, por supuesto, molestando mucho el humor de los festeros. El plan avanzada con todo a favor. Pasaron las fiestas pero el estupor se iba a apoderar de la población: el día 20 de marzo el sol lució en todo el territorio nacional, la temperatura aumentó 12 grados y la primavera dio comienzo y brilló como si tal cosa, de manera singular en la ciudad del Túria. La televisión, las radios, las redes sociales, no pararon de comentar el suceso tan poco habitual de vivir una semana de tiempo otoñal "incrustada" en mitad de un marzo meridional. En los procesadores de SubDabo se analizaban todas las variables y registros que se habían tomado. Las conclusiones fueron unánimes: como prueba inicial había funcionado mucho mejor de lo esperado. RYO fue puesto al día con unos sucintos dos folios enviados por fax a su despacho en Zarzuela (residencia reconvertida en domicilio del Presidente de la República). Las semanas posteriores se dejaron al albur de la propia climatología. El pueblo español volvió a enzarzarse en sus estériles disputas políticas y futbolísticas. Nuevos programas televisivos pugnaban por apoderarse de una audiencia a esas alturas incapaz de cualquier otro ocio que no fuera el envasado y digerido por los programadores de las compañías de entretenimiento.

         La primavera avanzó a su ritmo. Pasadas una semanas y casi olvidado el incidente climatológico de días atrás se volvió a la agenda oculta que se tenía maquinada en los despachos subterráneos suizos. Una nueva intervención iba a producirse hacia finales de abril, coincidiendo con la Semana Santa en España (los estudios preliminares hechos en los simuladores de SubDabo habían comprendido perfectamente la importancia de las fiestas, de todo tipo, en el desarrollo cultural y económico del país). En esta ocasión se iba a hacer especial incidencia en el Área Sur del territorio. En ese 2039 ya había arraigado en Andalucía un fuerte compromiso nacionalista, casi a la altura de las regiones catalanas y vascas. De manera que los programadores del TREPH pretendían dar un giro más: incidir doblemente en el estado de ánimo de los andaluces como españoles y como nacionalidad perjudicada frente al resto del territorio. El proceso de manipulación climatológico siguió los valores establecidos en marzo, pero si acaso en esta ocasión fue algo más virulento. Un empeoramiento repentino llegó a los termómetros y la estaciones sin capacidad para haberlo previsto; vientos nunca experimentados por esas zonas sureñas, bajadas de temperaturas históricas, lluvias como de monzón. El impacto en la población fue brutal. La gente se vio indefensa ante lo drástico de la situación. No ya el componente folclórico que se fue al traste molestó al común de los habitantes, sino que la actividad cotidiana se quedó paraliza durante cuatro largas jornadas. El Ejército intervino, la Cruz Roja trató de asistir a los que vieron inundadas sus casas o derruidos sus chalets, las Comunidades vecinas ofrecieron sus propios recursos para ayudar inmediatamente. Como era de esperar, el sufrido pueblo español en su conjunto miró hacia el Presidente de la República. Como era de esperar, RYO tampoco manejaba todos los detalles de la operación. Sólo pudo improvisar promesas de compensaciones económicas y mostrar su más honda preocupación por los afectados. Para ello emitió un mensaje televisado que nadie pudo ver en la mitad sur del territorio debido a los cortes del suministro eléctrico y que en la otra mitad no terminó de inspirar mucha confianza, pero que aún así decidió encomendarse una vez más a su discurso entrecortado. Se vivieron y quedaron registradas en las infinitas cámaras de vigilancia las primeras respuestas en forma de pánico irracional en algunas personas. Que volviera a ocurrir un fenómeno tan descabellado en tan poco espacio de tiempo no podía obedecer a causas naturales y lógicas. Debía existir un componente que no tuviera relación con el azar natural de las cosas. En las tertulias televisadas se propagaban teorías de todo tipo y se desmentían casi con la misma rapidez. La gente en los mercados y los jubilados en los parques tiraban del eterno refranero español buscando análisis concluyentes. Los funcionarios de SudDabo no paraban de felicitarse. La elección de España como campo de pruebas no defraudó a nadie.
           Sin embargo el plato fuerte estaba preparado para la noche de Viernes Santo. En un momento determinado del atardecer el sur español sufrió una tormenta de granizo como nunca se había visto. El caos fue casi total. Se mezclaron las maldiciones al cielo, la paranoia, el miedo ante la hecatombe que bajaba de las nubes, la resignación cristiana y el colapso en las estaciones de autobuses. Los más propensos se inclinaron ya a pensar en un castigo divino, como los que se pueden leer en el Antiguo Testamento: tantas facilidades republicanas al resto de religiones para que se implantaran en el territorio sólo podía traer estas consecuencias, pensaron. Hubo lloros en las Hermandades sevillanas como en su momento en los casales falleros. Pero al igual que en el anterior ensayo de marzo, los programadores de SudDabo levantaron el pie para el Domingo de Resurrección. Aquí la mejora paulatina del tiempo ya fue medida casi al milímetro. La temperatura subía décima a décima en un crescendo que desembocó a las doce de la mañana del domingo en unos maravillosos 27 grados de media en todo el pais. El panorama que ofrecía a vista de dron Andalucía era propio de un paisaje noruego y sin embargo el cielo despejado y el sol radiante eran el común de la costa mediterránea africana. El granizo comenzó a derretirse con celeridad mientras las imágenes del deshielo se recibían en los monitores de SudDabo. La operación marchaba perfectamente y se estaban cumpliendo los plazos mucho mejor que en las mejores previsiones. Como en el primer ensayo, el día a día pronto restauró la conmoción de los españoles. Cada cual volvió a sus cosas. Una de las principales cuestiones a resolver fue encontrar fechas para disputar la jornada de Liga que hubo de ser aplazada por la granizada. Volvieron las tertulias y los refranes en los parques. RYO era consciente de que todo obedecía a una programación de Organismos muy preparados, pero de vez en cuando también le asaltaban dudas sobre cómo acabaría todo aquello. Pensó en pedir explicaciones, pero lo fue dejando.

        Los Servicios de Inteligencia (ajenos por completo a los planes del TREPH y tampoco informados por el Presidente) ataron cabos y concluyeron: la próxima anomalía climatologíca se volvería a producir en mayo, concretamente en las Fiestas de San Isidro de Madrid, justo en el centro de la República, donde las consecuencias podrían ser inimaginables. Emitieron los correspondientes informes alertando de lo que se venía encima e inmediatamente el Gobierno preparó un dispositivo a la altura del posible ataque (ya se manejaban esos términos, como si el frío inesperado tuviera la categoría de célula islamista). Madrid se fortificó. Se desplegaron hospitales de campaña por los barrios, se instalaron equipos de energía para los posibles cortes en el suministro, se almacenó agua en cisternas en la periferia. El pueblo madrileño asistía al despliegue entre preocupado y aliviado. Todos los actos previstos en las Fiestas se intentaron programar en lugares que estuvieran a cubierto, tratando de evitar nuevos lloros por las cancelaciones de última hora. La inversión en seguridad fue descomunal. En SudDabo no salían de su asombro cuando las imágenes de las plazas madrileñas les llegaban a través de las pantallas. No habían ideado nada para mayo, pero daba igual: el Gobierno español se adelantaba a sus complejas desestabilizaciones. La estrategia de provocar el miedo y su alivio preventivo también influía directamente en la economía y en la política de la zona en conflicto. Podían obligar a gastos desmesurados creando el clima adecuado. Coincidió que en todo mayo no cayó una sola gota de agua en Madrid. En el resto de España ocurrió algo parecido, de tal manera que se catalogó como uno de los mayos más secos de los últimos treinta años. Las verbenas pudieron celebrarse por las noches como toda la vida lo habían hecho mientras que las mañanas se dedicaron a recoger todo el dispositivo de seguridad intacto.

        Pero ni en mayo ni en junio ni en julio ocurrió nada anómalo en la climatología ibérica simplemente porque en Suiza, en sus estratos turbios, en la ciudad más poderosa, estaban diseñando el tramo final de la operación SpAAnic9. Las semanas transcurridas sin alteraciones también formaban parte de planificación, pues en SudDabo no eran ajenos a lo olvidadizo que podía ser el pueblo español, sobretodo teniendo en cuenta que el verano ya estaba a la vuelta de la esquina y ese era el tema principal por encima de los demás asuntos. Después de los muchos estudios y ponderaciones la troika del TREPH, asesorada por sus eficientes funcionarios, decidió que el cenit y conclusión del experimento debía producirse el 15 de Agosto, festividad de la Virgen en la práctica totalidad del territorio y que además sería lunes, con lo que el conocido "Puente de Agosto" aportaba a los ideadores del programa un valor añadido. También se tuvo en cuenta los cientos de miles de turistas que estaba previsto que llegaran a España ese verano. El terrorismo internacional ya no era un mal exclusivo de ningún país, pues se producían ataques, grandes y pequeños, en todos los continentes. Simplemente España llevaba ya varios años sin sufrirlos y eso había ido decantando su pujanza como destino preferido de aquel que podía permitirse viajar al extranjero para sus vacaciones. Si eran muchas las nacionalidades que se veían afectadas por las consecuencias del experimento el caudal de datos sería muy valioso para los estudios posteriores. En SudDabo no dejaban nada al azar. Agosto empezó con unas temperaturas ya altísimas. La meseta Central y el Sur no bajaban de los 24 grados y sólo en las costas se podía respirar un poco al caer el sol. La ocupación hotelera rozaba el lleno absoluto. Las carreteras se cobraban a los muertos habituales en la Operación Salida y hasta el pueblo más pequeño y más recóndito hacía pasacalles con sus Damas de Honor y su Reina en las Fiestas del Verano. Todo muy normalmente español mientras el TREPH perfilaba las últimas cuestiones y ponía en marcha los movimientos preliminares. A RYO apenas le habían puesto en antecedentes de todo lo que sucedería, pero le tranquilizaron diciéndole que esta última planificación es la que más tiempo les había llevado y en la que más cuidado habían puesto. Todo Ok, pues, -asintió el Presidente.

       El sábado 13 el día amaneció caluroso, sin nubes en el ancho cielo español, con las playas atestadas y los chiringuitos inmersos en una actividad frenética. El interior de la Península era algo parecido: el turismo rural había colonizado prácticamente todo el territorio que no se encontraba en la costa, de manera que España se había convertido en un gigantesco balneario. Muy pocas zonas se conservaban ajenas al negocio. Pero ya era casi la única actividad que proporcionaba ocupación a sus dolidos habitantes, así que a nadie se le ocurría cuestionar ese modelo económico. Fuegos artificiales por la noche, vaquillas en las calles de muchos pueblos, carreras populares alrededor de los antiguos polígonos industriales, algunos Torneos de fútbol veraniegos para calmar el ansia de los aficionados, un verano clásico, en definitiva. La diferencia es que todo esto estaba siendo visualizado y seguido al minuto por los canales de la inmensa Central de Control de Datos de SubDabo. El domingo siguiente, día 14, la tónica general fue la misma. Se produjeron también múltiples bodas (en más de una hubo que lamentar la intoxicación alimentaria de los invitados), los inevitables consejos de las Autoridades Sanitarias para protegerse del calor, algún incendio provocado en la parte de Galícia, etc. Por la noche las terrazas se llenaron de extranjeros y autóctonos en una comunión perfecta celebrando la alegría de vivir.

         Sin embargo, en la madrugada del lunes 15, en el día ya grande de la Fiesta Absoluta Española, algo empezó a cambiar: la operación SpAAnic9 estaba relanzada. El cielo se fue colmando de nubarrones cárdenos, la brisa del amanecer arreció extrañamente, los animales de los corrales en la parte agraria del país y las consentidas mascotas que vivían en los mejores áticos de las grandes ciudades se inquietaron al unísono y ya no pudieron ser calmadas. El mar en todas las costas se fue alterando ola a ola y el agua fue tornándose gris oscuro. Los más trasnochadores y los más madrugadores fueron los primeros en notar que algo estaba pasando y no sabían identificarlo. A las 08.30 horas empezaron a caer los primeros copos. Y no solo en las montañas o en la parte alta de la meseta. No hubo lugar del territorio español en el que la nieve no hiciera acto de presencia aquel 15 de agosto. El ambiente festivo de unas horas antes aún se mantuvo con la sorpresa inicial y la gente empezó grabar vídeos y a llamar a los niños para que se levantaran de sus camas y presenciaran el fenómeno. Lejos de ser una anomalía puntual la nevada fue arreciando mientras el sol quedaba oculto tras unas nubes ya verdosas. Según avanzaban los minutos las cadenas de televisión empezaron a hacer conexiones con distintas provincias para empezar así a crear un clima general de alarma: no había lugar a donde ir que estuviera fuera de ese raro influjo invernal en pleno Puente de agosto. La temperatura se desplomó en todas partes y de los casi treinta grados de hacía unas horas ya se habían perdido más de la mitad. Las primeras procesiones previstas en honor de la Virgen tuvieron que ser canceladas, dando paso así a los primeros lloros. Sobre las 11.30 horas las carreteras secundarias quedaron impracticables mientras la nevada ya era muy copiosa. Una hora más tarde fue la red ferroviaria la que quedó bloqueada. El frío se dejaba sentir ya muy en serio. La televisión emitía unas imágenes que bien podían ser del enero anterior. En el Gobierno (ajeno por supuesto a los planes helvéticos) se empezó a valorar la posibilidad de que el Presidente emitiera algún comunicado tranquilizador, pero RYO pensó que aún era pronto. Los servicios de emergencias, bomberos, Ejército, Unidades de Actuación Inmediata (UAI), todos pusieron en marcha sus operativos para estos casos, aunque más de la mitad de las plantillas se encontraba de vacaciones. Las redes sociales continuaron su labor extendiendo noticias falsas, comentarios xenófobos, fotos trucadas, etc. Pronto empezaron a rodar teorías que unían los anteriores episodios de caos climático en marzo y abril con lo que estaba pasando en aquellos momentos. De igual forma, los internautas más refraneros sacaron su artillería pesada. En esas mismas redes empezó a circular la certeza de que justo tras nuestras fronteras vecinas, francesas y portuguesas, el clima era el propio de la mitad de agosto. Esto solo consiguió incrementar el terror, pues quedaba patente que España estaba siendo objeto de un ataque muy concienzudo. Se dispararon las posibilidades: alienígenas, radicalizados de otras religiones, separatistas, retornados de los centenares de guerras vigentes a lo ancho del planeta, supremacistas vegetarianos, compradores compulsivos de todoterrenos que habían socavado el equilibrio térmico con sus caprichos, cada cual pensó en su grupo más odiado para hacerle responsable de la gran nevada agosteña. Las Vírgenes Patronas en su totalidad se quedaron sin salir de sus ermitas y cofradías. Lo de los lloros ya fue una epidemia. Para la hora de los Telediarios el país entero estaba cubierto por un manto de nieve y todos sus aeropuertos cerrados. Los afectados, tanto nativos como venidos del extranjero, no daban crédito y vivían una especie de impacto paralizante. Las embajadas trataron sin éxito de localizar a los suyos. A las 15.30 de la tarde el frío llegó a los 2 grados bajo cero de media. RYO fue convencido por su equipo de crisis y salió a las pantallas. No todo el mundo pudo recibir la alocución, pero el efecto fue en unos y en otros el de siempre: una calma inquieta y confiada. En SubDabo ya lo estaban festejando por todo lo alto. La operación había sido un éxito absoluto. El ensayo in situ había mejorado los resultados obtenidos en las simulaciones del laboratorio. La incidencia directa en el funcionamiento entero de un país quedó demostrada al primer intento. En cuestión de minutos fueron almacenados todos los gráficos e imágenes para después poder hacer análisis con ellos y tras los últimos brindis comenzó la desaceleración de la SpAAnic9.

     Dejó de nevar sobre las 16.15 en todo el país a la vez. Las nubes se fueron desintegrando y el sol empezó su labor de deshielo. Las temperaturas subían a ojos vista en los termómetros. Las carreteras volvieron poco a poco a ser transitables. Los aeropuertos empezaron a recibir la afluencia de extranjeros que estaba dispuestos a pagar lo que fuera por obtener un billete de avión que los sacara de aquel extraño país. Internet seguía en su realidad paralela. El progresivo calor fundió casi toda la nieve para las 19.45 y enseguida el inagotable espíritu español empezó a pensar en que aún daba tiempo a preparar las verbenas para esa noche. Sin duda el apocalipsis estaba cerca y parecía que iba a empezar por España así que lo mejor era olvidar pronto lo ocurrido y celebrar el fin del Puente como mandaba la tradición. RYO, viendo ya a su amado pueblo ir a lo suyo, pensó que con una pequeña intervención sería suficiente para dar por concluido el episodio de forma institucional. Preparó para ello un breve discurso con algo referido a los años de nieves y los años de bienes. Sus equipo más cercano lo desaconsejó. Lo que no imaginaba él mismo era que a esas horas del anochecer del 15 de agosto en SudDabo, bajo los Alpes nevados, ya estaban pensando en incorporarlo a sus filas de funcionarios encubiertos en la categoría de Asesor Máximo. Serían persuasivos como solo ellos sabían hacerlo, aunque con toda probabilidad no fuera necesario.


Diego