domingo, 5 de marzo de 2017

Feo, oscuro y miedoso

La luz blanca resultaba cegadora. Toda la nave se veía envuelta en ese fulgor que obligaba a Manuel a cerrar los ojos con fuerza y frotárselos de vez en cuando para dar cierto descanso a su vista. El murmullo de las gallinas, que en ocasiones era una oleada estridente que se contagiaba de unas a otras, le crispaba los nervios pero no le cansaba tanto como esa luz helada que quemaba sus retinas.
 En casa se había acostumbrado a vivir con las persianas echadas, obligado a un ritmo de sueño contrario al del resto de habitantes de aquel pueblo fantasma.

Su trabajo consistía en dar paseos periódicos por los pasillos que separaban las jaulas y retirar de tanto en tanto algún ave muerta, antes de que el resto destrozara el cadáver a picotazos. Hacer de vigilante nocturno en una granja avícola aislada a las afueras de un pueblo era el único destino laboral que se le ofrecía en aquella comarca a un tullido, a un minusválido sin estudios al que no se le suponía ninguna otra capacidad.

 Aquella noche hacía frío, e hizo la ronda lo más rápido que le permitía su pierna ortopédica, para volver a su garita donde al menos podía cerrar los ojos y descansar un momento. Escuchó repentinamente un chasquido molesto e insistente que no reconocía en el exterior de la pequeña habitación, justo antes de entrar a la zona de animales. Decidió buscar el origen del sonido sin demasiadas ganas y lo encontró en el rincón superior de una de las paredes, agazapado entre las aristas. Era un murciélago pequeño, probablemente una cría, que había entrado en la nave por error y estaba cegado, desorientado. Chillaba al no encontrar acomodo en la oscuridad relativa del rincón.

 -Eres feo, oscuro y miedoso. Como yo.

 Intentó tocarlo con el palo de una escoba, por ver si conseguía hacerle volar y salir de la nave, pero el bicho seguía dando vueltas, incapaz de emprender el vuelo. No quería tener que matarlo, aunque no tanto por piedad hacia el animal como por evitarse la molestia de tener que dar un nuevo paseo.

Viéndole chillar asustado, le recordaba en cierto modo a su propia confusión después del accidente. Sabía que debía reemprender su vida, pero la rabia y el miedo le paralizaban y sólo conseguía dar vueltas sobre su propio dolor. Loli intentaba cuidarle, animarle, pero él comenzó en algún momento a responder con ira y frustración a sus cuidados. Todavía le quemaba en los ojos y en el pecho recordar sus propios insultos como respuesta a sus atenciones. Torpe, imbécil, gorda, inútil. Loli aguantó año y medio. Y un día ya no la encontró al despertar.

 Manuel cogió un cartón grande, parte de una caja, y lo colocó con dificultad sobre la estantería del pienso, formando un precario refugio de penumbra. Empujó al animal con el palo hasta ese pequeño espacio y dejó de chillar. Volvió a la garita y cerró los ojos un rato. Al despuntar el alba, recogió su linterna, sus llaves y su abrigo, y se acercó al rincón. Confirmó que el bicho seguía allí y dijo:

 -Esta noche te encontraré otro sitio, no chilles y no te muevas.

Madame Pikachu.

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