sábado, 4 de marzo de 2017

La quema

Esta noche van a empezar a quemar los libros.

Juan dice que no le importa. Sabe que no va a restaurarse la normalidad, luego entiende que no van a necesitarlos. Además, ni siquiera es que le de igual por eso, sino que más bien ahora mismo nada le interesa. Todos sus bancales son inútiles desde hace ya tiempo y no tiene nada a lo que dedicar sus días. El aburrimiento lo está consumiendo.

Durante toda su vida se ha despertado a primera hora, junto al sol. Aunque los primeros días después del desastre pudo mantener esa costumbre, como había hecho tantas veces en época de lluvias, van ya tres meses desde que se cerró el cielo. Hace ya tiempo que se ha difuminado su noción del día y la noche, y pasa las mañanas incómodo en su cama, sin ganas de salir de ella. Se dedica a debatirse con el sueño, que juega con él permitiéndole solo intervalos cortos de descanso. Esto le hace estar siempre agotado, y en consecuencia se dedica a poco más que sobrevivir.

No tardó, al empezar estos problemas, en comprender otras consecuencias del no ser capaz de despertarse pronto. Entre ellas le sorprendió el embrujo de los extraños sueños de la mañana. Al principio los disfrutaba en cierto modo, pues abundaba en ellos el cuidar huertas ficticias bajo el abrazo de un sol visiblemente tranquilo. Se intercalaba alguna pesadilla, pero casi siempre que soñaba era con sus plantas y el trabajar con ellas. Aunque al despertar volvía la desgana, estas imágenes le hacían olvidar los sueños más oscuros.

El número de pesadillas fue poco a poco aumentando, pero mantenía el suficiente ánimo como para comer algo a mediodía y salir después al centro a por alimentos, agua o las últimas noticias, aprovechando las pocas horas de ligera luz solar.

Sin embargo, justo en este día, el marcado para comenzar con la quema, ha tenido un sueño aún más tenebroso que de costumbre.  Han sido frecuentes estas semanas las pesadillas en que veía sus tierras ser destrozadas por las fuertes lluvias, la antónima sequedad de estas o incluso estampidas de animales salvajes. Estos sueños los entiende, pues los achaca a la pena que le causa ver sus campos cubiertos por las cenizas que precipitan sin pausa, pero el de hoy le ha hablado de otra cosa.

La pesadilla de esta mañana ha sido más cotidiana. De hecho, ni siquiera comprende bien qué le ha causado tanto miedo. En el sueño se observaba a una mujer mayor de espaldas, una abuela, que ha estado cocinando una olla muy apetitosa. Al acabar, se ha acercado a lo que Juan sabía, por ser dueño del sueño, que era su libro de recetas y ha procedido a borrar de este la que acababa de elaborar. Mientras, alguien ha cogido la olla y la ha puesto sobre una mesa. Todos, incluido Juan sentado ahora en una de las sillas, han comido gustosamente y el sueño ha terminado.

Tras despertarse, ha pasado el día angustiado y apenas ha comido. Ya entrada la tarde, después de pasar horas contemplando la nada, se ha acercado al centro a ver lo que pasaba al final con la biblioteca. Al llegar se ha encontrado con el espectáculo esperado.

Desde su pasividad, ha observado a los dos grupos principales de vecinos: Unos haciendo una larga cola esperando sus correspondientes tomos, para poder calentarse esta noche. Otros, los menos, protestando contra la decisión de utilizar para esto los libros pues su valor es mucho mayor que el de hacer de combustible. No hay conflicto, sin embargo. Casi se aprecia una comprensión mutua y algo mágica. Juan en otro momento la habría visto y enaltecido, optimista como solo él lo era, pero ahora solo le apetece estar sentado y no pensar. Alguien le pregunta qué opina y él contesta que no le importa mucho el asunto, que últimamente todo le da igual.

Al volver a casa y encender la hoguera se percata de que se está quedando sin leña. Algo alterado se mete en la cama, pero logra dejar los problemas sobre la mesilla y al fin pasa una noche tranquila.

Al día siguiente, tal y como había predicho, la leña se acaba. Cuando llega la noche, diferenciada tan solo por su viejo reloj de pared al ser la oscuridad afuera casi perenne, deja de demorar lo inevitable y busca algo que poder quemar. Sopesa romper y utilizar las sillas del comedor, que sabe prenderían bien, pero decide no hacerlo pues son recuerdo de su esposa y no quiere faltarle al respeto. Buscando por la casa se acaba topando con la única estantería con libros. Se plantea si utilizarlos, creando un debate interno de pros y contras. Este termina cuando se da cuenta de que lleva años sin tocarlos. Coge unos cuantos, los más viejos, y los lanza al fuego, que ya había empezado antes con las pocas ramas que le quedaban.

Hoy vuelve a dormir mal, y por la mañana los sueños fragmentados le acosan tanto como los peores días. Pasa una tarde rara tras comer lo necesario, y cuando llega la nueva noche se acerca apenado a por más libros para la hoguera. Esta vez les echa un vistazo uno a uno antes de lanzarlos. Cuanto llega al cuarto, que iba a ser el último, le sorprende que no tiene portada.

Lo hojea curioso y descubre con ello recuerdos ya olvidados hace mucho, pues se trata de un recopilatorio de poemas que pertenecía a su madre. La portada ha desaparecido junto a las primeras páginas, y no recuerda el título ni los autores, pero a la luz de la pequeña hoguera que ha hecho con los primeros libros se tumba sobre la alfombra a leerlo.

Las manecillas del reloj giran sin cansancio y él sigue en el mismo sitio, recuperando emociones que llevaba semanas sin sentir. Devora el poemario, algo pequeño, de una sentada y cuando llega a la última página, en blanco y que hace de contraportada, se va a dormir con una idea muy clara en mente: Ahora está agotado, pero mañana va a tratar de escribir su historia, y va a hacerlo en esa página.

Llega la mañana y se despierta al primer intento. Tras desayunar algo, sale fuera a aprovechar lo poco que el sol consigue atravesar las nubes negras, dispuesto a escribir su primer poema. No le gusta mucho el resultado y se siente algo tonto por el intento. Cuando mira la hora y ve que ya es de noche entra en casa y destroza una silla para poder quemarla. No es para tanto, ella lo entendería.

  ~ Alejandro

No hay comentarios:

Publicar un comentario