Esta noche van a empezar a quemar los libros.
Juan dice que no le importa. Sabe que no va a restaurarse
la normalidad, luego entiende que no van a necesitarlos. Además, ni siquiera es
que le de igual por eso, sino que más bien ahora mismo nada le interesa. Todos
sus bancales son inútiles desde hace ya tiempo y no tiene nada a lo que dedicar
sus días. El aburrimiento lo está consumiendo.
Durante toda su vida se ha despertado a primera hora, junto
al sol. Aunque los primeros días después del desastre pudo mantener esa
costumbre, como había hecho tantas veces en época de lluvias, van ya tres meses
desde que se cerró el cielo. Hace ya tiempo que se ha difuminado su noción del
día y la noche, y pasa las mañanas incómodo en su cama, sin ganas de salir de
ella. Se dedica a debatirse con el sueño, que juega con él permitiéndole solo
intervalos cortos de descanso. Esto le hace estar siempre agotado, y en
consecuencia se dedica a poco más que sobrevivir.
No tardó, al empezar estos problemas, en comprender otras
consecuencias del no ser capaz de despertarse pronto. Entre ellas le sorprendió
el embrujo de los extraños sueños de la mañana. Al principio los disfrutaba en
cierto modo, pues abundaba en ellos el cuidar huertas ficticias bajo el abrazo
de un sol visiblemente tranquilo. Se intercalaba alguna pesadilla, pero casi
siempre que soñaba era con sus plantas y el trabajar con ellas. Aunque al
despertar volvía la desgana, estas imágenes le hacían olvidar los sueños más
oscuros.
El número de pesadillas fue poco a poco aumentando, pero
mantenía el suficiente ánimo como para comer algo a mediodía y salir después al
centro a por alimentos, agua o las últimas noticias, aprovechando las pocas
horas de ligera luz solar.
Sin embargo, justo en este día, el marcado para comenzar
con la quema, ha tenido un sueño aún más tenebroso que de costumbre. Han sido frecuentes estas semanas las
pesadillas en que veía sus tierras ser destrozadas por las fuertes lluvias, la
antónima sequedad de estas o incluso estampidas de animales salvajes. Estos
sueños los entiende, pues los achaca a la pena que le causa ver sus campos
cubiertos por las cenizas que precipitan sin pausa, pero el de hoy le ha hablado
de otra cosa.
La pesadilla de esta mañana ha sido más cotidiana. De
hecho, ni siquiera comprende bien qué le ha causado tanto miedo. En el sueño se
observaba a una mujer mayor de espaldas, una abuela, que ha estado cocinando
una olla muy apetitosa. Al acabar, se ha acercado a lo que Juan sabía, por ser
dueño del sueño, que era su libro de recetas y ha procedido a borrar de este la
que acababa de elaborar. Mientras, alguien ha cogido la olla y la ha puesto
sobre una mesa. Todos, incluido Juan sentado ahora en una de las sillas, han
comido gustosamente y el sueño ha terminado.
Tras despertarse, ha pasado el día angustiado y apenas ha
comido. Ya entrada la tarde, después de pasar horas contemplando la nada, se ha
acercado al centro a ver lo que pasaba al final con la biblioteca. Al llegar se
ha encontrado con el espectáculo esperado.
Desde su pasividad, ha observado a los dos grupos principales
de vecinos: Unos haciendo una larga cola esperando sus correspondientes tomos, para
poder calentarse esta noche. Otros, los menos, protestando contra la decisión
de utilizar para esto los libros pues su valor es mucho mayor que el de hacer
de combustible. No hay conflicto, sin embargo. Casi se aprecia una comprensión
mutua y algo mágica. Juan en otro momento la habría visto y enaltecido,
optimista como solo él lo era, pero ahora solo le apetece estar sentado y no
pensar. Alguien le pregunta qué opina y él contesta que no le importa mucho el
asunto, que últimamente todo le da igual.
Al volver a casa y encender la hoguera se percata de que
se está quedando sin leña. Algo alterado se mete en la cama, pero logra dejar
los problemas sobre la mesilla y al fin pasa una noche tranquila.
Al día siguiente, tal y como había predicho, la leña se
acaba. Cuando llega la noche, diferenciada tan solo por su viejo reloj de pared
al ser la oscuridad afuera casi perenne, deja de demorar lo inevitable y busca
algo que poder quemar. Sopesa romper y utilizar las sillas del comedor, que
sabe prenderían bien, pero decide no hacerlo pues son recuerdo de su esposa y
no quiere faltarle al respeto. Buscando por la casa se acaba topando con la
única estantería con libros. Se plantea si utilizarlos, creando un debate interno
de pros y contras. Este termina cuando se da cuenta de que lleva años sin
tocarlos. Coge unos cuantos, los más viejos, y los lanza al fuego, que ya había
empezado antes con las pocas ramas que le quedaban.
Hoy vuelve a dormir mal, y por la mañana los sueños
fragmentados le acosan tanto como los peores días. Pasa una tarde rara tras
comer lo necesario, y cuando llega la nueva noche se acerca apenado a por más
libros para la hoguera. Esta vez les echa un vistazo uno a uno antes de
lanzarlos. Cuanto llega al cuarto, que iba a ser el último, le sorprende que no
tiene portada.
Lo hojea curioso y descubre con ello recuerdos ya
olvidados hace mucho, pues se trata de un recopilatorio de poemas que
pertenecía a su madre. La portada ha desaparecido junto a las primeras páginas,
y no recuerda el título ni los autores, pero a la luz de la pequeña hoguera que
ha hecho con los primeros libros se tumba sobre la alfombra a leerlo.
Las manecillas del reloj giran sin cansancio y él sigue en
el mismo sitio, recuperando emociones que llevaba semanas sin sentir. Devora el
poemario, algo pequeño, de una sentada y cuando llega a la última página, en
blanco y que hace de contraportada, se va a dormir con una idea muy clara en
mente: Ahora está agotado, pero mañana va a tratar de escribir su historia, y va a
hacerlo en esa página.
Llega la mañana y se despierta al primer intento. Tras
desayunar algo, sale fuera a aprovechar lo poco que el sol consigue atravesar
las nubes negras, dispuesto a escribir su primer poema. No le gusta mucho el
resultado y se siente algo tonto por el intento. Cuando mira la hora y ve que
ya es de noche entra en casa y destroza una silla para poder quemarla. No es
para tanto, ella lo entendería.
~ Alejandro
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