Se
dio cuenta de que no había hablado con nadie hoy, porque tenía la garganta
reseca y un nudo a la altura de esternón. Sabía que tenía que contárselo a
alguien pero Análoga estaría con sus cosas y no podría contestarle. Era una
chica muy educada, muy amable, pero siempre estaba ocupada interactuando con alguien
y le costaba encontrar momentos de conexión simultánea en los que ella pudiera
atenderla en exclusiva. También pensó en Desahogado, pero con él todavía era
más difícil porque había una intención romántica en todo lo que él hacía o
decía. Era una intención romántica platónica, por supuesto, pero no dejaba de
estar presente como un molesto obstáculo para cualquier encuentro humano,
personal, aunque fuera a través de las redes sociales.
En
la oficina, nadie hablaba de temas privados. El horario dejaba muy poco margen
de tiempo a cualquier interacción más allá de lo puramente casual o lo estrictamente profesional, y estaba muy mal visto que los empleados se
trataran con confianza en el entorno laboral. De modo que llegaba, trabajaba
frente a su ordenador, tomaba una manzana y un yogur desnatado para mantener la
línea, trabajaba cinco horas más y se metía en el metro, donde casi todos los viajeros
procuraban evitar cualquier contacto visual mirando sus teléfonos móviles.
En ocasiones, cuando llegaba a casa intentaba quedar con sus viejas amigas de la facultad, pero
todas ellas parecían siempre ocupadas. Los niños, los maridos, las familias,
las obligaciones domésticas, todo las ataba irremediablemente, de modo que coincidir se convertía prácticamente en una misión
imposible. Al final, había decidido de forma inconsciente dejar de intentarlo,
ya que era casi mayor la frustración que le provocaba un nuevo fracaso de su
iniciativa que la promesa de un encuentro en que quizás alguien querido la
escuchara o la abrazara durante un rato.
Estaba
Luis, por supuesto, pero estaría trabajando. Hoy tenía turno de noche, y los doscientos kilómetros de distancia que les separaban no ayudaban precisamente a encontrar en él la
intimidad y el calor humano que hoy necesitaba especialmente. Tal vez el fin de
semana se vieran y entonces podría contarle.
Se
sirvió un té con leche y lanzó a la desesperada un “Hola chicos” a través de Whatsapp a sus
antiguos amigos del barrio, confiando en que alguien le preguntara qué tal se
encontraba. Esperó en vano durante dos horas.
Lloraba
en silencio en su sofá, tapándose la cara con las manos, cuando su gato subió
de un ágil salto hasta ella y frotó el lomo contra su pierna. Ella le sonrió
momentáneamente, y acariciándole la cabeza, le explicó:
-¿Sabes
una cosa, Sombra? Parece ser que estoy enferma.
Madame Pikachu.
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