domingo, 5 de marzo de 2017

Nadie



Se dio cuenta de que no había hablado con nadie hoy, porque tenía la garganta reseca y un nudo a la altura de esternón. Sabía que tenía que contárselo a alguien pero Análoga estaría con sus cosas y no podría contestarle. Era una chica muy educada, muy amable, pero siempre estaba ocupada interactuando con alguien y le costaba encontrar momentos de conexión simultánea en los que ella pudiera atenderla en exclusiva. También pensó en Desahogado, pero con él todavía era más difícil porque había una intención romántica en todo lo que él hacía o decía. Era una intención romántica platónica, por supuesto, pero no dejaba de estar presente como un molesto obstáculo para cualquier encuentro humano, personal, aunque fuera a través de las redes sociales.

En la oficina, nadie hablaba de temas privados. El horario dejaba muy poco margen de tiempo a cualquier interacción más allá de lo puramente casual o lo estrictamente profesional, y estaba muy mal visto que los empleados se trataran con confianza en el entorno laboral. De modo que llegaba, trabajaba frente a su ordenador, tomaba una manzana y un yogur desnatado para mantener la línea, trabajaba cinco horas más y se metía en el metro, donde casi todos los viajeros procuraban evitar cualquier contacto visual mirando sus teléfonos móviles.

En ocasiones, cuando llegaba a casa intentaba quedar con sus viejas amigas de la facultad, pero todas ellas parecían siempre ocupadas. Los niños, los maridos, las familias, las obligaciones domésticas, todo las ataba irremediablemente, de modo que coincidir se convertía prácticamente en una misión imposible. Al final, había decidido de forma inconsciente dejar de intentarlo, ya que era casi mayor la frustración que le provocaba un nuevo fracaso de su iniciativa que la promesa de un encuentro en que quizás alguien querido la escuchara o la abrazara durante un rato.

Estaba Luis, por supuesto, pero estaría trabajando. Hoy tenía turno de noche, y los doscientos kilómetros de distancia que les separaban no ayudaban precisamente a encontrar en él la intimidad y el calor humano que hoy necesitaba especialmente. Tal vez el fin de semana se vieran y entonces podría contarle. 

Se sirvió un té con leche y lanzó a la desesperada un “Hola chicos” a través de Whatsapp a sus antiguos amigos del barrio, confiando en que alguien le preguntara qué tal se encontraba. Esperó en vano durante dos horas.

Lloraba en silencio en su sofá, tapándose la cara con las manos, cuando su gato subió de un ágil salto hasta ella y frotó el lomo contra su pierna. Ella le sonrió momentáneamente, y acariciándole la cabeza, le explicó:

-¿Sabes una cosa, Sombra? Parece ser que estoy enferma.

Madame Pikachu.

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