Medias
de rejilla, faldita de cuadros, camisa blanca dos tallas menor de la suya,
corbata y dos bonitos lazos azules a juego con los colores de los cuadros de la
falda. Todo estaba bien doblado y preparado dentro de la mochila de Celia
Simarro. Hoy por fin llegaba el día, el día en el que su relación se
consolidaba, el día en el que cumplía una semana y media de noviazgo con Javier,
el chico del que se había enamorado locamente tan sólo dos días después de
haber roto con su mejor amigo. A sus quince años Celia había tenido tantas
relaciones como dedos en las manos y la más larga de todas ellas había durado
tantos días como dedos tiene en un pie.
Llevaba
ya tres días planeando este momento, tenía que ser perfecto, ella debía estar
espléndida y él había de quedar boquiabierto. A las cinco en punto de la tarde
estaba llamando al timbre de la casa de su chico. Todo era tal y como debía
ser, estaban solos y rebosantes de esa absurda pasión adolescente incomprensible
en el resto de etapas de la vida. Los besos acompañaron a Celia desde que se
abrió la puerta de la casa hasta que llegaron a la habitación de Javier pero,
antes de entrar, Celia recordó la grata sorpresa que tenía guardada en la
mochila y se excusó para ir al baño. Javier le señaló la dirección hacía el
baño más estrecho y agobiante de los dos que había en la casa.
La
aventura comenzó cuando en ese pequeño espacio tuvo que empezar a desnudarse
para colocarse el atuendo que tan concienzudamente había seleccionado. Quitarse
la ropa fue lo más fácil del proceso y ya le resultó costoso. Celia decidió
prescindir de la ropa interior, total, se la iban a quitar de todas formas. Lo
primero que se colocó fueron las medias de rejilla. Cerró la tapa del váter
para evitar accidentes y se sentó en él para ponérselas con delicadeza. Ya
estaban metidas y subidas hasta las rodillas por lo que el paso que venía a
continuación era levantarse y realizar el meneíto que permite subirlas del todo
y colocarlas bien. Haciéndolo se resbaló y, gracias a la estrechez del baño, chocó
contra la puerta pero no llegó a caer al suelo. Inmediatamente después se oyó
una voz preocupada al otro lado de la puerta preguntando por ella. Lo siguiente
que sacó fue la camisa, una inesperadamente arrugada camisa blanca, no creía
que se fuera a arrugar de tal forma habiendo pasado tan poco tiempo guardada en
la mochila. Al igual que esta, la falda y la corbata también parecían grandes
recortes de papel pinocho. Se puso la camisa con la mayor parte de los botones
desabrochados y un nudo que le permitiera enseñar el ombligo, la falda bien
arriba para no dejar nada qué hacer a la imaginación y la corbata de forma casual
para darle un estilo sencillo a la par de elegante. Por último cogió los dos
lazos azules haciéndose con ellos dos trenzas de colegiala que le caían sobre
los hombros hasta la altura de los pezones como si hubieran sido minuciosamente
medidas y talladas para ello.
Seguidamente salió del baño para dar comienzo a la segunda parte de la
aventura. Entró en la habitación, besó apasionadamente a Javier en los labios y
con un sutil empujón lo hizo caer sobre la cama. Buscó la canción You can leave your
hat on
de Joe Cocker en You Tube y adoptó la postura más sexy que conocía esperando el
comienzo de dicha canción. Para su sorpresa, en lugar de salir el típico “Chanana
nana” que todos conocemos del ordenador, se escuchó una voz que decía: “¡Estoy
embarazada! De dos semanas”. Ese anunció de test de embarazo hizo que Celia se
muriera de vergüenza y que llegara incluso a plantearse si era una señal divina
o algo similar.
Cuando pasó el tiempo establecido para poder saltar
el anuncio lo hizo y, esta vez sí, comenzó su baile erótico. Poquito a poco y
al son de la música se fue contoneando y desnudando. Suaves movimientos de cadera
hacia un lado y hacia otro fueron acompañados de unos bruscos movimientos de
manos intentando quitar el nudo de la corbata que, al parecer, había apretado
demasiado. Dio media vuelta y, mirando directamente los ojos de Javier, fue
desabrochando uno a uno los botones de su camisa y deshaciendo el nudo que
impedía que esta tapara su cintura. A cada botón, a cada contoneo, a cada gesto
se iba acercando más y más a la cama en la que se encontraba Javier hasta
situarse encima de este con la camisa completamente desabrochada. El chico besó
el cuello de Celia y le quitó la camisa descubriendo sus pechos y produciendo
así que se alcanzara el punto álgido del baile erótico. Demasiado bonito,
perfecto, delicado y, ¿demasiado interrumpido? Sí, interrumpido por los padres
de Javier que entraron en la habitación de su hijo para enseñarle el suéter que
le habían comprado quedando como Celia pretendía que quedara Javier,
boquiabiertos. Tras un silencio breve y muy incómodo únicamente alterado por la
música que seguía resonando en la habitación Celia saltó de la cama y, sin
saber muy bien por qué, se metió debajo de esta y decidió que jamás saldría de
aquel sitio.
Sorprendentemente los padres de Javier no cerraron
la puerta y se marcharon de la habitación ruborizados, sino que, lograron empeorar
una situación que parecía que no podía llegar a ser más vergonzosa. La madre de
Javier le pasó la camisa que recientemente su hijo le había quitado a Celia e
intentando normalizar la situación le dijo: Sal cariño, que no pasa nada, si yo
también le hago striptease a mi Manolo. Tras quince eternos minutos escuchando
decir a los abiertos padres de Javier cosas tales como “El sexo es sano”, o
como “Es normal que a vuestra edad tengáis curiosidad por probar cosas nuevas”;
Celia salió de la casa de su ahora exnovio. Pues, después de haber vivido tal
escena, una semana y media le pareció exactamente lo que era, muy poco tiempo
como para formalizar una relación adolescente. Además pensó que aún le quedaba
un tercer mejor amigo del grupo con el que probar suerte que, si no recordaba
mal, tenía un pestillo instalado en la puerta de su habitación.
Celia
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