Leonard
escuchó el zumbido por la ventana de la cocina y no se extrañó en
absoluto. Llevaba un tiempo creyendo en los superhéroes de los
tebeos y estaba más que familiarizado con los poderes y los ruidos
no habituales. Salió cojeando deprisa hasta el porche y lo que vio
fue a cientos de estorninos danzando sincronizados sobre las copas de
los árboles que había frente al tendedero que su madre tenía lleno
de sábanas. A esas horas de la tarde ya había poca luz y cada vez
que la mancha negra que formaban los pájaros sobrevolaba el techo de
su casa casi se hacía de noche absoluta. Eran pequeños eclipses
móviles acompañados de un sonido estridente. Leonard no sabía de
la existencia de algo que se llamara estorninos así que sin ninguna
duda auguró que aquello debía ser el ejército alado de Batman,
pequeños murciélagos que venían a anunciarle algún tipo de buena
nueva. Lo llamaron desde dentro y fue entusiasmado a la mesa para
cenar.
A
las diez en punto, sentado en la cama, se quitó la zapatilla del pie
izquierdo y aflojó las correas de la protesis a la altura de la
rodilla derecha. Dejó las dos alineadas junto a la mesita de noche.
Ya acostado buscó debajo de la cama el montón de tebeos con las
aventuras de Batman y tomó uno. Era la época en que los superhéroes
vestían leotardos de colores, llevaban los calzoncillos apretados
por fuera y una tristes camisetas de licra con su emblema cosido en
el pecho. Al cabo de un rato apagó la luz y en la oscuridad
definitiva de su cuarto se puso a ensoñar si el prodigio que había
visto esa tarde a las puertas de su casa no sería una señal de que
su pierna amputada volvería a crecer gracias al poder inmenso de
Bruce Wayne transmutado en el Hombre Murciélago. Era una intuición
que aceptó como algo completamente lógico. Creía en Batman como en
ninguna otra cosa. La única incertidumbre era si él, apenas un niño
de ocho años que vivía en una granja perdida cerca de Bangor, podía
ser digno de semejante distinción.
Los
estorninos volvieron unas cuantas veces más a lo largo de mayo hasta
que llegó un día en que desaparacieron por completo. Los árboles
se quedaron en silencio y el sol no tuvo más obstáculo. El día se
apagaba poco a poco como siempre, la vida era de nuevo predecible. Y
Leonard volvió a su relación habitual con Batman: algún póster en
el techo de su cuarto, los capítulos de la tele los sábados y por
las noches releyendo una y otra vez las conocidas aventuras de los
tebeos. El único cambio que observaba es que su cuerpo iba creciendo
y que la prótesis se la iban adaptando en la ortopedia de la ciudad
según él se hacía mayor. Hasta que a los quince años y
coincidiendo con la mundanza de su familia a una urbanización, se
deshizo de los tebeos, de la fe en Batman y de la idea de que una
criatura con mallas grises pudiera ayudarte más allá de hacerte
pasar un buen rato. Los superhéroes tienen un poder ilimitado sobre
nuestra fantasía, razonó descreídamente, pero al final las
quimeras íntimas era desmentidas una y mil veces por una realidad
que acababa venciendo a los héroes de papel.
Pasaron
muchos años y cuando ya no recordaba casi nada de todo aquello,
Batman apareció de nuevo en su vida. Era 1989 y Tim Burton fue el
encargado de dirigir la vuelta del superhéroe a la actualidad.
Leonard llevó a su hijo al estreno en un cine del centro comercial
de las afueras. Este no era exactamente el Hombre Murciélago que él
conoció. Lucía una especie de piel negra brillante, tenía un
aspecto duro y metálico, sus armas y vehículos realmente parecían
todopoderosos, sus ruidos eran de verdad de otro mundo. Como
atracción de película comercial era insuperable, pero no era un
ídolo con el que Leonard pudiera ya confraternizar. Cuando se
apagaron las luces de la sala volvió a pensar en la noche aquella de
los estorninos en su granja, apoyó su mano en el engranaje de la
prótesis y se vio como una especie de ser biónico del futuro, pero
que se dedicara a la venta de seguros por teléfono de nueve a cinco
y no a salvar al mundo. Alargó el brazo izquierdo y tocó las
rodillas sanas de su hijo a su lado. Quiso reconciliarse con el
Batman carnavalesco de su infancia y pensar que después de todo sí
que había hecho algo por él.
DIEGO
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