miércoles, 1 de marzo de 2017

LOS SUPERHÉROES DEJARON DE VESTIR PIJAMAS

Leonard escuchó el zumbido por la ventana de la cocina y no se extrañó en absoluto. Llevaba un tiempo creyendo en los superhéroes de los tebeos y estaba más que familiarizado con los poderes y los ruidos no habituales. Salió cojeando deprisa hasta el porche y lo que vio fue a cientos de estorninos danzando sincronizados sobre las copas de los árboles que había frente al tendedero que su madre tenía lleno de sábanas. A esas horas de la tarde ya había poca luz y cada vez que la mancha negra que formaban los pájaros sobrevolaba el techo de su casa casi se hacía de noche absoluta. Eran pequeños eclipses móviles acompañados de un sonido estridente. Leonard no sabía de la existencia de algo que se llamara estorninos así que sin ninguna duda auguró que aquello debía ser el ejército alado de Batman, pequeños murciélagos que venían a anunciarle algún tipo de buena nueva. Lo llamaron desde dentro y fue entusiasmado a la mesa para cenar.

A las diez en punto, sentado en la cama, se quitó la zapatilla del pie izquierdo y aflojó las correas de la protesis a la altura de la rodilla derecha. Dejó las dos alineadas junto a la mesita de noche. Ya acostado buscó debajo de la cama el montón de tebeos con las aventuras de Batman y tomó uno. Era la época en que los superhéroes vestían leotardos de colores, llevaban los calzoncillos apretados por fuera y una tristes camisetas de licra con su emblema cosido en el pecho. Al cabo de un rato apagó la luz y en la oscuridad definitiva de su cuarto se puso a ensoñar si el prodigio que había visto esa tarde a las puertas de su casa no sería una señal de que su pierna amputada volvería a crecer gracias al poder inmenso de Bruce Wayne transmutado en el Hombre Murciélago. Era una intuición que aceptó como algo completamente lógico. Creía en Batman como en ninguna otra cosa. La única incertidumbre era si él, apenas un niño de ocho años que vivía en una granja perdida cerca de Bangor, podía ser digno de semejante distinción.

Los estorninos volvieron unas cuantas veces más a lo largo de mayo hasta que llegó un día en que desaparacieron por completo. Los árboles se quedaron en silencio y el sol no tuvo más obstáculo. El día se apagaba poco a poco como siempre, la vida era de nuevo predecible. Y Leonard volvió a su relación habitual con Batman: algún póster en el techo de su cuarto, los capítulos de la tele los sábados y por las noches releyendo una y otra vez las conocidas aventuras de los tebeos. El único cambio que observaba es que su cuerpo iba creciendo y que la prótesis se la iban adaptando en la ortopedia de la ciudad según él se hacía mayor. Hasta que a los quince años y coincidiendo con la mundanza de su familia a una urbanización, se deshizo de los tebeos, de la fe en Batman y de la idea de que una criatura con mallas grises pudiera ayudarte más allá de hacerte pasar un buen rato. Los superhéroes tienen un poder ilimitado sobre nuestra fantasía, razonó descreídamente, pero al final las quimeras íntimas era desmentidas una y mil veces por una realidad que acababa venciendo a los héroes de papel.

Pasaron muchos años y cuando ya no recordaba casi nada de todo aquello, Batman apareció de nuevo en su vida. Era 1989 y Tim Burton fue el encargado de dirigir la vuelta del superhéroe a la actualidad. Leonard llevó a su hijo al estreno en un cine del centro comercial de las afueras. Este no era exactamente el Hombre Murciélago que él conoció. Lucía una especie de piel negra brillante, tenía un aspecto duro y metálico, sus armas y vehículos realmente parecían todopoderosos, sus ruidos eran de verdad de otro mundo. Como atracción de película comercial era insuperable, pero no era un ídolo con el que Leonard pudiera ya confraternizar. Cuando se apagaron las luces de la sala volvió a pensar en la noche aquella de los estorninos en su granja, apoyó su mano en el engranaje de la prótesis y se vio como una especie de ser biónico del futuro, pero que se dedicara a la venta de seguros por teléfono de nueve a cinco y no a salvar al mundo. Alargó el brazo izquierdo y tocó las rodillas sanas de su hijo a su lado. Quiso reconciliarse con el Batman carnavalesco de su infancia y pensar que después de todo sí que había hecho algo por él.

                                                                                                                                 DIEGO



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