Al principio algunos razonaron que la causa del
desastre había sido la avaricia y el ansia de poder de nuestros dirigentes.
Otros, más razonables, entre los que me encuentro, argumentamos que fue su
negligencia. Es natural culpar al pastor del despeñamiento de su ganado, pero
en nuestro caso no había pastores: todo eran ovejas. Aquellos grandes hombres y
mujeres, como cualquiera de nosotros, reían, lloraban, comían, dormían, en
definitiva: vivían. Si queremos inculparlos, inculpemos a toda la humanidad. De
todas formas, volvieron a levantarse las guillotinas y las antorchas. En Italia
lapidaron al primer ministro, y en algún país eslavo calcinaron a un burócrata
en el interior de su coche, junto a su mujer y sus dos hijas.
El
primer golpe fue energético. El uranio y el gas escaseaban, el coche eléctrico
era inviable, y el petróleo, aunque seguía siendo abundante, era de peor
calidad que nunca. El segundo golpe fue astronómico. El Sol dio un lengüetazo
de plasma al campo magnético terrestre y achicharró todo aquello que en ese
momento estaba conectado a la red eléctrica. Aquí, en la costa mediterránea,
pudimos contemplar auroras boreales a la hora de comer. No fueron pocos los que
vieron en este suceso la intervención divina y apelaron a los libros proféticos
del antiguo testamento o al Apocalipsis; incluso los ateos dogmáticos y los pirrónicos
dudaron de que fuese una simple coincidencia.
En
unas horas pasamos de vivir en el enjambre a quedar aislados. La comunicación y
el transporte transoceánicos se desvanecieron. En otra época habíamos podido
unir los continentes sin la ayuda de la electricidad, pero todo aquel
conocimiento estaba sepultado bajo toneladas de inservible progreso acumulado. Moby Dick es ahora una epopeya de
ciencia ficción. El ser humano no tardó en apartarse de la senda de la razón y
adentrarse en las selvas de la superstición y el mito. Los nombres de algunos
políticos, la concha o la manzana se convirtieron en símbolos de lo demoníaco.
No
es extraño que las escarpadas torres del miedo volviesen a levantarse en los
abismos infinitos de la mente. Las instituciones y los comercios
desaparecieron, fagocitados por el caos. Solo la Iglesia, que mide el tiempo en
la erosión que ejerce el río sobre una roca, resistió. Volvió a oírse la voz de
Cristo y los nuevos viejos guardianes de la moral recobraron su antiguo poder.
No resultó difícil convencer al pueblo de que se repetían los castigos
impuestos a Sodoma. Se llegó a sugerir que el mito de la Caída no era una
fábula histórica, sino un anuncio profético.
De
joven soñaba con inventar héroes sin nombre como los cowboys con cabeza de Clint Eastwood y cuerpo de Clint Eastwood o
como los samuráis con voz de Toshiro Mifune y espíritu de Toshiro Mifune,
aunque íntimamente, en el sueño sin sueño, soñaba con la carne, la gloria, el
dinero, el poder… vías que me acercasen de algún modo a la felicidad. Sin
embargo, no me daba cuenta de que atándome a aquellas ambiciones perdía lo
único que ahora me queda: la libertad. La nueva Iglesia necesita hombres que
defiendan la república de Dios del mal, y ahí estoy yo; el mal necesita hombres
para rapiñar a la república de Dios, y ahí estoy yo. He pasado los últimos años
a las órdenes de otros, pues nunca fui un buen orador y en estos tiempos la
retórica vuelve a ser un instrumento de persuasión muy eficaz, no obstante,
siempre he estado cerca del poder.
Hemos
perdido muchas comodidades, pero ha valido la pena: a cambio hemos ganado la
épica. Quizás la vida sea tan grande ahora, que no quede espacio para la
búsqueda de la felicidad. Ya no me lamento al recordar las decisiones que tomé
ni me angustio al imaginar las decisiones que habré de tomar. Seré nada y fui nada,
pero soy todo.
No
pudimos parar la erupción solar, pero sí pudimos haber evitado o atenuado la
crisis energética. No era algo nuevo que no comprendiesen los territorios de la
razón y la experiencia. Era tan sencillo como observar la fermentación del vino
para adivinar que nuestra voracidad estaba agotando la dulce glucosa y nos iba
a llevar a la extinción, dejando únicamente un rastro estéril de etanol y
dióxido de carbono. Tal vez ─y pese a vivir en una época en la que habíamos
vuelto a enterrar el mito, en la que la sombra nos iluminaba en nuestros
talleres─ nos creímos dioses. Sin embargo, nadie puede escapar a su naturaleza,
por eso nunca hemos dejado de ser animales.
Solo
unos pocos ─esos son los llamado mártires─ vieron el precipicio al que nos
aproximábamos. Solo ellos conocieron el horror, la risa sorda de la masa, la
sensación de levantarse en mitad de la noche y contemplar a sus hijos dormidos
con la idea de asesinarlos atravesándoles la mente. El resto no reparamos en que
todo en nuestro universo es finito.
Todas
las historias tienen su final, aunque podemos hablar de dos finales: uno necesario,
que es el que le da su autor y que puede ser triste o feliz, y uno real, que el
lector puede intuir y que siempre es feliz. El final de nuestra especie será el
más feliz de todos los finales porque será el final de todas las historias.
Alex
Me ha gustado mucho, estilo cuidado, vocabulario rico y bien elegido, la historia apocaliptica pero factible.
ResponderEliminarLo único es que me parece la introducción de un relato mas extenso, al menos así me gustaría que fuese! Muy interesante.