sábado, 18 de marzo de 2017

En la ribera del Aqueronte

Al principio algunos razonaron que la causa del desastre había sido la avaricia y el ansia de poder de nuestros dirigentes. Otros, más razonables, entre los que me encuentro, argumentamos que fue su negligencia. Es natural culpar al pastor del despeñamiento de su ganado, pero en nuestro caso no había pastores: todo eran ovejas. Aquellos grandes hombres y mujeres, como cualquiera de nosotros, reían, lloraban, comían, dormían, en definitiva: vivían. Si queremos inculparlos, inculpemos a toda la humanidad. De todas formas, volvieron a levantarse las guillotinas y las antorchas. En Italia lapidaron al primer ministro, y en algún país eslavo calcinaron a un burócrata en el interior de su coche, junto a su mujer y sus dos hijas.

            El primer golpe fue energético. El uranio y el gas escaseaban, el coche eléctrico era inviable, y el petróleo, aunque seguía siendo abundante, era de peor calidad que nunca. El segundo golpe fue astronómico. El Sol dio un lengüetazo de plasma al campo magnético terrestre y achicharró todo aquello que en ese momento estaba conectado a la red eléctrica. Aquí, en la costa mediterránea, pudimos contemplar auroras boreales a la hora de comer. No fueron pocos los que vieron en este suceso la intervención divina y apelaron a los libros proféticos del antiguo testamento o al Apocalipsis; incluso los ateos dogmáticos y los pirrónicos dudaron de que fuese una simple coincidencia.

            En unas horas pasamos de vivir en el enjambre a quedar aislados. La comunicación y el transporte transoceánicos se desvanecieron. En otra época habíamos podido unir los continentes sin la ayuda de la electricidad, pero todo aquel conocimiento estaba sepultado bajo toneladas de inservible progreso acumulado. Moby Dick es ahora una epopeya de ciencia ficción. El ser humano no tardó en apartarse de la senda de la razón y adentrarse en las selvas de la superstición y el mito. Los nombres de algunos políticos, la concha o la manzana se convirtieron en símbolos de lo demoníaco.

            No es extraño que las escarpadas torres del miedo volviesen a levantarse en los abismos infinitos de la mente. Las instituciones y los comercios desaparecieron, fagocitados por el caos. Solo la Iglesia, que mide el tiempo en la erosión que ejerce el río sobre una roca, resistió. Volvió a oírse la voz de Cristo y los nuevos viejos guardianes de la moral recobraron su antiguo poder. No resultó difícil convencer al pueblo de que se repetían los castigos impuestos a Sodoma. Se llegó a sugerir que el mito de la Caída no era una fábula histórica, sino un anuncio profético.

            De joven soñaba con inventar héroes sin nombre como los cowboys con cabeza de Clint Eastwood y cuerpo de Clint Eastwood o como los samuráis con voz de Toshiro Mifune y espíritu de Toshiro Mifune, aunque íntimamente, en el sueño sin sueño, soñaba con la carne, la gloria, el dinero, el poder… vías que me acercasen de algún modo a la felicidad. Sin embargo, no me daba cuenta de que atándome a aquellas ambiciones perdía lo único que ahora me queda: la libertad. La nueva Iglesia necesita hombres que defiendan la república de Dios del mal, y ahí estoy yo; el mal necesita hombres para rapiñar a la república de Dios, y ahí estoy yo. He pasado los últimos años a las órdenes de otros, pues nunca fui un buen orador y en estos tiempos la retórica vuelve a ser un instrumento de persuasión muy eficaz, no obstante, siempre he estado cerca del poder.

            Hemos perdido muchas comodidades, pero ha valido la pena: a cambio hemos ganado la épica. Quizás la vida sea tan grande ahora, que no quede espacio para la búsqueda de la felicidad. Ya no me lamento al recordar las decisiones que tomé ni me angustio al imaginar las decisiones que habré de tomar. Seré nada y fui nada, pero soy todo.

            No pudimos parar la erupción solar, pero sí pudimos haber evitado o atenuado la crisis energética. No era algo nuevo que no comprendiesen los territorios de la razón y la experiencia. Era tan sencillo como observar la fermentación del vino para adivinar que nuestra voracidad estaba agotando la dulce glucosa y nos iba a llevar a la extinción, dejando únicamente un rastro estéril de etanol y dióxido de carbono. Tal vez ─y pese a vivir en una época en la que habíamos vuelto a enterrar el mito, en la que la sombra nos iluminaba en nuestros talleres─ nos creímos dioses. Sin embargo, nadie puede escapar a su naturaleza, por eso nunca hemos dejado de ser animales.

            Solo unos pocos ─esos son los llamado mártires─ vieron el precipicio al que nos aproximábamos. Solo ellos conocieron el horror, la risa sorda de la masa, la sensación de levantarse en mitad de la noche y contemplar a sus hijos dormidos con la idea de asesinarlos atravesándoles la mente. El resto no reparamos en que todo en nuestro universo es finito.

            Todas las historias tienen su final, aunque podemos hablar de dos finales: uno necesario, que es el que le da su autor y que puede ser triste o feliz, y uno real, que el lector puede intuir y que siempre es feliz. El final de nuestra especie será el más feliz de todos los finales porque será el final de todas las historias.


Alex

1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho, estilo cuidado, vocabulario rico y bien elegido, la historia apocaliptica pero factible.
    Lo único es que me parece la introducción de un relato mas extenso, al menos así me gustaría que fuese! Muy interesante.

    ResponderEliminar