"La historia de la propia vida le parece a uno tan aburrida
porque no ha sido realmente inventada". ELIAS CANETTI
Coincidí
con Diego Muñoz en dos o tres cursos de la antigua E.G.B. Era un
chaval raro y sus rarezas serían difíciles de precisar. En el
último curso, en Octavo, dibujaba con bolígrafo tebeos de amor. Se
inventaba historias románticas y las ponía en viñetas, al modo de
las fotonovelas de la época, en donde él era protagonista junto a
Amparo Olmos, compañera nuestra.Tenía muchas libretas así. Todos
éramos muy feos y desaliñados, pero Diego además sufría pequeños
tics en el ojo izquierdo. Su cuerpo era flaco y desgarbado, unas
gruesas gafas le tapaban buena parte de la cara y jamás lo vi con el
pelo peinado, pero era mejor estudiante que la mayoría. Por supuesto
ninguna de las chicas de la clase se fijaba en él si no era para
burlarse, especialmente, Amparo Olmos. Yo lo pasaba mal. Ya entonces
empecé a sentir apuro al ver cómo un inocente indefenso era
maltratado sólo por ese mismo motivo. Me enfermaba ver circular sus
estúpidos tebeos amorosos de pupitre en pupitre provocando una mofa
estruendosa. Pero a él parecía no importarle, no se desanimaba
nunca. Insistía en su ridiculez sin ningún rubor. Igual que a mi me
obsesionaba el fútbol y las películas de Bruce Lee, a Antonio
Mínguez hacer colecciones de cromos de todo tipo y a Nieves Azaña
imitar la voz y los gestos de las presentadoras de concursos, a Diego
Muñoz sólo le interesaba el amor romántico. Pero todo lo que él
supuestamente sabía del tema le había llegado a través de las
series de televisión, de las canciones de la radio y de las revistas
en casa de su abuela. Nos empezaban a gustar algunas de las chicas
que veíamos por la calle o en el patio del cole, aunque sólo era
una atracción física, hormonas abriéndose paso, niños
despertando a otro mundo. Sin embargo Diego, sin ninguna ironía, nos
dejaba atónitos diciendo cosas que parecían lemas publicitarios:
"Yo no saldré nunca al extranjero. El amor será mi viaje".
Todos muertos de la risa, pero a mi me daba una pena rara. Acabó el
curso y antes de cumplir los quince nos dejamos de ver.
Yo
me olvidé de él y de todos. Crecimos cada uno a nuestra manera, sin
mirarnos. Nos convertimos en personas distintas o simplemente hicimos
callar poco a poco al niño pálido que fuimos. Aceptamos sin
resistencia que la vida no era jugar al balón ni ver pelis de artes
marciales. Pasaron muchas cosas en aquellos años intermedios y una
fue que me encontré con Diego Muñoz una noche en un pub de la
Avenida Antártida. Yo estaba con mi novia y él iba con un grupo de
amigos. Lo vi ya mayor, a pesar de que tendríamos unos 26 años. Nos
contamos casi a gritos brevemente la vida. Trabajaba de operario en
un taller que fabricaba lentes de gafas para las ópticas. No había
ido a la Universidad, ni siquiera había acabado el B.U.P. Le
pregunté si aún estaba tan enamorado del amor como cuando era un
niño. Yo sólo quería que nos riéramos los dos al recordar cosas
de críos. Me dijo que por supuesto. Creía aún más y mejor, porque
había leído mucho sobre el tema, novelas, poemas, tratados; se
había hecho un gran aficionado al cine y a la música de los
cantautores. Nunca había tenido una pareja en serio porque su
timidez natural se lo ponía muy difícil, pero cuando llegara el
momento lo tendría todo dispuesto en su corazón para vivir un amor
definitivo e inigualable, me dijo muy campante. Sólo creía en el
amor escrito, en el que se podía cantar o poetizar, en el que se
mostraba en la pantalla de un cine y no estaba dispuesto a aceptar
otra alternativa. Yo le tuve que confesar que ya no jugaba nunca al
fútbol, que no tenía ni idea de grupos de música actuales y que
Bruce Lee ya era como un pariente lejano que se quedó viviendo en
una orilla perdida. Lo lamentó mucho por mí, casi me dio el pésame
por mi infancia sepultada bajo los calendarios. Nos despedimos otra
vez sabiendo que sería para mucho tiempo, aunque intercambiamos los
teléfonos y prometimos llamar alguna vez. A mi me pareció el tipo
más infeliz de todo el pub. Volvió a dejarme con una nebulosa
tristeza, como en Octavo.
Olvidé
una vez más a Diego Muñoz. Supongo que a él le pasó lo mismo.
Nada sabíamos el uno del otro hasta que nos encontramos en las
Navidades de 2011. Yo estaba de compras con mi mujer y mi hija en
unos grandes almacenes del centro. Me alegro mucho de verte, dijimos
los dos a la vez. Me pareció terriblemente avejentado. Más flaco
que nunca, medio encorvado, la cara con bastantes arrugas. Le
presenté a mi familia. Esta vez no quise dejar de nuevo las cosas al
azar y nos citamos para chalar al día siguiente. De camino a casa
mi mujer me dijo que parecía imposible que él y yo tuviéramos la
misma edad y que el tal Diego no le gustaba nada, que no le daba
buena espina, le inquietaba, parecía soportar una desdicha excesiva,
ese tipo no está bien de la cabeza, concluyó. Tuve que admitir que
tenía razón. A la mañana siguiente nos juntamos en un bar por el
Ayuntamiento. Se había afeitado y buscado una ropa un poco menos
estrafalaria quizá consciente de que su aspecto era muy mejorable.
Tras los preámbulos habituales le pregunté por lo único que a mí
aún me inquietaba. ¿Cómo llevas lo del amor? Traté de ser lo más
neutro que pude, sin intentar intuir el sentido de la respuesta.
Seguía en ello, continuaba con su preparación. No había tenido
mucha suerte con las relaciones, se mantenía soltero, pero eso no le
parecía un problema sino que lo afirmaba más en su convencimiento.
Conocía la obra de los grandes poetas, a los ensayistas más agudos,
había leído las mejores novelas. Era casi un experto en el cine de
los 60 y 70, coleccionaba vinilos y ya los contaba por miles. Llevaba
unos años asistiendo a talleres literarios como perfeccionamiento
añadido a su misión. Según él dominaba toda la teoría galante y
sus infinitas variaciones. Pero hasta el día de hoy eso no había
sido suficiente para que en la práctica él pudiera darse por
satisfecho y desde luego, llegados a ese punto, no iba a ceder ni un
milímetro. Buscaría más y mejor, pero no tomaría atajos. A mí me
costaba entender todo aquel disparate en su conjunto. Traté de
disuadirlo lo mejor que pude. Desaprovechas tu vida por una cuestión
muy banal, creo que estás muy equivocado, la vida adulta supone
hacer ciertas renuncias y dejar atrás las tonterías de colegiales,
hay que adaptarse constantemente para poder seguir, ese dogma tuyo te
ha acabado convirtiendo en una especie de apestado, lo que pretendes
ralla en lo enfermizo, deberías visitar a un especialista. Temía
ser demasiado ofensivo y que se enfadara conmigo, pero se rió y me
espetó que yo había envejecido demasiado deprisa, que hablaba como
un señor. Tampoco se lo tuve en cuenta. Me dijo entonces que iba a
confesarme un secreto. Estaba a punto de volver a quedar con Amparo
Olmos. Gracias a unos conocidos comunes se habían puesto en contacto
por teléfono y ya habían fijado un día para verse la semana
siguiente. No sabían nada el uno del otro desde el final de la
E.G.B. Pero él había entendido que quizá había que volver al
punto de origen. Hacer coincidir su primera inquietud romántica con
toda sus especulaciones posteriores. Tuve ganas de gritarle. Aquello
se escapaba de lo lamentable y de lo patológico. Me empeñé en
hacerle ver lo peligroso del terreno en el que se metía, pero no
hubo manera. Por lo visto esa era su peculiar manía autodestructiva.
Se atestaba de literatura como forma de no vivir, párrafos para no
tener que enfrentarse a lo incomprensible y azaroso de nuestras
experiencias, películas y canciones llenas de tópicos y que él
interpretaba como la más alta Ley. Cuando nos despedimos y le desee
suerte no sabía si era odio o aprensión lo que me inspiraba. Creo
recordar que esa vez ya no le dije que ojalá nos volviéramos a ver.
A
finales de febrero de este año leí por casualidad una pequeña
noticia en el periódico mientras almorzaba. En un pueblo del área
metropolitana una mujer y un hombre, al parecer pareja sentimental,
habían sido hallados muertos en su vivienda. No había signos
externos de violencia y los inquilinos cercanos no podían sino
aportar las frases manidas: eran personas normales, no les oímos
discutir nunca, muy amables, no podíamos imaginar una cosa así. La
breve nota de prensa decía que los fallecidos respondían a las
iniciales A.O.R. y D.M.N. Según testimonios de los vecinos al
parecer llevaban conviviendo algo más de cuatro años y no tenían
hijos. La policía no quería asegurar aún la causa final del suceso
y no descartaba ninguna hipótesis. La falta de rastros violentos no
apuntaba a priori hacia un crimen con tintes machistas. Mi pasmo
ocupó el bar entero. No podía estar seguro de que fueran ellos
puesto que no recordaba cuáles eran sus segundos apellidos, pero a
la vez tenía una especie de convencimiento absurdo. Casi era un
desenlace que cuadraba perfectamente con el resto de la historia.
Intenté seguir la noticia en los días posteriores, pero ni los
periódicos ni en los portales de información pude encontrar nada
más. Nuevas tragedias mundiales y otras domésticas tomaban el
relevo y se solapaban unas con otras. La muerte fresca coagulaba la
del día anterior. No le dije nada a mi mujer. Sabía perfectamente
lo que me iba a decir. Estuve mal muchos días después. Volvió a
caer sobre mí el pesar que ya reconocía de tanto tiempo. Inventé
disparatadas excusas cada vez que ella me preguntaba la razón de mi
mutismo. Una de aquellas tardes acabé viendo tres pelis seguidas de
Bruce Lee.
Diego
No hay comentarios:
Publicar un comentario