miércoles, 29 de marzo de 2017

D.M.N., teórico inútil del amor romántico

                                                                                                                         

"La historia de la propia vida le parece a uno tan aburrida porque no ha sido realmente inventada".    ELIAS CANETTI


       Coincidí con Diego Muñoz en dos o tres cursos de la antigua E.G.B. Era un chaval raro y sus rarezas serían difíciles de precisar. En el último curso, en Octavo, dibujaba con bolígrafo tebeos de amor. Se inventaba historias románticas y las ponía en viñetas, al modo de las fotonovelas de la época, en donde él era protagonista junto a Amparo Olmos, compañera nuestra.Tenía muchas libretas así. Todos éramos muy feos y desaliñados, pero Diego además sufría pequeños tics en el ojo izquierdo. Su cuerpo era flaco y desgarbado, unas gruesas gafas le tapaban buena parte de la cara y jamás lo vi con el pelo peinado, pero era mejor estudiante que la mayoría. Por supuesto ninguna de las chicas de la clase se fijaba en él si no era para burlarse, especialmente, Amparo Olmos. Yo lo pasaba mal. Ya entonces empecé a sentir apuro al ver cómo un inocente indefenso era maltratado sólo por ese mismo motivo. Me enfermaba ver circular sus estúpidos tebeos amorosos de pupitre en pupitre provocando una mofa estruendosa. Pero a él parecía no importarle, no se desanimaba nunca. Insistía en su ridiculez sin ningún rubor. Igual que a mi me obsesionaba el fútbol y las películas de Bruce Lee, a Antonio Mínguez hacer colecciones de cromos de todo tipo y a Nieves Azaña imitar la voz y los gestos de las presentadoras de concursos, a Diego Muñoz sólo le interesaba el amor romántico. Pero todo lo que él supuestamente sabía del tema le había llegado a través de las series de televisión, de las canciones de la radio y de las revistas en casa de su abuela. Nos empezaban a gustar algunas de las chicas que veíamos por la calle o en el patio del cole, aunque sólo era una atracción física, hormonas abriéndose paso, niños despertando a otro mundo. Sin embargo Diego, sin ninguna ironía, nos dejaba atónitos diciendo cosas que parecían lemas publicitarios: "Yo no saldré nunca al extranjero. El amor será mi viaje". Todos muertos de la risa, pero a mi me daba una pena rara. Acabó el curso y antes de cumplir los quince nos dejamos de ver.

          Yo me olvidé de él y de todos. Crecimos cada uno a nuestra manera, sin mirarnos. Nos convertimos en personas distintas o simplemente hicimos callar poco a poco al niño pálido que fuimos. Aceptamos sin resistencia que la vida no era jugar al balón ni ver pelis de artes marciales. Pasaron muchas cosas en aquellos años intermedios y una fue que me encontré con Diego Muñoz una noche en un pub de la Avenida Antártida. Yo estaba con mi novia y él iba con un grupo de amigos. Lo vi ya mayor, a pesar de que tendríamos unos 26 años. Nos contamos casi a gritos brevemente la vida. Trabajaba de operario en un taller que fabricaba lentes de gafas para las ópticas. No había ido a la Universidad, ni siquiera había acabado el B.U.P. Le pregunté si aún estaba tan enamorado del amor como cuando era un niño. Yo sólo quería que nos riéramos los dos al recordar cosas de críos. Me dijo que por supuesto. Creía aún más y mejor, porque había leído mucho sobre el tema, novelas, poemas, tratados; se había hecho un gran aficionado al cine y a la música de los cantautores. Nunca había tenido una pareja en serio porque su timidez natural se lo ponía muy difícil, pero cuando llegara el momento lo tendría todo dispuesto en su corazón para vivir un amor definitivo e inigualable, me dijo muy campante. Sólo creía en el amor escrito, en el que se podía cantar o poetizar, en el que se mostraba en la pantalla de un cine y no estaba dispuesto a aceptar otra alternativa. Yo le tuve que confesar que ya no jugaba nunca al fútbol, que no tenía ni idea de grupos de música actuales y que Bruce Lee ya era como un pariente lejano que se quedó viviendo en una orilla perdida. Lo lamentó mucho por mí, casi me dio el pésame por mi infancia sepultada bajo los calendarios. Nos despedimos otra vez sabiendo que sería para mucho tiempo, aunque intercambiamos los teléfonos y prometimos llamar alguna vez. A mi me pareció el tipo más infeliz de todo el pub. Volvió a dejarme con una nebulosa tristeza, como en Octavo.

Olvidé una vez más a Diego Muñoz. Supongo que a él le pasó lo mismo. Nada sabíamos el uno del otro hasta que nos encontramos en las Navidades de 2011. Yo estaba de compras con mi mujer y mi hija en unos grandes almacenes del centro. Me alegro mucho de verte, dijimos los dos a la vez. Me pareció terriblemente avejentado. Más flaco que nunca, medio encorvado, la cara con bastantes arrugas. Le presenté a mi familia. Esta vez no quise dejar de nuevo las cosas al azar y nos citamos para chalar al día siguiente. De camino a casa mi mujer me dijo que parecía imposible que él y yo tuviéramos la misma edad y que el tal Diego no le gustaba nada, que no le daba buena espina, le inquietaba, parecía soportar una desdicha excesiva, ese tipo no está bien de la cabeza, concluyó. Tuve que admitir que tenía razón. A la mañana siguiente nos juntamos en un bar por el Ayuntamiento. Se había afeitado y buscado una ropa un poco menos estrafalaria quizá consciente de que su aspecto era muy mejorable. Tras los preámbulos habituales le pregunté por lo único que a mí aún me inquietaba. ¿Cómo llevas lo del amor? Traté de ser lo más neutro que pude, sin intentar intuir el sentido de la respuesta. Seguía en ello, continuaba con su preparación. No había tenido mucha suerte con las relaciones, se mantenía soltero, pero eso no le parecía un problema sino que lo afirmaba más en su convencimiento. Conocía la obra de los grandes poetas, a los ensayistas más agudos, había leído las mejores novelas. Era casi un experto en el cine de los 60 y 70, coleccionaba vinilos y ya los contaba por miles. Llevaba unos años asistiendo a talleres literarios como perfeccionamiento añadido a su misión. Según él dominaba toda la teoría galante y sus infinitas variaciones. Pero hasta el día de hoy eso no había sido suficiente para que en la práctica él pudiera darse por satisfecho y desde luego, llegados a ese punto, no iba a ceder ni un milímetro. Buscaría más y mejor, pero no tomaría atajos. A mí me costaba entender todo aquel disparate en su conjunto. Traté de disuadirlo lo mejor que pude. Desaprovechas tu vida por una cuestión muy banal, creo que estás muy equivocado, la vida adulta supone hacer ciertas renuncias y dejar atrás las tonterías de colegiales, hay que adaptarse constantemente para poder seguir, ese dogma tuyo te ha acabado convirtiendo en una especie de apestado, lo que pretendes ralla en lo enfermizo, deberías visitar a un especialista. Temía ser demasiado ofensivo y que se enfadara conmigo, pero se rió y me espetó que yo había envejecido demasiado deprisa, que hablaba como un señor. Tampoco se lo tuve en cuenta. Me dijo entonces que iba a confesarme un secreto. Estaba a punto de volver a quedar con Amparo Olmos. Gracias a unos conocidos comunes se habían puesto en contacto por teléfono y ya habían fijado un día para verse la semana siguiente. No sabían nada el uno del otro desde el final de la E.G.B. Pero él había entendido que quizá había que volver al punto de origen. Hacer coincidir su primera inquietud romántica con toda sus especulaciones posteriores. Tuve ganas de gritarle. Aquello se escapaba de lo lamentable y de lo patológico. Me empeñé en hacerle ver lo peligroso del terreno en el que se metía, pero no hubo manera. Por lo visto esa era su peculiar manía autodestructiva. Se atestaba de literatura como forma de no vivir, párrafos para no tener que enfrentarse a lo incomprensible y azaroso de nuestras experiencias, películas y canciones llenas de tópicos y que él interpretaba como la más alta Ley. Cuando nos despedimos y le desee suerte no sabía si era odio o aprensión lo que me inspiraba. Creo recordar que esa vez ya no le dije que ojalá nos volviéramos a ver.

A finales de febrero de este año leí por casualidad una pequeña noticia en el periódico mientras almorzaba. En un pueblo del área metropolitana una mujer y un hombre, al parecer pareja sentimental, habían sido hallados muertos en su vivienda. No había signos externos de violencia y los inquilinos cercanos no podían sino aportar las frases manidas: eran personas normales, no les oímos discutir nunca, muy amables, no podíamos imaginar una cosa así. La breve nota de prensa decía que los fallecidos respondían a las iniciales A.O.R. y D.M.N. Según testimonios de los vecinos al parecer llevaban conviviendo algo más de cuatro años y no tenían hijos. La policía no quería asegurar aún la causa final del suceso y no descartaba ninguna hipótesis. La falta de rastros violentos no apuntaba a priori hacia un crimen con tintes machistas. Mi pasmo ocupó el bar entero. No podía estar seguro de que fueran ellos puesto que no recordaba cuáles eran sus segundos apellidos, pero a la vez tenía una especie de convencimiento absurdo. Casi era un desenlace que cuadraba perfectamente con el resto de la historia. Intenté seguir la noticia en los días posteriores, pero ni los periódicos ni en los portales de información pude encontrar nada más. Nuevas tragedias mundiales y otras domésticas tomaban el relevo y se solapaban unas con otras. La muerte fresca coagulaba la del día anterior. No le dije nada a mi mujer. Sabía perfectamente lo que me iba a decir. Estuve mal muchos días después. Volvió a caer sobre mí el pesar que ya reconocía de tanto tiempo. Inventé disparatadas excusas cada vez que ella me preguntaba la razón de mi mutismo. Una de aquellas tardes acabé viendo tres pelis seguidas de Bruce Lee.

Diego

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