Los primeros años tras la guerra fueron los más duros. Pasada aquella época, la hambruna y la desesperación remitieron poco a poco, pero nunca desaparecieron. Se quedaron agazapadas tras las mejillas de aquella gente y yo las veía husmeando al girar la esquina.
Todo se desarrolló torpe y repentinamente y, aún así, no podía evitar pensar que siempre había estado ahí sin que nadie lo advirtiera. Que alguien escribió un guion y nosotros quedamos suspendidos en un escenario de cartón piedra.
Mi familia era una de las afortunadas que podían irse a la cama con algo más en el estómago a parte del deseo de la vuelta de la primavera agarrado a las vísceras. Mi padre, que nunca le había prestado la menor atención a lo que se desarrollaba bajo las suelas de sus zapatos, pudo afianzarse cuando comenzó el frío como uno de los socios mayoritarios del pequeño invernadero que pronto suministraría a todo el pueblo. Era un caso extraordinario, la mayoría de invernaderos estaban controlados por grandes empresas que se adelantaron invirtiendo en el que sería el negocio del futuro.
Recorría las calles y se veía rápidamente abordado por decenas de personas que suplicaban por un trabajo en el invernadero o le agradecían el menor gesto hacia ellos. Yo lo observaba desde la distancia y sabía que era una buena persona. Horas después de su baño de multitudes en casa veía como se lavaba las manos con diligencia rayana en la obsesión, “pobre gente”. A mi me picaba la nariz y no podía mirarle a los ojos.
Mis años de adolescente desfilaron ante mi y simplemente se marcharon: nada había cambiado. La realidad es que durante un tiempo me sentí cómodo, asentado en lo inmutable de mi existencia. Me centraba en mi trabajo en el invernadero, dirigiendo al resto de capataces, arreglando desperfectos. Todas las semanas me encontraba con pequeños huecos en la tela del invernadero, los tapaba sin poner demasiado empeño: volverían a aparecer.
Aquel día me encontraba justamente frente a uno de aquellos pequeños túneles, en una esquina del fondo del invernadero. Mientras comprobaba que a penas podía introducir la mano sin desgarrar la tela, escuché un rumor lejano. Me alejé de allí a toda prisa, todo el mundo había salido del invernadero sin que me percatara. Desde el camino que llevaba al pueblo se oían voces dando órdenes. Corrí todo lo que pude, con la sensación de llevar una bola de plomo en el estómago. Junto a la entrada del pueblo, la gente se arremolinaba murmurando, observaban como un grupo de personas removían los cascotes desperdigados como piezas de un puzzle. Supe lo que había ocurrido y comencé a retroceder. Los viejos edificios que habían sido destruidos durante la guerra, sostenidos por un débil esqueleto tambaleante y que alojaban a decenas de personas, demasiado pobres para vivir en cualquier otro lugar, habían cedido finalmente.
Antes de desfallecer, entre la masa de observadores inmóviles lo vi: un delgado brazo teñido de gris por el polvo, emergiendo bajo un montón de ladrillos.
Inés
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