Los tres estaban ya
acostumbrados. Sofía y Jürgen se habían
separado cuando aún Leny era muy pequeña, apenas levantaba cabeza del suelo cuando sus hermanos mayores le
explicaron que tampoco era tan grave aquella nueva situación que se les
planteaba. Los mellizos Miguel y Sarah le sacaban unos años, lo que en la
mayoría de ocasiones servía para tranquilizar a Leny cuando se enfrentaba a
algo desconocido, pues sus hermanos no dudaban en darle su propia visión de
algo por lo que ya habían pasado previamente,
desde una varicela hasta la primera vez que tuvo que llegar a casa con
un boletín de notas donde aparecía el primer suspenso, y el terror por ver la
reacción de sus padres se le dibujaba en la cara. Otras veces los mellizos
detestaban sin disimulo de ninguna clase a su hermana, era la pequeña, la
mimada y consentida, la que se salía con la suya en la mayoría de ocasiones.
Pero esta vez tenían que
agradecérselo. Ella solita había convencido a su madre, que siguió viviendo con
los niños en Almería, para permitirles pasar una temporada con su padre en
Suiza, de donde era originario Jürgen y donde decidió regresar después de la
ruptura, máxime con la crisis económica
que se avecinaba en España y con la promesa tenida por convertida en realidad
de hacerse cargo del negocio familiar cuando su padre muriera en Berna, lo que
había sucedido poco antes de la decisión de acabar con su matrimonio.
Así quedaron. Los niños pasarían
una temporada a principio de año con su padre, al que adoraban y echaban de
menos a partes iguales, Sarah sobre todo, y al que pasados los primeros
momentos de incertidumbre tras la ruptura ,agradecieron haber sido valiente y
afrontar que aquella familia ya no tenía sentido como estaba, mejor cada uno
por su lado. Con lo que no contaban era con que su padre decidiera volver a
casa de los abuelos suizos. Los niños continuarían sus estudios a la vuelta, ya
estaba todo hablado en el colegio, y aprovecharían para practicar alemán
mientras estuvieran fuera, les iría bien.
- "Cuando termine la
estación de las nieves volveréis a casa con vuestra madre, mientras tanto
disfrutad de esta maravillosa tierra,
empapaos del ambiente, lucid vuestros gorros tiroleses, partíos de risa
mientras oís como los otros tratan de hacerse entender en alemán, y deslizaos
por las pistas de esquí hasta reventar".
Estaban tan felices, no
recordaban aquella sensación de libertad en casa, cuando eran todos una
familia. Las discusiones y los enfados entre Sarah y Jürgen eran frecuentes. La
vida en el día a día con su madre era buena, Sarah era una gran madre, pero
desde luego carecía de la nota de aventura y diversión que suponía la estancia
con su padre en Suiza.
Idearon un plan. El objetivo
estaba claro, querían permanecer con su padre el mayor tiempo posible. Cuando
terminara la estación de las nieves, esa había sido la condición para dejarlos
ir. Miguel se lo comentó a Sarah, y de
acuerdo los dos, fue fácil arrastrar también a Leny, que no entendía cómo iba a
ser posible estirar tanto el invierno...
Llegó el mes de marzo y seguía
nevando copiosamente , y también bien entrado abril. Las primeras flores de la
primavera no tardarían en aparecer. Pero siguió nevando el día del cumpleaños
de Leny, 8 de mayo.
Su madre estaba furiosa. Había
conseguido los primeros días distraerse con cosas varias, quedar con amigos a
los que hacía tiempo no veía, retomar la tabla de gimnasia que abandonaba a la
primera ocasión que se le presentaba, dedicarse a poner orden en los papeles y
las cuentas, hasta disfrutar de su propio tiempo. Ocio, ya no recordaba lo que
era con los tres niños continuamente para ella. Pero ahora los echaba de menos.
Llevaba semanas preparando su vuelta. Y no llegaba ésta.
Había discutido con su padre los
pormenores de aquel viaje, y él se mostró inflexible al respecto: el invierno,
mientras duren las nieves.
Sofía pasó un 8 de mayo triste,
felicitó a su hija por teléfono. Se los oía tan contentos, tan bien... estaba
celosa.
Y Jürgen sorprendido. Siempre se
le había hecho demasiado largo el invierno allí, tanto frío, tanta nieve, tan
distinto de los días de playa y luz en Almería. Pero a la vez feliz por
disfrutar de sus hijos, por encontrarlos en casa al volver del trabajo, ahí no
había frío que valiera, la calidez la daban ellos con sus risas y las historias de cada día que iban
sumando , estaba disfrutando de un tiempo maravilloso. Iba a llegar el mes de julio y seguía nevando. Era
increible, increible del todo, aún en las montañas donde vivían.
Cada vez la paga semanal se
acababa antes. Los niños empezaron a pedir dinero con más asiduidad a su padre.
No entendía muy bien por qué, no les faltaba de nada, y aún devoraban todo lo
que iba preparando para ellos en el frigorífico, que cada día desaparecía más
rápido.
A Leny le tembló la voz cuando su
padre le preguntó, ya por segunda vez, en qué gastaban toda la paga de la
semana, que cada vez se acababa antes.
- "¿Bocadillos? ¿Cómo que
compráis bocadillos?. Pero si no paráis de comer en casa todo lo que preparo,
si coméis como limas, pareciera que comieseis por cinco en vez de por tres!"
Ahí se descubrió el pastel. Todo
se precipitó. Leny notó que su padre la había "pillado", algo no iba
bien en el plan, demasiado bonito para ser verdad, tocaba a su fin estaba
segura. Sentía que había fallado a sus hermanos, que seguro le echaban la culpa
por hacer saltar la liebre, que su padre se enteraría de todo y se acabaría
aquella maravillosa temporada que había vivido, como en otro mundo, tan blanco.
Efectivamente. En cuanto Miguel y
Sarah vieron la cara de su hermana pequeña se dieron cuenta de que algo iba
mal. Los habían descubierto, seguro. Sometieron a un interrogatorio a Leny, que
se vino abajo y les explicó cómo su padre andaba con la mosca detrás de la
oreja con la rápida desaparición del dinero semanal, que ni de lejos creyó,
pudiera destinar a comprar bocadillos...
Seguía nevando, por la mañana un
ratito, y por la tarde otro. Por la noche era cuando no nevaba y el cielo
estaba plagado de estrellas.
Fueron los tres y se lo contaron.
Se llamaba Abdulá, había venido
en los bajos de un camión con su hijo de dos años aferrado a su cuerpo hacía un
tiempo, desde Marruecos. No fue difícil
hacerse con las llaves de las instalaciones de las pistas de esquí. Se
le cayeron del bolsillo al ayudante del capataz aquella noche en que salieron a
celebrar carnaval, de eso hacía 4 meses, y Abdulá, reconociéndolas, pues había
intentado trabajar allí el primer invierno, las guardó sin más. Conocía el
abrigo de la sala de máquinas, y allí se refugiaba cuando no tenía otro sitio
donde hacerlo.
Los niños lo descubrieron un día,
en el que casi sale corriendo despavorido, sabiéndose en una infracción. Pero
ellos lo calmaron y lo cobijaron más aún del frío exterior. Decidieron ayudarlo
cuanto pudieran desde entonces, de manera que le llevaban comida y otras cosas
que pudiera necesitar, o al pequeño Omar, que ya estaba aprendiendo algunas
palabras en español de tanto hablar con los niños.
La paga semanal tenía como
destino aquella sala de máquinas. Los mayores se encargaban de comprar en el
pueblo lo que iba surgiendo, y después se acercaban a la estación para
llevárselo a Abdulá. La comida siempre salía a primera hora de la casa, en una
mochila u otra.
¿Eso era todo?- Jürgen no se lo
podía creer. Le parecía increíble que sus críos, que ya no lo eran tanto,
hubiesen sido capaces de aquello, durante nada menos que tres meses, en los que
no sospechó nada.
Los abrazó, los miró uno por uno,
los volvió a abrazar. Y entonces explicaron el final. Abdulá, tan agradecido y
tan contento con ellos, había decidido por su cuenta devolverles su
generosidad. Los niños habían contado el primer día que se tendrían que volver
a España cuando terminara la estación de
las nieves, y más pronto que tarde pasarían los meses y llegaría la primavera,
así que Abdulá se dedicaba cada día a poner en marcha las máquinas que
fabricaban nieve artificial, a ratitos, mañana y tarde, nunca por la noche,
cuando dormía plácidamente tras compartir con su hijo lo que hubiera para comer
y se quedaba tranquilo abrazado al niño. Así fue durante meses, al punto de la
mañana ponía en marcha los cañones de nieve. Nieve y mas nieve, nieve en abril,
en mayo y en junio. Nieve de verano, año de nieves, año de bienes. El bien que
se habían hecho los unos a los otros. Bien para todos.
María
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