lunes, 6 de marzo de 2017

Que siga, que siga


Los tres estaban ya acostumbrados.   Sofía y Jürgen se habían separado cuando aún Leny era muy pequeña, apenas levantaba cabeza del  suelo cuando sus hermanos mayores le explicaron que tampoco era tan grave aquella nueva situación que se les planteaba. Los mellizos Miguel y Sarah le sacaban unos años, lo que en la mayoría de ocasiones servía para tranquilizar a Leny cuando se enfrentaba a algo desconocido, pues sus hermanos no dudaban en darle su propia visión de algo por lo que ya habían pasado previamente,  desde una varicela hasta la primera vez que tuvo que llegar a casa con un boletín de notas donde aparecía el primer suspenso, y el terror por ver la reacción de sus padres se le dibujaba en la cara. Otras veces los mellizos detestaban sin disimulo de ninguna clase a su hermana, era la pequeña, la mimada y consentida, la que se salía con la suya en la mayoría de ocasiones.

Pero esta vez tenían que agradecérselo. Ella solita había convencido a su madre, que siguió viviendo con los niños en Almería, para permitirles pasar una temporada con su padre en Suiza, de donde era originario Jürgen y donde decidió regresar después de la ruptura, máxime con  la crisis económica que se avecinaba en España y con la promesa tenida por convertida en realidad de hacerse cargo del negocio familiar cuando su padre muriera en Berna, lo que había sucedido poco antes de la decisión de acabar con su matrimonio.

Así quedaron. Los niños pasarían una temporada a principio de año con su padre, al que adoraban y echaban de menos a partes iguales, Sarah sobre todo, y al que pasados los primeros momentos de incertidumbre tras la ruptura ,agradecieron haber sido valiente y afrontar que aquella familia ya no tenía sentido como estaba, mejor cada uno por su lado. Con lo que no contaban era con que su padre decidiera volver a casa de los abuelos suizos. Los niños continuarían sus estudios a la vuelta, ya estaba todo hablado en el colegio, y aprovecharían para practicar alemán mientras estuvieran fuera, les iría bien.

- "Cuando termine la estación de las nieves volveréis a casa con vuestra madre, mientras tanto disfrutad de esta  maravillosa tierra, empapaos del ambiente, lucid vuestros gorros tiroleses, partíos de risa mientras oís como los otros tratan de hacerse entender en alemán, y deslizaos por las pistas de esquí hasta reventar".

Estaban tan felices, no recordaban aquella sensación de libertad en casa, cuando eran todos una familia. Las discusiones y los enfados entre Sarah y Jürgen eran frecuentes. La vida en el día a día con su madre era buena, Sarah era una gran madre, pero desde luego carecía de la nota de aventura y diversión que suponía la estancia con su padre en Suiza.

Idearon un plan. El objetivo estaba claro, querían permanecer con su padre el mayor tiempo posible. Cuando terminara la estación de las nieves, esa había sido la condición para dejarlos ir.  Miguel se lo comentó a Sarah, y de acuerdo los dos, fue fácil arrastrar también a Leny, que no entendía cómo iba a ser posible estirar tanto el invierno...

Llegó el mes de marzo y seguía nevando copiosamente , y también bien entrado abril. Las primeras flores de la primavera no tardarían en aparecer. Pero siguió nevando el día del cumpleaños de Leny, 8 de mayo.

Su madre estaba furiosa. Había conseguido los primeros días distraerse con cosas varias, quedar con amigos a los que hacía tiempo no veía, retomar la tabla de gimnasia que abandonaba a la primera ocasión que se le presentaba, dedicarse a poner orden en los papeles y las cuentas, hasta disfrutar de su propio tiempo. Ocio, ya no recordaba lo que era con los tres niños continuamente para ella. Pero ahora los echaba de menos. Llevaba semanas preparando su vuelta. Y no llegaba ésta.

Había discutido con su padre los pormenores de aquel viaje, y él se mostró inflexible al respecto: el invierno, mientras duren las nieves.

Sofía pasó un 8 de mayo triste, felicitó a su hija por teléfono. Se los oía tan contentos, tan bien... estaba celosa.

Y Jürgen sorprendido. Siempre se le había hecho demasiado largo el invierno allí, tanto frío, tanta nieve, tan distinto de los días de playa y luz en Almería. Pero a la vez feliz por disfrutar de sus hijos, por encontrarlos en casa al volver del trabajo, ahí no había frío que valiera, la calidez la daban ellos con sus  risas y las historias de cada día que iban sumando , estaba disfrutando de un tiempo maravilloso. Iba a  llegar el mes de julio y seguía nevando. Era increible, increible del todo, aún en las montañas donde vivían.

Cada vez la paga semanal se acababa antes. Los niños empezaron a pedir dinero con más asiduidad a su padre. No entendía muy bien por qué, no les faltaba de nada, y aún devoraban todo lo que iba preparando para ellos en el frigorífico, que cada día desaparecía más rápido.

A Leny le tembló la voz cuando su padre le preguntó, ya por segunda vez, en qué gastaban toda la paga de la semana, que cada vez se acababa antes.

- "¿Bocadillos? ¿Cómo que compráis bocadillos?. Pero si no paráis de comer en casa todo lo que preparo, si coméis como limas, pareciera que comieseis por cinco en vez de por tres!"

Ahí se descubrió el pastel. Todo se precipitó. Leny notó que su padre la había "pillado", algo no iba bien en el plan, demasiado bonito para ser verdad, tocaba a su fin estaba segura. Sentía que había fallado a sus hermanos, que seguro le echaban la culpa por hacer saltar la liebre, que su padre se enteraría de todo y se acabaría aquella maravillosa temporada que había vivido, como en otro mundo, tan blanco.

Efectivamente. En cuanto Miguel y Sarah vieron la cara de su hermana pequeña se dieron cuenta de que algo iba mal. Los habían descubierto, seguro. Sometieron a un interrogatorio a Leny, que se vino abajo y les explicó cómo su padre andaba con la mosca detrás de la oreja con la rápida desaparición del dinero semanal, que ni de lejos creyó, pudiera destinar a comprar bocadillos...

Seguía nevando, por la mañana un ratito, y por la tarde otro. Por la noche era cuando no nevaba y el cielo estaba plagado de estrellas.

Fueron los tres y se lo contaron.

Se llamaba Abdulá, había venido en los bajos de un camión con su hijo de dos años aferrado a su cuerpo hacía un tiempo, desde Marruecos. No fue difícil  hacerse con las llaves de las instalaciones de las pistas de esquí. Se le cayeron del bolsillo al ayudante del capataz aquella noche en que salieron a celebrar carnaval, de eso hacía 4 meses, y Abdulá, reconociéndolas, pues había intentado trabajar allí el primer invierno, las guardó sin más. Conocía el abrigo de la sala de máquinas, y allí se refugiaba cuando no tenía otro sitio donde hacerlo.

Los niños lo descubrieron un día, en el que casi sale corriendo despavorido, sabiéndose en una infracción. Pero ellos lo calmaron y lo cobijaron más aún del frío exterior. Decidieron ayudarlo cuanto pudieran desde entonces, de manera que le llevaban comida y otras cosas que pudiera necesitar, o al pequeño Omar, que ya estaba aprendiendo algunas palabras en español de tanto hablar con los niños.

La paga semanal tenía como destino aquella sala de máquinas. Los mayores se encargaban de comprar en el pueblo lo que iba surgiendo, y después se acercaban a la estación para llevárselo a Abdulá. La comida siempre salía a primera hora de la casa, en una mochila u otra.

¿Eso era todo?- Jürgen no se lo podía creer. Le parecía increíble que sus críos, que ya no lo eran tanto, hubiesen sido capaces de aquello, durante nada menos que tres meses, en los que no sospechó nada.

Los abrazó, los miró uno por uno, los volvió a abrazar. Y entonces explicaron el final. Abdulá, tan agradecido y tan contento con ellos, había decidido por su cuenta devolverles su generosidad. Los niños habían contado el primer día que se tendrían que volver a  España cuando terminara la estación de las nieves, y más pronto que tarde pasarían los meses y llegaría la primavera, así que Abdulá se dedicaba cada día a poner en marcha las máquinas que fabricaban nieve artificial, a ratitos, mañana y tarde, nunca por la noche, cuando dormía plácidamente tras compartir con su hijo lo que hubiera para comer y se quedaba tranquilo abrazado al niño. Así fue durante meses, al punto de la mañana ponía en marcha los cañones de nieve. Nieve y mas nieve, nieve en abril, en mayo y en junio. Nieve de verano, año de nieves, año de bienes. El bien que se habían hecho los unos a los otros. Bien para todos.

 María


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