Algunos
días la vida parecía un largo río tranquilo, como el título de aquella
película. Otros días, sentía el deseo de arrancarse la piel a tiras por tanta
monotonía y sólo rogaba que pasara algo inesperado que la sacara de ese
ensimismamiento en el que vivía desde la ruptura, hacía un año. En ocasiones
todavía le sorprendía un llanto violento al escuchar una canción o al leer una
frase pretendidamente bonita, y eso le hacía pensar que su duelo aún no había
finalizado. En otros momentos, le dominaba el deseo de acción y de novedad,
aunque no sintiera el impulso necesario para emprender nada fuera de lo
cotidiano.
Fue
entonces cuando Luis apareció en su vida, por estricto azar. Simplemente, un
día abrió la puerta y allí estaba, con sus fuertes brazos, cargando bolsas de
la compra y llevándolas a su cocina. Aquella primera vez no sucedió nada
extraordinario que no fuera el pequeño cataclismo interno que ocurría dentro de
Lucía. Ese sobresalto y ese sorprenderse a sí misma admirando sus
brazos y midiendo en palmos imaginarios la anchura de su espalda. Parecía una
montaña rocosa y pensó que ahí dentro, abrigada entre sus brazos, debía
sentirse una muy segura, como en una fortaleza inexpugnable.
La
siguiente compra, en el correspondiente reparto semanal, sí sucedió algo. Al
sonar el timbre, Lucía se avergonzó de su casa, desordenada y llena de juguetes, y le pidió que dejara las bolsas en el recibidor, en el suelo. Él la
miró sorprendido y bromeó:
-Por
el mismo precio te las dejo en la cocina y no las tienes que cargar tú.
Lucía
accedió mansamente con un gesto de la cabeza y él pasó a su cocina. Dejó las
bolsas sobre la mesa de madera y entonces la miró, atentamente. Y sonrió.
Cuando
ya se iba, en la puerta, intentó darle un euro de propina, pero para su horror,
dejó sobre la mano de Luis la moneda de un euro y una enorme miga de galleta
que había salido de algún lugar de su bolsillo. Se avergonzó de todo: de su
edad, de sus canas incipientes, de su olor a madre, de llevar una sudadera
raída, de su gesto pequeñoburgués, de su estupidez supina. Y mientras se
avergonzaba por todo, intentó afanosamente limpiar la miga de la mano de aquel
coloso dándole un par de manotazos. Luis le miraba, extrañado pero divertido, y
al final dijo socarrón:
-Eh,
si lo que querías era chocarme los cinco no tenías que disimular dándome una
galleta. ¿En serio me ves desnutrido?
Ella
estalló en unas carcajadas que a él le recordaron a las risas de muchos
años atrás, cuando todo parecía liviano y la risa era un lugar de encuentro. Tomó el
ticket de compra y apuntó algo antes de dárselo.
Lucía
cerró la puerta estrujando fuerte el ticket dentro de su mano. Cerrando la
puerta mientras la abría.
Madame Pikachu
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