miércoles, 29 de marzo de 2017

Puertas



Algunos días la vida parecía un largo río tranquilo, como el título de aquella película. Otros días, sentía el deseo de arrancarse la piel a tiras por tanta monotonía y sólo rogaba que pasara algo inesperado que la sacara de ese ensimismamiento en el que vivía desde la ruptura, hacía un año. En ocasiones todavía le sorprendía un llanto violento al escuchar una canción o al leer una frase pretendidamente bonita, y eso le hacía pensar que su duelo aún no había finalizado. En otros momentos, le dominaba el deseo de acción y de novedad, aunque no sintiera el impulso necesario para emprender nada fuera de lo cotidiano.



Fue entonces cuando Luis apareció en su vida, por estricto azar. Simplemente, un día abrió la puerta y allí estaba, con sus fuertes brazos, cargando bolsas de la compra y llevándolas a su cocina. Aquella primera vez no sucedió nada extraordinario que no fuera el pequeño cataclismo interno que ocurría dentro de Lucía. Ese sobresalto y ese sorprenderse a sí misma admirando sus brazos y midiendo en palmos imaginarios la anchura de su espalda. Parecía una montaña rocosa y pensó que ahí dentro, abrigada entre sus brazos, debía sentirse una muy segura, como en una fortaleza inexpugnable.



La siguiente compra, en el correspondiente reparto semanal, sí sucedió algo. Al sonar el timbre, Lucía se avergonzó de su casa, desordenada y llena de juguetes, y le pidió que dejara las bolsas en el recibidor, en el suelo. Él la miró sorprendido y bromeó:



-Por el mismo precio te las dejo en la cocina y no las tienes que cargar tú.



Lucía accedió mansamente con un gesto de la cabeza y él pasó a su cocina. Dejó las bolsas sobre la mesa de madera y entonces la miró, atentamente. Y sonrió.



Cuando ya se iba, en la puerta, intentó darle un euro de propina, pero para su horror, dejó sobre la mano de Luis la moneda de un euro y una enorme miga de galleta que había salido de algún lugar de su bolsillo. Se avergonzó de todo: de su edad, de sus canas incipientes, de su olor a madre, de llevar una sudadera raída, de su gesto pequeñoburgués, de su estupidez supina. Y mientras se avergonzaba por todo, intentó afanosamente limpiar la miga de la mano de aquel coloso dándole un par de manotazos. Luis le miraba, extrañado pero divertido, y al final dijo socarrón:



-Eh, si lo que querías era chocarme los cinco no tenías que disimular dándome una galleta. ¿En serio me ves desnutrido?



Ella estalló en unas carcajadas que a él le recordaron a las risas de muchos años atrás, cuando todo parecía liviano y la risa era un lugar de encuentro. Tomó el ticket de compra y apuntó algo antes de dárselo.



Lucía cerró la puerta estrujando fuerte el ticket dentro de su mano. Cerrando la puerta mientras la abría.

Madame Pikachu

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