Habías
pasado demasiado tiempo ahí abajo. La oscuridad se había convertido en tu mejor
amiga. Los diálogos con tu propio eco habían adquirido cierto tono coherente.
Tus pensamientos ya no eran esperanzados. Estabas convencida de que morirías
sin que nadie supiera qué había sucedido.
Empezaste
a plantearte que, si en algún momento encontraban tu cuerpo, deberías dejar
algún resquicio para que la gente a la que amabas, comprendiesen que realmente
les querías, pese a haber sido siempre tan distante y fría. Había muchas formas
de hacérselo saber, pero optaste por la más lógica, descartando el extravagante
pensamiento de escribir un mensaje con tu propia sangre: con una pequeña piedra
afilada, rasgaste en el suelo y escribiste a ciegas lo que considerabas que mejor
explicaba tus sentimientos.
“Siento
no haber estado siempre ahí, pero os prometo que os cuidaré desde allá donde se
acabe tras la muerte”.
Tras
escribirlo, caíste en un profundo sueño. Como si ya nada importase. Como si tu
vida ya hubiera llegado a su fin. Como si tu cometido en este largo camino ya
no tuviera sentido. Te dejaste llevar por los sueños, intentando rescatar
imágenes de cuando todavía podías ver el exterior. Estas imágenes pasaban como
quien pasa la página de un álbum. Todas estaban coloreadas con un tono sepia,
desgastadas por el tiempo.
Hasta
recordabas con añoranza el terrible momento en el que perdiste la pierna por
salvar a un perro de ser atropellado. Tal vez ahora tuvieras una pierna
ortopédica, pero habías ganado el mejor amigo que cualquiera quisiera tener.
En
ese instante, te despertaste de golpe con una idea que ni siquiera habías
contemplado.
Te
levantaste ayudándote torpemente de una pared y fuiste caminando, recorriendo
con tus nudillos la textura rugosa de lo que parecía ser piedra natural y no
una construcción humana, hasta esa extraña puerta que no tenía pomo por el
interior. Habías analizado tantas veces la estructura de esa celda que
recordabas exactamente dónde se encontraba una pequeña raja justo entre la
piedra y la puerta. Habías intentado mil y una veces abrirla con la fuerza de
tus manos, pero no había dado resultado.
Ahora lo intentarías de otra manera.
Conseguiste
arrebatarte la pierna ortopédica de su sitio y la cogiste con miedo, pero con
firmeza. A la par que estabas convencida de que no funcionaría y se rompería,
estabas esperanzada de que se abriese la puerta. Así que pusiste el pie justo
en la raja y empezaste a hacer fuerza hacia ti, estirando todo lo que pudieras
de esa pierna que tanto maldecías y que, tal vez, ahora fuese tu única
salvación.
Y
así fue. La puerta, no tan rígida como parecía al principio, cedió. Aunque
también lo hizo la pierna. Se abrió ante ti un pasillo oscuro y, por la
felicidad del momento, corriste hacia delante dando brincos a la pata coja,
perdiendo el equilibrio de vez en cuando, pero sin pararte por nada. Hasta que
llegaste a una puerta que sí tenía pomo, pero esta estaba abierta. Seguramente
tu secuestrador nunca te creyó capaz de escapar y llegar hasta allí.
Con
un giro de muñeca, abriste la puerta. Y ahí te encontraste con la salida de ese
pequeño zulo. Estabas en mitad de un bosque, por lo poco que podían ver tus
ojos, ya habituados a semejante oscuridad. Seguramente estabas en las afueras
de la ciudad. O al menos eso te repetías, ilusionada con pensar que solo debías
caminar un par de horas para llegar a tu casa y volver a abrazar a tu pareja, a
tu padre, a tu madre, a tu querido mejor amigo.
Continuaste
caminando hacia delante, pero sin saber exactamente hacia dónde te dirigías. Hasta
el momento en el que se cruzó un murciélago en tu camino. Inmediatamente
recordaste tu fascinación por los murciélagos desde que leíste de pequeña Max, el murciélago. Con los últimos
versos del cuento en mente: “Si ves a un murciélago pasar, con gorra y a gran
velocidad, ese es Max el mensajero, que reparte la magia por el cielo”, lo
creíste como un milagro y decidiste seguirlo.
Como
si de un ángel se tratara, el pequeño te llevó hacia donde más le interesaba:
un lugar con luz donde se reuniesen los insectos alrededor. Esa fue tu
salvación que, como tal, te dejó cegada. Ya no recordabas cuándo fue la última
vez que viste luz. Hasta te quemaba los ojos. Parecía más fuego que una simple
farola. Tardaste un rato en habituarte y en seguir caminando. No sin antes
agradecérselo a tu salvador con un: “que aproveche, pequeño”.
Cuando
viste a lo lejos a una persona, creías estar soñando. Intentaste mantener la
calma para no espantarla y, cuando ya se encontraba más cerca, no pudiste
evitar el ir hacia ella dando brincos de alegría. Le explicaste tu situación,
por todo lo que habías tenido que pasar durante esos días o, tal vez semanas,
siendo retenida en contra de tu voluntad. La señora llamó a la policía
inmediatamente, ya que conocía tu desaparición y conocía el teléfono específico
que ofrecieron en las noticias para cualquier información relevante sobre el
caso.
Tardaron
nada y menos en llegar. Te dijeron de ir al hospital, pero te negaste. Primero
querías ir a casa.
Cuando
te dejaron frente a la puerta, sin sirenas ni luces por petición tuya, pensabas
que todo era un sueño. No podías creer que por fin hubieras regresado. Con paso
lento, pero seguro, te plantaste delante de la puerta y, ante de que pudieras
llamar para que te abrieran, tu perro salió corriendo por la trampilla inferior
y te saltó encima, lamiéndote como si te quisiera comer a besos. No pudiste
evitar echarte a reír, pero esa risa no tardó en transformarse en lágrimas de
felicidad cuando tu pareja salió apresurada por el escándalo que estaba haciendo
el perro y, nada más verte, se lanzó a abrazarte, llorando.
Tal
vez haya sido una experiencia horrorosa, pero quizás era justo lo que
necesitabas. Ahora solo queda luchar para que lo que viviste no lo tenga que
repetir nadie y, sobre todo, disfrutar de la vida con aquellos que más
esperaban que regresases.
P.D.: Foto tomada del blog de Jorge Ulla (http://mundosalitre.blogspot.com.es/)
-Estefanía Asins-

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