domingo, 19 de marzo de 2017

EL HOMBRE DE INVIERNO

No puedo negar que han aumentado las horas de luz, pero no me creo que el sol caliente más que en marzo. Mis compañeros de trabajo, que ya visten con ropa de verano, se ríen de mí porque sigo con chaqueta de lana y bufanda en mayo. Como podéis ver, no estoy sudando, les digo. ¿Tienes algún problema de salud?, pregunta Rafa. Le respondo que no. Entonces es que el ascenso te ha sentado mal, dice entre risotadas Luis, el gracioso de siempre. Giro la cabeza y lo ignoro para que no detecte en mis ojos que casi ha dado en el clavo…

Llega Junio y en la oficina dicen que el calor es sofocante, pero yo cada vez tengo más frío y sigo con mi chaqueta de lana y mi bufanda como si trabajara dentro de un congelador, hasta que las miradas incrédulas y burlonas me agobian y me quedo en mangas de camisa. A los pocos minutos empiezo a tiritar y no tengo más remedio que encender la calefacción, lo que es peor porque, según mis antiguos compañeros, la temperatura asciende a cuarenta y cinco grados dentro de mi despacho y no quieren entrar. Mejor para mí.

El bochorno de julio es terrible según los empleados y yo sigo helándome. Me miran como si estuviera loco y hasta evitan llamarme por mi nombre como hacían antes: intuyen que me estoy congelando y lo que ello significa; a mis espaldas se quejan de que he cambiado y me apodan “el hombre de invierno”. ¿Qué esperaban? Ahora mi responsabilidad es conseguir que se cumplan las decisiones del Consejo Superior de Accionistas. Todos sabíamos lo que implicaba este puesto cuando me animaron a ascender, si bien es cierto que confiaban en que nuestros años juntos evitarían que me volviera de hielo como esos directores desconocidos que contrataban de vez en cuando para ejecutar las medidas drásticas. Pero el Consejo también espera que mi buena relación con el personal evite los conflictos.

Ha llegado Agosto y siento algo de calor desde que algunos estrecharon mi mano después de entregarles la carta de despido. Supongo que intercambiamos temperaturas y ellos se quedaron con parte de mi frío, porque, a pesar de que todavía añoraban los años en que éramos amigos, a pesar de que comprendían mi postura de directivo, me hicieron una huelga que me costó el puesto. Ahora, aunque mi piel se ha vuelto tibia de nuevo y visto con ropa de verano, ninguno de mis compañeros quiere hablar conmigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario