No puedo negar que han aumentado las
horas de luz, pero no me creo que el sol caliente más que en marzo.
Mis compañeros de trabajo, que ya visten con ropa de verano, se ríen
de mí porque sigo con chaqueta de lana y bufanda en mayo. Como
podéis ver, no estoy sudando, les digo. ¿Tienes algún problema de
salud?, pregunta Rafa. Le respondo que no. Entonces es que el ascenso
te ha sentado mal, dice entre risotadas Luis, el gracioso de siempre.
Giro la cabeza y lo ignoro para que no detecte en mis ojos que casi
ha dado en el clavo…
Llega Junio y en la oficina dicen que
el calor es sofocante, pero yo cada vez tengo más frío y sigo con
mi chaqueta de lana y mi bufanda como si trabajara dentro de un
congelador, hasta que las miradas incrédulas y burlonas me agobian y
me quedo en mangas de camisa. A los pocos minutos empiezo a tiritar y
no tengo más remedio que encender la calefacción, lo que es peor
porque, según mis antiguos compañeros, la temperatura asciende a
cuarenta y cinco grados dentro de mi despacho y no quieren entrar.
Mejor para mí.
El bochorno de julio es terrible según los
empleados y yo sigo helándome. Me miran como si estuviera loco y hasta evitan llamarme por mi nombre como hacían antes:
intuyen que me estoy congelando y lo que ello significa; a mis
espaldas se quejan de que he cambiado y me apodan “el hombre de
invierno”. ¿Qué esperaban? Ahora mi responsabilidad es conseguir
que se cumplan las decisiones del Consejo Superior de Accionistas.
Todos sabíamos lo que implicaba este puesto cuando me animaron
a ascender, si bien es cierto que confiaban en que nuestros años juntos evitarían que me volviera de hielo como esos
directores desconocidos que contrataban de vez en cuando para
ejecutar las medidas drásticas. Pero el Consejo también espera
que mi buena relación con el personal evite los conflictos.
Ha llegado Agosto y siento algo de calor
desde que algunos estrecharon mi mano después de entregarles la
carta de despido. Supongo que intercambiamos temperaturas y ellos se
quedaron con parte de mi frío, porque, a pesar de que todavía
añoraban los años en que éramos amigos, a pesar de que comprendían
mi postura de directivo, me hicieron una huelga que me costó el
puesto. Ahora, aunque mi piel se ha vuelto tibia de nuevo y visto con
ropa de verano, ninguno de mis compañeros quiere hablar conmigo.
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