miércoles, 29 de marzo de 2017

Entre sueños

Aunque tomamos el mismo vuelo que seis meses antes,  aterrizar en Edimburgo en noviembre fue  completamente diferente, aquella vez, no se trataba de vacaciones, era el primer día del resto de nuestra nueva vida, nos invadía una especie de anhelo hacia aquello que aún no se extraña, y entusiasmo por descubrir todo aquello que aún no se conoce. Si algo bueno tiene emigrar es que uno carga con más esperanza e ilusiones que equipaje, así aterrizamos nosotros en un día de otoño en el que el sol comenzó a caer a las tres de la tarde, y en el que agradecimos la temprana llegada de la noche que hacia juego con nuestro cansancio.

Habíamos surcado mentalmente el camino que tomarían los próximos días,  queríamos conseguir un apartamento cuanto antes,  por eso, para minimizar los gastos mientras lo encontrábamos reservamos dos camas en una habitación de seis, en una preciosa casita victoriana reconvertida en hostel.

Sobre las siete de la tarde  llegó nuestro primer compañero de habitación, un chico delgaducho y pálido con acento francés, zapatos lustrosos y un traje emperchado que dejó sobre la única silla que había en la habitación. Fue en ese momento, cuando realmente caímos en la cuenta de la nueva experiencia que estábamos por  vivir, por primera vez en nuestra vida compartiríamos habitación con un extraño. En realidad no era la primera, tanto Yuri como yo habíamos estado en campamentos de verano, granja escuelas, en guarderías y festivales, así que lo de dormir cerca de extraños no debería habernos intimidado tanto, y sin embargo, nos sentíamos algo inquietos, supongo que el estar en otro país, no  hablar su lengua bien, y llevar 3000 libras encima,  influyó en que Yuri se sintiese algo ansiosa, no lo dijo, eso no era propio de ella, pero no me hacía falta que lo hiciese, llevábamos un año y medio juntos y había aprendido a leer en su rostro hasta la más discreta mueca,  no quise sacar el tema, ella es demasiado independiente demasiado fuerte, no le gustan las palmaditas de consuelo,  aunque sabe de sobra que mis manos están atentas a sus tropiezos por si las necesita.

Estábamos tan  agotados que después de comer y cenar, todo al mismo tiempo, en aquella tarde noche lluviosa,  nos metimos en la cama y  la habitación se quedó en calma, o dormimos tan profundamente que así nos lo pareció.

La primera mañana de nuestra aventura comenzó con una ducha caliente y un buen desayuno en la cocina-comedor, en la casita era sábado, nos sorprendió tener el habitáculo solo para nosotros, enseguida nos pusimos manos a la obra con la búsqueda de piso, teníamos un fuerte deseo por recorrer las calles de la bella ciudad que habíamos elegido para crear nuestro nuevo hogar, pero sabíamos que lo primero era encontrar un lugar para vivir y así tener una dirección para poder abrir una cuenta bancaria, obtener un número de Seguridad Social y poder entonces buscar un trabajo.

A media mañana, nuestro vecino de litera volvió de su paseo, aprovechamos para chapurrear un poco de inglés con él, su traje nos había confundido, no era un ejecutivo sino mas bien un aspirante a abogado en busca de un trabajo que le permitiese seguir formándose en tierras escocesas. Los tres teníamos una vida por crear, por lo que postergamos la charla hasta la noche, quedando en visitar juntos algún pub de Grassmarket  en compañía de una cerveza. El  resto del día lo dedicaríamos a nuestros quehaceres.

La habitación fue acogiendo nuevos huéspedes aquel día, después del almuerzo  sobre una de las camas encontramos algunos artículos femeninos,  pero ni rastro de su dueña, más tarde llegaron tres coreanos que estudiaban en Londres, habían aprovechado el fin de semana para explorar el norte de la isla, así fue como la idílica casita tomó forma de hostal en su máximo esplendor, habían confundido las reservas y calculado mal las camas, faltaba una en la habitación, improvisaron  con un colchón en el suelo, que los coreanos aceptaron tal vez, por un ajuste del precio, quizás por la desesperación de verse durmiendo en la calle en el gélido otoño edimburgués, la habitación tomó aires ciertamente poco glamurosos, y fue en aquel momento cuando descubrimos que éramos más inmigrantes de lo que nos habíamos pensado.

Al menos, teníamos que encontrarnos con alguien que estaba tan perdido como nosotros,  invitamos también a venir de excursión por los pubs a los visitantes orientales, pero nos dijeron que debían madrugar y que por favor, cuando volviésemos procurásemos no hacer ruido,  me pregunto si aquel comentario influyó en algo en el carácter rebelde de Yuri inconscientemente, que aunque muy responsable, es muy poco propensa a recibir órdenes.

Aquella noche disfrutamos de unas pintas con nuestro compañero de habitación,  la chimenea que había en el pub junto con la música en directo, hacían de aquel lugar un sitio entrañable, donde sentirse realmente acogidos por la ciudad. Después de unas cuantas pintas y poca conversación,  debido a la música,  y a la dificultad de mantener una conversación en un idioma que no dominábamos, sin oír a penas a nuestro interlocutor y a su acento francés,  decidimos retirarnos a descansar,  sin imaginar ni por un instante lo que aquella noche nos depararía.

Al llegar a la habitación la luz estaba encendida, todo el mundo dormía, menos unos de los coreanos que continuaba navegando por internet con su portátil, sin tener ninguna consideración por hacerlo a oscuras, para no molestar a los demás huéspedes. Nos acostamos procurando no hacer ruido, tal y como habíamos prometido, y la luz se apagó un buen rato después.

Unas horas más tarde, la madrugada se había apoderado de la habitación y en el más absoluto silencio retumbó por sus cuatro paredes un grito desgarrador, al que respondió desde la otra punta de la habitación otro grito, éste más temeroso y  desconcertante aún. Me apresuré a mirar hacia abajo,  tenía claro que el primer grito había provenido de la litera en la que dormía Yuri,  pero al enfocarle con el móvil en la cara la vi plácidamente durmiendo,  así que no quise interrumpir sus sueños.

A la mañana siguiente, los coreanos habían desaparecido, al igual que la misteriosa chica, de la que solo habíamos alcanzado a conocer, al volver del pub la noche anterior, unos cabellos atolondrados bajo la almohada que cubría su cabeza evitándole la molesta luz. Todos habían huido muy temprano,  y sí, hago hincapié en la palabra huído, ya que el espectáculo de la noche anterior, no los había dejado indiferentes.

Mientras nos desperezábamos, le conté a Yuri el incidente y ella dijo no haber oído nada,  me sorprendió,  sobre todo porque al provenir de su boca el grito, debió escucharlo sin duda. Su risa nerviosa me hizo desconfiar de sus verdaderas intenciones,  habría sido capaz de hacerlo intencionadamente, o era la vergüenza de reconocerse temerosa la que le impedía decir la verdad -me pregunte-. Yuri no es la clase de chica que soporta bien una situación embarazosa, ciertamente le falta un poquito de sentido del humor, cuando de reírse de ella mismo se trata. Así que, aunque yo tenía claro que había sido su grito,  no quise dejarla en evidencia, sobre todo, porque nuestro compañero francés que también se había despertado, venia sonriente a contarnos que él había sido el del segundo grito, decía haberse despertado llorando del susto, le divertía la situación, y preguntaba por el autor del primer grito. Yuri se sonrojó, mientras decía, que yo creía que fue ella,  aunque no lo tenía tan claro. Joseph no se sorprendió, creo que solo quería confirmar lo que ya sabía. Así es, como aquella noche fue bautizada como la noche de los gritos, y como una situación absurda y embarazosa nos regaló a nuestro primer amigo en Escocia, enseñándonos que a veces, las situaciones más esperpénticas,  unen más que varias cervezas.

Joseph ese día abandono el hostal, no por miedo a que mademoiselle Ruvalcaba, volviese a despertarlo a los gritos en mitad de la noche, sino porque el hostal había calculado mal nuevamente,  los ocupantes del cuarto y él se negaba a dormir en un sofá.

Yuri jamás admitiría que había sido ella la autora del grito, y yo tampoco confesaría, que sé con certeza, que fue ella, puesto que, aquella noche no pude pegar ojo, debido a la desconfianza que me producía, estar acostado entre tanto desconocido. Mientras, ella dormía plácidamente, sin inmutarse, salvo por aquel sorprendente grito.


Escrito por Yuri Ruvalcaba.



No hay comentarios:

Publicar un comentario