Laura soltó un (quizá
demasiado) sonoro resoplido tras leer el mensaje de Pablo. Otra vez se había
olvidado de recoger a sus padres en el aeropuerto y, como siempre, le tocaría a
ella correr hasta su apartamento y coger el coche, conducir hasta allá pasando la
máxima velocidad permitida – y Pablo sabía que ella odiaba salir de las reglas
establecidas – para compensar su error.
El último mes había
estado lleno de secretos. ¿Qué necesidad había de mentir? Se preguntaba, mientras
apretaba los nudillos agarrando el informe que se había pasado escribiendo
media tarde y provocando que la tinta recién aplicada se desparramara entre sus
pálidos dedos. Que se quedaba un poco más en el trabajo porque estaba desbordado
de faena, que se iba a trabajar antes porque sino la riada de vehículos era
inevitable (era panadero, ¿qué atasco iba a tener que presenciar?), un olor a
un misterioso perfume que ninguno de los dos utilizaba.
Cruzó el portal, haciendo
una mueca de disgusto ante el chirrido de la puerta por la falta de aceite y
fue a comprobar rápidamente el correo. Al abrirlo, un pequeño papel contenía
las palabras “Estoy arriba. Besos. R”
Laura apretó los dientes
con fuerza para evitar maldecir el día en que se conocieron. Pablo debía creer que
ella era tonta, pero no podía estar más equivocado. Había apostado por él
durante mucho tiempo, pero todos tenemos nuestro límite y Pablo (con su nueva
donante de besos) lo había cruzado definitivamente. Haría las maletas y les
diría a sus padres que se irían a casa de una amiga hasta que pudiera alquilar
un piso en una zona cercana. Siempre había sido partidaria de hablar las cosas
cara a cara, pero por una vez iba a ser ella la que iba a desaparecer.
Subió las escaleras a la
vez que buscaba el número de Pablo entre la lista de contactos y dejó que los
tonos sonaran mientras alcanzaba la cerradura de su puerta y hacía girar la
llave. Sorprendentemente, él la esperaba dentro con una sonrisa de oreja a
oreja. Y esa sonrisa, de la que normalmente carecía, fue más de lo que Laura
pudo soportar.
-
¿Quién te
crees que eres? – comenzó Laura, dejando el bolso sin cuidado y cambiando
automáticamente esa expresión de felicidad por una de desconcierto – Puedes haber
jugado con muchas a lo largo de tu penosa vida, pero desde luego no voy a ser
una de ellas. Palurdo estúpido, que siempre has ido de superior cuando nadie te
ríe las gracias y de inteligente cuando no aciertas ninguna letra en el
Pasapalabra. Espero que te hayas divertido, porque esto se ha terminado, para
los dos. ¿Cómo te has despistado hasta dejar una nota de tu amante en el buzón?
Es que no solo eres insuficiente, sino también molesto. ¡Menos mal que no voy a
tener que aguantar esos insoportables ronquidos de nuevo esta noche!
La mirada de Pablo era
indescifrable.
- Laura, he
estado tan ocupado estas últimas semanas por organizarte esto. Te he llamado
diciendo que me había olvidado de recoger a tus padres porque tendrías que
subir a tu apartamento a recoger las llaves del coche. La nota la dejó tu
madre.
- ¿Qué…? – empezó
a decir Laura, al mismo tiempo que la estancia se iluminaba y miles de
serpentinas estallaban en el aire, completamente sinsentido con las caras
desencajadas de los presentes. Había venido hasta su tío segundo de Cuenca, ese
cuya voz había escuchado un par de veces por teléfono pero jamás había visto en
la realidad.
- ¿Feliz
cumpleaños? – llegaron a decir. Pablo agarró su chaqueta del perchero para
irse, dejando a Laura con confeti recorriendo su cuerpo y haciendo juego con la
vergüenza de un momento que no podría olvidar.
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