miércoles, 29 de marzo de 2017

Nunca digas mentiras

Laura soltó un (quizá demasiado) sonoro resoplido tras leer el mensaje de Pablo. Otra vez se había olvidado de recoger a sus padres en el aeropuerto y, como siempre, le tocaría a ella correr hasta su apartamento y coger el coche, conducir hasta allá pasando la máxima velocidad permitida – y Pablo sabía que ella odiaba salir de las reglas establecidas – para compensar su error.

El último mes había estado lleno de secretos. ¿Qué necesidad había de mentir? Se preguntaba, mientras apretaba los nudillos agarrando el informe que se había pasado escribiendo media tarde y provocando que la tinta recién aplicada se desparramara entre sus pálidos dedos. Que se quedaba un poco más en el trabajo porque estaba desbordado de faena, que se iba a trabajar antes porque sino la riada de vehículos era inevitable (era panadero, ¿qué atasco iba a tener que presenciar?), un olor a un misterioso perfume que ninguno de los dos utilizaba.

Cruzó el portal, haciendo una mueca de disgusto ante el chirrido de la puerta por la falta de aceite y fue a comprobar rápidamente el correo. Al abrirlo, un pequeño papel contenía las palabras “Estoy arriba. Besos. R”

Laura apretó los dientes con fuerza para evitar maldecir el día en que se conocieron. Pablo debía creer que ella era tonta, pero no podía estar más equivocado. Había apostado por él durante mucho tiempo, pero todos tenemos nuestro límite y Pablo (con su nueva donante de besos) lo había cruzado definitivamente. Haría las maletas y les diría a sus padres que se irían a casa de una amiga hasta que pudiera alquilar un piso en una zona cercana. Siempre había sido partidaria de hablar las cosas cara a cara, pero por una vez iba a ser ella la que iba a desaparecer. 
 
Subió las escaleras a la vez que buscaba el número de Pablo entre la lista de contactos y dejó que los tonos sonaran mientras alcanzaba la cerradura de su puerta y hacía girar la llave. Sorprendentemente, él la esperaba dentro con una sonrisa de oreja a oreja. Y esa sonrisa, de la que normalmente carecía, fue más de lo que Laura pudo soportar.

      - ¿Quién te crees que eres? – comenzó Laura, dejando el bolso sin cuidado y cambiando automáticamente esa expresión de felicidad por una de desconcierto – Puedes haber jugado con muchas a lo largo de tu penosa vida, pero desde luego no voy a ser una de ellas. Palurdo estúpido, que siempre has ido de superior cuando nadie te ríe las gracias y de inteligente cuando no aciertas ninguna letra en el Pasapalabra. Espero que te hayas divertido, porque esto se ha terminado, para los dos. ¿Cómo te has despistado hasta dejar una nota de tu amante en el buzón? Es que no solo eres insuficiente, sino también molesto. ¡Menos mal que no voy a tener que aguantar esos insoportables ronquidos de nuevo esta noche!

La mirada de Pablo era indescifrable.  

         - Laura, he estado tan ocupado estas últimas semanas por organizarte esto. Te he llamado diciendo que me había olvidado de recoger a tus padres porque tendrías que subir a tu apartamento a recoger las llaves del coche. La nota la dejó tu madre.

       - ¿Qué…? – empezó a decir Laura, al mismo tiempo que la estancia se iluminaba y miles de serpentinas estallaban en el aire, completamente sinsentido con las caras desencajadas de los presentes. Había venido hasta su tío segundo de Cuenca, ese cuya voz había escuchado un par de veces por teléfono pero jamás había visto en la realidad.

        - ¿Feliz cumpleaños? – llegaron a decir. Pablo agarró su chaqueta del perchero para irse, dejando a Laura con confeti recorriendo su cuerpo y haciendo juego con la vergüenza de un momento que no podría olvidar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario