Es
recurrente en la historia el exilio como castigo. Tú, presumimos tu inocencia
cuando aún eras recién nacido, antes de ser esta una elección, y te declaramos
con ello parte de nuestro pueblo. Ahora nos has traicionado. Has puesto tu
interés como individuo por encima de tu deber como ciudadano, y por ello te expulsamos.
Alejandro
entendía esto. Una pequeña sociedad selecta suele elegir a sus miembros, y aquél
que se ama en exceso a sí mismo no suele ser bienvenido en el amor colectivo.
Sin embargo, ¿cómo de duro es sufrir un exilio por amar demasiado a otros? Sufría
el castigo de no entender dónde había errado. “Todo tiene una lógica. En algo
la habré cagado”. “Alejandro, no es culpa tuya. No te quería." “Tú no lo
entiendes. Me enamoré de su perfume y no supe controlarme. Si hubiese permitido
que los pétalos liberasen su fragancia de forma natural habría sido la abeja
más feliz de la colmena. Pero no, comencé a exprimirlos sin cuidado, quizá
pensando que, si en lugar de dejarlos evaporarse en libertad, condensaba su
esencia en una pequeña gota de líquido, y cristalizaba esta volviéndola una
esfera, obtendría una perla que ponerme como anillo y que podría enseñar a
todos. Esa sortija sería prueba visual de lo logrado. Marta se revolvió ante mi
insistencia de estar siempre juntos, asustadiza, y ahora aquí estoy yo, solo.”
Pronto
acabaron los “Alejandro, olvídate de ella. No estaba hecha para ti” y demás
frases ininteligibles dándose paso a un mero consuelo. Desde el no saber qué
más hacer se le dejó llorar, y Alejandro pasó a sentirse más comprendido en
consecuencia.
Después
de un tiempo indefinido, medir el cual en días o en semanas sería una falta de
respeto al sufrimiento, se despejó la borrasca de sentimientos. Nuevas
preocupaciones desplazaron a las anteriores, y emociones más maduras – es
decir, más precavidas – se desarrollaron a través de nuevas relaciones. Estando
Alejandro en este nuevo estado, un día le llamó Marta y le habló como si
hubiese sido olvidado el exilio. “Hola Alejandro. ¿Cómo estás?” “Bien. Me va
todo bien. ¿Y tú?” “Bien, pero algo nerviosa. Tengo mañana el concurso de
interpretación.” “Oh, claro. También van amigos míos. ¿Es por la tarde, no?” “Sí,
también, pero yo toco por la mañana. ¿Quieres que pase a por ti y vienes a
verme?” “Sí, claro”, contestó convencido.
Llegado
al día siguiente Alejandro se imaginó las posibles conversaciones. Llevaba
mucho tiempo sin verla, y muchos días de dolor en solitario en consecuencia. No
quería volver a sufrir su ausencia. Se convencía de que era absurdo temerla, pues
ambos habían cambiado y no se generarían de nuevo las mismas situaciones. Todo ese
tiempo había estado buscando el reencuentro con algo que ya había sucedido, y
que por ende no volvería a suceder. “No es más que ninguna otra. Puede que a tú
nuevo tú le caiga bien su nuevo yo, y viceversa. Eso es bueno, podéis ser
amigos”, se repetía.
Llegó
Marta, acompañada de sus padres, y Alejandro subió al coche. De camino al
auditorio mantuvieron una conversación tranquila, en la que se pusieron al día con
sus vidas como dos viejos amigos reencontrados.
Al
llegar, Marta se fue a los camerinos a preparase, y Alejandro se sentó en el
patio de butacas junto a los padres de ella, a los cuales no había visto más
que un par de veces y en consecuencia no conocía muy bien. No hubo situación
incómoda, sin embargo, ya que en cuanto se sentaron comenzó la actuación del
primer intérprete y se rogaba silencio absoluto. Lo que sí se permitía era salir
al baño, y Alejandro lo aprovechó para despejarse un poco de una música que no
se sentía capaz de apreciar. Al volver a la sala, que estaba a oscuras para no
distraer al saxofonista que estaba tocando en ese momento, no pudo recordar
dónde estaba sentado antes ni veía por ningún lado a los padres de Marta. Ya
preocupado, al fin vio a la pareja, que identificaba como de mediana edad, con
pelo canoso por parte de él y con gafas por parte de ella. Se sentó de nuevo al
lado de la madre y sonrió a esta, que le devolvió una mirada algo extrañada. “Vaya,
parece que le ofende que vuelva a la sala a mitad de una obra”, pensó. Cuando
acabó de tocar el saxofonista subió al escenario la perpetradora del exilio, y
Alejandro se acomodó para poder escuchar tranquilo el esperado mensaje de paz.
Conforme
avanzaba la pieza le iba gustando más la situación. Sintió mucha emoción en el
estilo de Marta y esto le agradó, ya que la había pensado alguna vez demasiado
carente de sentimiento. Ella vivía la música que interpretaba, y con ello
Alejandro vivía el escucharla. Cuando acabó la obra acompañó con sus aplausos
la ovación del resto del auditorio, y se percató en ese momento de cómo, dos
filas delante de él, se levantaba una pareja de mediana edad, aplaudiendo
enérgicamente para apoyar a su hija. Él de pelo canoso. Ella con gafas. Ambos
como recordaba. Alejandro se giró a su izquierda y se sorprendió, estando ya encendidas
las luces de la sala, de que se había sentado al lado de una desconocida. La
miró asustado, como el niño que se confunde de madre en el supermercado, y se
levantó rápidamente, sintiendo la necesidad de huir. Estando de pie pudo
apreciar como la fila en la que se encontraba estaba totalmente vacía a
excepción de la pareja y de sí mismo. Ambos se habían girado ahora y lo miraban
entre defensivos y extrañados, con la cara con la que miran a un loco
excéntrico las señoras de misa de pueblo.
Salió
corriendo, asustado como un crío, y bajando a trompicones las escaleras del
patio de butacas tropezó, cayó y dio dos vueltas sobre sí mismo, llamando la
atención de toda la gente de su alrededor, que dejó de aplaudir y se giró a ver
qué pasaba. Se encontraba dolorido, en una de esas situaciones en las que sin
quererlo la cabeza queda por debajo de los pies, y al abrir los ojos se cruzó
con miradas que parecían preocupadas pero que escondían la necesidad de reír a
carcajadas.
Alguien
se adelantó a socorrerlo, ayudándole a levantarse. Estando ya de pie, se
percató de que había acabado el aplauso. La sala completa estaba observándole,
dejándole con ello totalmente solo. Incluso ella, desde el escenario, le estaba
mirando. Alejandro se quedó observándola, y comprendió en su mirada la misma
compasión que le dedicó cuando decidió dejarle y él no fue capaz de dejar de
suplicar que no lo hiciese.
Esquivándola,
se giró para apreciar la cara de quién le había ayudado a levantarse, y sobre
cuyo hombre estaba ahora apoyado, buscando una persona en la que refugiarse. Su
rostro le resultaba conocido, pero no recordaba de qué exactamente. “Ah, sí”,
pensó, recordando de quién se trataba. Era el nuevo novio de Marta.
~ Alejandro
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