martes, 28 de marzo de 2017

Alejandro

Es recurrente en la historia el exilio como castigo. Tú, presumimos tu inocencia cuando aún eras recién nacido, antes de ser esta una elección, y te declaramos con ello parte de nuestro pueblo. Ahora nos has traicionado. Has puesto tu interés como individuo por encima de tu deber como ciudadano, y por ello te expulsamos.

Alejandro entendía esto. Una pequeña sociedad selecta suele elegir a sus miembros, y aquél que se ama en exceso a sí mismo no suele ser bienvenido en el amor colectivo. Sin embargo, ¿cómo de duro es sufrir un exilio por amar demasiado a otros? Sufría el castigo de no entender dónde había errado. “Todo tiene una lógica. En algo la habré cagado”. “Alejandro, no es culpa tuya. No te quería." “Tú no lo entiendes. Me enamoré de su perfume y no supe controlarme. Si hubiese permitido que los pétalos liberasen su fragancia de forma natural habría sido la abeja más feliz de la colmena. Pero no, comencé a exprimirlos sin cuidado, quizá pensando que, si en lugar de dejarlos evaporarse en libertad, condensaba su esencia en una pequeña gota de líquido, y cristalizaba esta volviéndola una esfera, obtendría una perla que ponerme como anillo y que podría enseñar a todos. Esa sortija sería prueba visual de lo logrado. Marta se revolvió ante mi insistencia de estar siempre juntos, asustadiza, y ahora aquí estoy yo, solo.”

Pronto acabaron los “Alejandro, olvídate de ella. No estaba hecha para ti” y demás frases ininteligibles dándose paso a un mero consuelo. Desde el no saber qué más hacer se le dejó llorar, y Alejandro pasó a sentirse más comprendido en consecuencia.

Después de un tiempo indefinido, medir el cual en días o en semanas sería una falta de respeto al sufrimiento, se despejó la borrasca de sentimientos. Nuevas preocupaciones desplazaron a las anteriores, y emociones más maduras – es decir, más precavidas – se desarrollaron a través de nuevas relaciones. Estando Alejandro en este nuevo estado, un día le llamó Marta y le habló como si hubiese sido olvidado el exilio. “Hola Alejandro. ¿Cómo estás?” “Bien. Me va todo bien. ¿Y tú?” “Bien, pero algo nerviosa. Tengo mañana el concurso de interpretación.” “Oh, claro. También van amigos míos. ¿Es por la tarde, no?” “Sí, también, pero yo toco por la mañana. ¿Quieres que pase a por ti y vienes a verme?” “Sí, claro”, contestó convencido.

Llegado al día siguiente Alejandro se imaginó las posibles conversaciones. Llevaba mucho tiempo sin verla, y muchos días de dolor en solitario en consecuencia. No quería volver a sufrir su ausencia. Se convencía de que era absurdo temerla, pues ambos habían cambiado y no se generarían de nuevo las mismas situaciones. Todo ese tiempo había estado buscando el reencuentro con algo que ya había sucedido, y que por ende no volvería a suceder. “No es más que ninguna otra. Puede que a tú nuevo tú le caiga bien su nuevo yo, y viceversa. Eso es bueno, podéis ser amigos”, se repetía.

Llegó Marta, acompañada de sus padres, y Alejandro subió al coche. De camino al auditorio mantuvieron una conversación tranquila, en la que se pusieron al día con sus vidas como dos viejos amigos reencontrados.

Al llegar, Marta se fue a los camerinos a preparase, y Alejandro se sentó en el patio de butacas junto a los padres de ella, a los cuales no había visto más que un par de veces y en consecuencia no conocía muy bien. No hubo situación incómoda, sin embargo, ya que en cuanto se sentaron comenzó la actuación del primer intérprete y se rogaba silencio absoluto. Lo que sí se permitía era salir al baño, y Alejandro lo aprovechó para despejarse un poco de una música que no se sentía capaz de apreciar. Al volver a la sala, que estaba a oscuras para no distraer al saxofonista que estaba tocando en ese momento, no pudo recordar dónde estaba sentado antes ni veía por ningún lado a los padres de Marta. Ya preocupado, al fin vio a la pareja, que identificaba como de mediana edad, con pelo canoso por parte de él y con gafas por parte de ella. Se sentó de nuevo al lado de la madre y sonrió a esta, que le devolvió una mirada algo extrañada. “Vaya, parece que le ofende que vuelva a la sala a mitad de una obra”, pensó. Cuando acabó de tocar el saxofonista subió al escenario la perpetradora del exilio, y Alejandro se acomodó para poder escuchar tranquilo el esperado mensaje de paz.

Conforme avanzaba la pieza le iba gustando más la situación. Sintió mucha emoción en el estilo de Marta y esto le agradó, ya que la había pensado alguna vez demasiado carente de sentimiento. Ella vivía la música que interpretaba, y con ello Alejandro vivía el escucharla. Cuando acabó la obra acompañó con sus aplausos la ovación del resto del auditorio, y se percató en ese momento de cómo, dos filas delante de él, se levantaba una pareja de mediana edad, aplaudiendo enérgicamente para apoyar a su hija. Él de pelo canoso. Ella con gafas. Ambos como recordaba. Alejandro se giró a su izquierda y se sorprendió, estando ya encendidas las luces de la sala, de que se había sentado al lado de una desconocida. La miró asustado, como el niño que se confunde de madre en el supermercado, y se levantó rápidamente, sintiendo la necesidad de huir. Estando de pie pudo apreciar como la fila en la que se encontraba estaba totalmente vacía a excepción de la pareja y de sí mismo. Ambos se habían girado ahora y lo miraban entre defensivos y extrañados, con la cara con la que miran a un loco excéntrico las señoras de misa de pueblo.

Salió corriendo, asustado como un crío, y bajando a trompicones las escaleras del patio de butacas tropezó, cayó y dio dos vueltas sobre sí mismo, llamando la atención de toda la gente de su alrededor, que dejó de aplaudir y se giró a ver qué pasaba. Se encontraba dolorido, en una de esas situaciones en las que sin quererlo la cabeza queda por debajo de los pies, y al abrir los ojos se cruzó con miradas que parecían preocupadas pero que escondían la necesidad de reír a carcajadas.

Alguien se adelantó a socorrerlo, ayudándole a levantarse. Estando ya de pie, se percató de que había acabado el aplauso. La sala completa estaba observándole, dejándole con ello totalmente solo. Incluso ella, desde el escenario, le estaba mirando. Alejandro se quedó observándola, y comprendió en su mirada la misma compasión que le dedicó cuando decidió dejarle y él no fue capaz de dejar de suplicar que no lo hiciese.


Esquivándola, se giró para apreciar la cara de quién le había ayudado a levantarse, y sobre cuyo hombre estaba ahora apoyado, buscando una persona en la que refugiarse. Su rostro le resultaba conocido, pero no recordaba de qué exactamente. “Ah, sí”, pensó, recordando de quién se trataba. Era el nuevo novio de Marta.

~ Alejandro

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