Sonó el canto del gallo cuando el
hombre ya estaba preparado para salir a la calle, vestido como cada día, como
cada mañana, pues para la tarea que ese día iba a desempeñar no quería ser una
persona distinta a la que llevaba siendo todos esos años.
Paralelamente una muchacha
dormía, con un sueño muy profundo, tras una ajetreada noche llena de baile,
gente y sustancias prohibidas que, a largo plazo, le iban a causar más
perjuicios que beneficios.
El caballero antes mentado subió
a su vehículo preparado para un día más de duro trabajo, se puso el cinturón,
sonrió y arrancó.
Mientras tanto la joven seguía
plácidamente dormida, con la persiana bajada hasta los topes para que la luz no
la molestara en las 5 horas que se había propuesto dormir. Ella descansaba pero
su subconsciente no paraba de lanzarle imágenes de un gato pardo de ojos grises
con una peculiar mancha en forma de corazón en su lomo que le lamía la mano y ronroneaba bajo sus
caricias.
Era hora de activar los altavoces
para el hombre trabajador y, tras apretar el botón de encendido, empezó a sonar
una especie de silbido parecido al que emite un pirulí seguido de una frase que
anunciaba la tarea y servicios que
ofrecía el madrugador.
El gatito pardo paró, de repente,
de lamer la mano de la bella durmiente y moviendo la boca de una forma extraña
emitió un sonido que era más propio de un pájaro que de un gato. Este sonido
fue seguido por una frase digna de todo gato parlante de sueños que se precie,
“El afilador, ha llegado el afilador”. De un brinco abrió los ojos la muchacha,
con esa frase y ese silbidito retumbando en su habitación y en su cabeza, una
dolorida y aturdida cabeza que únicamente logró articular dos palabras, “Puto
afilador”.
Manolo García, el afilador, terminó su agotadora jornada de trabajo y por fin pudo volver a casa para
ducharse, relajarse y descansar sentado en su butaca acariciando la peculiar
mancha en forma de corazón del lomo de su silbador y parlante gato pardo de ojos
grises.
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