miércoles, 22 de febrero de 2017

El gran dilema


Una botas rudas, negras y pesadas eran su más inconfundible prenda, cualquiera que se hubiera cruzado nuevamente con él, lo habría reconocido antes por su calzado que por su cara. Por lo demás, era indiferenciable del resto, al menos en apariencia.

Aquellos que lo conocían consideraban que era alguien confiado, prudente y reservado, carecía de interés para la mayoría, o así prefería que lo viesen, había aprendido a pasar desapercibido.

Como cada mañana el reloj suena a las 7:30, Tino se despierta sobresaltado, las correas que sujetan sus tobillos y su mano izquierda lo contienen bruscamente presionándole la piel y recordándole que debe apretarlas menos la noche siguiente, o cambiar el exasperante sonido del despertador. Libera con torpeza primero a la mano izquierda, para continuar con el pie llagado, que se apresura a meter en la bota derecha, la cual le espera junto a la pata de la cama. Finalmente desabrocha el pie izquierdo, que se eleva levemente mientras atina a colocarle la otra pieza. Una vez con los pies en el suelo todo es mas fácil -piensa- ya hace mucho tiempo que se convenció  de ello, aunque suele repetirlo todos los días como una especie de mantra tranquilizador.

Después del desayuno se coloca la chaqueta y sale hacia el trabajo, como cada mañana llega puntual, se sitúa detrás del mostrador y comienza a llamar uno por uno a los conductores que piden turno para arreglar los papeles de su vehículo, pagar multas, consultar trámites. Es un trabajo que eligió principalmente por su carácter impersonal, con él tiene la oportunidad de hablar todos los días con otras personas, de relacionarse, pero sin ir mas allá, cada día es gente diferente, cada día tiene demasiado trabajo para interactuar con sus compañeros, cada día todo es igual y todo es diferente, todo, salvo sus botas que esconde tras el mostrador.

Una vez terminada la jornada, Tino vuelve a casa dando un paseo, intentando contener el ansia que le produce pensar en por fin deshacerse del calzado, sentir sus pies al desnudo y con ello, la ingravidez. Durante dos o tres horas se concederá el placer de vagar a la deriva por su propio hogar,  disfrutar de la liviandad, dejando de lado sus problemas, podrá olvidarse de mantener el control y los pies en la tierra, simplemente se dejará llevar sin gravedad, sintiéndose libre al flotar.

La noche está en calma, detrás del cristal los copos de nieve parecen imitar su ingravidez, deslizándose lentamente, van creando un fino manto en la explanada que forma la calle desierta. Pero hay algo que llama su atención bajo la nieve, desde aquella perspectiva no atina a descifrar qué es lo que ve, salvo por lo que parece un trozo de tela roja  - ¿podría tratarse de una persona?- se pregunta- Sus dudas se disipan al observar el movimiento de una mano, que a duras penas hace el amago de levantarse. Tino no lo piensa, cuando se da cuenta ya ha atravesado la puerta y esta flotando cerca de la mujer, sus cabellos blancos se mimetizan con la nieve, por eso no alcanzaba a definir la imagen desde la ventana. Con esfuerzo consigue acercarse al brazo de la anciana y al tocarla ocurre algo mágico, su ingravidez se desvanece. Se siente confuso, sus pies descalzos tocan por primera vez la nieve, el frío le cala la piel recordándole que debe actuar, la mujer no responde, pero tiene pulso, la llevará a su casa quizás pueda evitar así que ella sufra una hipotermia y  tendrá tiempo de ponerse las botas de nuevo antes de llamar a la ambulancia.

Una vez que los técnicos se llevan a la anciana, decide meterse en la cama, eso sí, esa noche recuerda abrochar las correas un poco menos.

Como cada mañana el despertador suena a las 7:30,  pero Tino ya esta despierto, no ha podido dormir, se pregunta que le habría ocurrido a la misteriosa mujer de no ser por su imprudente actuación, si alguien pudo haberlo visto, si la anciana habría despertado, si se había arriesgado demasiado. Durante tanto tiempo ha procurado mantener bajo riguroso control sus rituales para proteger su secreto y con ello su libertad, que se siente avergonzado de aquel descuido.

Los días van transcurriendo sin novedad y la preocupación de Tino se diluye lentamente , hasta que una tarde lluviosa, regresando del trabajo, su corazón da un vuelco,  al ver que en la puerta de su casa le espera un paraguas rojo y bajo éste, la señora de cabellos blancos. La primera idea que a Tino le viene a la mente, es salir corriendo, no quiere ver a la mujer, su regla mas rígida es mantener las distancias, es primordial para proteger su secreto. Pero sabe que si  huye le dará a la anciana razones para sospechar, pues ella ya lo ha visto. Así que se acerca expectante e inquieto a partes iguales, esta dispuesto a escuchar lo que la mujer le venga  a decir, tal vez sólo quiera agradecerle su gesto. Pero Tino se equivoca, la anciana no solo ha venido a darle las gracias, ella quiere que le enseñe a volar, ha traído un monologo bien hilado, va directa al grano, está decidida a conseguir su propósito. Tino se encuentra sorprendido, lleva tanto tiempo fingiendo ser normal, intentando ocultar aquel defecto, que le cuesta comprender por qué alguien querría ser como él. La anciana ha terminado su discurso, lo mira con los ojos tan abiertos que las arrugas de los párpados empujan a todas las demás hasta arrejuntarse formando una especie de acordeón en su frente. Tino no sabe qué hacer, no comprende cómo si la dama parecía inconsciente pudo verle flotar y tampoco su entusiasmo, pero él no vuela, solo es ingrávido, él no ve la virtud en ello, él no tiene la menor idea de cómo enseñarle a hacerlo, sin embargo, por alguna razón teme desilusionarla, es la primera vez que alguien piensa que tiene un don.  Pero la decepcionará, porque él no sabe volar, con tono suave y voz firme, le explicará que él nunca ha sabido volar, que lo que  para ella es una virtud, para él es un castigo, una necesidad, pero también un defecto, la tierra no lo atrae y eso lo convierte en anormal. Le pide que le ayude a mantener el secreto y le cuenta que es imposible que le pueda enseñar, porque aquel día cuando la tocó su ingravidez desapareció hasta que la soltó. Las arrugas de la señora volverán a expandirse por su rostro, el brillo de sus ojos  disminuirá y  se alejará sin replicar, -como podría ayudarme si no puede ayudarse a sí mismo- pensará- mientras el paraguas rojo de difumina en la lejanía también lo hará la oportunidad de cambiar sus rumbos.


Aquella noche Tino no se quita las botas, para disfrutar sin  gravedad, no está de humor, prefiere meterse pronto en la cama y amarrar las correas un poco más fuerte, no quiere estar atado, pero sabe que es la única manera de mantener los pies en la tierra.


Escrito por Yuri Ruvalcaba.

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