El día que doña Amelia desapareció para siempre no se produjo ningún tumulto, ninguna búsqueda incesante acompañada por el estridente sonido de las sirenas alarmando al vecindario. La máxima expresión de asombro que se conoce fue registrada en la esquina de la calle de la Corona, donde un niño de a penas dos años se entretenía con un pedazo de neumático, desafiando al agobiante sol que como cada tarde dejaba caer la fuerza de sus rayos como un denso manto sobre las casas encaladas.
La madre del pequeño, la única testigo del acontecimiento, aseguró haber abierto un ojo (mientras el otro aún luchaba por desasirse de las legañas) y observar por la ventana como el pequeño dejaba caer el trozo de caucho mientras alzaba sus ojos al cielo y describía con su boca una O perfectamente redonda. Aún así, nunca llegó a darse total credibilidad a este testimonio: era la hora de la siesta y, por otro lado, la temperatura del neumático probablemente rozaba los 50 grados centígrados a aquella hora de la tarde.
De manera que aquello ocurrió y aparentemente solo despertó indiferencia por parte de sus amigos y familiares, si bien es cierto que con el paso de los años las historias con tintes fantásticos relacionadas con aquel suceso empezaron a brotar junto a los oídos de aquellos que quisieran escucharlas.
La realidad es que todos esperaban que llegara aquel momento desde hacía años, sobre todo por que Doña Amelia, en un proceso inverso al resto de sus allegados y al de los mortales, conforme envejecía había ido mostrando un arrojo impropio de su edad.
Por supuesto, todo comenzó muchos años atrás, cuando doña Amelia aún era conocida como Amelia porque sus recién estrenados 12 años y sus pecas rojizas no encajaban con aquel título.
Amelia corría junto a la orilla del río imprimiendo toda la fuerza que podía a sus delgadas piernas para sofocar una sensación que llevaba días importunándola, un cosquilleo que le hacía pensar en cientos de hormigas hacendosas recorriendo las plantas de sus pies, como si tuviera miles de migas de pan pegadas a ellas pero, si con esto no fuera suficiente, la sensación aparecía en oleadas que remontaban hasta sus rodillas y la hacían estremecerse. A veces corría a refugiarse tras las balas de paja acumuladas en un rincón del corral de la casa y se dejaba arrastrar por el hormigueo, hasta que sentía una inexplicable sensación de caída y corría para librarse de ella.
Cuando le contó a su abuela lo que le pasaba, la persona en la que más confiaba y, según Amelia, la más sabia del pueblo (mucho más que el doctor del pueblo, que atendía a humanos y a cualquier otro ser vivo al que pudiera cobrar y al que se le veían los pelos de la nariz cuando sonreía), le dijo que era la influencia de la luna y que con unas mondas de naranja en los pies durante tres días aquello pasaría. Pero la abuela se equivocó y Amelia sabía que algo había cambiado para siempre. Una mañana de domingo se despertó y se dio cuenta, reconfortada y al mismo tiempo con una desagradable sensación de ausencia, que el hormigueo, que había ido acentuándose con el paso de los días, había desaparecido por completo. En su lugar, notaba una extraña ligereza que le daba la sensación de deslizarse.
- Mamá, los pies me vuelan.
Su madre, con el ceño fruncido en una expresión que mantenía incluso cuando dormía, ni siquiera pareció reparar en ella mientras pelaba las judías sobre la mesa de la cocina.
- Mamá…
- Déjate de tonterías, Amelia.
Días después, cuando Amelia ya se paseaba por la casa elevada un palmo sobre el suelo su madre no pudo sino prestar atención al extraño fenómeno.
- Pero, ¿qué has hecho niña?
- Mamá, no he hecho nad…
- Quédate quieta, voy a llamar al doctor.
Pero el diagnóstico del doctor no resultó concluyente y tras varios intentos fallidos de mantenerla sobre la superficie y no por encima de ella, el doctor se escabulló aduciendo una emergencia equina.
Transcurría el tiempo y Amelia se elevaba cada vez a mayor altura, de modo que se veía obligada a llevar consigo una cinta para amarrarse a los sitios donde quería permanecer. No hubo de pasar demasiado tiempo para que la gente del pueblo se acostumbrara a las pintorescas escenas que protagonizaba la joven, elevada sobre las higueras recolectando la fruta bajo las órdenes de su abuela o disfrutando de la brisa primaveral en el tejado del campanario de la iglesia. Podría decirse que su madre era quien lo trataba con más normalidad, ya que le concedía mucha más importancia a aspectos más mundanos que al extraordinario don de su hija.
- Madre, cómo va a casarse la niña si anda siempre por los tejados -le decía su madre a su abuela, con esa ira contenida que la caracterizaba- .
- Y, ¿de qué le va a servir?
- Si encontrara algún buen hombre, como padre… al que no le importara eso.
- Un buen hombre… no hay nada peor que la maldad de un buen hombre, hija mía.
Sin rendirse ante la adversidad, la madre de Amelia intentó presentar a su hija a los pocos pretendientes a los que pudo encontrar, consiguiendo únicamente un apresurado ascenso de la joven varios metros por encima de sus cabezas que podía prolongarse durante días. Desde arriba, Amelia podía observar como el pretendiente de turno intercambiaba algunas frases con su madre y se largaba a toda prisa, y como la expresión de esta se suavizaba hasta dibujar una leve sonrisa que le hacía parecer cien años más vieja.
Doña Amelia envejeció en las alturas, entreteniendo a los niños del pueblo con sus cabriolas aéreas y echando cabezadas en las copas de los árboles. Nunca vivió apartada pero nunca fue una más, se unía a los pájaros en su huida vespertina y vivía como humilde soberana en su particular reino. Por eso aquella tarde fue una más, una marcha más hacia su libertad.
Inés
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