La vida de Margaret había
trascurrido sin demasiados sobresaltos. De niña conservaba recuerdos escasos
pero los reconocía felices. Amada y cuidada por unos padres que no la esperaban
cuando en otro momento de sus vidas llegó ella, la habían rodeado de mimos y
promesas de un futuro mejor que el que ellos tuvieron.
Perder a su padre a cierta edad
entraba dentro de las posibilidades más certeras, sobrepasaba la edad media,
así que se entregó a ese sentimiento de pérdida que trajo su muerte como el de
una valiente mujer, que ya lo era, ante la primera adversidad que se le
presentó teniendo que mostrar a los demás que también ella podía con eso, como
había podido con otras cosas que entonces sí, más joven, más niña, no entraba
en las medias de nada...
Pero con su madre cambiaron las
tornas. Cuando ya había asumido que sería longeva, pese a sus mil achaques y
sus quejas cotidianas, no había día que no le doliera algo, sucedió algo que
marcó un antes y un después. No en la vida de aquella mujer, que también,
claro, sino sobre todo en la vida de Margaret y en su manera de enfrentarse a
todo aquello que no podía cambiar. Estando Margaret al otro lado del charco,
después de unas merecidas vacaciones, y celebrando sus recién estrenados 40 años,
recibió la llamada de su tía Irene comunicándole el accidente sufrido por su
madre.
Aquella fue la primera vez, como
digo, en que tuvo que lidiar consigo misma para seguir adelante, asumiendo que la tranquilidad y el sosiego
forman parte de escasos capítulos a lo largo de la vida, y que sí, que vivir
era eso, muchas cosas pero también eso, enfrentarse a los miedos y a las
cobardías, saberse tremendamente frágil y perdida, no saber cómo afrontar lo
que vendrá, desear cada mañana desprenderse de la mente y el cuerpo, ser aire y
no tenerlo al tiempo, no precisar respirar, no pesar, no caerse, no temblar,
sentir esa pérdida de gravedad que la sumían en una estado de borrachera tal
que nada malo podía sucederle en ese instante.
Le llevó mucho tiempo
acostumbrarse a ello. Se rebelaba a cada momento, como si la falta de mejoría
de su madre fuera una apuesta en cruzado con sus propios planes -todo irá bien
y se arreglarán las cosas- pensaba en los primeros días. Pero cada uno que
pasaba echaba más peso a la negrura que ya arrojara el de ayer, y así uno tras
otro, hasta que los días fueron semanas, y las semanas, meses.
Su madre no se recuperó de
aquella terrible caída. No volvería a tenerse en pie, no caminaría, no podría
valerse por sí misma, no sería capaz de estar en la cocina preparando esas
croquetas que tanto le gustaban a Margaret, ni agacharse para cogerle con las
agujas el hilván de una falda, ni mucho menos podría desplazarse para cuidar a
su hijo cuando éste enfermara, de niños es tan habitual... y tantas y tantas
cosas que no volverían, simplemente, a ser como eran.
Margaret fue quemando cartuchos
durante los primeros meses, haciendo uso de las escasas fuerzas que se sabía
tenía. No soportaba la sensación de vacío, tampoco de pausa, en su vitalista
planteamiento. No sabía cómo sobrellevar esa nueva situación, y más que la
situación la sensación que ésta le generaba, porque parecía afectarle más a
ella que a su propia madre. La pobre, anciana a la carrera después de aquello,
se resignó sumisamente como a otros episodios lo había hecho, no echó de menos
su vida de antes, entendió, quizá por eso no hizo un drama, que la vida había
cambiado en ese punto, y lo asumió, lo digirió, sin más.
Margaret entró en una fase de
contrariedad, no quería que fuera esa la madre que fuera la suya, no quería ser
ella la única hija que tuviera esa madre, ni siquiera la hija modélica que
adoraba su padre, que también había tenido la "suerte" de haberse ido
antes, de manera que ni con él podía contar para atender las nuevas
circunstancias de su madre.
Empezó a correr cada tarde; ella
que detestaba cualquier ejercicio físico más allá de las cuatro brazadas de
placer en el mar recién estrenado cada verano, ella quiso poner un pie detrás de otro cada tarde
que volvía exhausta de atender a una cada vez más desgastada señora, que le era
ajena en muchas ocasiones y que costaba reconocer como madre. Lo hizo porque se
lo pedía el cuerpo, igual que el de la anciana había llegado al punto de no
retorno, de no volver a caminar, Margaret sentía la imperiosa necesidad de poner
a trabajar sus músculos con mayor
exigencia que nunca, y así un día tras otro hasta que convirtió el castigo que
se infligía a sí misma en esa carrera, en una forma de enfrentarse a sus
propios demonios.
En lo físico fue así. Pero
faltaba su interior. ¿Cómo desterrar ese sentimiento de fastidio continuo por
no poder cambiar ese estado de no retorno a lo que había sido su madre? ¿Por
qué esas piernas no volverían a
disfrutar de un paseo? ¿Por qué no podría coger a su hijo en brazos y darle
vueltas hasta que la risa o la pérdida de equilibrio los llevara casi al suelo?
Equilibrio, centro, verticalidad,
zumbidos de derecha a izquierda, brazos y piernas, sangre que bombea la máquina
y se baja hasta los pies, porque todo va hacia abajo, es orden natural de las
cosas, todo cae, las piedras ruedan por el terraplén, el pecho se cae en cuanto
una mujer deja de darlo para amamantar, el niño siempre anda recogiendo
pinturas de debajo de la mesa de trabajo, porque también se caen... el agua de
la ducha siempre cayendo hacia abajo, ¿qué finísimo hilo es el que mantiene
erguido el ánimo de los payasos tristes?
Margaret soñaba cada noche con
barrer de un plumazo todo, que nada pesara, que nada ahogara, que nada tuviera
entidad suficiente para llevarse del todo su añorada serenidad, su calma, que fuera más que aire, que fuera su
ausencia, que todo acabara, que no sufriera, pero que acabara, que todo fuera
nada, que su madre dejara ya ese estado de imposibilidad, y pudiera correr a
abrazarla en el instante en que ella, Margaret, hubiera decidido tomarse una de
aquellas pastillas en que perdía su propio peso y su total conciencia, donde la
pérdida de gravedad la hacía sentir tremendamente plena, ya fuera de sí, tan
egoístamente bien en definitiva...
Pero no, su madre no correría
nunca más para salir a su encuentro y abrazarla, desde luego que no. Y Margaret
tendría que aprender que las pastillas de colores que la sumergían durante un
rato en ese estado de ingravidez tampoco eran la panacea. Aprender a lidiar con
todo aquello, y con lo que sin duda se presentaría en el futuro, como de hecho
hizo, con la segunda y tercera circunstancia que le puso ante la misma tesitura
de inseguridad y de pérdida, se iba a
convertir en su mejor carrera, diaria y sin necesidad de pastillas, la del
dolor sin anestesia, la de la insoportable, a veces, gravedad de todo cuanto
cae en nuestros zapatos.
María
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