lunes, 27 de febrero de 2017

El cuento de la cueva

El espeleólogo Manuel se encontraba especialmente cansado aquella tarde. Javi, el más joven del grupo, no paraba de brincar de un lado a otro sin mucho cuidado y Manuel estaba ya cansado de reñirle. A lo largo de los años había visto demasiadas caídas que podrían haberse evitado con una mayor precaución. Aunque la mayoría habían sido poco más que un susto, tenía viejos compañeros que se había retirado antes de tiempo por no hacer correctamente su trabajo.

Le fastidiaba particularmente esa actitud despreocupada del que no se llega a plantear lo tristemente inevitable: en cualquier momento puede producirse un accidente. Sabía que Javi era un tipo profesional, y de normal no le molestaban mucho sus tonterías, pero hoy lo veía especialmente atrevido y no tenía ganas de aguantarlo a su lado.

Manuel bajaba tranquilo por la cueva, cada vez más oscura. No era muy difícil recorrerla y se sentía confiado. En un pequeño parón, permitido por una sala en la que cabían los cuatro, aprovechó para quedarse el último para así mantenerse alejado del cabra de Javi, que dirigía hoy la expedición. Es cierto que estaba haciendo el trabajo que le tocaba, pues indicaba claramente el camino y avanzaban a un ritmo adecuado, pero cada vez que lo veía hacer algo fuera de su estricto cometido se enervaba y no podía evitar sentir la necesidad de darle una lección, aunque hacerlo habría requerido gritar.

Era la segunda vez que venían a esta cueva, y aunque eran un equipo bastante bueno aún llevaban bastante cuidado con ciertas cosas, como no elevar la voz por desconocer la inestabilidad de las estructuras. Era el propio Manuel el que había impuesto esta norma, junto a otras más básicas, y todos estaban obedeciendo sin rechistar. Aun así, Javi no paraba de cometer imprudencias innecesarias y llegó un momento en que Manuel no pudo más.

-      ¡Para ya de una vez!

Todos se giraron asombrados al escuchar su grito, extrañados de que proviniese de él. Cuando estaba empezando a cerciorarse de lo que acababa de hacer, y ya sentía una vergüenza infantil invadir su pecho, escuchó un ruido raro proveniente de la pequeña cavidad que tenía a su lado, en la pared de la que ahora estaba colgado.

Decenas de murciélagos salieron en ese momento de su escondite, chocando con él y haciéndole perder el contacto con su cuerda. Controló la calma, pues sabía que sus compañeros podrían soportar el peso de su caída, pero cuando empezó a caer y vio que se alejaba cada vez más de la soga el miedo conquistó en un instante su consciencia: No había enganchado el mosquetón tras la última parada.

Cayó por el túnel vertical que atravesaban adelantando a sus compañeros, y fue con Javi, el último de ellos, con el que cruzó la última mirada antes de sufrir el golpe. Su rostro aterrorizado fue lo último que sintió.

***

Su siguiente momento consciente fue en una camilla desgastada, rodeado de personas extrañas y sufriendo lo que supuso eran los baches de la carretera.

Esa noche volvió a abrir los ojos. Esta vez se encontraba en una cama cómoda y comprendió no sin esfuerzo que estaba en un hospital. Asustado, comenzó a investigar la habitación con la mirada, girando el cuello lo poco que el collarín le dejaba. En una esquina, tumbada en un sillón, vio a una persona tapada con una manta que reconocía. Además, sentía su olor en el ambiente. Se relajó y volvió a dormirse.

Al fin despertó al día siguiente, abrumado por la luz que invadía la sala, y pronto le dijeron lo que pensaba sólo pasaba en las películas: No podría volver a andar. Lloró desconsolado y maldiciendo ese lugar tan oscuro.

Esa tarde le visitaron sus compañeros. Le contaron lo sucedido y cómo dos de ellos se la habían jugado para rescatarle. A idea de Javi, le habían atado a un tronco viejo que habría caído a la cueva hace quién sabe cuánto, y lo habían subido entre los tres a la superficie, donde al fin habían podido pedir ayuda.

Les dio las gracias y se marcharon. Esa noche la pasó en vela. Al día siguiente, a primera hora, entró el medico cabizbajo. Avergonzado, se disculpó eternamente por haber juzgado mal su caso. Había indicios de que podía recuperar la movilidad en una de sus piernas. Eso sí, tenía que contentarse con eso. La otra, mucho lo temía, estaba absolutamente destrozada.

Al día siguiente se la cortaron, y aunque en el momento en que esto sucedía él no era consciente, sintió al despertar que le habían arrancado toda su vida de cuajo. ¿Ahora qué iba a hacer?

Pasó unos días en el hospital, encamado y cada vez más deprimido. Pronto le darían el alta y podría volver a casa. Su marido había dedicado cada minuto desde que supo lo ocurrido a apoyarle y estar con él, y cuando vio el alta cercana se marchó a visitar las ortopedias de la ciudad en busca del mejor remedio. Volvió a las dos horas acompañado. Rafa se presentó a Manuel, e ilusionado le planteó su propuesta.

Tenían un convenio con asociaciones de deporte extremo para darle piernas nuevas a aquellos que las perdiesen a costa de disfrutar de su pasión, y tras escuchar su caso había visto una oportunidad perfecta para ayudarle. Llevaban ya tiempo empezando a colaborar con el montañismo, y aunque no se habían planteado aun trabajar con espeleólogos su caso podía ser el idóneo para empezar con ello.

Esa noche Manuel y su pareja hablaron de ello, y tras buscar referencias y ver el buen trabajo de la ortopedia, donde habían logrado devolver el caminar a varias personas, decidieron seguir adelante con ello. Solo quedaba un problema: el dinero.

Manuel recibió el alta. Ya en casa comenzó a hacer cálculos de cuánto debían ahorrar para poder recuperar su pierna, y cuánto iba a sufrir en consecuencia Jose con ello, pues no andaban en exceso de recursos. Mientras se replanteaba el asunto aparecieron por su piso sus colegas, alegres y animados.

Se habían enterado por parte de Jose de la idea de fabricarse una nueva pierna, y tras conocer el precio de esta habían decidido unánimemente colaborar. Manuel no quiso aceptar el dinero, pero no estaba en condiciones de pelear mucho y no pudo convencerles. Antes de que se marchasen de su casa les amenazó con correr tras de ellos para devolvérselo. Los tres rieron, y le dijeron lo que ya sabía le iba a tocar oír desde que había comenzado con su amenaza:

-      ¿Nos vas a poder pillar? ¿Así? ¿Cojo?

Manuel rio, de buen humor después de tantos días. Al rato de marcharse sus amigos volvieron las dudas, y esa noche volvió a no dormir apenas. Sin embargo, el momento de buen rollo que había disfrutado aquella tarde junto a ellos le hizo mantener la esperanza. Iba a trabajar duro, y algún día conseguiría volver a estar bien. 

1 comentario:

  1. Me ha encantado la idea, la verdad. No se me habría ocurrido relacionar esas palabras con la espeleología y la escalada. Y muy bueno el detalle de los murciélagos. Aparecen fugazmente, pero son clave en la historia.

    También me ha encantado que hayas añadido una pareja homosexual. Parece una tontería, pero la visibilización LGTBI+ en la literatura no es todavía muy corriente.

    La única pega que le puedo poner es, básicamente, formal. Por conectores, comas y puntos. Ha habido veces que me he perdido y he tenido que releer la frase varias veces. Con releerlo y solucionar eso, un relato de 10.

    ¡Ah! Y ya me explicarás quién es Jose, porque no queda claro en el relato :P

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