El espeleólogo Manuel se encontraba especialmente cansado
aquella tarde. Javi, el más joven del grupo, no paraba de brincar de un lado a
otro sin mucho cuidado y Manuel estaba ya cansado de reñirle. A lo largo de los
años había visto demasiadas caídas que podrían haberse evitado con una mayor
precaución. Aunque la mayoría habían sido poco más que un susto, tenía viejos
compañeros que se había retirado antes de tiempo por no hacer correctamente su
trabajo.
Le fastidiaba particularmente esa actitud despreocupada
del que no se llega a plantear lo tristemente inevitable: en cualquier momento
puede producirse un accidente. Sabía que Javi era un tipo profesional, y de
normal no le molestaban mucho sus tonterías, pero hoy lo veía especialmente
atrevido y no tenía ganas de aguantarlo a su lado.
Manuel bajaba tranquilo por la cueva, cada vez más oscura.
No era muy difícil recorrerla y se sentía confiado. En un pequeño parón,
permitido por una sala en la que cabían los cuatro, aprovechó para quedarse el
último para así mantenerse alejado del cabra de Javi, que dirigía hoy la
expedición. Es cierto que estaba haciendo el trabajo que le tocaba, pues
indicaba claramente el camino y avanzaban a un ritmo adecuado, pero cada vez
que lo veía hacer algo fuera de su estricto cometido se enervaba y no podía
evitar sentir la necesidad de darle una lección, aunque hacerlo habría
requerido gritar.
Era la segunda vez que venían a esta cueva, y aunque eran
un equipo bastante bueno aún llevaban bastante cuidado con ciertas cosas, como
no elevar la voz por desconocer la inestabilidad de las estructuras. Era el
propio Manuel el que había impuesto esta norma, junto a otras más básicas, y
todos estaban obedeciendo sin rechistar. Aun así, Javi no paraba de cometer
imprudencias innecesarias y llegó un momento en que Manuel no pudo más.
-
¡Para ya de una vez!
Todos se giraron asombrados al escuchar su grito, extrañados
de que proviniese de él. Cuando estaba empezando a cerciorarse de lo que
acababa de hacer, y ya sentía una vergüenza infantil invadir su pecho, escuchó
un ruido raro proveniente de la pequeña cavidad que tenía a su lado, en la
pared de la que ahora estaba colgado.
Decenas de murciélagos salieron en ese momento de su
escondite, chocando con él y haciéndole perder el contacto con su cuerda.
Controló la calma, pues sabía que sus compañeros podrían soportar el peso de su
caída, pero cuando empezó a caer y vio que se alejaba cada vez más de la soga
el miedo conquistó en un instante su consciencia: No había enganchado el
mosquetón tras la última parada.
Cayó por el túnel vertical que atravesaban adelantando a
sus compañeros, y fue con Javi, el último de ellos, con el que cruzó la última mirada
antes de sufrir el golpe. Su rostro aterrorizado fue lo último que sintió.
***
Su siguiente momento consciente fue en una camilla
desgastada, rodeado de personas extrañas y sufriendo lo que supuso eran los
baches de la carretera.
Esa noche volvió a abrir los ojos. Esta vez se encontraba
en una cama cómoda y comprendió no sin esfuerzo que estaba en un hospital.
Asustado, comenzó a investigar la habitación con la mirada, girando el cuello
lo poco que el collarín le dejaba. En una esquina, tumbada en un sillón, vio a
una persona tapada con una manta que reconocía. Además, sentía su olor en el
ambiente. Se relajó y volvió a dormirse.
Al fin despertó al día siguiente, abrumado por la luz que
invadía la sala, y pronto le dijeron lo que pensaba sólo pasaba en las
películas: No podría volver a andar. Lloró desconsolado y maldiciendo ese lugar
tan oscuro.
Esa tarde le visitaron sus compañeros. Le contaron lo
sucedido y cómo dos de ellos se la habían jugado para rescatarle. A idea de
Javi, le habían atado a un tronco viejo que habría caído a la cueva hace quién
sabe cuánto, y lo habían subido entre los tres a la superficie, donde al fin
habían podido pedir ayuda.
Les dio las gracias y se marcharon. Esa noche la pasó en
vela. Al día siguiente, a primera hora, entró el medico cabizbajo. Avergonzado,
se disculpó eternamente por haber juzgado mal su caso. Había indicios de que
podía recuperar la movilidad en una de sus piernas. Eso sí, tenía que
contentarse con eso. La otra, mucho lo temía, estaba absolutamente destrozada.
Al día siguiente se la cortaron, y aunque en el momento en
que esto sucedía él no era consciente, sintió al despertar que le habían
arrancado toda su vida de cuajo. ¿Ahora qué iba a hacer?
Pasó unos días en el hospital, encamado y cada vez más
deprimido. Pronto le darían el alta y podría volver a casa. Su marido había
dedicado cada minuto desde que supo lo ocurrido a apoyarle y estar con él, y
cuando vio el alta cercana se marchó a visitar las ortopedias de la ciudad en
busca del mejor remedio. Volvió a las dos horas acompañado. Rafa se presentó a
Manuel, e ilusionado le planteó su propuesta.
Tenían un convenio con asociaciones de deporte extremo
para darle piernas nuevas a aquellos que las perdiesen a costa de disfrutar de
su pasión, y tras escuchar su caso había visto una oportunidad perfecta para ayudarle.
Llevaban ya tiempo empezando a colaborar con el montañismo, y aunque no se
habían planteado aun trabajar con espeleólogos su caso podía ser el idóneo para
empezar con ello.
Esa noche Manuel y su pareja hablaron de ello, y tras
buscar referencias y ver el buen trabajo de la ortopedia, donde habían logrado
devolver el caminar a varias personas, decidieron seguir adelante con ello.
Solo quedaba un problema: el dinero.
Manuel recibió el alta. Ya en casa comenzó a hacer
cálculos de cuánto debían ahorrar para poder recuperar su pierna, y cuánto iba
a sufrir en consecuencia Jose con ello, pues no andaban en exceso de recursos. Mientras
se replanteaba el asunto aparecieron por su piso sus colegas, alegres y
animados.
Se habían enterado por parte de Jose de la idea de
fabricarse una nueva pierna, y tras conocer el precio de esta habían decidido
unánimemente colaborar. Manuel no quiso aceptar el dinero, pero no estaba en
condiciones de pelear mucho y no pudo convencerles. Antes de que se marchasen
de su casa les amenazó con correr tras de ellos para devolvérselo. Los tres
rieron, y le dijeron lo que ya sabía le iba a tocar oír desde que había
comenzado con su amenaza:
-
¿Nos vas a poder
pillar? ¿Así? ¿Cojo?
Me ha encantado la idea, la verdad. No se me habría ocurrido relacionar esas palabras con la espeleología y la escalada. Y muy bueno el detalle de los murciélagos. Aparecen fugazmente, pero son clave en la historia.
ResponderEliminarTambién me ha encantado que hayas añadido una pareja homosexual. Parece una tontería, pero la visibilización LGTBI+ en la literatura no es todavía muy corriente.
La única pega que le puedo poner es, básicamente, formal. Por conectores, comas y puntos. Ha habido veces que me he perdido y he tenido que releer la frase varias veces. Con releerlo y solucionar eso, un relato de 10.
¡Ah! Y ya me explicarás quién es Jose, porque no queda claro en el relato :P