Era una espléndida tarde de
agosto. El sol brillaba bajo, de forma intensa, arrojando vespertinas sombras
sobre la arena. Ángel observaba el sosegado paisaje desde la quietud del
zaguán. Las olas rompían mansamente contra las inmensas rocas. El murmullo del
oleaje y el graznido de las gaviotas eran los únicos sonidos que rompían el
apacible silencio de su pequeña propiedad. La brisa era suave, rebajando la
sensación térmica al acariciar su torso desnudo.
Frente a él: arena, rocas y la
azul inmensidad del mar recordándole el minúsculo lugar que ocupa en el
universo; a su espalda una pequeña casa cuya fachada presentaba un aspecto
burdo. La pintura menos ajada, aunque también agrietada, de un saliente en el
lateral septentrional de la vivienda junto con un estilo arquitectónico
distinto en las molduras de las ventanas evidenciaban que la casa había sido
construida en diferentes etapas. Se trataba claramente de un añadido, erigido
varios años –puede que décadas- después
de su cimentación. Tal vez anteriores propietarios
urgieron de un nuevo dormitorio para su, recién llegada al mundo, criatura;
quizá habitó la casa un artista que requirió apresuradamente de un taller donde
desatar su creatividad. En cualquier caso, el aspecto diferenciado del resto de
la casa parecía indicar que había sido construido de forma impulsiva.
A Ángel le gustaba fantasear con
quién o quiénes habitaron antes que él aquel cobijo del que había hecho su
hogar. Cuando adquirió la propiedad no tuvo oportunidad de conocer a los
anteriores inquilinos. Fue un trámite telefónico, a través de una inmobiliaria;
tan solo acudió a una cita que sirvió al mismo tiempo para conocer
personalmente el terreno, como para, a continuación, firmar las escrituras
confirmando la adquisición.
No le resultaba imprescindible visitar el lugar, la
decisión de comprar la casa ya era firme, lo era desde el momento en que la
encontró. Aquella vivienda cumplía estrictamente con su lista de
imprescindibles: estaba aislada, alejada de cualquier ser humano y de cualquier
construcción -¿o debería decir destrucción?- realizada por el mismo; se hallaba
a escasos metros de la orilla del mar, de un mar puro y virgen; el colosal
terreno contaba con un depósito de agua natural, lo que no solo le permitiría
abastecerse de agua sino que también proporcionaba un terreno fértil para el
cultivo pese a estar a tan corta distancia del mar; la vivienda era pequeña,
apenas 60 metros cuadrados y disponía de antiguas placas solares que, por haber
sido instaladas varias décadas atrás, estaban exentas de la nueva normativa que
obliga a pagar caros impuestos por su uso. Y además, por alguna extraña razón,
el precio de la propiedad era extraordinariamente bajo, irrisorio. En la inmobiliaria
no respondieron a ninguna de sus preguntas al respecto; no insistió demasiado,
no quería, de ningún modo, tentarles a subir el precio, pero realmente le
despertaba curiosidad, más aún cuando, incluso tratándose de conversaciones
telefónicas, percibió un alto grado de tensión al otro lado del auricular cada
vez que trató de obtener información sobre ello. Las preguntas sobre su
anterior propietario obtuvieron similares respuestas. Tan solo le dieron un
nombre: Badriya. Lo dejó pasar.
Desde que alcanzaba su memoria
había deseado un lugar así. Pasó, como la mayoría de esta minoría a la que
llaman primer mundo, las primeras dos décadas de su vida estudiando. Una buena
carrera y un momento de auge económico le permitieron someterse al yugo de un
empleo aburrido y superfluo con el que pronto comenzó a ahorrar. Aprendió de
niño a vivir con poco. Ahora se ceñía a un plan. En cuanto hubiera ahorrado lo
suficiente -se había esmerado en calcular cuánto era esto-, abandonaría la
ciudad; abandonaría el bullicio y la contaminación, los altos edificios, los
coches, las prisas, los relojes. Abandonaría todo aquello que le oprimía, todo
aquello que mermaba su ánimo y quebrantaba su alma.
Ahora respiraba el aire puro del
mar y se deleitaba con las vistas. Tras una mañana dedicada al cuidado de sus cultivos
bajo el abrasador sol estival, Ángel se sumergió,
como solía hacer a esta altura del día,
en la reflexión. Algo comenzaba a inquietarle. No estaba seguro de qué se
trataba. “¿Qué tiene hoy de especial? ¿Qué hace de este día diferente?”. Cayó
en la cuenta de que esa noche la luna llena estaría más próxima a la tierra de
lo que lo había estado en los últimos dieciocho años. Debido a que al abandonar
la ciudad dejó atrás cualquier instrumento de medida del tiempo, no disponía de
calendario, por lo que la luna había cobrado una gran importancia para él. Se
guiaba por los ciclos lunares para determinar los momentos de siembra y
cosecha. Había adquirido, ayudándose de libros y de su propia experiencia,
grandes conocimientos sobre el satélite terrestre. Pero ¿por qué estaba
intranquilo?
Ángel había hecho de la estancia añadida
su biblioteca. Fueron libros y un par de fotografías enmarcadas los únicos
objetos que conservó de su vida pasada. Estos libros, junto a los pocos que se
hallaban en la casa cuando la ocupó, estaban organizados en grandes
estanterías, que él mismo había construido. Se adentró en la biblioteca en
busca de información relacionada con el fenómeno que sucedería esa misma noche.
Se sentó en el viejo sillón y emprendió la lectura.
Despertó en la misma posición
unas horas más tarde. Abrió los ojos. El libro reposaba aún sobre su regazo. Por
la ventana, la luna brillaba cómo nunca antes la había visto brillar. Siguiendo
su pausado ritmo natural, el astro se posicionó justo en el centro de la
ventana, dejando así entrar con más fuerza los rayos reflejados. A Ángel le
pareció ver como uno de esos rayos entraba raudo por el ventanuco cayendo sobre
uno de los viejos libros. Nunca había reparado en ese volumen, ni siquiera
recordaba haberlo colocado allí. Como por arte de magia el tomo, al absorber la
luz proyectada por la luna, se deslizó a través de los volúmenes contiguos,
abandonando su lugar en el estante y levitó suavemente hasta posicionarse en el
centro de la habitación, a una altura de algo más de un metro, como si la
fuerza gravitatoria no influyera sobre su masa, reposando sobre una mesa
invisible sobre la que se abrió. La luz de la luna iluminaba la página que había
quedado al descubierto. Ángel, cautivado por la sucesión de hechos que acababan
de acontecerse antes sus ojos, se levantó de su asiento. Caminó por la estancia
hechizado por el hermoso resplandor que parecía envolver el tomo abierto y se
dispuso a leer la página que la luna le mostraba.
Meses después fui a visitarle,
solía hacerlo una o dos veces al año pero esta vez había pasado algún tiempo
más del habitual. Encontré su cadáver, reposado aún en aquel viejo sillón. Junto
a él descubrí una nota escrita de su mano -reconocí su letra- en la que
explicaba el extraordinario fenómeno del que les acabo de hacer partícipes. Terminaba
la carta diciendo: “Ya puedo partir. Ya puedo dejar este desgastado cuerpo,
abandonar este mundo terrenal. Puedo marchar en paz.”
Busqué aquel libro del que
hablaba en su nota. ¡Por mi madre que lo busqué! Mas parecía haberse
desintegrado. Mi tío Ángel no recibía más visitas que las mías, nadie pudo
habérselo llevado. Jamás supe qué fue lo que aquellas páginas le desvelaron,
jamás supe qué fue de aquel extraño libro y jamás expliqué a nadie lo sucedido,
así que siéntanse afortunados de ser conocedores de estos hechos inauditos. O siéntanse
tentados, como yo, de volver a aquella casa dieciocho años después para tratar
de dar explicación a lo acontecido. Si así lo decidieran, me acompañaran mañana
por la noche, en la biblioteca, junto al viejo sillón. Se adjuntan las
coordenadas.
Adah.
Bien escrito, estilo cuidado. Historia que recuerda en las formas elegantes a las clásicas. pero tenemos un problema con el punto de vista, empieza contando la historia de Ángel en 3º persona visión única, y de pronto en un personaje de la historia, su sobrino quien nos la cuenta. ¿cómo estaba presente él en las escenas anteriores, sabía cómo sentía, cómo pensaba Ángel?
ResponderEliminarLo sé, me di cuenta al releer el relato tras la última sesión.
EliminarEl/La sobrino/a podría estar inventando esta parte como forma de provocar mayor interés a ese lector ficticio al que invita a visitar la biblioteca la próxima luna llena. ¿Cómo se haría esto de una forma correcta?