jueves, 23 de febrero de 2017

Luna llena

Era una espléndida tarde de agosto. El sol brillaba bajo, de forma intensa, arrojando vespertinas sombras sobre la arena. Ángel observaba el sosegado paisaje desde la quietud del zaguán. Las olas rompían mansamente contra las inmensas rocas. El murmullo del oleaje y el graznido de las gaviotas eran los únicos sonidos que rompían el apacible silencio de su pequeña propiedad. La brisa era suave, rebajando la sensación térmica al acariciar su torso desnudo. 
Frente a él: arena, rocas y la azul inmensidad del mar recordándole el minúsculo lugar que ocupa en el universo; a su espalda una pequeña casa cuya fachada presentaba un aspecto burdo. La pintura menos ajada, aunque también agrietada, de un saliente en el lateral septentrional de la vivienda junto con un estilo arquitectónico distinto en las molduras de las ventanas evidenciaban que la casa había sido construida en diferentes etapas. Se trataba claramente de un añadido, erigido varios años –puede que décadas-  después de su cimentación.  Tal vez anteriores propietarios urgieron de un nuevo dormitorio para su, recién llegada al mundo, criatura; quizá habitó la casa un artista que requirió apresuradamente de un taller donde desatar su creatividad. En cualquier caso, el aspecto diferenciado del resto de la casa parecía indicar que había sido construido de forma impulsiva.

A Ángel le gustaba fantasear con quién o quiénes habitaron antes que él aquel cobijo del que había hecho su hogar. Cuando adquirió la propiedad no tuvo oportunidad de conocer a los anteriores inquilinos. Fue un trámite telefónico, a través de una inmobiliaria; tan solo acudió a una cita que sirvió al mismo tiempo para conocer personalmente el terreno, como para, a continuación, firmar las escrituras confirmando la adquisición. 
No le resultaba imprescindible visitar el lugar, la decisión de comprar la casa ya era firme, lo era desde el momento en que la encontró. Aquella vivienda cumplía estrictamente con su lista de imprescindibles: estaba aislada, alejada de cualquier ser humano y de cualquier construcción -¿o debería decir destrucción?- realizada por el mismo; se hallaba a escasos metros de la orilla del mar, de un mar puro y virgen; el colosal terreno contaba con un depósito de agua natural, lo que no solo le permitiría abastecerse de agua sino que también proporcionaba un terreno fértil para el cultivo pese a estar a tan corta distancia del mar; la vivienda era pequeña, apenas 60 metros cuadrados y disponía de antiguas placas solares que, por haber sido instaladas varias décadas atrás, estaban exentas de la nueva normativa que obliga a pagar caros impuestos por su uso. Y además, por alguna extraña razón, el precio de la propiedad era extraordinariamente bajo, irrisorio. En la inmobiliaria no respondieron a ninguna de sus preguntas al respecto; no insistió demasiado, no quería, de ningún modo, tentarles a subir el precio, pero realmente le despertaba curiosidad, más aún cuando, incluso tratándose de conversaciones telefónicas, percibió un alto grado de tensión al otro lado del auricular cada vez que trató de obtener información sobre ello. Las preguntas sobre su anterior propietario obtuvieron similares respuestas. Tan solo le dieron un nombre: Badriya. Lo dejó pasar.

Desde que alcanzaba su memoria había deseado un lugar así. Pasó, como la mayoría de esta minoría a la que llaman primer mundo, las primeras dos décadas de su vida estudiando. Una buena carrera y un momento de auge económico le permitieron someterse al yugo de un empleo aburrido y superfluo con el que pronto comenzó a ahorrar. Aprendió de niño a vivir con poco. Ahora se ceñía a un plan. En cuanto hubiera ahorrado lo suficiente -se había esmerado en calcular cuánto era esto-, abandonaría la ciudad; abandonaría el bullicio y la contaminación, los altos edificios, los coches, las prisas, los relojes. Abandonaría todo aquello que le oprimía, todo aquello que mermaba su ánimo y quebrantaba su alma.

Ahora respiraba el aire puro del mar y se deleitaba con las vistas. Tras una mañana dedicada al cuidado de sus cultivos bajo el abrasador sol estival, Ángel se  sumergió, como solía hacer  a esta altura del día, en la reflexión. Algo comenzaba a inquietarle. No estaba seguro de qué se trataba. “¿Qué tiene hoy de especial? ¿Qué hace de este día diferente?”. Cayó en la cuenta de que esa noche la luna llena estaría más próxima a la tierra de lo que lo había estado en los últimos dieciocho años. Debido a que al abandonar la ciudad dejó atrás cualquier instrumento de medida del tiempo, no disponía de calendario, por lo que la luna había cobrado una gran importancia para él. Se guiaba por los ciclos lunares para determinar los momentos de siembra y cosecha. Había adquirido, ayudándose de libros y de su propia experiencia, grandes conocimientos sobre el satélite terrestre. Pero ¿por qué estaba intranquilo?

Ángel había hecho de la estancia añadida su biblioteca. Fueron libros y un par de fotografías enmarcadas los únicos objetos que conservó de su vida pasada. Estos libros, junto a los pocos que se hallaban en la casa cuando la ocupó, estaban organizados en grandes estanterías, que él mismo había construido. Se adentró en la biblioteca en busca de información relacionada con el fenómeno que sucedería esa misma noche. Se sentó en el viejo sillón y emprendió la lectura.

Despertó en la misma posición unas horas más tarde. Abrió los ojos. El libro reposaba aún sobre su regazo. Por la ventana, la luna brillaba cómo nunca antes la había visto brillar. Siguiendo su pausado ritmo natural, el astro se posicionó justo en el centro de la ventana, dejando así entrar con más fuerza los rayos reflejados. A Ángel le pareció ver como uno de esos rayos entraba raudo por el ventanuco cayendo sobre uno de los viejos libros. Nunca había reparado en ese volumen, ni siquiera recordaba haberlo colocado allí. Como por arte de magia el tomo, al absorber la luz proyectada por la luna, se deslizó a través de los volúmenes contiguos, abandonando su lugar en el estante y levitó suavemente hasta posicionarse en el centro de la habitación, a una altura de algo más de un metro, como si la fuerza gravitatoria no influyera sobre su masa, reposando sobre una mesa invisible sobre la que se abrió. La luz de la luna iluminaba la página que había quedado al descubierto. Ángel, cautivado por la sucesión de hechos que acababan de acontecerse antes sus ojos, se levantó de su asiento. Caminó por la estancia hechizado por el hermoso resplandor que parecía envolver el tomo abierto y se dispuso a leer la página que la luna le mostraba.

Meses después fui a visitarle, solía hacerlo una o dos veces al año pero esta vez había pasado algún tiempo más del habitual. Encontré su cadáver, reposado aún en aquel viejo sillón. Junto a él descubrí una nota escrita de su mano -reconocí su letra- en la que explicaba el extraordinario fenómeno del que les acabo de hacer partícipes. Terminaba la carta diciendo: “Ya puedo partir. Ya puedo dejar este desgastado cuerpo, abandonar este mundo terrenal. Puedo marchar en paz.”


Busqué aquel libro del que hablaba en su nota. ¡Por mi madre que lo busqué! Mas parecía haberse desintegrado. Mi tío Ángel no recibía más visitas que las mías, nadie pudo habérselo llevado. Jamás supe qué fue lo que aquellas páginas le desvelaron, jamás supe qué fue de aquel extraño libro y jamás expliqué a nadie lo sucedido, así que siéntanse afortunados de ser conocedores de estos hechos inauditos. O siéntanse tentados, como yo, de volver a aquella casa dieciocho años después para tratar de dar explicación a lo acontecido. Si así lo decidieran, me acompañaran mañana por la noche, en la biblioteca, junto al viejo sillón. Se adjuntan las coordenadas.

                                                                                                                                   Adah.

2 comentarios:

  1. Bien escrito, estilo cuidado. Historia que recuerda en las formas elegantes a las clásicas. pero tenemos un problema con el punto de vista, empieza contando la historia de Ángel en 3º persona visión única, y de pronto en un personaje de la historia, su sobrino quien nos la cuenta. ¿cómo estaba presente él en las escenas anteriores, sabía cómo sentía, cómo pensaba Ángel?

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    1. Lo sé, me di cuenta al releer el relato tras la última sesión.
      El/La sobrino/a podría estar inventando esta parte como forma de provocar mayor interés a ese lector ficticio al que invita a visitar la biblioteca la próxima luna llena. ¿Cómo se haría esto de una forma correcta?

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