Personajes:
Aquel día, como todos los otros,
me puse los auriculares y caminé lo más rápido que pude intentando no mirar a
ninguno de mis dos lados. Lo único en lo que me centraba era en el suelo y lo
hacía porque era imprescindible para no tropezar, estamparme o ser atropellada.
Si no hubiera visto sus zapatos
ni siquiera habría sido realmente consciente de que tenía gente caminando a mi
alrededor. Unas Converses roídas, unas deportivas recién estrenadas, unas polvorientas
botas de trabajo, unos preciosos Louis Vuitton y, de repente, llamó mi atención
ver que un hombre llevaba sandalias, sí, sandalias, en pleno invierno. Me
extrañó todavía más darme cuenta de que no eran sandalias lo que llevaba sino
que aquel hombre iba descalzo. Y junto con él, el resto de la gente.
Seguí caminando y aceleré el paso
con la certeza de que, sin quererlo, me había metido en algún tipo de
manifestación hippie. Pensé que no sería muy multitudinaria, pues no se veía una
aglomeración mayor que de costumbre.
Sólo tuve que dar un par de pasos
más para percatarme de que no era una manifestación hippie, sino que algo había
cambiado ese día, algo era muy distinto. Yo tampoco llevaba zapatos, ni
pantalones, ni el resto de la ropa que me había puesto antes de salir de casa. Ese
instante me pareció el momento idóneo
para levantar la cabeza. Sorprendentemente mi ropa estaba suspendida varios
metros por encima de mí. La mía y la de todo el mundo. Vestidos, chaquetas,
corbatas, pantalones, zapatos e incluso un par de hábitos de monja ascendían en
el cielo en racimos como globos de helio.
No podía creer lo que estaba
viendo, me sentía tan avergonzada y abrumada. Intenté taparme como pude con las
manos y me escondí detrás de un banco para que no pudieran verme desnuda.
Esperaba que la gente hubiera actuado de la misma forma que yo, y así fue, al
menos en la mayor parte de los casos. Pero algunos que no se escondían,
saltaban y escalaban a lugares altos para poder recuperar esa ropa tan cara que
el mismísimo cielo les había arrebatado. Todos estos intentos fueron en vano,
pues la ropa siguió subiendo y subiendo hasta que desapareció de la vista.
Tras una hora esperando no sé a
qué, escondida detrás de ese banco, decidí cambiar mi rumbo y volver a casa
para vestirme de nuevo. De camino a casa me di cuenta de que la gente estaba
desquiciada y asustada y de que todos los maniquíes de los escaparates de las
tiendas de ropa estaban tan desnudos como yo. Por fin volví a casa y no había
nadie. No había nadie ni tampoco nada. Al menos nada de lo que necesitaba en
ese momento. Todos los armarios y cajones estaban vacíos. Las sábanas, colchas,
cortinas y manteles habían desaparecido, no había ni siquiera papel higiénico.
No quedaba absolutamente nada con lo que pudieras cubrir tus vergüenzas.
Por todo esto decidí quedarme en
casa y no salir, no salir para no ser vista y para no ver a los demás. Tenía
miedo, un miedo irracional que en aquel momento no podía explicar.
Ya han pasado 30 años desde aquel
extraño día. La sociedad no tardó mucho en volver a la normalidad. Si la prensa
escrita no hubiera volado hasta desaparecer de nuestra vista habríamos
observado en los periódicos que las personas tuvieron exactamente la misma
conducta que yo tuve, una conducta de miedo y aislamiento. Y hubiéramos leído
titulares referentes a la gran idea de Amancio Ortega de añadir metales pesados
a la ropa para evitar que esta volara por los aires. No sé si afortunada o
desafortunadamente los artilugios electrónicos pesaban demasiado como para
desaparecer, por lo que fueron la televisión e internet los medios por los que me
informé de todos estos sucesos. Los materiales susceptibles a ascender y por lo
tanto desaparecer fueron sustituidos por otros por lo que, poco a poco, todo
volvió a la normalidad.
Este día, como todos los otros,
me pongo los auriculares y camino lo más rápido que puedo con la vista fijada
en el suelo intentando no mirar a ninguno de mis dos lados. Pero ahora las
razones por las que lo hago son distintas. Lo hago porque he entendido por qué
sentí miedo aquel día y me he dado cuenta de que fue absurdo. Sentí miedo
porque sin mi ropa, mis complementos, sin mi envoltorio, me presentaba ante el
mundo tal y como era y perdía el personaje que representaba cara a la sociedad.
En aquel día lo hacía por simple
timidez y, este día, lo hago porque no me apetece mirar a la cara a personajes
que son interpretados por personas que tienen un miedo irracional a presentarse
ante el mundo tal y como son.
Celia
buen relato, se convierte en una distopía que habla de las apariencias y lo superficial, del miedo a mostrarnos tal como somos. Me ha hecho gracia la solución oportunista de Amancio Ortega. Eso sí, yo cambiaría el final, me parece que sobra la explicación, no me interesa tanto que el personaje se explique, eso deberíamos entenderlo del relato.
ResponderEliminar