martes, 21 de febrero de 2017

Caída libre


 
He esperado tantas veces este momento que parece mentira. Todo parece indicar que me voy a sentar frente a él, por fin. Esa casualidad dichosa con la que llevo tanto tiempo fantaseando; esa conjunción astral favorable que ya parecía imposible que se produjera, está a punto de ocurrir. Cojo aire, meto tripa, intento caminar con aparente seguridad, y tomo asiento.


Y de pronto él me mira y siento como si flotara. Espera ¿Como si flotara? Joder, es que estoy flotando. Las suelas de mis zapatos no tocan el suelo, aunque eso no es tan extraño, dada mi estatura. Tampoco mi culo toca el asiento y eso sí que ya es más raro. La sensación sería muy agradable si no fuera porque todo el mundo me mira con cara de horror ¿Qué miráis, imbéciles? ¿No veis que estoy por encima del bien y del mal? Tengo ganas de reírme a carcajadas y no siento ningún miedo. Se me ocurre que quizás sea porque soy una completa inconsciente y no sé de qué va nada de esto de la ingravidez, pero también es posible que haya accedido a un nivel de conciencia superior. Podría ser que el amor que siento por este sujeto idealizado que me mira con la boca muy abierta, me haya transfigurado y convertido en un ser incorpóreo, en una representación casi pictórica del amor. 


Pronto decido que lo de "ser incorpóreo" parece que no es cierto, porque una chica con gafas intenta súbitamente sujetarme por una pierna, vociferando un “NO TE ASUSTES” que consigue justamente lo que pretendía evitar. Dos señoras gritan tapándose la boca y parecen comentar que es un hecho inaudito que una joven levite de esta forma en el autobús de línea. Remarcan lo del autobús, como si en el supermercado, por decir algo, fuera algo más normal. Unos niños ríen divertidos señalándome, y hacen gestos como si fuera a caer en picado al suelo en cualquier momento y a abrirme la cabeza.


Yo estoy manteniendo la calma admirablemente, me digo, quizás porque tengo un techo por encima que en principio limitaría mi ascensión a un par de metros. La verdad es que empieza a ser algo molesto flotar a esta altura en la que todo el mundo puede verme las bragas, pero no tengo alternativa dadas mis circunstancias actuales.


Haciendo un notable esfuerzo de racionalidad, intento establecer un diálogo sereno y útil con mis compañeros de viaje, pero los usuarios de la línea 12 no parecen muy interesados en ayudarme con mi agobiante situación, sino más bien en grabarme en vídeo con el móvil para más tarde subirlo a youtube. Les grito que me echen una mano porque ya estoy cansada de darme pequeños golpes en la cabeza contra la cubierta del bus, pero interpretan que es tan sólo un acceso de pánico y me gritan a su vez que me calme, que todo se arreglará.



Repentinamente, aparece el conductor del autobús para comunicarnos que se ha puesto en contacto con la central y que van a mandar a alguien. Supongo que está haciendo un esfuerzo por aparentar un cierto control de la situación, pero como ya estoy algo nerviosa, no puedo evitar preguntarle, con sorna, si ese alguien es una especie de cazafantasmas o un exorcista, y ante el murmullo general, le comento que lo que necesito es bajar de una vez, porque tengo una clase de anatomía en breve y ponen falta de asistencia.



El conductor vuelve mediante grandes zancadas hacia la parte delantera del vehículo y, desesperada, se me ocurre intentar bajar (o subir, ya no estoy muy segura) aferrándome a una de las barras del autobús. Me siento bastante ridícula arrastrándome como una oruga por la barra como en una especie de pole dance defectuosa, pero parece que surte algo de efecto y me quedo completamente invertida, con la falda subida, y con repentinas ganas de vomitar.



Un chico gordito, muy amable, se ofrece a sujetarme la falda para que no se me vea nada, pero le digo que mejor procure avisar a alguien que realmente pueda ayudarme a salir de la situación, que empezó siendo divertida pero se está volviendo muy estresante. Con cara de pasmo, me pregunta:



-¿Y a quién coño podemos llamar?

-Yo qué sé- le digo- a la policía, a los bomberos, a Iker Jiménez,..



Nos da un poco la risa a ambos, pero pronto la mía se nubla conviertiéndose en un llanto cálido y lento que no consigo reprimir.



-Venga, no llores, mujer – me dice compungido.

-La culpa de todo la tiene el amor, ¿sabes?

-¿Qué quieres decir? - responde boquiabierto



Algo se ilumina en mi cerebro y procedo a llamar con gestos apremiantes al viajero macizo del que llevo varios meses enamorada, del cual me había sentado enfrente.


Le pregunto, entre esperanzada y aterrada por las posibles consecuencias de mi iniciativa:



-Perdona, ¿se te ocurre algo que podamos hacer para acabar con esto?

-Pues no se me viene ná a la cabeza, te lo juro tronca. – responde con una voz estridente, sumamente molesta, y una expresión un tanto mema.



Inmediatamente siento como una vibración se apodera de mi cuerpo y recupero la consciencia cuando ya estoy en el suelo y me están atendiendo varias personas. Al parecer me he hecho un corte en la ceja que sangra abundantemente, y me duele mucho todo el cuerpo. 

Sonrío, sin embargo, liberada del maldito hechizo.
Madame Pikachu

No hay comentarios:

Publicar un comentario