He
esperado tantas veces este momento que parece mentira. Todo parece indicar que me voy a sentar
frente a él, por fin. Esa casualidad dichosa con la que llevo tanto tiempo fantaseando; esa
conjunción astral favorable que ya parecía imposible que se produjera, está a punto de ocurrir. Cojo aire, meto tripa, intento caminar con
aparente seguridad, y tomo asiento.
Y de
pronto él me mira y siento como si flotara. Espera ¿Como si flotara? Joder,
es que estoy flotando. Las suelas de mis zapatos no tocan el suelo, aunque eso
no es tan extraño, dada mi estatura. Tampoco mi culo toca el asiento y eso sí
que ya es más raro. La sensación sería muy agradable si no fuera porque todo el
mundo me mira con cara de horror ¿Qué miráis, imbéciles? ¿No veis que estoy por
encima del bien y del mal? Tengo ganas de reírme a carcajadas y no siento ningún miedo. Se me ocurre que
quizás sea porque soy una completa inconsciente y no sé de qué va nada de esto de la ingravidez, pero también es posible que haya accedido a un nivel de conciencia superior.
Podría ser que el amor que siento por este sujeto idealizado que me mira con la
boca muy abierta, me haya transfigurado y convertido en un ser
incorpóreo, en una representación casi pictórica del amor.
Pronto
decido que lo de "ser incorpóreo" parece que no es cierto, porque una chica con gafas intenta súbitamente
sujetarme por una pierna, vociferando un “NO TE ASUSTES” que consigue justamente lo que pretendía evitar. Dos señoras
gritan tapándose la boca y parecen comentar que es un hecho inaudito que una
joven levite de esta forma en el autobús de línea. Remarcan lo del autobús,
como si en el supermercado, por decir algo, fuera algo más normal. Unos niños
ríen divertidos señalándome, y hacen gestos como si fuera a caer en picado al suelo en
cualquier momento y a abrirme la cabeza.
Yo
estoy manteniendo la calma admirablemente, me digo, quizás porque tengo un techo
por encima que en principio limitaría mi ascensión a un par de metros. La verdad
es que empieza a ser algo molesto flotar a esta altura en la que todo el mundo
puede verme las bragas, pero no tengo alternativa dadas mis circunstancias actuales.
Haciendo un notable esfuerzo de racionalidad, intento establecer un diálogo sereno y útil con mis compañeros de
viaje, pero los usuarios de la línea 12 no parecen muy interesados en ayudarme con mi
agobiante situación, sino más bien en grabarme en vídeo con el móvil para más
tarde subirlo a youtube. Les grito que me echen una mano porque ya estoy
cansada de darme pequeños golpes en la cabeza contra la cubierta del bus,
pero interpretan que es tan sólo un acceso de pánico y me gritan a su vez que
me calme, que todo se arreglará.
Repentinamente, aparece el conductor del autobús para comunicarnos que se ha puesto en contacto
con la central y que van a mandar a alguien. Supongo que está haciendo un esfuerzo por aparentar un cierto control de la situación, pero como ya estoy algo nerviosa, no puedo evitar preguntarle, con sorna, si ese
alguien es una especie de cazafantasmas o un exorcista, y ante el murmullo
general, le comento que lo que necesito es bajar de una vez, porque tengo una
clase de anatomía en breve y ponen falta de asistencia.
El conductor vuelve mediante grandes zancadas hacia la parte delantera del vehículo y, desesperada, se me ocurre intentar
bajar (o subir, ya no estoy muy segura) aferrándome a una de las barras del
autobús. Me siento bastante ridícula arrastrándome como una oruga por la barra como en una
especie de pole dance defectuosa, pero parece que surte algo de efecto y me quedo
completamente invertida, con la falda subida, y con repentinas ganas de
vomitar.
Un
chico gordito, muy amable, se ofrece a sujetarme la falda para que no se me vea
nada, pero le digo que mejor procure avisar a alguien que realmente pueda ayudarme a
salir de la situación, que empezó siendo divertida pero se está volviendo muy
estresante. Con cara de pasmo, me pregunta:
-¿Y
a quién coño podemos llamar?
-Yo
qué sé- le digo- a la policía, a los bomberos, a Iker Jiménez,..
Nos
da un poco la risa a ambos, pero pronto la mía se nubla conviertiéndose en un llanto cálido y lento
que no consigo reprimir.
-Venga,
no llores, mujer – me dice compungido.
-La
culpa de todo la tiene el amor, ¿sabes?
-¿Qué
quieres decir? - responde boquiabierto
Algo
se ilumina en mi cerebro y procedo a llamar con gestos apremiantes al viajero macizo
del que llevo varios meses enamorada, del cual me había sentado enfrente.
Le
pregunto, entre esperanzada y aterrada por las posibles consecuencias de mi
iniciativa:
-Perdona,
¿se te ocurre algo que podamos hacer para acabar con esto?
-Pues
no se me viene ná a la cabeza, te lo juro tronca. – responde con una voz estridente, sumamente molesta, y una expresión un tanto mema.
Inmediatamente
siento como una vibración se apodera de mi cuerpo y recupero la consciencia
cuando ya estoy en el suelo y me están atendiendo varias personas. Al parecer
me he hecho un corte en la ceja que sangra abundantemente, y me duele mucho todo el cuerpo.
Sonrío, sin embargo, liberada del maldito hechizo.
Madame Pikachu
No hay comentarios:
Publicar un comentario