jueves, 30 de marzo de 2017

Torpeza y baños.

Todas las familias, al igual que todos los grupos de amigos, cuentan con alguna persona que no llega a encajar. Tal vez sea por sus pensamientos radicales, tal vez por sus extraños gustos o, tal vez, y simplemente, porque no quiere encajar.

Esto es lo que le sucede a la protagonista de esta historia: Estefanía Asins.

Estefanía siempre había recorrido los pasos preestablecidos, solo que a veces se le cruzaban los cables y cambiaba completamente el chip. De pequeña, le gustaba mucho jugar a fútbol y juntarse con los chicos, ya que no entendía a las chicas de su edad. Sin embargo, desde que en un partido le metió semejante balonazo en las partes bajas de un chaval que le tuvieron que llevar directamente al hospital, como que dejaron un poco de jugar con ella.

Así que le tocó permanecer al lado de esas chicas que, por mucho que no tuvieran nada en común, la aceptaban.

O al menos eso creía Estefanía.

A medida que iban creciendo, sus gustos se iban alejando cada vez más. Lo que a ellas les parecía lo más normal, para Estefanía era una barbarie. ¿Con 14 años y con tacones? ¿Por qué querían sufrir tan pronto? Disculpadme, a veces me es inevitable ponerme del lado de la protagonista.

A la par que ella lo veía una locura, sus “amigas” también la veían como una loca. Una friki. Y así justamente es como la llamaron… a sus espaldas. Al enterarse por otra amiga que había escuchado eso fortuitamente, decidió tener el valor de imponerse y exigir una explicación.

Y eso es lo que hizo. En un descanso tras la clase, se acercó a la chica que la había llamado así mientras todos los compañeros de la clase las rodeaban al grito de “uuuuh”. Ya sabéis, similar al bramido de un mono. Estefanía consiguió alzar su voz y dejar claro que ella valía mucho más de lo que esas niñas creían. Lo hizo tan, tan bien, que hasta consiguió una disculpa y una marea de aplausos.

Orgullosa como ella sola, se fue con pasos dignos al recreo. Pero la torpeza es demasiado innata en ella y, justo cuando fue a poner el pie en el primer escalón, se resbaló, cayendo de culo por las escaleras con el sonido de las risas de sus compañeros por detrás. Realmente solo faltaba el tema de Benny Hill para completar semejante escena bochornosa. Se levantó como pudo e intentó sobrellevar la caída de la manera más digna posible: corriendo a encerrarse en un baño.

No estoy muy segura de cuánto tiempo estuvo allí encerrada, la verdad. Tal vez varios meses, porque para cuando salió, las risas ya habían desaparecido y ella parecía un año mayor. O tal vez simplemente me despisté y dejé de seguir su historia. Nunca lo sabremos.

Lo siguiente que pude observar es que continuaba con ese grupo tan irritante que le hacía la vida imposible. Un poco atontada la protagonista, pero qué se le va a hacer, era eso o quedarse sola. Aunque parecía que en ese tiempo en el que estuve ausente, conoció a nuevos amigos. ¡Y hasta la entendían! No se metían con ella y compartían muchos gustos. Poco a poco se fue sintiendo más a gusto con ellos y menos con las otras chicas. Así que decidió rebelarse, y no por lo bajini, no, sino que alzó bien la voz y les dejó claro lo que pensaba.

En una noche de Fallas, cerca de la carpa que habían puesto en mitad de la carretera, paró en seco a sus “amigas”, que estaban cotilleando sobre la vestimenta de un chico esa noche. No les parecía nada “cool”. Todas la miraron cuando les dijo que no podía más. Que no las soportaba. Que eran “unas niñatas que solo saben criticar”. Que le aburrían. Que no quería seguir estando con ellas. Ninguna llegó a articular palabra, ya que Estefanía empezó a caminar antes de darles la oportunidad de replicar.

Por fin estaba haciendo lo que debería haber hecho hace mucho tiempo, se dirigía directa a ese grupo de personas que realmente la apreciaban y entendían. Su felicidad no podía ser aún mayor… pero como siempre, su torpeza le jugó una mala pasada.

Su camisa se enganchó con una de las vallas que había para cortar el tráfico, con tan mala pata que se cayó, creando un estruendo tan enorme, que hasta pararon la música y todas las miradas se dirigieron hacia ella. Estefanía solo pudo encogerse de hombros y salir corriendo hacia el lugar que más seguro le pareció en su día y más seguro le parecía entonces: el baño. Aquí también añadiría el tema de Benny Hill. Es que ese tema es fantástico como banda sonora de la vida de la protagonista.

Puede que ese fuese el día en el que Estefanía desarrolló ese pánico a la hora de hablar en público, esa vergüenza al conocer a gente nueva y esa afición por tener el baño como un lugar de meditación y relajación. Posible razón por la que ahora nunca va estreñida.

Me gustaría poder decir que salió de ese baño y nadie la juzgó por ese numerito, pero creo que me volví a despistar. Lo último que vi de su vida es que se cayó de culo en una caca de perro en la protectora de animales. No parece tener mucha suerte esta chica.

Solo me queda deseársela y pasarme de vez en cuando a echar un vistazo, a ver si ha mejorado un poco su torpeza.


¡Mucha mierda, Estefanía Asins!
-Estefanía Asins-

miércoles, 29 de marzo de 2017

Another brick in the wall

(Está en primera persona ¯\_(ツ)_/¯. Entendí que podíamos usar cualquier tipo narrador y que el único requisito era usar nuestro nombre y primer apellido).


Tal vez fascinados por el orden abrumador del universo, hay en los seres humanos una inclinación a lo complejo. Sin embargo, no es infrecuente que la solución a un problema sea la más simple de entre todas las posibles. ¿Cuántas veces hemos recorrido nuestra casa en busca de unas llaves ─incluidas las habitaciones donde sabíamos que era imposible que estuviesen─ y hemos acabado encontrándolas en nuestro bolsillo? ¿En cuántas ficciones de segunda hemos aprendido que las mujeres pierden su tiempo buscando un amante tan perfecto como ese amigo que le tiende el hombro lealmente después de cada ruptura? También hallaremos ejemplos ilustres de este hecho en la Literatura y la Historiografía: Alejandro de Macedonia usó la hoja en lugar de las manos para desatar el nudo gordiano; en Esopo, el halcón rechaza la sugerencia del ruiseñor de cazar un pájaro más nutritivo, alegando que es de necios abandonar lo conseguido en pos de aquello que se espera conseguir; y en un famoso relato policíaco descubrimos en su resolución que el culpable había escondido la carta robada en un tarjetero a la vista de todas sus visitas. Yo mismo, últimamente, dedico parte de mi tiempo a abrirme paso entre la maleza del jazz, la música clásica y el rock progresivo. Persigo lo sublime, aunque sé que ninguna de esas obras maestras podrá conmoverme tanto como cuando vuelvo a las canciones de Radio Futura y Café Quijano que mi padre ponía en el coche, o a las bandas sonoras de Dragon Ball Z y One Piece. Hay un episodio de mi infancia que puede darle color a esta idea.
            Era una tarde de verano. Yo debía tener ocho años. Solía pasar las vacaciones estivales en el pueblo de mi madre. Me quedaba en casa de mis abuelos, jugaba con mi primo Gerard y a veces íbamos con mi tío a la piscina municipal o a una de las muchas prolongaciones del río. Como era la hora de la siesta y no sabía qué hacer, me fui a la ermita que hay al final de la calle donde vivían mis abuelos. En torno a la ermita hay una pequeña plaza con una farola inservible en el centro; la plaza se extiende hacia la izquierda y acaba en un mirador desde el que se ven huertos y montañas; a partir del mirador, el calvario baja hacia la derecha, hacia la izquierda, y hacia la derecha de nuevo. Descendí y me fijé en la pared que se formaba por la inclinación del calvario.
            Siempre me había gustado escalar. Hacía unos meses mis padres habían vendido el piso en el que habíamos vivido hasta entonces. Estábamos residiendo en casa de mis abuelos paternos mientras esperábamos a que terminasen el adosado que habían comprado. Mis abuelos vivían en un barrio marginal fusionado al monte. Con el paso de los años, la gente del pueblo se había ido yendo a la zona baja y ahora solo quedaban gitanos y un puñado de ingleses y viejos nostálgicos. En frente de la casa de mis abuelos había un muro muy largo, de unos setenta metros de longitud y unos cuatro de altura, producto del desnivel entre dos calles. Lo trepé en más de cinco ocasiones, y con unas chanclas de madera, por si fuese poco. Mi padre había eludido el servicio militar por tener el ángulo del puente de los pies demasiado agudo; paradójicamente, yo había nacido con los pies planos, de ahí que tuviese que llevar plantillas de plástico en invierno y chanclas de madera en verano.
            La pared del calvario es más alta que el muro que tantas veces y con tanta facilidad he escalado, me dije, retándome. Además, iba con zapatillas, no con los incómodos zuecos; la subida no debía suponerme ningún problema. Hice un primer intento, pero al no encontrar punto de apoyo, bajé. Volví a empezar desde otra parte. Ascendía lentamente, asegurándome de pisar y agarrar con firmeza. Aparté de un soplido dos o tres hormigas rojas que cruzaban el dorso de mi mano izquierda. Habiendo trepado la mayor parte del muro, frené. Tenía que asirme de la boca de un agujero muy hondo. ¿Qué bestias podían habitar aquel negror? Si ponía la mano allí, me exponía a despertar a una rata, o peor, a una escolopendra. ¿Pero qué podía hacer? Si bajaba estando tan alto, con lo patoso que soy, seguro que resbalaba y me caía de espaldas. En mi mente resonó una voz femenina que era mil voces: “La vida no es un juego. Si te mueres, no te quedan más vidas”. Afortunadamente, pude seguir sin más complicaciones hasta llegar a la cima. Allí me topé con un cactus parecido al aloe vera con las puntas de un amarillo pálido. Tenía espacio para apoyar la mano derecha, pero el cactus le ponía las cosas difíciles a la izquierda, y, según mi madre, aquella especie de cactus era venenosa: si lo tocaba, moriría.
            Pensé en gritar, en pedir ayuda, pero estaba convencido de que nadie me oiría. Anna es un pueblo pequeño, con la población envejecida, todo el mundo estaría durmiendo a esas horas. Parecía evidente que iba a morir patéticamente. Qué absurdo destino ¿Qué dirían de mí? Se burlarían, seguro, o si no, se compadecerían por ese chico estúpido que se subió a un muro y se mató, como aquella niña que dio un sorbo a la botella de salfumán o el niño que se hundió con un montacargas en una obra. Una vida segada antes de madurar. Ni siquiera había podido beberme una cerveza, besar a una chica, conducir un coche, capturar a Mewtwo en el Verde Hoja… Encima, todavía no me había confesado y seguro que iría al infierno por aquella moto de juguete que robé en la papelería Les Fonts, por abrir los paquetes de Fosquitos en el supermercado y quedarme con los regalos sin comprar el producto, por mentir tanto y por decir palabrotas. No tardé en ver la vanidad de aquellos pensamientos. Aquellos no eran motivos suficientes para poner a trabajar los conductos lagrimales. ¿Qué sería de mi madre? En aquel momento estaría durmiendo, comiendo magdalenas con Nocilla o pasando productos por la caja del Caprabo tranquilamente; mientras, su único hijo estaba a punto de zambullirse en el Estigia. Nos separaban más de sesenta kilómetros, pero yo la imaginaba justo allí, curvada sobre mi cadáver, empapándome la cara, gimiendo, musitando: “Mi niño… mi bebé”. Sin duda se suicidaría, y con ella mi abuela, mi abuelo moriría en la indigencia al no tener  a nadie que se ocupase de él. Toda mi familia destruida por mi culpa.
            La muerte siempre ha sido un tema que ha revuelto mi mente. Los ojos con que la he visto han ido cambiando con el paso del tiempo, pero su capacidad de inquietarme ha sido invariable. Cuando era niño la temía más que a nada en el mundo. Cuando nos cae al suelo un helado recién comprado, nos duele más que cuando lo hace uno menos sólido que líquido. Es tan grande el universo, pensaba, que una sola vida no basta para abarcarlo. A menudo fantaseaba con ahorrar lo suficiente como para poder congelarme criogénicamente y así conocer la juventud eterna y las maravillas del progreso.
            ─Ye, primo. ¿Qué haces?
            ¡Milagro! Bajé la mirada y vi con regocijo a mi primo. Su piel era blanca como la de un querubín, llevaba una camiseta de color verde esperanza, como le gustan a su madre, y sostenía una pelota de baloncesto entre la mano y la cadera.
            ─Gerard. Gracias a Dios ─dije─. Tienes que llamar a la abuelita. Dile que venga y me ayude, que ya no aguanto más aquí.
            ─¿Pero qué estás haciendo ahí?
            ─¿Qué más dará eso ahora? Tu solo vete y llama a la abuelita. Ya verás, que se me va a soltar una mano y me voy a partir la espalda.
            Salió corriendo diligentemente. Mi primo es dos años menor que yo. Era uno de mis tres únicos familiares que no me llamaban por mi nombre. Los otros dos eran otro primo mío más joven, que también me llama primo, y mi abuelo paterno, que me llamaba Alejandro. Porque, ¿cómo iba alguien tan patriota como él, don José Arcos, a dirigirse a uno de sus nietos con un nombre de origen ruso como Alex o Alexandre, existiendo la variante castiza?
            Di gracias al Cielo incansablemente y recé una docena de padrenuestros. Hasta hacía unos meses mi fe en Dios había sido más bien tibia. Unos años atrás había afrontado la disyuntiva de escoger entre mi mente y mi cuerpo, entre ser un empollón o un revoltoso. Elegí la primera opción por la curiosidad que siempre me ha invadido y por razones pecuniarias y productivas: no había una sola historia en la que el gamberro acabase bien parado, por el contrario, el sabio siempre acababa con un buen trabajo y una buena vida. Y, por lo visto, para ser considerado un hombre sabio, había que abandonar la religión y el misticismo. Mis creencias habían cambiado un viernes por la noche en el que mi padre y yo vimos Constantine, una película que sigue la demoníaca epopeya del exorcista epónimo para evitar la encarnación del Anticristo. En el tiempo que duró el film, mi opinión respecto a Dios mutó. Las imágenes de las desérticas ciudades infernales, de los demonios ciegos y del sarcástico Satán antropomórfico hicieron más por devolverme al rebaño, que toda la tradición católica, apostólica y romana a la que estaba expuesto.
            Alguien pensará, estoy seguro, que esto es contradictorio. Si eligió una vida de estudio, ¿qué hacía escalando una pared? No podemos separarnos de nuestra sombra. Siempre fui un chico travieso y algo payaso, y cuando uno es el guardia de uno mismo, no puede mantener la celda sellada por siempre. Sí, es una contradicción, una más de las que ha habido en mi vida: el individualismo y el egoísmo son mis principales cualidades, pero voto a los comunistas; me atraen más las mujeres morenas, pero mi novia es rubia y tiene los ojos azules; miento impúdicamente a diario, pero me obsesiona la verdad; me encanta hablar, pero apenas hablo. Ahora hojeemos las biografías de las personas más grandes del pasado, incluso ellas tuvieron dificultades para ser fieles a su sistema de valores. El ser humano es inseparable de la contradicción.
            En esto volvió mi primo.
            ─¿Y la abuelita? ─pregunté.
            ─Es que estaba acostada y no quería despertarla.
            ─Tú eres tonto. ¡Que me voy a matar, puto subnormal!
            La angustia me indujo un gemido, pero lo ahogué. No quería seguir humillándome delante de mi primo.
            ­─Si quieres llamo al abuelito, estará tomándose el café en el Rechol.
            Esa no era una opción. Mi abuelo materno era un hombre serio, lacónico. Tenía un sentido del humor muy particular. Solía entrar en casa silenciosamente y dar los buenos días vociferando para asustar a mi abuela, o daba una palmada a la puerta levadiza de atrás y se llevaba la mano a la frente como si se hubiese dado un golpe. En una ocasión volví a casa de mis abuelos después de tener un accidente con la bicicleta. Me escocían las palmas de las manos y la sangre me bajaba por la pierna. Mi abuelo estaba sentado en la acera de atrás, agotando un cigarrillo y una sopa de letras. Al verme llegar no dijo nada, solo rió placenteramente.
            Si mi primo lo llamaba, volvería a repetirse la misma escena. Seguramente se quedaría mirándome sonriente, sin hacer nada, apoyado en su bastón.
            ─¿Quieres que te ayude yo? ─prosiguió mi primo.
            ─No, déjalo, a ver si aún la cagas más.
            Los efectos de nuestras acciones son incalculables; las causas que las producen, innúmeras. De pronto, distinguí el método para consumar la escalada. Me resultó difícil conseguirlo porque tenía que forzar la postura de los brazos, pero fue efectivo. Me quedé tumbado en el suelo unos minutos con los brazos extendidos contemplando las copas de los pinos, las nubes y el cielo.
            ─Bueno, ¿vamos al poli a echar unas canastas? ─dijo mi primo.
            ─Espera, creo que voy a subir otra vez.

-Alex

Una semana y media

Medias de rejilla, faldita de cuadros, camisa blanca dos tallas menor de la suya, corbata y dos bonitos lazos azules a juego con los colores de los cuadros de la falda. Todo estaba bien doblado y preparado dentro de la mochila de Celia Simarro. Hoy por fin llegaba el día, el día en el que su relación se consolidaba, el día en el que cumplía una semana y media de noviazgo con Javier, el chico del que se había enamorado locamente tan sólo dos días después de haber roto con su mejor amigo. A sus quince años Celia había tenido tantas relaciones como dedos en las manos y la más larga de todas ellas había durado tantos días como dedos tiene en un pie.

Llevaba ya tres días planeando este momento, tenía que ser perfecto, ella debía estar espléndida y él había de quedar boquiabierto. A las cinco en punto de la tarde estaba llamando al timbre de la casa de su chico. Todo era tal y como debía ser, estaban solos y rebosantes de esa absurda pasión adolescente incomprensible en el resto de etapas de la vida. Los besos acompañaron a Celia desde que se abrió la puerta de la casa hasta que llegaron a la habitación de Javier pero, antes de entrar, Celia recordó la grata sorpresa que tenía guardada en la mochila y se excusó para ir al baño. Javier le señaló la dirección hacía el baño más estrecho y agobiante de los dos que había en la casa.  

La aventura comenzó cuando en ese pequeño espacio tuvo que empezar a desnudarse para colocarse el atuendo que tan concienzudamente había seleccionado. Quitarse la ropa fue lo más fácil del proceso y ya le resultó costoso. Celia decidió prescindir de la ropa interior, total, se la iban a quitar de todas formas. Lo primero que se colocó fueron las medias de rejilla. Cerró la tapa del váter para evitar accidentes y se sentó en él para ponérselas con delicadeza. Ya estaban metidas y subidas hasta las rodillas por lo que el paso que venía a continuación era levantarse y realizar el meneíto que permite subirlas del todo y colocarlas bien. Haciéndolo se resbaló y, gracias a la estrechez del baño, chocó contra la puerta pero no llegó a caer al suelo. Inmediatamente después se oyó una voz preocupada al otro lado de la puerta preguntando por ella. Lo siguiente que sacó fue la camisa, una inesperadamente arrugada camisa blanca, no creía que se fuera a arrugar de tal forma habiendo pasado tan poco tiempo guardada en la mochila. Al igual que esta, la falda y la corbata también parecían grandes recortes de papel pinocho. Se puso la camisa con la mayor parte de los botones desabrochados y un nudo que le permitiera enseñar el ombligo, la falda bien arriba para no dejar nada qué hacer a la imaginación y la corbata de forma casual para darle un estilo sencillo a la par de elegante. Por último cogió los dos lazos azules haciéndose con ellos dos trenzas de colegiala que le caían sobre los hombros hasta la altura de los pezones como si hubieran sido minuciosamente medidas y talladas para ello.

Seguidamente salió del baño para dar comienzo a la segunda parte de la aventura. Entró en la habitación, besó apasionadamente a Javier en los labios y con un sutil empujón lo hizo caer sobre la cama. Buscó la canción You can leave your hat on de Joe Cocker en You Tube y adoptó la postura más sexy que conocía esperando el comienzo de dicha canción. Para su sorpresa, en lugar de salir el típico “Chanana nana” que todos conocemos del ordenador, se escuchó una voz que decía: “¡Estoy embarazada! De dos semanas”. Ese anunció de test de embarazo hizo que Celia se muriera de vergüenza y que llegara incluso a plantearse si era una señal divina o algo similar.

Cuando pasó el tiempo establecido para poder saltar el anuncio lo hizo y, esta vez sí, comenzó su baile erótico. Poquito a poco y al son de la música se fue contoneando y desnudando. Suaves movimientos de cadera hacia un lado y hacia otro fueron acompañados de unos bruscos movimientos de manos intentando quitar el nudo de la corbata que, al parecer, había apretado demasiado. Dio media vuelta y, mirando directamente los ojos de Javier, fue desabrochando uno a uno los botones de su camisa y deshaciendo el nudo que impedía que esta tapara su cintura. A cada botón, a cada contoneo, a cada gesto se iba acercando más y más a la cama en la que se encontraba Javier hasta situarse encima de este con la camisa completamente desabrochada. El chico besó el cuello de Celia y le quitó la camisa descubriendo sus pechos y produciendo así que se alcanzara el punto álgido del baile erótico. Demasiado bonito, perfecto, delicado y, ¿demasiado interrumpido? Sí, interrumpido por los padres de Javier que entraron en la habitación de su hijo para enseñarle el suéter que le habían comprado quedando como Celia pretendía que quedara Javier, boquiabiertos. Tras un silencio breve y muy incómodo únicamente alterado por la música que seguía resonando en la habitación Celia saltó de la cama y, sin saber muy bien por qué, se metió debajo de esta y decidió que jamás saldría de aquel sitio.

Sorprendentemente los padres de Javier no cerraron la puerta y se marcharon de la habitación ruborizados, sino que, lograron empeorar una situación que parecía que no podía llegar a ser más vergonzosa. La madre de Javier le pasó la camisa que recientemente su hijo le había quitado a Celia e intentando normalizar la situación le dijo: Sal cariño, que no pasa nada, si yo también le hago striptease a mi Manolo. Tras quince eternos minutos escuchando decir a los abiertos padres de Javier cosas tales como “El sexo es sano”, o como “Es normal que a vuestra edad tengáis curiosidad por probar cosas nuevas”; Celia salió de la casa de su ahora exnovio. Pues, después de haber vivido tal escena, una semana y media le pareció exactamente lo que era, muy poco tiempo como para formalizar una relación adolescente. Además pensó que aún le quedaba un tercer mejor amigo del grupo con el que probar suerte que, si no recordaba mal, tenía un pestillo instalado en la puerta de su habitación. 

Celia   


Puertas



Algunos días la vida parecía un largo río tranquilo, como el título de aquella película. Otros días, sentía el deseo de arrancarse la piel a tiras por tanta monotonía y sólo rogaba que pasara algo inesperado que la sacara de ese ensimismamiento en el que vivía desde la ruptura, hacía un año. En ocasiones todavía le sorprendía un llanto violento al escuchar una canción o al leer una frase pretendidamente bonita, y eso le hacía pensar que su duelo aún no había finalizado. En otros momentos, le dominaba el deseo de acción y de novedad, aunque no sintiera el impulso necesario para emprender nada fuera de lo cotidiano.



Fue entonces cuando Luis apareció en su vida, por estricto azar. Simplemente, un día abrió la puerta y allí estaba, con sus fuertes brazos, cargando bolsas de la compra y llevándolas a su cocina. Aquella primera vez no sucedió nada extraordinario que no fuera el pequeño cataclismo interno que ocurría dentro de Lucía. Ese sobresalto y ese sorprenderse a sí misma admirando sus brazos y midiendo en palmos imaginarios la anchura de su espalda. Parecía una montaña rocosa y pensó que ahí dentro, abrigada entre sus brazos, debía sentirse una muy segura, como en una fortaleza inexpugnable.



La siguiente compra, en el correspondiente reparto semanal, sí sucedió algo. Al sonar el timbre, Lucía se avergonzó de su casa, desordenada y llena de juguetes, y le pidió que dejara las bolsas en el recibidor, en el suelo. Él la miró sorprendido y bromeó:



-Por el mismo precio te las dejo en la cocina y no las tienes que cargar tú.



Lucía accedió mansamente con un gesto de la cabeza y él pasó a su cocina. Dejó las bolsas sobre la mesa de madera y entonces la miró, atentamente. Y sonrió.



Cuando ya se iba, en la puerta, intentó darle un euro de propina, pero para su horror, dejó sobre la mano de Luis la moneda de un euro y una enorme miga de galleta que había salido de algún lugar de su bolsillo. Se avergonzó de todo: de su edad, de sus canas incipientes, de su olor a madre, de llevar una sudadera raída, de su gesto pequeñoburgués, de su estupidez supina. Y mientras se avergonzaba por todo, intentó afanosamente limpiar la miga de la mano de aquel coloso dándole un par de manotazos. Luis le miraba, extrañado pero divertido, y al final dijo socarrón:



-Eh, si lo que querías era chocarme los cinco no tenías que disimular dándome una galleta. ¿En serio me ves desnutrido?



Ella estalló en unas carcajadas que a él le recordaron a las risas de muchos años atrás, cuando todo parecía liviano y la risa era un lugar de encuentro. Tomó el ticket de compra y apuntó algo antes de dárselo.



Lucía cerró la puerta estrujando fuerte el ticket dentro de su mano. Cerrando la puerta mientras la abría.

Madame Pikachu

D.M.N., teórico inútil del amor romántico

                                                                                                                         

"La historia de la propia vida le parece a uno tan aburrida porque no ha sido realmente inventada".    ELIAS CANETTI


       Coincidí con Diego Muñoz en dos o tres cursos de la antigua E.G.B. Era un chaval raro y sus rarezas serían difíciles de precisar. En el último curso, en Octavo, dibujaba con bolígrafo tebeos de amor. Se inventaba historias románticas y las ponía en viñetas, al modo de las fotonovelas de la época, en donde él era protagonista junto a Amparo Olmos, compañera nuestra.Tenía muchas libretas así. Todos éramos muy feos y desaliñados, pero Diego además sufría pequeños tics en el ojo izquierdo. Su cuerpo era flaco y desgarbado, unas gruesas gafas le tapaban buena parte de la cara y jamás lo vi con el pelo peinado, pero era mejor estudiante que la mayoría. Por supuesto ninguna de las chicas de la clase se fijaba en él si no era para burlarse, especialmente, Amparo Olmos. Yo lo pasaba mal. Ya entonces empecé a sentir apuro al ver cómo un inocente indefenso era maltratado sólo por ese mismo motivo. Me enfermaba ver circular sus estúpidos tebeos amorosos de pupitre en pupitre provocando una mofa estruendosa. Pero a él parecía no importarle, no se desanimaba nunca. Insistía en su ridiculez sin ningún rubor. Igual que a mi me obsesionaba el fútbol y las películas de Bruce Lee, a Antonio Mínguez hacer colecciones de cromos de todo tipo y a Nieves Azaña imitar la voz y los gestos de las presentadoras de concursos, a Diego Muñoz sólo le interesaba el amor romántico. Pero todo lo que él supuestamente sabía del tema le había llegado a través de las series de televisión, de las canciones de la radio y de las revistas en casa de su abuela. Nos empezaban a gustar algunas de las chicas que veíamos por la calle o en el patio del cole, aunque sólo era una atracción física, hormonas abriéndose paso, niños despertando a otro mundo. Sin embargo Diego, sin ninguna ironía, nos dejaba atónitos diciendo cosas que parecían lemas publicitarios: "Yo no saldré nunca al extranjero. El amor será mi viaje". Todos muertos de la risa, pero a mi me daba una pena rara. Acabó el curso y antes de cumplir los quince nos dejamos de ver.

          Yo me olvidé de él y de todos. Crecimos cada uno a nuestra manera, sin mirarnos. Nos convertimos en personas distintas o simplemente hicimos callar poco a poco al niño pálido que fuimos. Aceptamos sin resistencia que la vida no era jugar al balón ni ver pelis de artes marciales. Pasaron muchas cosas en aquellos años intermedios y una fue que me encontré con Diego Muñoz una noche en un pub de la Avenida Antártida. Yo estaba con mi novia y él iba con un grupo de amigos. Lo vi ya mayor, a pesar de que tendríamos unos 26 años. Nos contamos casi a gritos brevemente la vida. Trabajaba de operario en un taller que fabricaba lentes de gafas para las ópticas. No había ido a la Universidad, ni siquiera había acabado el B.U.P. Le pregunté si aún estaba tan enamorado del amor como cuando era un niño. Yo sólo quería que nos riéramos los dos al recordar cosas de críos. Me dijo que por supuesto. Creía aún más y mejor, porque había leído mucho sobre el tema, novelas, poemas, tratados; se había hecho un gran aficionado al cine y a la música de los cantautores. Nunca había tenido una pareja en serio porque su timidez natural se lo ponía muy difícil, pero cuando llegara el momento lo tendría todo dispuesto en su corazón para vivir un amor definitivo e inigualable, me dijo muy campante. Sólo creía en el amor escrito, en el que se podía cantar o poetizar, en el que se mostraba en la pantalla de un cine y no estaba dispuesto a aceptar otra alternativa. Yo le tuve que confesar que ya no jugaba nunca al fútbol, que no tenía ni idea de grupos de música actuales y que Bruce Lee ya era como un pariente lejano que se quedó viviendo en una orilla perdida. Lo lamentó mucho por mí, casi me dio el pésame por mi infancia sepultada bajo los calendarios. Nos despedimos otra vez sabiendo que sería para mucho tiempo, aunque intercambiamos los teléfonos y prometimos llamar alguna vez. A mi me pareció el tipo más infeliz de todo el pub. Volvió a dejarme con una nebulosa tristeza, como en Octavo.

Olvidé una vez más a Diego Muñoz. Supongo que a él le pasó lo mismo. Nada sabíamos el uno del otro hasta que nos encontramos en las Navidades de 2011. Yo estaba de compras con mi mujer y mi hija en unos grandes almacenes del centro. Me alegro mucho de verte, dijimos los dos a la vez. Me pareció terriblemente avejentado. Más flaco que nunca, medio encorvado, la cara con bastantes arrugas. Le presenté a mi familia. Esta vez no quise dejar de nuevo las cosas al azar y nos citamos para chalar al día siguiente. De camino a casa mi mujer me dijo que parecía imposible que él y yo tuviéramos la misma edad y que el tal Diego no le gustaba nada, que no le daba buena espina, le inquietaba, parecía soportar una desdicha excesiva, ese tipo no está bien de la cabeza, concluyó. Tuve que admitir que tenía razón. A la mañana siguiente nos juntamos en un bar por el Ayuntamiento. Se había afeitado y buscado una ropa un poco menos estrafalaria quizá consciente de que su aspecto era muy mejorable. Tras los preámbulos habituales le pregunté por lo único que a mí aún me inquietaba. ¿Cómo llevas lo del amor? Traté de ser lo más neutro que pude, sin intentar intuir el sentido de la respuesta. Seguía en ello, continuaba con su preparación. No había tenido mucha suerte con las relaciones, se mantenía soltero, pero eso no le parecía un problema sino que lo afirmaba más en su convencimiento. Conocía la obra de los grandes poetas, a los ensayistas más agudos, había leído las mejores novelas. Era casi un experto en el cine de los 60 y 70, coleccionaba vinilos y ya los contaba por miles. Llevaba unos años asistiendo a talleres literarios como perfeccionamiento añadido a su misión. Según él dominaba toda la teoría galante y sus infinitas variaciones. Pero hasta el día de hoy eso no había sido suficiente para que en la práctica él pudiera darse por satisfecho y desde luego, llegados a ese punto, no iba a ceder ni un milímetro. Buscaría más y mejor, pero no tomaría atajos. A mí me costaba entender todo aquel disparate en su conjunto. Traté de disuadirlo lo mejor que pude. Desaprovechas tu vida por una cuestión muy banal, creo que estás muy equivocado, la vida adulta supone hacer ciertas renuncias y dejar atrás las tonterías de colegiales, hay que adaptarse constantemente para poder seguir, ese dogma tuyo te ha acabado convirtiendo en una especie de apestado, lo que pretendes ralla en lo enfermizo, deberías visitar a un especialista. Temía ser demasiado ofensivo y que se enfadara conmigo, pero se rió y me espetó que yo había envejecido demasiado deprisa, que hablaba como un señor. Tampoco se lo tuve en cuenta. Me dijo entonces que iba a confesarme un secreto. Estaba a punto de volver a quedar con Amparo Olmos. Gracias a unos conocidos comunes se habían puesto en contacto por teléfono y ya habían fijado un día para verse la semana siguiente. No sabían nada el uno del otro desde el final de la E.G.B. Pero él había entendido que quizá había que volver al punto de origen. Hacer coincidir su primera inquietud romántica con toda sus especulaciones posteriores. Tuve ganas de gritarle. Aquello se escapaba de lo lamentable y de lo patológico. Me empeñé en hacerle ver lo peligroso del terreno en el que se metía, pero no hubo manera. Por lo visto esa era su peculiar manía autodestructiva. Se atestaba de literatura como forma de no vivir, párrafos para no tener que enfrentarse a lo incomprensible y azaroso de nuestras experiencias, películas y canciones llenas de tópicos y que él interpretaba como la más alta Ley. Cuando nos despedimos y le desee suerte no sabía si era odio o aprensión lo que me inspiraba. Creo recordar que esa vez ya no le dije que ojalá nos volviéramos a ver.

A finales de febrero de este año leí por casualidad una pequeña noticia en el periódico mientras almorzaba. En un pueblo del área metropolitana una mujer y un hombre, al parecer pareja sentimental, habían sido hallados muertos en su vivienda. No había signos externos de violencia y los inquilinos cercanos no podían sino aportar las frases manidas: eran personas normales, no les oímos discutir nunca, muy amables, no podíamos imaginar una cosa así. La breve nota de prensa decía que los fallecidos respondían a las iniciales A.O.R. y D.M.N. Según testimonios de los vecinos al parecer llevaban conviviendo algo más de cuatro años y no tenían hijos. La policía no quería asegurar aún la causa final del suceso y no descartaba ninguna hipótesis. La falta de rastros violentos no apuntaba a priori hacia un crimen con tintes machistas. Mi pasmo ocupó el bar entero. No podía estar seguro de que fueran ellos puesto que no recordaba cuáles eran sus segundos apellidos, pero a la vez tenía una especie de convencimiento absurdo. Casi era un desenlace que cuadraba perfectamente con el resto de la historia. Intenté seguir la noticia en los días posteriores, pero ni los periódicos ni en los portales de información pude encontrar nada más. Nuevas tragedias mundiales y otras domésticas tomaban el relevo y se solapaban unas con otras. La muerte fresca coagulaba la del día anterior. No le dije nada a mi mujer. Sabía perfectamente lo que me iba a decir. Estuve mal muchos días después. Volvió a caer sobre mí el pesar que ya reconocía de tanto tiempo. Inventé disparatadas excusas cada vez que ella me preguntaba la razón de mi mutismo. Una de aquellas tardes acabé viendo tres pelis seguidas de Bruce Lee.

Diego

Nunca digas mentiras

Laura soltó un (quizá demasiado) sonoro resoplido tras leer el mensaje de Pablo. Otra vez se había olvidado de recoger a sus padres en el aeropuerto y, como siempre, le tocaría a ella correr hasta su apartamento y coger el coche, conducir hasta allá pasando la máxima velocidad permitida – y Pablo sabía que ella odiaba salir de las reglas establecidas – para compensar su error.

El último mes había estado lleno de secretos. ¿Qué necesidad había de mentir? Se preguntaba, mientras apretaba los nudillos agarrando el informe que se había pasado escribiendo media tarde y provocando que la tinta recién aplicada se desparramara entre sus pálidos dedos. Que se quedaba un poco más en el trabajo porque estaba desbordado de faena, que se iba a trabajar antes porque sino la riada de vehículos era inevitable (era panadero, ¿qué atasco iba a tener que presenciar?), un olor a un misterioso perfume que ninguno de los dos utilizaba.

Cruzó el portal, haciendo una mueca de disgusto ante el chirrido de la puerta por la falta de aceite y fue a comprobar rápidamente el correo. Al abrirlo, un pequeño papel contenía las palabras “Estoy arriba. Besos. R”

Laura apretó los dientes con fuerza para evitar maldecir el día en que se conocieron. Pablo debía creer que ella era tonta, pero no podía estar más equivocado. Había apostado por él durante mucho tiempo, pero todos tenemos nuestro límite y Pablo (con su nueva donante de besos) lo había cruzado definitivamente. Haría las maletas y les diría a sus padres que se irían a casa de una amiga hasta que pudiera alquilar un piso en una zona cercana. Siempre había sido partidaria de hablar las cosas cara a cara, pero por una vez iba a ser ella la que iba a desaparecer. 
 
Subió las escaleras a la vez que buscaba el número de Pablo entre la lista de contactos y dejó que los tonos sonaran mientras alcanzaba la cerradura de su puerta y hacía girar la llave. Sorprendentemente, él la esperaba dentro con una sonrisa de oreja a oreja. Y esa sonrisa, de la que normalmente carecía, fue más de lo que Laura pudo soportar.

      - ¿Quién te crees que eres? – comenzó Laura, dejando el bolso sin cuidado y cambiando automáticamente esa expresión de felicidad por una de desconcierto – Puedes haber jugado con muchas a lo largo de tu penosa vida, pero desde luego no voy a ser una de ellas. Palurdo estúpido, que siempre has ido de superior cuando nadie te ríe las gracias y de inteligente cuando no aciertas ninguna letra en el Pasapalabra. Espero que te hayas divertido, porque esto se ha terminado, para los dos. ¿Cómo te has despistado hasta dejar una nota de tu amante en el buzón? Es que no solo eres insuficiente, sino también molesto. ¡Menos mal que no voy a tener que aguantar esos insoportables ronquidos de nuevo esta noche!

La mirada de Pablo era indescifrable.  

         - Laura, he estado tan ocupado estas últimas semanas por organizarte esto. Te he llamado diciendo que me había olvidado de recoger a tus padres porque tendrías que subir a tu apartamento a recoger las llaves del coche. La nota la dejó tu madre.

       - ¿Qué…? – empezó a decir Laura, al mismo tiempo que la estancia se iluminaba y miles de serpentinas estallaban en el aire, completamente sinsentido con las caras desencajadas de los presentes. Había venido hasta su tío segundo de Cuenca, ese cuya voz había escuchado un par de veces por teléfono pero jamás había visto en la realidad.

        - ¿Feliz cumpleaños? – llegaron a decir. Pablo agarró su chaqueta del perchero para irse, dejando a Laura con confeti recorriendo su cuerpo y haciendo juego con la vergüenza de un momento que no podría olvidar.

Entre sueños

Aunque tomamos el mismo vuelo que seis meses antes,  aterrizar en Edimburgo en noviembre fue  completamente diferente, aquella vez, no se trataba de vacaciones, era el primer día del resto de nuestra nueva vida, nos invadía una especie de anhelo hacia aquello que aún no se extraña, y entusiasmo por descubrir todo aquello que aún no se conoce. Si algo bueno tiene emigrar es que uno carga con más esperanza e ilusiones que equipaje, así aterrizamos nosotros en un día de otoño en el que el sol comenzó a caer a las tres de la tarde, y en el que agradecimos la temprana llegada de la noche que hacia juego con nuestro cansancio.

Habíamos surcado mentalmente el camino que tomarían los próximos días,  queríamos conseguir un apartamento cuanto antes,  por eso, para minimizar los gastos mientras lo encontrábamos reservamos dos camas en una habitación de seis, en una preciosa casita victoriana reconvertida en hostel.

Sobre las siete de la tarde  llegó nuestro primer compañero de habitación, un chico delgaducho y pálido con acento francés, zapatos lustrosos y un traje emperchado que dejó sobre la única silla que había en la habitación. Fue en ese momento, cuando realmente caímos en la cuenta de la nueva experiencia que estábamos por  vivir, por primera vez en nuestra vida compartiríamos habitación con un extraño. En realidad no era la primera, tanto Yuri como yo habíamos estado en campamentos de verano, granja escuelas, en guarderías y festivales, así que lo de dormir cerca de extraños no debería habernos intimidado tanto, y sin embargo, nos sentíamos algo inquietos, supongo que el estar en otro país, no  hablar su lengua bien, y llevar 3000 libras encima,  influyó en que Yuri se sintiese algo ansiosa, no lo dijo, eso no era propio de ella, pero no me hacía falta que lo hiciese, llevábamos un año y medio juntos y había aprendido a leer en su rostro hasta la más discreta mueca,  no quise sacar el tema, ella es demasiado independiente demasiado fuerte, no le gustan las palmaditas de consuelo,  aunque sabe de sobra que mis manos están atentas a sus tropiezos por si las necesita.

Estábamos tan  agotados que después de comer y cenar, todo al mismo tiempo, en aquella tarde noche lluviosa,  nos metimos en la cama y  la habitación se quedó en calma, o dormimos tan profundamente que así nos lo pareció.

La primera mañana de nuestra aventura comenzó con una ducha caliente y un buen desayuno en la cocina-comedor, en la casita era sábado, nos sorprendió tener el habitáculo solo para nosotros, enseguida nos pusimos manos a la obra con la búsqueda de piso, teníamos un fuerte deseo por recorrer las calles de la bella ciudad que habíamos elegido para crear nuestro nuevo hogar, pero sabíamos que lo primero era encontrar un lugar para vivir y así tener una dirección para poder abrir una cuenta bancaria, obtener un número de Seguridad Social y poder entonces buscar un trabajo.

A media mañana, nuestro vecino de litera volvió de su paseo, aprovechamos para chapurrear un poco de inglés con él, su traje nos había confundido, no era un ejecutivo sino mas bien un aspirante a abogado en busca de un trabajo que le permitiese seguir formándose en tierras escocesas. Los tres teníamos una vida por crear, por lo que postergamos la charla hasta la noche, quedando en visitar juntos algún pub de Grassmarket  en compañía de una cerveza. El  resto del día lo dedicaríamos a nuestros quehaceres.

La habitación fue acogiendo nuevos huéspedes aquel día, después del almuerzo  sobre una de las camas encontramos algunos artículos femeninos,  pero ni rastro de su dueña, más tarde llegaron tres coreanos que estudiaban en Londres, habían aprovechado el fin de semana para explorar el norte de la isla, así fue como la idílica casita tomó forma de hostal en su máximo esplendor, habían confundido las reservas y calculado mal las camas, faltaba una en la habitación, improvisaron  con un colchón en el suelo, que los coreanos aceptaron tal vez, por un ajuste del precio, quizás por la desesperación de verse durmiendo en la calle en el gélido otoño edimburgués, la habitación tomó aires ciertamente poco glamurosos, y fue en aquel momento cuando descubrimos que éramos más inmigrantes de lo que nos habíamos pensado.

Al menos, teníamos que encontrarnos con alguien que estaba tan perdido como nosotros,  invitamos también a venir de excursión por los pubs a los visitantes orientales, pero nos dijeron que debían madrugar y que por favor, cuando volviésemos procurásemos no hacer ruido,  me pregunto si aquel comentario influyó en algo en el carácter rebelde de Yuri inconscientemente, que aunque muy responsable, es muy poco propensa a recibir órdenes.

Aquella noche disfrutamos de unas pintas con nuestro compañero de habitación,  la chimenea que había en el pub junto con la música en directo, hacían de aquel lugar un sitio entrañable, donde sentirse realmente acogidos por la ciudad. Después de unas cuantas pintas y poca conversación,  debido a la música,  y a la dificultad de mantener una conversación en un idioma que no dominábamos, sin oír a penas a nuestro interlocutor y a su acento francés,  decidimos retirarnos a descansar,  sin imaginar ni por un instante lo que aquella noche nos depararía.

Al llegar a la habitación la luz estaba encendida, todo el mundo dormía, menos unos de los coreanos que continuaba navegando por internet con su portátil, sin tener ninguna consideración por hacerlo a oscuras, para no molestar a los demás huéspedes. Nos acostamos procurando no hacer ruido, tal y como habíamos prometido, y la luz se apagó un buen rato después.

Unas horas más tarde, la madrugada se había apoderado de la habitación y en el más absoluto silencio retumbó por sus cuatro paredes un grito desgarrador, al que respondió desde la otra punta de la habitación otro grito, éste más temeroso y  desconcertante aún. Me apresuré a mirar hacia abajo,  tenía claro que el primer grito había provenido de la litera en la que dormía Yuri,  pero al enfocarle con el móvil en la cara la vi plácidamente durmiendo,  así que no quise interrumpir sus sueños.

A la mañana siguiente, los coreanos habían desaparecido, al igual que la misteriosa chica, de la que solo habíamos alcanzado a conocer, al volver del pub la noche anterior, unos cabellos atolondrados bajo la almohada que cubría su cabeza evitándole la molesta luz. Todos habían huido muy temprano,  y sí, hago hincapié en la palabra huído, ya que el espectáculo de la noche anterior, no los había dejado indiferentes.

Mientras nos desperezábamos, le conté a Yuri el incidente y ella dijo no haber oído nada,  me sorprendió,  sobre todo porque al provenir de su boca el grito, debió escucharlo sin duda. Su risa nerviosa me hizo desconfiar de sus verdaderas intenciones,  habría sido capaz de hacerlo intencionadamente, o era la vergüenza de reconocerse temerosa la que le impedía decir la verdad -me pregunte-. Yuri no es la clase de chica que soporta bien una situación embarazosa, ciertamente le falta un poquito de sentido del humor, cuando de reírse de ella mismo se trata. Así que, aunque yo tenía claro que había sido su grito,  no quise dejarla en evidencia, sobre todo, porque nuestro compañero francés que también se había despertado, venia sonriente a contarnos que él había sido el del segundo grito, decía haberse despertado llorando del susto, le divertía la situación, y preguntaba por el autor del primer grito. Yuri se sonrojó, mientras decía, que yo creía que fue ella,  aunque no lo tenía tan claro. Joseph no se sorprendió, creo que solo quería confirmar lo que ya sabía. Así es, como aquella noche fue bautizada como la noche de los gritos, y como una situación absurda y embarazosa nos regaló a nuestro primer amigo en Escocia, enseñándonos que a veces, las situaciones más esperpénticas,  unen más que varias cervezas.

Joseph ese día abandono el hostal, no por miedo a que mademoiselle Ruvalcaba, volviese a despertarlo a los gritos en mitad de la noche, sino porque el hostal había calculado mal nuevamente,  los ocupantes del cuarto y él se negaba a dormir en un sofá.

Yuri jamás admitiría que había sido ella la autora del grito, y yo tampoco confesaría, que sé con certeza, que fue ella, puesto que, aquella noche no pude pegar ojo, debido a la desconfianza que me producía, estar acostado entre tanto desconocido. Mientras, ella dormía plácidamente, sin inmutarse, salvo por aquel sorprendente grito.


Escrito por Yuri Ruvalcaba.