lunes, 27 de febrero de 2017

VIERNES (trabajo 2)

La casa de la nueva vecina es destartalada, oscura y está en las afueras del pueblo. Luis la espía agachado entre los setos que rodean la verja: los viernes ha decidido prescindir del regreso a casa en autobús escolar para descubrir el misterio de la mujer con pierna ortopédica que tiene un murciélago como mascota y siempre lleva un libro en el bolsillo de la cazadora, porque algún secreto debe ocultar alguien tan diferente a los habitantes del pueblo en el que vive, o eso murmuran sus padres, los tenderos, el sacristán y hasta los amigos: Juanito la apoda Alien; Pepi, La Drácula; Edu, Robocop… y él, el detective de la pandilla, La Bruja, pues aunque el pueblo carece de cine y biblioteca, no faltan televisiones ni capillas que informen sobre seres perversos o anormales.
Está oscureciendo y Luis tiembla de emoción ante la inmediata aparición de la extraña. Espera que este viernes resulte más emocionante que el anterior para poder contar otra buena historia a sus amigos: ellos pretenden acompañarle, pero como nunca quieren ver la serie Sherlock Holmes les dice que es peligroso arriesgarse sin conocer las refinadas técnicas de investigación del famoso detective; que la vean y aprendan si quieren acechar con él a seres peligrosos.
Los minutos pasan, la noche cae, y no sucede nada dentro ni fuera de la guarida de la vieja. ¿Se habrá marchado?, se pregunta. El viernes pasado a esta hora ella ya había encendido varias luces antes de sentarse a escribir en la mecedora del cobertizo, pero hoy la inacción le aburre y pronto deberá retomar su camino hacia el pueblo, así que no tiene otro remedio que saltar la verja y acercarse  a la casa un poco más si no quiere quedarse sin su capítulo de intriga.
El sonido de la pinocha seca crujiendo bajo sus pies le aterroriza y echa a correr hacia la puerta. Aquí para y contiene la respiración a la espera de que La Bruja lo reciba furiosa, convertida en monstruo, con una escoba en alto contra el intruso. Como el lugar sigue en silencio se anima a abrir la puerta, que no está cerrada con llave: en el interior la oscuridad es absoluta y tantea los alrededores del marco de la entrada buscando una llave de la luz. En cuanto la encuentra, acciona el interruptor y ante él aparece una sala con las paredes cubiertas hasta el techo por estanterías llenas de libros y, en el centro, dos sillas y una mesa redonda sobre la que salta el murciélago mascota; más abajo, sobre el suelo, yace el cuerpo inmóvil y pálido de La Bruja con los ojos abiertos. Luis ahoga un gemido y retrocede, pero antes de atravesar el umbral vuelve sobre sus pasos, zarandea a la mujer por si acaso aunque hiede, y, ante la falta de respuesta, le cierra los ojos antes de coger el papel garabateado que le asoma por el bolsillo del delantal. Quizá sea una carta para un familiar lejano o, tal vez, revele el escondite de un tesoro diabólico.
Vuelve hacia el pueblo con varios libros más en la mochila, cabizbajo, pensando en que al día siguiente tiene que enterrar el cadáver y cuidar del murciélago; pensando también en la historia que inventará para que nadie descubra la muerte de la vieja hasta que él haya leído su enorme biblioteca. La Bruja se lo exige todo como última voluntad en la carta que acaba de dejarle, la que escribió el viernes anterior cuando descubrió la presencia infantil entre los setos. 

1 comentario:

  1. Me ha llamado bastante la atención, el final es lo que más me ha gustado, pues no me esperaba que cayese ese peso en el protagonista y menos aún que apareciese una muerte tan repentina (me gusta lo que impacta).

    Tan solo veo que las palabras que dijimos aparecen muy superficialmente. Me ha costado trabajo encontrar, tras haberlo leído, dónde aparecía la palabra "luz".

    Pese a eso, es un relato entretenido y me ha hecho identificarme con el pequeño detective y su curiosidad :P

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