La
casa de la nueva vecina es destartalada, oscura y está en las
afueras del pueblo. Luis la espía agachado entre los setos que
rodean la verja: los viernes ha decidido prescindir del regreso a casa en autobús escolar para descubrir el misterio de la mujer con
pierna ortopédica que tiene un murciélago como mascota y siempre
lleva un libro en el bolsillo de la cazadora, porque algún secreto
debe ocultar alguien tan diferente a los habitantes del pueblo en el
que vive, o eso murmuran sus padres, los tenderos, el
sacristán y hasta los amigos: Juanito la apoda Alien; Pepi,
La Drácula; Edu, Robocop… y él, el detective
de la pandilla, La Bruja, pues aunque el pueblo carece de cine
y biblioteca, no faltan televisiones ni capillas que informen
sobre seres perversos o anormales.
Está
oscureciendo y Luis tiembla de emoción ante la inmediata aparición
de la extraña. Espera que este viernes resulte más emocionante que el anterior para poder contar otra buena historia a sus amigos: ellos
pretenden acompañarle, pero como nunca quieren ver la serie Sherlock
Holmes les
dice que es peligroso arriesgarse sin
conocer las
refinadas técnicas de investigación del
famoso detective; que la vean y aprendan si
quieren acechar con él a seres
peligrosos.
Los
minutos pasan, la noche cae, y no sucede
nada dentro ni fuera de la guarida
de la vieja. ¿Se
habrá marchado?, se pregunta. El viernes pasado a esta
hora ella
ya había encendido varias luces antes de sentarse a escribir en la mecedora del cobertizo, pero hoy la inacción le aburre y pronto deberá retomar su camino hacia el pueblo, así que no tiene otro remedio que saltar la verja y acercarse a la casa un poco más si no quiere quedarse
sin su capítulo
de intriga.
El
sonido de la pinocha seca crujiendo
bajo sus pies le
aterroriza y echa
a correr
hacia la puerta.
Aquí para y
contiene la respiración a
la espera de que La
Bruja lo
reciba furiosa,
convertida en monstruo, con una
escoba en alto
contra el intruso. Como el
lugar sigue en silencio
se anima
a abrir
la puerta, que no está cerrada con llave: en
el interior la oscuridad es absoluta
y tantea los
alrededores del marco de la entrada
buscando una
llave de la luz.
En cuanto la encuentra,
acciona el interruptor y ante él aparece
una sala con las
paredes cubiertas
hasta el techo
por estanterías
llenas de libros y, en el centro, dos
sillas y una mesa redonda sobre la que
salta el
murciélago mascota;
más abajo,
sobre el suelo, yace el
cuerpo inmóvil y pálido de La Bruja
con los ojos abiertos. Luis ahoga un gemido y retrocede, pero antes
de atravesar el umbral vuelve
sobre sus pasos, zarandea a la mujer por si
acaso aunque hiede,
y, ante la falta de respuesta, le
cierra los ojos antes de
coger
el papel garabateado que
le asoma por el
bolsillo del delantal. Quizá sea una carta
para un familiar lejano o, tal vez, revele el escondite de un tesoro diabólico.
Vuelve
hacia el pueblo con varios
libros más en la mochila, cabizbajo,
pensando
en que al día
siguiente tiene que enterrar el cadáver y
cuidar del murciélago; pensando también en la historia que inventará para que nadie descubra la muerte de la vieja hasta que él haya leído su enorme biblioteca.
La Bruja se lo exige todo como última voluntad en
la carta que acaba de dejarle, la que escribió el viernes anterior cuando descubrió la presencia infantil entre los setos.
Me ha llamado bastante la atención, el final es lo que más me ha gustado, pues no me esperaba que cayese ese peso en el protagonista y menos aún que apareciese una muerte tan repentina (me gusta lo que impacta).
ResponderEliminarTan solo veo que las palabras que dijimos aparecen muy superficialmente. Me ha costado trabajo encontrar, tras haberlo leído, dónde aparecía la palabra "luz".
Pese a eso, es un relato entretenido y me ha hecho identificarme con el pequeño detective y su curiosidad :P