Después de la cena, les gustaba
sacar la silla a la calle y sentarse a tomar el fresco. Era una reunión
cotidiana y nocturna de mujeres, los maridos se quedaban en casa viendo la
tele. Si alguna se hubiera atrevido a salir acompañada del suyo, probablemente
el resto la hubiera mirado muy mal. Tomando la calle por asalto, como las
espectadoras de un improvisado teatro de transeúntes, observar las idas y
venidas de la gente era su pasatiempo favorito.
Aquella noche era una ocasión
especial. Carmen había sacado de casa una botellita de mistela para celebrar que
su operación de cadera había salido estupendamente bien. Bebían contentas,
quizá todas menos María, que no podía evitar echar un vistazo a su pierna
ortopédica y lamentar no haber tenido la misma suerte que su vecina. Aún así,
dio un traguito a su vaso y se esforzó en sonreír, consiguiendo ahuyentar la
tristeza.
La noche continuó entre risas y
sorbos de mistela, tal y como estaba previsto. A medianoche, la calle comenzó a
volverse silenciosa y con la madrugada, se levantó una brisa fresca. Agradeciendo
el respiro que les daba el calor, las mujeres dejaron descansar sus abanicos y estiraron las piernas, relajándose en sus asientos. Charlaban tranquilas cuando, repentinamente y a
lo lejos, en medio del silencio, se escuchó un aleteo suave. Miraron a su
alrededor, un poco extrañadas. Al no observar nada fuera de lo común, siguieron
conversando. Sin embargo, sólo unos minutos más tarde, volvió a escucharse el
aleteo, y esta vez parecía sonar más cerca. Hubo quién se puso en pie, algunas
afinaron rápidamente sus audífonos y la mayoría guardó silencio con el fin de
adivinar de dónde provenía aquel batir de alas.
En ese momento, volando entre las
copas de los naranjos que asomaban al final de la calle, hizo su aparición un
pequeño murciélago. Quizá desorientado por culpa del alumbrado, aceleró el
ritmo y sobrevoló las cabezas del grupo de vecinas, amenazando con posarse
sobre algún cardado. En su vuelo despistado, terminó cayendo en picado sobre la
pierna ortopédica de María, a la que se agarró con sus pequeñas y encorvadas
patas. María lanzó un grito agudo y dejó escapar un par de insultos.
Rápidamente, sus amigas acudieron en su ayuda tratando de golpearlo con sus
abanicos, pero el murciélago escapaba una y otra vez dando ligeros y ágiles
saltos. Cada vez más nerviosa, María resolvió que lo mejor era quitarse la pierna, pero sus dedos difícilmente
conseguían desabrochar los pasadores metálicos. Tuvieron que echarle una mano
entre todas, poniendo cuidado en no tocar al murciélago, que se empeñaba en
permanecer enganchado a la altura del tobillo. Una vez consiguieron hacerse con
la pierna, Carmen la agarró por la rodilla y alzando la prótesis por encima de
su cabeza, hizo acopio de todas sus fuerzas para saltar y batir el aire con
ella, demostrando lo bien que funcionaba su nueva cadera. El brusco movimiento espantó al murciélago, que
salió volando asustado y se perdió definitivamente entre los naranjos de los
que se había atrevido a salir.
Entusiasmadas por la victoria,
todas rompieron en aplausos y silbidos. Todas menos Pilar, a quién la pierna ortopédica,
en su retroceso triunfal, había golpeado en la cabeza, y ahora se encontraba
tumbada en el suelo con la falda subida hasta el cuello. Al descubrirlo, los
gritos sustituyeron a los aplausos y todas corrieron a socorrerla como
pudieron. Rodeándola, la sacudieron por los hombros y abofetearon en la cara, alguna se
preocupó por su recato y le bajó la falda.
Pero Pilar no respondía, seguía inmóvil,
presa de la fuerte conmoción. Los ojos cerrados y el gesto ido, amenazaba con
perderse en la nada. Tras unos minutos interminables, abrió lentamente los labios
y con dificultad trató de pronunciar algunas palabras.
-La luz –dijo-. Estoy viendo la
luz…
-¿La luz al final del túnel? –le
preguntaron las demás, conteniendo el aliento.
Entonces, el nieto adolescente de
Carmen, que había salido de casa apresuradamente al escuchar el alboroto, soltó
una risilla nerviosa y dio un paso atrás, apartando la linterna de su smartphone de la cara de Pilar.
María M.
Oh, por favor, me ha encantado no, lo siguiente. Menudas risas me acabo de echar.
ResponderEliminarTodos los elementos del relato están completamente relacionados, las palabras que dijimos tienen peso en la historia, no hay incoherencias y logras darle un tono humorístico basado en la mismísima realidad. Además, un estilo excelente.
Enhorabuena :)