martes, 28 de febrero de 2017

PESADILLA DE UNA NOCHE DE VERANO

Después de la cena, les gustaba sacar la silla a la calle y sentarse a tomar el fresco. Era una reunión cotidiana y nocturna de mujeres, los maridos se quedaban en casa viendo la tele. Si alguna se hubiera atrevido a salir acompañada del suyo, probablemente el resto la hubiera mirado muy mal. Tomando la calle por asalto, como las espectadoras de un improvisado teatro de transeúntes, observar las idas y venidas de la gente era su pasatiempo favorito.

Aquella noche era una ocasión especial. Carmen había sacado de casa una botellita de mistela para celebrar que su operación de cadera había salido estupendamente bien. Bebían contentas, quizá todas menos María, que no podía evitar echar un vistazo a su pierna ortopédica y lamentar no haber tenido la misma suerte que su vecina. Aún así, dio un traguito a su vaso y se esforzó en sonreír, consiguiendo ahuyentar la tristeza.

La noche continuó entre risas y sorbos de mistela, tal y como estaba previsto. A medianoche, la calle comenzó a volverse silenciosa y con la madrugada, se levantó una brisa fresca. Agradeciendo el respiro que les daba el calor, las mujeres dejaron descansar sus abanicos y estiraron las piernas, relajándose en sus asientos. Charlaban tranquilas cuando, repentinamente y a lo lejos, en medio del silencio, se escuchó un aleteo suave. Miraron a su alrededor, un poco extrañadas. Al no observar nada fuera de lo común, siguieron conversando. Sin embargo, sólo unos minutos más tarde, volvió a escucharse el aleteo, y esta vez parecía sonar más cerca. Hubo quién se puso en pie, algunas afinaron rápidamente sus audífonos y la mayoría guardó silencio con el fin de adivinar de dónde provenía aquel batir de alas.

En ese momento, volando entre las copas de los naranjos que asomaban al final de la calle, hizo su aparición un pequeño murciélago. Quizá desorientado por culpa del alumbrado, aceleró el ritmo y sobrevoló las cabezas del grupo de vecinas, amenazando con posarse sobre algún cardado. En su vuelo despistado, terminó cayendo en picado sobre la pierna ortopédica de María, a la que se agarró con sus pequeñas y encorvadas patas. María lanzó un grito agudo y dejó escapar un par de insultos. Rápidamente, sus amigas acudieron en su ayuda tratando de golpearlo con sus abanicos, pero el murciélago escapaba una y otra vez dando ligeros y ágiles saltos.  Cada vez más nerviosa, María resolvió que lo mejor era quitarse la pierna, pero sus dedos difícilmente conseguían desabrochar los pasadores metálicos. Tuvieron que echarle una mano entre todas, poniendo cuidado en no tocar al murciélago, que se empeñaba en permanecer enganchado a la altura del tobillo. Una vez consiguieron hacerse con la pierna, Carmen la agarró por la rodilla y alzando la prótesis por encima de su cabeza, hizo acopio de todas sus fuerzas para saltar y batir el aire con ella, demostrando lo bien que funcionaba su nueva cadera. El brusco movimiento espantó al murciélago, que salió volando asustado y se perdió definitivamente entre los naranjos de los que se había atrevido a salir.

Entusiasmadas por la victoria, todas rompieron en aplausos y silbidos. Todas menos Pilar, a quién la pierna ortopédica, en su retroceso triunfal, había golpeado en la cabeza, y ahora se encontraba tumbada en el suelo con la falda subida hasta el cuello. Al descubrirlo, los gritos sustituyeron a los aplausos y todas corrieron a socorrerla como pudieron. Rodeándola, la sacudieron por los hombros y abofetearon en la cara, alguna se preocupó por su recato y le bajó la falda.

Pero Pilar no respondía, seguía inmóvil, presa de la fuerte conmoción. Los ojos cerrados y el gesto ido, amenazaba con perderse en la nada. Tras unos minutos interminables, abrió lentamente los labios y con dificultad trató de pronunciar algunas palabras.

-La luz –dijo-. Estoy viendo la luz…

-¿La luz al final del túnel? –le preguntaron las demás, conteniendo el aliento.

Entonces, el nieto adolescente de Carmen, que había salido de casa apresuradamente al escuchar el alboroto, soltó una risilla nerviosa y dio un paso atrás, apartando la linterna de su smartphone de la cara de Pilar.

María M.

1 comentario:

  1. Oh, por favor, me ha encantado no, lo siguiente. Menudas risas me acabo de echar.

    Todos los elementos del relato están completamente relacionados, las palabras que dijimos tienen peso en la historia, no hay incoherencias y logras darle un tono humorístico basado en la mismísima realidad. Además, un estilo excelente.

    Enhorabuena :)

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